Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

DOS

L as flores escaseaban en Blackbridge, pero Eda sabía dónde encontrarlas.

El paisaje urbano era un despliegue de canales, puentes y encumbradas torres: la conurbación más antigua de todo Wesland.

Apenas crecía vegetación entre las comprimidas calles, salvo por los cuidados jardines de la parte alta.

Sin embargo, Antigüedades y Curiosidades Shaw se encontraba estratégicamente ubicado frente a un callejón que desembocaba en el Saint’s Waterway.

El gran río dividía la ciudad por el este y a veces crecían nenúfares a lo largo de la orilla.

Eda descendió con cuidado por la escalera de servicio que iba a dar al agua.

Había un racimo de delicados nenúfares adheridos a los márgenes poblados de algas; arrancó un puñado.

Estaban mojados y enmarañados, pero no tenía que pagar por ellos.

Aldith Moore cobraba dos peniques por sus bonitos arreglos florales, y Antigüedades Shaw no ganaba suficiente como para permitirse una compra tan frívola cada semana.

Eda prefería esta solución. Le gustaba la integridad que conllevaba hacer las cosas una misma. No deberle nada a nadie.

La ribera estaba concurrida por la mañana, poblada de golfillos dispuestos a sacar partido a un descuido. A Eda no le sorprendió encontrar a un niño andrajoso a su espalda cuando se incorporó. Agarró la mano que el pillastre alargaba hacia ella.

—¿Qué buscas en mis bolsillos? —le increpó, y él bufó como un gato callejero—. ¿Te parezco una ricachona?

—¡Déjame!

El niño pateó y forcejeó. Eda lo soltó y él cayó a las escaleras.

—Hay un carruaje de dos caballos detenido calle arriba, con dorados en las puertas. Prueba suerte allí.

El niño le escupió y salió corriendo como alma que lleva el diablo. «Diantre, cada día son más descarados».

Enfiló por la calle principal rumbo al oeste.

La gente consideraba la arteria fluvial como la frontera que separaba los barrios adinerados de la parte alta del atestado desbarajuste de la parte baja.

Vivir entre las dos riberas convertía el mundo de Eda en una extraña amalgama de ambos.

El suyo era el distrito de Crowgate: una desordenada mezcla de obreros que aporreaban metal, caballos de tiro que relinchaban, niños que gritaban y perros que ladraban.

El tráfico procedente del centro de la ciudad traía consigo cascos herrados y carruajes, animados violinistas callejeros y mercaderes atareados.

Ella tenía la sensación de que pertenecía a otro mundo.

Dos niñas con los bajos de los vestidos mugrientos cotilleaban en la entrada de una tienda, recostadas la una sobre la otra con aire de alborozo.

Se le encogió el corazón al verlas. Ella no tenía amigas.

¿De qué podría hablar Eda si tratara de charlar como hacían otras mujeres?

¿Qué secretos inconfesables y facetas vulnerables de sí misma iba a compartir cuando podía acabar con una soga al cuello por el mero hecho de expresarlos en voz alta?

Mientras la deuda de su padre no estuviera saldada, encariñarse con alguien sería su perdición.

Eda se acordó de Wymond. El primer día, el hijo del mercader fue a la tienda por negocios, pero luego volvió una y otra vez con excusas pobres y transparentes tras las cuales solo se ocultaba la intención de volver a cruzarse con ella.

Los ojos oscuros del chico le aceleraban el corazón de un modo desconocido, y poco después empezaron a escabullirse juntos.

Eda atesoraba esos momentos robados: febriles, electrizantes, todos suyos.

Tras compartir la cama de Wymond no le costó nada engañarse a sí misma.

Sin embargo, cuando él se ofreció a abandonar el negocio de su padre para quedarse en Blackbridge con ella, Eda se obligó a tratarlo de ingenuo.

A decirle que la relación no fue más que una aventura sin importancia.

Wymond se marchó con el corazón destrozado.

Eda se permitió llorar en aquel entonces, mientras Lawrie le acariciaba el cabello con torpeza y le aseguraba que, de todas formas, los romances con los chicos guapos siempre concluían con llanto.

Wymond nunca sabría que ella le hizo un favor, pues ningún hombre debía amarla. No mientras su vida estuviera sembrada de tinieblas.

Eda se sacudió el recuerdo como un escalofrío desagradable.

Una de las chicas de la puerta llevaba un frasquito de plata coloidal colgado del cuello.

Una baratija, sin duda, de las que vendían por toda la ciudad como protección contra los demonios.

Decían que la auténtica era tan corrosiva como el ácido para la piel del maligno.

Aunque Eda no necesitaba esas cosas. Solo eran amargos recordatorios de la profunda brecha que la separaba del resto del mundo.

Ella era una mera espectadora en esa ciudad.

Amigos, amantes, protección contra los demonios… En su caso, todo era superfluo.

Eda desvió la vista antes de que el resentimiento ascendiese como bilis por su garganta.

En la entrada del puente siguiente, una casa templo se erguía sobre el río.

Era un edificio antiguo de piedra caliza descolorida, más pálido que las destartaladas casas de estuco con entramados de madera que se alineaban en las calles de los alrededores.

La casa templo marcaba el centro de la parroquia de Crowgate, y si bien Eda no era practicante, visitaba los terrenos cada semana sin falta.

Una gárgola la observó con malicia desde el pronunciado tejado a dos aguas según se acercaba.

Después de cruzar la verja de hierro, mientras ascendía por el camino de grava, las lápidas la flanquearon por ambos frentes.

Estaban tan apretujadas que parecía imposible que el terreno pudiera alojar más cadáveres, ni siquiera los de aquellos que contaban con los medios para permitírselo.

Atajó por la hierba lodosa esquivando las losas con una mueca de dolor. Como si a los muertos les importara.

No tardó demasiado en dar con la que estaba buscando. Eda habría podido recorrer el camino con los ojos cerrados.

—Lo siento, llego tarde, ma.

Dejó los nenúfares ante una lápida de piedra clara. Estaba gastada y mellada, pero la inscripción seguía siendo legible: Emmeline Shaw. Esposa y madre .

Eda nunca conoció a Emmeline, que fundó Antigüedades Shaw y viajaba a lugares lejanos en busca de los objetos más raros y codiciados que pudiera encontrar.

Por lo que le habían contado, fue una mujer culta y ambiciosa.

A Eda le provocaba náuseas que «esposa y madre» fuera el único epitafio de Emmeline.

Madre de una hija que acabó con su vida al nacer y esposa de un hombre como Oswin…

Echó un vistazo a la lápida más oscura y reciente que yacía junto a la de su madre. Frunció el ceño.

Oswin Shaw abandonó Blackbridge una sola vez en toda su vida.

No gozaba de la cultura de Emmeline ni compartía su espíritu aventurero, pero se le daban bien los números y sabía tratar a los clientes.

Juntos sacaron adelante un pequeño negocio que llegó a cosechar cierto prestigio.

Por lo que contaba Ben, en la tienda reinaba un trajín constante durante todo el día.

Y entonces Emmeline murió al dar a luz a Eda.

Oswin no se pudo recuperar de la pérdida.

Durante meses, apenas comía ni dormía y, por la atención que prestaba a sus hijos, bien podrían haber sido tres fantasmas.

La tienda se cerró. Oswin se pasaba todas las horas del día escribiendo cartas y estudiando los libros de Emmeline hasta que las velas se consumían por completo.

«Un día se marchó —le contó Ben a Eda—. Le pagó a la vieja Mary, la vecina de la puerta contigua, para que nos vigilara y nos diera de comer.

Estuvo ausente varias semanas. Hasta que volvió de repente».

Con el espejo.

—Me imaginaba que te encontraría aquí.

Lawrie caminó por el barro hacia ella con la capa bien ceñida al cuello. No llovía esa mañana, pero los cielos plomizos de Blackbridge siempre amenazaban chubascos.

Eda se cruzó de brazos.

—¿No tendrías que estar en casa? Ben ya se ha marchado a trabajar.

—La tienda sobrevivirá sin mí. Tenía que llevarle una carta al mensajero.

—Ah. De modo que estás molestando otra vez a la Biblioteca Nacional.

—Tienen una gran colección para compras privadas y Rituales paganos de Wesland está en la lista; lo he comprobado dos veces. —Inspiró por la nariz con aire compungido—. Un coleccionista idiota no para de superar nuestras pujas.

—Quizá deberías dejarle ganar. —Al ver la expresión horrorizada de Lawrie, añadió—: Los artículos que podemos adquirir cada trimestre son limitados. ¿De verdad ese libro vale la pena?

—Sí, y me ofende que me lo preguntes siquiera. Se supone que el aburrido filisteo con menos imaginación que una cuchara es Ben, no tú. Ya te he dicho que se trata de un libro sumamente raro…

—Uf, no empieces con eso otra vez. Vas a conseguir que aborrezca la literatura.

Lawrie le pegó un empujón y Eda se lo devolvió. Él se giró hacia las tumbas y su sonrisa se desvaneció. Cogió uno de los marchitos nenúfares de la tumba de Emmeline y lo colocó sobre la de Oswin.

La irritación de Eda estalló como fuego en un horno de fundición.

—No las he traído para él.

—Es nuestro padre, Edie. Era un buen hombre. Solo… se confundió.

Eda resopló con rabia.

—¿Así llamas al hecho de que abandonara a sus hijos para ir en busca de un espejo maldito? ¿Estaba «confundido» cuando hizo un trato que no se podía permitir y nos condenó a pagar el precio después de su fallecimiento? Todo para traerla de vuelta.

—No digas eso. —Los ojos castaños de Lawrie destellaron. Eran idénticos a los de Eda y en ellos vio su reflejo: mejillas sonrosadas y pecosas, un revuelo de cabello castaño dorado en torno a los hombros—. Tú eras un bebé. No recuerdas nada de eso.