Capítulo 1 #3
Sonó la campanilla de la puerta.
Eda dio un respingo y se cayó sobre el trasero. La puerta del sótano se cerró.
«¡Mierda!».
Se puso en pie a toda prisa y se sacudió la falda. Comprobó que la trenza siguiera en su sitio y se apresuró entre las estanterías. Tenía el pelo tan rizado que su cabellera nunca aguantaba mucho tiempo recogida. Ya empezaba a notar cómo pequeños bucles escapaban por detrás de las orejas.
Rodeó el enorme armario que separaba la tienda de la zona trasera y su cabello despeinado fue lo primero que llamó la atención de Lawrie, tal como Eda esperaba.
—Esa mata que tienes en la cabeza ansía la libertad —le dijo él con una risita.
—Y tú pareces una rata ahogada.
—Aun así, soy más guapo que tú.
Lawrie era alto y desgarbado, todo codos y piernas. La lluvia que le adhería la capa a los hombros le hacía parecer aún más delgado, si cabe. Tenía los rizos pegados a la cabeza.
Ben ajustó la cortina de la puerta y se sacudió el agua de la capucha.
A diferencia de Lawrie, ligero como una pluma, Ben era fornido y musculoso.
De mandíbula cuadrada, solo su espesa cabellera otorgaba cierta suavidad a su aspecto rudo.
Eda siempre pensaba que, reacio a tolerar los rebeldes rizos que compartían sus hermanos, había obligado a su pelo a alisarse en el útero a fuerza de autoridad.
—Eda. —Ben la miró con atención—. ¿Qué pasa?
«¿Cómo lo hace?». Era inútil tratar de ocultarle algo a Ben: poseía el olfato de un sabueso y la vista de un halcón.
—¿Por qué siempre tienes que dar por supuesto que pasa algo?
—Hay corriente. —Él dirigió una mirada a las temblorosas llamas del candelabro del techo. Bajó la voz—. ¿Está abierta la puerta del sótano?
Lawrie se estaba despojando de la capa, pero en ese momento se quedó petrificado.
No tenía sentido negarlo.
—Ha venido un hombre preguntando por el espejo.
Ben colgó la capa en silencio.
Eda frunció el ceño.
—Conocía la contraseña y estaba dispuesto a hacer un pacto. No había nadie por aquí cerca. Lo he comprobado. No sabía a qué hora llegaríais y no quería que se marchara.
—¡Te quejas de que me preocupo sin necesidad cuando eres tú la que me da motivos! ¿Cuántas veces te he dicho que nunca…?
—Que nunca lleve a nadie ante el espejo estando a solas, sí. Pero, por más que te empeñes en lo contrario, soy perfectamente capaz de gestionar estas cosas por mi cuenta. ¿O prefieres prolongar nuestra deuda hasta el infinito? No podemos permitirnos rechazar pactos sin un buen motivo.
—Tu seguridad es un buen motivo. —Ben avanzó dos pasos raudos hacia ella y Eda reculó—. No te quiero a solas con ese demonio más de lo estrictamente necesario.
—El señor Noche no me hará daño. Ni a mí ni a ninguno de nosotros. No puede; está consignado en nuestro…
—En nuestro pacto, sí. Conozco la cláusula.
Eda apretó los dientes.
—No es «nuestro» pacto. Fue padre quien nos metió en este lío.
Los ojos castaños de Ben echaron chispas.
—Eda…
Bartholomew apareció en la parte delantera de la tienda como una exhalación. Derribó un sujetalibros al pasar junto a las estanterías, pero se detuvo en seco al verlos. Tenía los ojos desorbitados como un caballo asustado.
Sobresaltado, Ben se plantó delante de la puerta para cerrarle el paso.
Al principio Eda temió que la precaución de su hermano estuviera justificada: que el terror de Bartholomew le hubiera disuadido de su empeño; que hubiera cambiado de idea y estuviera intentando huir.
Tendrían que amenazarle. Golpearle, de ser necesario, para cerrarle la boca. Se le puso la piel de gallina.
Entonces le vio la mano. Por los dedos del hombre resbalaba sangre fresca.
Se había cortado.
«El pacto está sellado».
Bartholomew avanzó un tembloroso paso. Se sujetó la mano herida y miró a Eda aturdido.
—No me… No me siento distinto. ¿Debería sentirme distinto?
—Me temo que lo desconozco, señor.
Ella le tendió su pañuelo. Era lo más sensato, se dijo, si no quería que el hombre llamara la atención con una herida como esa. Se negaba a considerarlo un gesto amable. Nada era amable en ese asunto.
Bartholomew lo aceptó y se enjugó la mano. Al ver que no tenía intención de decir nada más, Lawrie retiró las cortinas en silencio y abrió la puerta. En el exterior la lluvia golpeteaba los charcos negros. Un perro ladraba.
Bartholomew asintió, irguió la espalda y abandonó la tienda.
Los tres se apiñaron para observar cómo su figura emborronada se alejaba trastabillando por la calle.
Bartholomew no podía hablar del trato que había hecho, ni de viva voz ni por escrito.
Así procedía el señor Noche. En función de los detalles acordados, los donantes tenían prohibido hablar de sus pactos o sencillamente no se atrevían.
Estar al servicio del señor Noche implicaba que Eda y sus hermanos se hallaban protegidos de los soplones, pero tan pronto como la deuda estuviera saldada…
«El abajo firmante accede a la expiración de todas las condiciones y enmiendas del presente contrato a la finalización del mismo».
A partir de entonces nada protegería a los Shaw de las acusaciones.
—Allí —cuchicheó Lawrie—. Otra vez ese tipo siniestro del bigote.
Eda le vio: una figura alta e inmóvil envuelta en sombras al otro lado de la calle. Llevaba un bonete de lana decorado con una pluma y el brillo rojo de su cigarrillo iluminaba un grueso mostacho. La escasa luz no permitía verle los ojos mientras miraba cómo Bartholomew se alejaba.
Alarmada, Eda notó que se le erizaba la piel del brazo.
—Os dije que Lich nos estaba vigilando —dijo Lawrie.
El nombre restalló en la estancia como un trueno.
—Que nos vigile —replicó Ben—. Si Severin Lich pretende que nos delatemos, se lo está tomando con calma. No dejéis que os asuste.
—¿Y cómo quieres que olvidemos que un señor del crimen está husmeando en nuestros asuntos, Ben? ¡Está claro que quiere apoderarse del Portal!
—Por mí se lo puede quedar —intervino Eda—. Tan pronto como zanjemos este asunto para siempre. Bartholomew ha entregado veinte años y eso significa…
—Una suma más que bienvenida a mi libro de cuentas.
Los cálculos de Eda murieron en su garganta.
El señor Noche estaba plantado en mitad de la tienda.
Apiñados ante él, eran poco más que niños aguardando una sentencia. Su abrumadora presencia les extraía los años como esquirlas arrancadas con un picahielo.
—Sin embargo, debo reconocer, jóvenes Shaw, que esta donación llega demasiado tarde para mi gusto. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde la última vez que me trajisteis un alma menesterosa?
—Las condiciones son claras —replicó Ben en tono tenso—. Tenemos que entregarte cincuenta años, cada año. Todavía queda tiempo para cumplir la cuota.
El demonio sonrió sin alegría.
—Es posible. Pero la cosecha de otoño está próxima. Si la dulce Eda te hubiera hecho caso, Benjamin, esta noche serías veinte años más pobre.
Ben se ruborizó.
Tenía razón, por supuesto. Rara vez se habían acercado tanto al final del periodo con años pendientes.
En la penumbra de la estancia, el señor Noche se fundía con las sombras. Tan solo su semblante pálido y sonriente conservaba la nitidez, flotante como un rostro incorpóreo.
—La deuda está a punto de saldarse. Solo debéis traerme diez años más. Sería una lástima que lo estropearais ahora.
Eda temía al señor Noche, pero no le odiaba. No como le odiaban Ben y Lawrie. Un demonio se comportaba como lo hacía porque era esa su naturaleza. La gente pactaba con ellos porque podía. Como había hecho el padre de los Shaw.
Oswin Shaw buscó el espejo. Invocó al señor Noche e hizo un pacto que no se podía permitir: le concedió más años de los que una sola vida era capaz de proporcionar.
De ese modo, comedió la locura de comprometerse a traerle al señor Noche la suma requerida a través de otras personas. Tantas como hiciera falta.
No obstante, si fallecía, sus hijos heredarían la deuda.
—Vuestra servidumbre casi ha llegado a su fin, jóvenes Shaw. Tenéis la libertad al alcance de la mano. —Las velas del candelabro bailaron en el techo mientras la forma del señor Noche se desenroscaba como humo del más negro carbón—. Deberíais estar contentos.
La luz se estabilizó y el demonio desapareció.
Las sombras eran los dominios del señor Noche, la piedra angular de su poder, y sabía muy bien cómo usarlas para atormentarlos.
Eda nunca le había visto ejercer sus otras habilidades con sus propios ojos.
Tampoco le hacía falta. Los pactos que él firmaba demostraban que era capaz de hacer cosas que ella ni siquiera alcanzaba a comprender.
Ben se encaminó a la escalera con los hombros erguidos y tensos como la cuerda de un arco. Lawrie le siguió con un suspiro.
—Lawrie…
—Ahora no, Eda.
La lluvia azotaba los ventanales. Eda se quedó un rato a solas en el claro de luz que proyectaban las velas del candelabro, mirando con inquietud cómo las sombras se retorcían más allá de la zona iluminada. Cerró los puños.
«Diez años más. Solo diez».
El señor Noche tenía razón: no podían fallar ahora. No cuando dos décadas de servidumbre estaban a punto de concluir. ¿Cómo se sentiría cuando se liberara de su sombra? ¿Cómo sería vivir a plena luz del día, sin rumbo y nueva como un polluelo que sale del cascarón? Eda no lo sabía.
La esperanza se agitó en su pecho, envuelta en una fina voluta de miedo.
Una nueva vida. Un nuevo comienzo. Una oportunidad de averiguarlo.
Y solo un pacto más se interponía en su camino.