Reanimarla (Amor en urgencias nº 9) 3. Victoria #2
19%

3. Victoria #2

—Tengo a las enfermeras de quirófano amenazando con un motín, pacientes que se quejan de su trato —más de lo habitual— y luego me llegan informes de usted sufriendo crisis nerviosas en las escaleras y en quirófanos activos.

Francamente, esto es motivo de preocupación.

—Elaine sacudió la cabeza—. Lo siento, Victoria.

Tengo que insistir en que vea a la doctora Monroe.

Como es debido. Al completo. Deje que haga lo que pueda para ayudar.

—No necesito ayuda —siseó Victoria.

—No estoy de acuerdo. Y estoy totalmente dispuesta a respaldar mi afirmación con medidas. —La suave preocupación fue reemplazada por una voluntad de acero—. Comprométase con la evaluación y las visitas terapéuticas, o la suspendo de empleo y sueldo.

Aquello hizo que Victoria se pusiera en pie de un salto. —¡No puede hacer eso!

—¿Ah, no? —Elaine soltó una risita—. No solo puedo, sino que tengo el apoyo total de Steve Sundstrom. Va a recibir asesoramiento, le guste o no.

—¡No me gusta! —Las palabras salieron de ella de golpe, y detestó el tono petulante que tenían.

—Sí, todos somos conscientes de ello. —Con aire pensativo, Elaine consultó su ordenador—. La dejaré tranquila esta tarde, pero la quiero en el despacho de la doctora Monroe a primera hora mañana por la mañana, doctora Ellis. —Vuelta a la formalidad—. Tiene un hueco libre a las nueve.

—Yo no, tengo la implantación de un marcapasos a esa hora —protestó.

—No, ya me he adelantado y se la he reasignado a la doctora Proctor —respondió Elaine distraídamente, con los dedos volando sobre el teclado—. Ya está todo listo.

El teléfono en el bolsillo de Victoria sonó, y supo que sería una notificación de su portal de salud con la nueva cita. Ni siquiera se molestó en mirarlo. Poniéndose en pie, se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta del despacho.

—Doctora Ellis —la llamó Elaine—. ¿Sabe que no es un pecado capital aceptar ayuda de vez en cuando?

—Por supuesto que lo sé —espetó mientras abría la puerta de un tirón—. Pero no necesito ayuda, maldita sea.

Sin decir una palabra más, Victoria salió disparada al pasillo y dio un portazo tras de sí.

Esto es imperdonable.

Pero a las nueve en punto, estaba de vuelta en la clínica de Bienestar del Personal.

Furiosa, por supuesto. Y con falta de cafeína; con las prisas por llegar al hospital y acabar con esto de una vez, se había olvidado de preparar su termo de té matinal.

Así que no había nada en su torrente sanguíneo ni en su estómago que la ayudara a sobrellevar la aparición de la doctora Anna Monroe, que volvía a llevar una falda larga de flores —esta vez de grandes peonías rosas, inapropiadamente primaverales para octubre— y un jersey encima de su blusa de seda color crema.

Una maldita rebeca, de hecho, tan andrajosa como el jersey del día anterior, de un color malva anodino con unos desafortunados ochos llenos de bolitas.

Y bailarinas a juego, por supuesto. De cuero malva.

¿Acaso la mujer tenía un par nuevo de esas cosas para cada conjunto?

¿Qué hacía los días de invierno? ¿O en verano? ¿Tenía siquiera un par de sandalias?

La actitud agradable de Anna no hizo más que caldear el mal humor de Victoria. —Veo que hoy no trae su termo —observó mientras caminaban hacia su despacho—. Sé que mi colección de té no está a la altura de sus estándares, pero me gustaría ofrecerle la oportunidad de que elija algo para usted.

Victoria intentó reprimir un escalofrío.

La mencionada colección distaba mucho de su aromático té Darjeeling de Fortnum permitirle unos minutos para situarse es lo mínimo que puedo ofrecerle.

A regañadientes, Victoria lo agradeció. Y no estaba precisamente descontenta por posponer el momento en que la loquera empezara a intentar hurgar en sus pensamientos y sentimientos.

Se sentó en silencio, sosteniendo la taza con ambas manos, dejando que el calor se filtrara y las templase.

Ni siquiera se había dado cuenta de que tenía las manos frías.

En su acogedor sillón de terciopelo marrón, Anna estaba sentada, como una imagen de paz y quietud. Alargó la mano hacia una mesita encajada entre su sillón y la ventana y cogió su propia taza de té. Debía de estar recién hecho; Victoria aún podía ver el vapor elevándose en espirales.

Otro silencio llenó la habitación. Victoria lo odiaba. —¿Y bien?

Los grandes ojos marrones de Anna se agrandaron por encima del borde de su taza y parpadeó. —¿Y bien, qué? —preguntó, bajando la taza sin haber tomado ni un sorbo.

—¡Acabe de una vez! —estalló Victoria—. No me gusta esta táctica manipuladora suya, dejando que este silencio horrible se prolongue más y más, manteniéndolo sobre mi cabeza como una especie de espada de Damocles.

—El silencio no me molesta —respondió Anna en voz baja—. Y no lo uso como ningún tipo de táctica. Si quiere hablar conmigo, hablará. Si no quiere, no lo hará. Si intento forzarla o engatusarla para que se desahogue, resulta contraproducente.

¿Lo dirá de verdad? Victoria apretó los labios con fuerza, decidida a poner a prueba la afirmación de la terapeuta. No quería hablar con Anna, así que no lo haría. A ver si así le gusta.

Para su disgusto, Anna parecía sentirse realmente cómoda con el silencio. Sorbía su té y miraba por la ventana, y de algún modo parecía completamente satisfecha con sus vistas al aparcamiento de Oakridge.

Victoria, por el contrario, se sentía mortificantemente inquieta.

Tamborileó los dedos contra su taza de té, haciendo que el delicado líquido formara ondas.

Su equilibrio en el borde de los cojines del sofá era un tanto precario, así que tuvo que hacer ajustes al tiempo que intentaba no acomodarse demasiado en sus mullidas profundidades verdes.

Aunque no solía juguetear con las joyas, Victoria notó que sus dedos iban más de una vez a juguetear con el colgante de jade que llevaba al cuello de una fina cadena dorada.

No podía dejar de moverse. Mientras tanto, Anna, la viva imagen de la serenidad, apenas se movía, salvo para beber su té y, en una ocasión, para rascarse la punta de su pequeña y respingona nariz.

Entonces, para horror de Victoria, sucedió la cosa más repugnante del mundo: en el silencio cargado del despacho de Anna Monroe, a Victoria le rugieron las tripas. Ruidosamente.