Capítulo 2 #2
—Pero tú me lo contaste —replicó ella—. Que Ben y tú le encontrasteis en el vestíbulo en mitad de la noche. Dijiste que estaba cubierto de tierra y que iba acompañado de una mujer aún más mugrienta, y vestida con mortaja. Hasta un niño de cinco años entendería que su regreso no era natural…
—Cállate —le espetó Lawrie—. Ya sé lo que dije. Y ya sé lo que él hizo. Estaba destrozado, Eda. Cometió un error. No puedes reprochárselo eternamente. Actuó impulsado por el amor.
—Eso no fue amor. Fue locura.
Eda estaba cansada de mantener la misma discusión una y otra vez.
Sus hermanos recordaban a su padre antes de que fuera un loco insensato, y su amor por aquel recuerdo les empañaba el juicio.
A Eda eso no le afectaba. Ella solo veía los hechos: Oswin lo había sacrificado todo para resucitar a su esposa.
Había negociado con el señor Noche algo tan antinatural, de tal gravedad, que el demonio había aprovechado la ocasión para pedir una suma consecuentemente absurda: mil años.
Oswin no habría podido pagarla a lo largo de su vida y menos en los siete años que le quedaban sin que él lo supiera.
Había accedido a que sus hijos fueran los garantes: una póliza de seguro.
Todo ello para remunerar algo que ni siquiera un demonio tan poderoso como el señor Noche le podía conceder, en realidad.
El deseo de Oswin le fue concedido y, contra todo orden natural, Emmeline regresó con él. Salvo que ya no era Emmeline.
Las palabras del señor Noche la inundaron como una marea negra. «Deseáis esto y lo otro sin el menor pudor».
Eda se rodeó el cuerpo con los brazos mientras se alejaba, impertérrita.
—Las personas son egoístas, Lawrie. Nuestro padre fue el más egoísta del mundo. Algunos no merecen perdón.
Él la siguió.
—Yo no lo creo y tú tampoco deberías hacerlo. No puedes menospreciar a alguien con esa frialdad.
«¿Por qué? —quiso replicar Eda—. Mira en derredor, hermano. ¿Acaso queda algo bueno en esta ciudad dejada de la mano de los santos?».
Eda soñaba con escapar de la oscuridad que la encadenaba, mientras que los codiciosos de la ciudad, incapaces de dar gracias por lo que tenían, se sumergían en ella por propia voluntad.
Los odiaba. Los necesitaba. Seguían a Ben y a Lawrie al espejo con la esperanza de ver cumplidos sus deseos más desesperados como quien le pide algo al cielo.
¿Era deplorable o una mera ironía que un demonio respondiese a las plegarias que el Señor Padre no atendía?
Eda conocía el poder del señor Noche. Lo veía en sus ojos color mercurio, le recorría la piel cada vez que él se acercaba.
Era indiscutiblemente real. En cambio, jamás había percibido la presencia del Señor Padre como otros afirmaban presentir.
Nunca había notado su contacto, las pocas veces que se había decidido a rezar.
En otro tiempo respondía a un nombre distinto.
«En el comienzo, eran Él y otros seis, y juntos dieron forma a la tierra, el mar y el cielo —enseñaba el Códice Sagrado—.
Cuando los otros dioses se dejaron tentar por el vicio terrenal, forjó una espada de oro para rasgar el velo entre los mundos y los expulsó.
Bajo su dominio, la humanidad llevó una vida de orden y prosperidad.
La raza humana se comprometió a seguir sus enseñanzas so pena de ser condenada al Otro Mundo, donde los falsos dioses aguardan entre corruptas tinieblas».
A Eda le costaba creer que los primeros demonios fueran dioses wéslicos que se hubieran corrompido.
Que a los pecadores se les condenara al Otro Mundo aún le parecía menos plausible, si cabe, pues dudaba sobremanera que el señor Noche dedicara sus días a torturar espíritus mortales como si fueran moscas.
No obstante, si en verdad un dios benevolente cuidaba de las gentes de Wesland, una cosa estaba clara: había abandonado a los Shaw.
Pensar que alguien que debía amarlos de manera incondicional los había denigrado hasta tal punto…
Eda volvió la mirada hacia la tumba de su padre.
Dolía menos no creer en nada en absoluto.
—En cuanto a anoche —prosiguió Lawrie—, tienes que entender la postura de Ben. Él solo era…
—¡Mira! —le interrumpió Eda.
Una comitiva a caballo se detenía delante de la casa templo.
Rodeaban un elegante carruaje, todos engalanados con la librea roja y plateada de la Orden del Acero.
Cada jinete portaba una espada fabricada con aleación de plata que destellaba a la luz blanca de la mañana.
Solo los alquimistas autorizados por la Hermandad de la Fe podían mezclar la plata con el acero de ese modo y crear un arma potente.
En manos de un herrero común, las armas serían demasiado endebles.
—¿Qué hacen aquí los Aceros? —susurró Lawrie.
Eda notó el martilleo del corazón en el pecho.
—Tranquilo. Solo somos dos personas que les están presentando sus respetos a sus padres.
—También somos dos personas con una reliquia demoniaca, extremadamente ilegal, escondida en el sótano. ¿Y si han venido a buscarnos? ¿Y si alguien nos ha denunciado?
«No te alteres». Eda le aferró la mano a su hermano. La notó fría y pegajosa. Detrás de la verja, los cuatro jinetes seguían en sus monturas. Observaban con displicencia a la gente que se paraba a mirar. Un niño tiró de la manga de su madre dando saltitos de emoción.
—Lo dudo. Escoltan el carruaje.
Apenas hubo terminado de pronunciar las palabras, las puertas del coche se abrieron. Un hombre de estatura media se apeó y se retiró la suntuosa capucha morada.
Un clérigo.
—Parece un sacerdote —dijo Lawrie—. O puede que sea un obispo. ¿Crees que habrá venido a hacerse cargo de la casa templo, ahora que el obispo Emery ha fallecido?
«Fallecido» era un modo muy educado de expresar que había muerto de una infección contraída a raíz de su costumbre de cortejar a prostitutas.
—Seguramente.
Lawrie se relajó, aliviado.
Mientras se acercaban a la verja, Eda observó al nuevo clérigo con discreta sorpresa.
Era joven. Apuesto. Según la escasa experiencia de Eda, todos eran viejos y repulsivos, de pelo salpimentado y ojos llorosos.
Ella rara vez salía de la parroquia de Crowgate, pero sabía a ciencia cierta que hacían falta años de abnegado servicio para ascender del sacerdocio al obispado.
No obstante, ese hombre no tendría ni treinta años.
Era pálido y pecoso, con un llamativo pelo rojo pulcramente peinado hacia un lado.
Exhibía una expresión tensa, pero si el hedor perpetuo de los canales a humedad con un vago tufillo a moho ofendía a su sentido del olfato, lo disimulaba muy bien.
Vestía una sotana de color crema con piezas color amatista y ribetes dorados, que cubría con una capa de viaje a juego abrochada al cuello.
El broche representaba una mano abierta sobre un sol: el símbolo de la Fe.
Parecía un dechado de limpieza y claridad entre los mortecinos grises y marrones de la calle. Antes de que Eda pudiera abrir la verja, los ojos del clérigo se posaron en los suyos.
—Si me permite, señorita.
Se le antojó de lo más inapropiado que un personaje tan ilustre le sujetara la puerta. Eda se obligó a esbozar una sonrisa de agradecimiento mientras ella y su hermano salían. «No nos conoce. No hay nada que temer».
Lawrie se sonrojó.
—Gracias señor…, esto, padre. Muchas gracias.
Ella reprimió el impulso de pegarle un codazo.
—¿Sois vecinos de Crowgate?
Los ojos del obispo eran de un azul deslumbrante.
—Sí —se apresuró a responder Eda antes de que Lawrie empezara a parlotear en pleno ataque de histeria—. Vivimos al este de aquí, río abajo. Soy Eda. Este es mi hermano, Lawrie.
—Lawrence.
—Un placer. Yo soy el obispo Florian Fane.