Reap & Sow (Reap & Sow 1) Capítulo 1
1%
Reap & Sow (Reap & Sow 1)

Reap & Sow (Reap & Sow 1)

Por Charlotte B. Plumb

© inepub.com

Capítulo 1

UNO

C ada vez que sonaba la campanilla de la puerta, Eda jugaba a las adivinanzas: ¿el visitante se proponía comerciar con dinero o con su alma?

Estudió al nuevo cliente mientras este entraba trastabillando y sacudiéndose la lluvia de un abrigo forrado de pieles. Él se detuvo cerca de la puerta con aire inseguro. «Rico —concluyó ella—. Nervioso como un perro asustado». La situación prometía.

—Bienvenido a Antigüedades y Curiosidades Shaw. ¿En qué puedo ayudarle?

El caballero la miró sin decir nada. Eda le sonrió. Estaba acostumbrada a sonreír, aunque no estuviera en su disposición. Ben siempre decía que era difícil desconfiar de un rostro afable.

—Yo… —El desconocido tragó saliva con dificultad.

Echó un vistazo al interior de la tienda: las estanterías, tan altas que rozaban el techo; la lámpara de araña casi a la altura de la cabeza; la gran cantidad de alfombras extendidas sobre el suelo de madera lacada.

Vitrinas, esferas de latón y extraños frascos atestaban los laterales del local, de tal modo que quedaba poco espacio para deambular.

De haberse hallado presente, Lawrie ya estaría obsequiando al pobre hombre con explicaciones entusiastas sobre la procedencia de todos los objetos, incluidas las bisagras de las puertas.

Eda volvió a intentarlo.

—¿Está buscando algo en especial?

El hombre se retiró la boina con visera, que dejó a la vista una pulcra cabellera larga hasta la barbilla.

—¿Hay alguien más? ¿Algún otro comprador?

—No, señor. Es usted el último cliente del día.

Tampoco había entrado mucha gente. Una mujer de nariz respingona que se había pasado una hora husmeando la colección de juegos de té antiguos, y un par de profesores que habían comprado un tomo de la colección de wéslico clásico. Pero nadie más había cruzado el umbral.

Eda sospechaba que ese hombre no sentía interés por las teteras ni por los libros polvorientos.

El desconocido se acercó al mostrador. Con sus zapatos adornados con hebillas y su chaqueta corta de terciopelo, ofrecía un aspecto soberbio.

Poseía un rostro anodino, pero la expresión febril de sus ojos provocó en Eda un escalofrío.

La había visto otras veces, en cientos de ocasiones, en un centenar de caras distintas.

—Necesito un espejo sin reflejo.

El pulso de Eda cambió de ritmo al oír la contraseña. Ahora su corazón latía rápido y ligero como una liebre. Sus hermanos no la revelaban a la primera de cambio; si el hombre la conocía, habían concluido que iba en serio.

Ella rodeó el mostrador.

—¿Sabe lo que me está pidiendo?

—Sí. Yo… Sí.

Eda miró por la ventana en saledizo. Blackbridge era un borrón oscuro y ruidoso de adoquines mojados y humo de aceite.

La luz de los farolillos cabeceaba en el anochecer.

Las burbujas del vidrio corona le impedían distinguir los rasgos de los transeúntes, pero ninguna de las figuras distorsionadas que se apresuraba bajo la lluvia le recordaba a sus hermanos.

«Nunca lleves a nadie ante el espejo estando a solas —le advertía siempre Ben—. Si acuden en busca de un pacto y no hay nadie más contigo, despáchalos. Es más seguro si somos al menos dos».

El reflejo de Eda flotaba en el cristal como un espectro de pálido cabello. Se mordió el interior del carrillo.

Ben entraría en cólera. Lawrie se sentiría decepcionado y eso era aún peor, si cabe.

Ahora bien, ¿cuánto tiempo había pasado desde la última vez que habían dado con alguien tan desesperado (o tan necio) como para hacer un pacto?

Eda sabía por experiencia que demasiada reflexión conllevaba los inoportunos susurros del sentido común.

Si le despachaba ahora, el hombre quizá se lo pensaría mejor y no volvería.

Podría irse de la lengua. Tal vez se lo contaría a un Hermano de la Fe, por improbable que fuera. ¿Y entonces qué?

Lawrie llamaba «donantes» a esas almas desesperadas, dispuestas a pagar con el máximo sacrificio por el abominable deseo que aspiraban a ver realizado. Habían pasado meses desde que había aparecido el último.

Y el tiempo apremiaba.

Eda apretó los dientes y le dio la vuelta al cartel de cerrado en la puerta.

—¿Cuál es su nombre, caballero?

—Prefiero no decirlo.

«Es más listo de lo que parece».

—Me temo que él necesitará un nombre. No tiene sentido ocultarlo.

Eda cerró las cortinas de puerta y ventanas. A la luz tenue de la lámpara de araña, las sombras en los ojos del desconocido se intensificaron. Ahora eran las cuencas vacías de una calavera.

—¿Él?

—El demonio con el que se propone pactar.

El hombre tragó saliva. Enderezó la espalda.

—Soy Bartholomew. Usted se apellida Shaw, supongo. —La miró de pies a cabeza con el desdén que era característico de la nobleza—. Es muy joven para estar implicada en… estos asuntos.

—Tengo veinte años, señor. Y llevo implicada en «estos asuntos» desde la cuna.

Eso le cerró la boca. Eda acompañó a Bartholomew a la trastienda por el laberinto de estanterías altas que rozaban los techos y bajó los dos peldaños que llevaban a una puerta situada en la pared del fondo. Extrajo la llave que llevaba en el bolsillo con un inesperado estremecimiento de miedo.

Había abierto esa puerta en incontables ocasiones, pero era la primera vez que se disponía a hacerlo sin estar acompañada por Ben o por Lawrie.

La misma ausencia de sus hermanos se le antojaba fantasmagórica.

Eda conocía la tienda como la palma de su mano (le correspondía a ella atenderla mientras Lawrie hacía recados y Ben trabajaba), pero ese silencio expectante le resultaba extraño. Oprimente. Como un aliento en la nuca.

La llave se atascó en la cerradura. «El pulso firme, Eda, no seas boba».

La puerta se abrió.

La respiración de Bartholomew se aceleró.

Eda había tratado con muchos donantes a lo largo de los años y el sentimiento de culpa siempre hacía aparición, pero ya era toda una experta en el arte de sofocarlo.

Esto era necesario y debía hacerse con rapidez.

Sus hermanos no estaban allí para detener a Bartholomew si acaso intentaba escapar.

Fue encendiendo los candiles de pared según bajaban la tortuosa escalera de hierro.

Siempre hacía frío en el sótano y la luz de las llamas apenas lograba insinuar una sensación de calidez.

Olía ligeramente a humedad allí abajo, a tierra y a algo primigenio.

El tufo le hacía pensar en las tumbas, en las catacumbas.

Lugares que no estaban hechos para los vivos.

Encendió el último candil antes de volverse a mirar a Bartholomew.

Él se aferró a la barandilla y se quedó mirando el sótano. Tenía los nudillos blancos.

—¿Eso es todo?

Eda siguió la trayectoria de su mirada. El sótano de los Shaw estaba totalmente desprovisto de adornos, salvo por el solitario espejo que descansaba contra la pared.

—Sí —murmuró ella—. Ese es el Portal.

El espejo medía más de dos metros de altura por la mitad de anchura.

Estaba tallado en un bloque de obsidiana maciza.

Todos los Portales fueron creados de ese material siglos atrás, cuando nadie seguía los dictados de la fe ni creía en el Señor Padre, sino en un panteón de dioses paganos.

Ahora solo las brujas y los herejes adoraban a tales deidades, si acaso alguien lo hacía todavía.

«Proceden de una época salvaje. —Eda recordó las palabras que Lawrie había leído en voz alta en uno de sus libros de historia—.

De una era gobernada por falsas divinidades, cuyos indoctos fieles les confeccionaban terribles herramientas de poder.

Se fabricaron con la más negra obsidiana de las profundas minas de las montañas septentrionales, donde el velo entre mundos es tenue.

Recurriendo a negra magia de sangre para infundir vida a la roca: así se crearon los Portales».

—¡En el nombre del Señor Padre! ¿De dónde lo han sacado? —Bartholomew avanzó un paso inseguro—. Y tan bien conservado… Pensaba que la Hermandad de la Fe había destruido todos y cada uno de los que quedaban en Wesland.

—Mi padre encontró ese espejo. Los hijos no sabemos de dónde lo sacó.

Eda se clavó las uñas en la palma de la mano. No sentía el menor deseo de hablar de Oswin Shaw, y menos ahora. Mejor continuar con lo que tenían entre manos.

—¿Está listo?

Bartholomew respondió con voz temblorosa.

—¿Para qué, exactamente?

«Lo tomaré como un sí».

Eda se acercó al Portal. El marco exhibía una desordenada profusión de imágenes talladas con tanto detalle que parecían surgir de la propia piedra: rugientes pumas, siseantes serpientes, flores con espinas.

Entre los pétalos y los tallos se ocultaban otros seres más extraños: el rostro sonriente de un trasgo de nariz ganchuda, aves espeluznantes, un caballo colmilludo.

Encima de todos ellos, en el ápice del espejo, había un grupo de figuras desnudas arrodilladas en ademán suplicante.

Eda se estremeció.

A pesar de la opulencia del marco, era el propio espejo lo que albergaba el poder.

Nada se reflejaba en la superficie: era negra como una noche sin estrellas, lisa como un lago inmóvil.

Por más veces que la mirara, los helados dedos del desasosiego recorrían la columna de Eda en todas las ocasiones.

Tocó la roca cristalizada. Estaba cálida, aunque no debería. La temperatura en el sótano era gélida, a diferencia de lo que fuera que se extendía al otro lado del espejo.

—Señor Noche. Yo te invoco.

La superficie del espejó ondeó como agua bajo la mano de Eda.

Bartholomew profirió un sonido angustiado.

—¿Así se llama?

—Yo no le conozco por otro nombre.

El espejo se tornó brillante como una joya y se onduló como alquitrán. Eda retrocedió hacia Bartholomew al tiempo que trataba de apaciguar a su corazón. La lógica le decía que no tenía nada que temer, pero su cuerpo nunca se lo acababa de creer.

—¿Qué pasa? ¿Por qué tarda tanto?

El sudor perlaba la zona del bigote de Bartholomew. Se ciñó la capa en torno al cuerpo como si pretendiera desaparecer en su interior.