11. Victoria #2
—No te desvíes. —Aquel ajetreo y nerviosismo estaban despertando las sospechas de Victoria cada segundo más—. Elaine, siéntate. Para ya. Nada de esto es propio de ti, dime qué está pasando.
Con un hondo suspiro, Elaine finalmente se sentó y le hizo un gesto a Victoria para que hiciera lo mismo. —El problema es Marcus Kinkade.
Victoria frunció el ceño. —Me temo que no conozco a ese hombre.
—Date por satisfecha por ahora, porque eso no va a durar mucho. —Elaine extendió las manos sobre el calendario lleno de garabatos de su escritorio—. Marcus Kinkade es el Director de Servicios Quirúrgicos.
Ah, ahora el nombre sí que le resultaba familiar. Pero… —No veo qué tiene que ver conmigo.
—Bueno, todo. —Elaine la miró con franqueza—. Es un hombre que solo piensa en dólares. Tú cuestas muchos dólares. Y no has estado rindiendo según los estándares.
De nuevo, Victoria frunció el ceño. —Muchos cirujanos pasan por rachas difíciles, se acaban solucionando. —Cuando la expresión de Elaine se suavizó en algo muy parecido a la compasión, Victoria ató cabos, se enderezó en la silla y parpadeó—. Espera. No.
—Sí, me temo que sí.
—Sí, qué. —Victoria se inclinó hacia delante—. Dilo en voz alta. Sé clara.
—Me temo que está haciendo ademanes de rescisión de contrato —dijo Elaine, arrastrando cada palabra con una reticencia casi tangible—.
Le encantaría encontrar una excusa para prescindir de ti.
—Miró sus manos y cogió un abrecartas para luego dejarlo a un lado—.
Steve Sundstrom y yo hemos podido mantenerlo a raya por un tiempo, pero…
—Se mordió el labio, cogió su teléfono móvil y después lo dejó a un lado—.
Con el traslado de tu caso de la doctora Monroe al doctor O’Shea, me temo que huele sangre en el agua, Victoria.
Victoria se quedó muy quieta, asimilando todo aquello en su mente. —He sido una buena cirujana —dijo, atónita—. Hasta que pasó esto… esto podría haberle pasado a cualquiera. No es que… mis habilidades son tan agudas como lo han sido siempre.
—Victoria, lo sé. Créeme, Steve y yo se lo hemos estado recordando a Marcus.
—Elaine tragó saliva y parecía estar muy afectada por todo el asunto—.
Lo único que se nos ocurre es que debe de estar bajo una gran presión de arriba para recortar presupuestos.
Liberar la cantidad de tu salario anual más los bonus sería un gran tanto para él.
—Debería haber sabido esto. —Victoria negó con la cabeza mientras el pánico empezaba a burbujear desde su estómago—. ¿Por qué no sabía nada de esto?
—Todos pensamos que ya tenías bastante con lo que lidiar. Habría sido una cosa más sobre tus hombros. —Elaine extendió las manos, con el rostro desamparado—. No quería que hubiera nada que obstaculizara tu recuperación.
—Pero yo no… esto… —Y entonces comprendió—. Todos pensamos… ¿todos? ¿Quiénes eran todos? —¿Sabía Anna algo de esto?
Regresó esa mirada de acorralada. —Yo…
—¿Lo sabía?
Elaine cerró los ojos e inhaló profundamente por la nariz. —Sí. Se enteró durante la última reunión del panel evaluador que tuvimos con ella.
Victoria se quedó helada. —¿Y cuándo fue eso? —susurró.
—Hace unas semanas —admitió Elaine.
Semanas. Semanas. El pánico dio paso al ácido punzante de la traición. —Ella lo sabía —murmuró Victoria, cerrando los puños—. Ella lo sabía.
—Steve y yo acordamos que tú no debías saberlo, Victoria. —Levantándose, Elaine rodeó su escritorio y se acuclilló frente a Victoria, tomándole las manos—. Fue idea nuestra. Le dijimos a Anna que no te lo contara, se lo dijimos explícitamente. Ella no estaba de acuerdo.
—Pero lo sabía. —Victoria oyó su propia voz, plana y fría.
—Estaba bajo órdenes —dijo Elaine con firmeza—. No podía decírtelo. Lo habría hecho, quería hacerlo. Nos dijo que debíamos informarte más pronto que tarde. No creo que se sintiera cómoda ocultándote nada.
Lógicamente, lo comprendía. Emocionalmente, aún sentía la punzada de la traición en el fondo de su estómago. Con cuidado, apartó sus manos de las de Elaine y se puso en pie. —Gracias por hacérmelo saber.
Elaine también se levantó. —Por favor, no hagas nada precipitado, Victoria.
—No tienes por qué preocuparte por mí. —Ya estaba dando sus frutos el trabajo que Cameron hacía para lograr que se sentara con sus emociones y las examinara antes de reaccionar.
Victoria estaba furiosa, pero iba a ir a su despacho ahora mismo y pensaría las cosas con calma y racionalidad.
Ella misma tenía cirugías que realizar hoy, y no necesitaba que la traición, la ira y el miedo a perder su trabajo la distrajeran.
No, no haría nada impulsivo. —Estaré en mi despacho si alguien me necesita antes de pasar consulta. —Le dedicó a Elaine un asentimiento breve y cortante—. Gracias por tu tiempo.
Mientras caminaba con paso rígido hacia su despacho, Victoria sintió que su móvil vibraba en el bolsillo. Lo sacó y vio un mensaje nuevo de Anna. ¡Espero que tu día vaya bien! ¿Cenamos luego?
Durante un largo momento, Victoria se quedó mirando el mensaje. Luego volvió a guardarse el móvil en el bolsillo, dejándolo sin responder. —Mi día no está yendo bien —masculló mientras abría la puerta de su despacho—. No va bien en absoluto.
Y cerró la puerta de un portazo tan fuerte que el estruendo hizo castañetear todas las lamas metálicas de sus ventanas.
Las cosas no mejoraron lo más mínimo durante las siguientes veinticuatro horas.
De hecho, empeoraron mucho, muchísimo.
Victoria se las había arreglado para enviarle un mensaje bastante inocuo a Anna rechazando la invitación de la cena, alegando agotamiento y una agenda quirúrgica muy apretada.
La respuesta de Anna, ¡Oh! Otra vez será entonces, había sido bastante sencilla e inocente, pero en el estado de ánimo actual de Victoria, leyó pasivo-agresividad en ella y eso solo sirvió para que se enfadara más con Anna.
Pensó que su mal humor también la estaba volviendo demasiado paranoica.
Tenía la sensación de que la gente le lanzaba miradas de reojo por dondequiera que iba.
Pero llevaba semanas con todo bajo control.
Sin bloqueos en el quirófano. Todos los procedimientos terminados con éxito y excelentes resultados para los pacientes.
Así que, seguramente, se lo estaba imaginando.
Excepto que, según se dio cuenta, no era así.
Y realmente ocurría en cualquier parte del hospital.
Por todo el ala de Cardiología, pillaba a las enfermeras susurrando entre ellas y mirándola mientras hacía las rondas.
En la cafetería, cirujanos que apenas conocía parecían estar cotilleando y observándola, apartando la vista apresuradamente si ella los descubría.
Incluso Ashley se dio cuenta. —Pero ¿por qué estaría Priya Majumdar, de Oncología, cotilleando sobre ti con.
.. —Entornó los ojos para intentar ver quién salía a toda prisa de la cafetería con la cirujana oncológica—.
Creo que es Nate Foster, de Traumatología.
Victoria recordaba vagamente a Nate de aquella horrible tarde con el suceso de víctimas masivas. Había estado en el equipo con ella para intentar salvar a la desafortunada víctima de las quemaduras. —La verdad es que no sé cómo se conocen todos la mitad de las veces.
Ashley masticaba un trozo de pollo de su ensalada mientras fruncía el ceño.
—Es una pareja extraña, créeme. Oh, hola, cielo.
—Irradiaba alegría cuando la Dra. Jen Colton, la coordinadora de trasplantes del hospital, se acercó con su propia ensalada y se unió a ellas en la mesa.
Las dos mujeres llevaban tiempo juntas—. Me alegro de verte.
—Ni que no me hubieras visto esta misma mañana.
—Jen se rió entre dientes, con sus ojos azules centelleando mientras se quitaba una goma del pelo y se retocaba su suave coleta blanca—.
Hola, Victoria. Ashley, amor mío, ¿por qué Majumdar salía pitando de aquí como si le hubieras metido el miedo en el cuerpo?
—No he sido yo —protestó Ashley—. He sido increíblemente amable con ella últimamente.
—Quizá ese sea el problema —reflexionó Victoria—. Eres tú, no yo. No sabe qué hacer cuando no la estás insultando.
—Te estaban mirando a ti, sin duda —dijo Ashley, firme en su convicción—. Y hablaban de ti. No huyeron cuando yo los miré, pero no podían salir de aquí lo bastante rápido cuando vieron que los habías pillado.
Jen miró a ambas. —¿Por qué iba una cirujana de Oncología a hablar de ti? —le preguntó a Victoria.
Victoria solo pudo encogerse de hombros mientras pinchaba sin muchas ganas su ensalada Cobb.
—Sinceramente, no tengo ni idea. Pero no son los únicos.
—Se metió un bocado de jamón y lechuga en la boca—.
He visto a unas enfermeras en Cardiología antes.
Y un celador en Urgencias me estaba mirando como si hubiera visto a un fantasma.
Ah, y un par de residentes en el quirófano conmigo hoy; estaban charlando y observándome a través de la ventana de la sala de lavado, pero desde luego cerraron la boca rápido cuando entré en la habitación.
Ashley frunció el ceño. —No me habías contado todo eso.
—Habría acabado haciéndolo. Creo. —Victoria frunció el ceño—. Para ser totalmente sincera con vosotras, hasta ahora había pensado que me lo estaba imaginando.
—Parece ser que no. —Jen apoyó la barbilla en la mano con gesto pensativo.
—Yo no he oído nada —dijo Ashley, desconcertada.
—Bueno, es normal, ¿no? —Victoria volvió a hurgar en su ensalada—. Todo el mundo sabe que somos amigas íntimas además de colegas. Y saben que estás con Jen, así que se cuidarán de no hablar donde ella pueda oírlas también.
—Es verdad —asintió Jen.
Comieron en silencio un rato, todas sumidas en sus pensamientos.
Ashley rompió el silencio. —Podría acorralar a Majumdar, quizá —se ofreció, con una sonrisa casi alegre ante la perspectiva de atormentar a su némesis profesional—.
Como has dicho, Jen, no me es ajeno eso de meterle el miedo en el cuerpo. Puedo conseguir respuestas.