Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Eda le aferró el brazo. El hombre pareció tomarlo como un gesto tranquilizador y ella no le sacó de su error. En realidad, temía que Bartholomew saliera huyendo.

—No es un perro, señor. Vendrá cuando esté listo.

—¿Viene siempre… el mismo? Pensaba que a través de un Portal se podía invocar a cualquier demonio.

—El espejo que tiene delante existe también al otro lado, en el Otro Mundo. No es habitual que un demonio se apropie de un Portal para su uso exclusivo. —Le miró de reojo—. El señor Noche no es como la mayoría.

Puede que no fuera el comentario más oportuno, teniendo en cuenta la expresión atemorizada de Bartholomew, pero ya no importaba. La superficie del espejo adquirió súbitamente una tonalidad irisada, como una mancha de aceite bajo el crepúsculo, y un hombre la cruzó.

No se trataba de un hombre, por supuesto, pero se asemejaba a uno hasta extremos espeluznantes.

—Eda.

—Señor Noche.

Aunque era un nombre bobo, había cuajado.

Eda era solo un bebé la primera vez que él había salido del espejo.

Lawrie tenía cinco años. Según le había contado Ben, lo único que atinaba a decir el niño cuando el demonio se marchaba era un nervioso «buenas noches, señor». El apodo se les ocurrió enseguida.

Por alguna razón, al demonio se le antojó encantador. Desde entonces usaban ese nombre para dirigirse a él.

—A este hombre le gustaría hacer un pacto —dijo Eda.

Bartholomew dio un paso atrás.

Los ojos del señor Noche, de un gris glacial, se posaron en él.

Eda intentó imaginar cómo debía de sentirse Bartholomew al ver un demonio por primera vez.

El señor Noche tenía la tez pálida y el pelo todavía más claro.

La cabellera se le derramaba por la espalda en una suntuosa cascada blanca como la nieve.

Sus ropajes eran igual de exquisitos: una túnica negra y un coleto a juego ribeteado de plata, de un tejido tan delicado que parecía líquido.

La belleza del señor Noche era innegable, con sus facciones angulosas y esos labios bien delineados y sonrientes.

No había nada inhumano en su apariencia, pero sin duda su talante emanaba algo ajeno a este mundo.

A Eda, ese algo le ponía los pelos de punta.

El demonio se encaminó despacio hacia Bartholomew.

—Será mejor que nos dejes solos, Eda.

Lo dijo en un tono meloso como sirope, pero ella reconocía una orden cuando la oía. Eda estrechó el brazo de Bartholomew para animarlo.

—Esperaré arriba.

—Y dime —empezó el señor Noche con voz cantarina mientras ella subía la escalera—. ¿Cuál es tu deseo?

Se suponía que Eda no debía escuchar a hurtadillas.

«Es mejor no saberlo —decía Ben—. No es asunto nuestro».

Pero ella rara vez se privaba del privilegio de satisfacer su curiosidad morbosa. Lawrie la acusaba de ser una fisgona patológica. Y tal vez fuera cierto, pero al señor Noche no le importaba, y él siempre era consciente de que ella había estado espiando. Eda se lo tomaba como un consentimiento.

Dejó la puerta entornada y se agachó a mirar.

Alcanzaba a atisbar apenas la cabeza de Bartholomew por el hueco de la escalera; sin embargo, veía al señor Noche con mayor claridad mientras este se paseaba por el sótano.

El demonio proyectaba una inmovilidad espeluznante aun estando en movimiento.

No ejercía ni una pizca de esfuerzo de más: cada uno de sus pasos era calculado y preciso.

La cabeza descansaba sobre el cuello con una quietud sobrenatural.

Su mirada permanecía fija en Bartholomew mientras iba de acá para allá.

A Eda le recordó el modo en que algunos retratos te seguían con la mirada en oscuros salones encantados.

Bartholomew dijo algo con un hilo de voz.

Eda únicamente distinguió la palabra «justicia».

Su mente empezó a barajar posibilidades.

Así pues, nada tan prosaico como el dinero.

¿Venganza tal vez? Había escuchado a hurtadillas conversaciones suficientes como para saber que ambas tribulaciones eran los móviles habituales.

Si más donantes se atrevieran a comentar sus pactos con el resto de la gente, quizá menos personas se animarían a intentarlo.

Ese tipo de tratos casi nunca acababan bien.

En cierta ocasión, recordó Eda, un pobre hombre acudió pidiendo oro: más del que los hijos de sus hijos pudieran gastar.

El señor Noche convirtió piedras en monedas de oro, que aparecieron de la noche a la mañana en la pequeña hostería del hombre.

Los montones eran tan inmensos que las piezas se derramaban por las ventanas y caían a la calle como lluvia.

Una multitud de vecinos acudieron a robar cuanto pudieron, con un entusiasmo febril, antes de que llegara la Orden del Acero y se apoderara de lo que quedaba.

Cuando el hombre fue acusado, con toda la razón del mundo, de haber pactado con un demonio, este se presentó de nuevo en Antigüedades Shaw, furioso y desesperado.

«Olvidaste especificar dónde y cómo querías tu precioso oro —le dijo el señor Noche—. Ahora márchate antes de que te destripe aquí mismo. A menos que quieras venderme algo más…».

En menos de dos semanas, la Orden había capturado al hombre y lo había ahorcado.

Pasado un tiempo llegó una joven llorando por las infidelidades de su marido.

«Le quiero mucho, pero sus ojos no saben estarse quietos.

Tengo miedo de perderle. Deseo que solo se fije en mí».

El señor Noche le entregó un anillo encantado.

Por la mañana, su marido había perdido la vista.

Sus arruinados ojos tan solo veían a su esposa iluminada por el resplandeciente anillo: flotaba ante él como un espectro allá donde mirase.

Pensó que su mujer le había lanzado una maldición y la estranguló en la sala de estar de su casa.

Las octavillas informaron de ello durante días.

La animadversión bregaba con la curiosidad en la mente de Eda al pensar en Bartholomew.

No tenía una gran opinión de las personas tan insensatas como para pactar con demonios.

Le molestaba tener que llevarlas siquiera ante el señor Noche.

Pero, al menos, cuando deseaban riqueza, belleza o poder, su antipatía tenía razón de ser.

No le costaba despreciar la codicia y la vanidad.

Sin embargo, venir a suplicar venganza… ¿Para paliar el dolor de un desengaño? ¿Para reparar una terrible ofensa?

Le compadeció.

El señor Noche dejó de pasearse.

—Muy bien. Te voy a comunicar mi precio. —Se llevó el índice a los labios con ademán pensativo—: Veinte años.

Eda aspiró entre dientes. «¡Veinte años!

». No era la cifra más alta que el demonio había solicitado, pero no le iba a la zaga.

Los clérigos de la Hermandad de la Fe siempre advertían contra los peligros de vender el alma al diablo, pero, si acaso las almas existían, los demonios no sentían por ellas el menor interés. En cambio, los años humanos…

—¿Ve-veinte? ¡Eso es absurdo!

Bartholomew ya no susurraba. Elevaba la voz con indignación.

—Al contrario. —Los ojos del señor Noche destellaron y las llamas de los candiles parpadearon. Las sombras ascendieron por las paredes y se extendieron por el techo como tinta derramada—. Es un precio más que justo. Pero si no estás dispuesto a pagarlo…

—Pero es que yo… yo…

—¡Vaya, vaya, cómo bala el corderito! —se rio el demonio—.

Yo, yo, yo… Todos los mortales venís buscando lo mismo, ¿no es cierto?

Deseáis esto y lo otro sin el menor pudor.

Pero no importa. No me corresponde a mí juzgaros.

—El señor Noche se situó detrás de Bartholomew y le tocó el hombro como lo haría un amigo—.

Puedo hacer realidad tus más fervientes deseos.

Solo tienes que ofrecerme un poco de tiempo a cambio.

¿Y qué es el tiempo para vosotros, los humanos?

—Su tono se suavizó—. Vuestras vidas son tan frágiles, en cualquier caso…

El demonio hizo un gesto ostentoso y un pergamino impecable surgió de la nada desenrollándose en su mano.

Eda identificó el encabezamiento habitual escrito en la parte superior con recargadas mayúsculas: « pacto vinculante de trueque con humano ».

No conocía los detalles, salvo la importante cláusula que incluían todos los pactos: si acaso el demonio fuera incapaz de cumplir su parte del trato, el número de años solicitados se descontaría de su propia esperanza de vida.

Por lo que Eda sabía, solo había dos maneras de que un donante recuperase los años sacrificados, y esa era una de ellas.

La caligrafía rojiza del contrato brilló a la luz de las llamas.

Eda nunca había visto sangrar al señor Noche y a menudo se hacía preguntas acerca del ritual del pacto.

¿El demonio se practicaba un corte en la piel?

¿O acaso hundía un elegante plumín en su preciosa sangre y se sentaba a escribir en una mesa escritorio?

La idea era tan absurda que por poco se le escapó la risa. Pero el señor Noche se inclinaba ahora sobre el hombro de Bartholomew con los labios pegados a su oído.

—Firma aquí, dulce Bartholomew, y obtendrás la justicia que ansías.

El silencio se tornó pesado. Las llamas chisporrotearon.

—No tengo nada con lo que firmar.

El señor Noche extrajo de alguna parte un pequeño cuchillo de color hueso.

Prácticamente estaba abrazando al hombre por detrás al tiempo que le ofrecía la navaja y el contrato, cada objeto en una mano.

Era una serpiente enroscada a su presa: no trataba de ahogarla, pero tampoco estaba dispuesta a soltarla.

—No necesito más firma que tu sangre. Un corte de nada y el pacto estará sellado.

«Huye —quiso gritar Eda—. Sal corriendo ahora mismo, necio, y no mires atrás. Sea lo que sea lo que te haya prometido, no te compensará por lo que vas a perder».

Pero ella no podía concederse el lujo de hacer lo correcto. De ser así, jamás habría llevado a Bartholomew ante el espejo. Eda no podía hacer nada más que morderse el labio y observar…