Reanimarla (Amor en urgencias nº 9) 3. Victoria
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3. Victoria

VICTORIA

—Es completamente absurdo que me enviaran a esa cita esta mañana. —Victoria sacudió la cabeza y le dio un mordisco feroz a una manzana verde—. ¿Has estado alguna vez en Bienestar del Personal? No te creerías la clase de gente que tienen allí.

Ashley mordisqueó un trozo de pollo de su ensalada César. —¿La clase de gente que quiere ayudar a los médicos que están al borde de un ataque de nervios?

Victoria la fulminó con la mirada. —Yo no estoy al borde de un ataque de nervios.

—Ya, ya. —La mirada de complicidad en el rostro de Ashley era exasperante—. ¿O sea que el que yo tuviera que entrar a lavarme para tu inserción de stent fue solo un día de campo para las dos?

—Una aberración. Un único desliz momentáneo —protestó Victoria.

Comieron en silencio un momento; Victoria arrancaba otro trozo de manzana con los dientes mientras Ashley devoraba su ensalada de forma más decorosa. Al poco rato, volvió a hablar. —No creo que te hiciera daño charlar un poco con la psicóloga, Vic.

Victoria tiró el corazón de la manzana sobre la mesa de la sala de personal del ala de Cardiología. —¡Maldita sea...!

—Me has tenido un poco preocupada últimamente, más allá de esto del caso Jennings —la interrumpió Ashley, dejando el tenedor—. No he dicho nada porque esperaba que el rumbo se corrigiera solo.

—Y lo hará —soltó Victoria con impaciencia.

—Vic. Han pasado meses. Estás cansada todo el tiempo.

No comes. —Ashley señaló con un gesto sus respectivos almuerzos.

Ella tenía una ensalada César con pollo, un batido de proteínas de fresa y una galleta con pepitas de chocolate.

Victoria solo tenía su manzana verde y un yogur desnatado que no había abierto y no estaba segura de si quería—. La pérdida de peso, el carácter…

—¿Qué le pasa a mi carácter? —preguntó Victoria con un tono de voz peligrosamente bajo.

La respuesta de Ashley fue breve y diplomática. —Últimamente estás muy irascible. Las enfermeras de quirófano se están hartando de ti. ¿Te has fijado en que Melissa se pide trabajar cada vez más conmigo?

Aquello hizo que Victoria se recostara y parpadeara. —¿Pero qué...

—No sé muy bien qué está pasando. Solo que... algo ocurre, Vic. Y quizá podrías sacar algo en claro hablando con esa doctora Monroe.

—Una psicóloga. Apenas es una doctora de verdad.

—Con el mal genio apaciguado momentáneamente al recordar los eventos de la mañana, Victoria puso los ojos en blanco—.

No puedo tomarla en serio. Esa oficina que parece un mercadillo benéfico, ¡y por el amor de Dios, con una falda larga de flores! ¡Y bailarinas!

—Es solo ropa, Victoria.

—Lo dice la cirujana que ha venido hoy vestida de Chanel. —Victoria arqueó una ceja con conocimiento de causa—. A ti te gusta la ropa tanto como a mí.

—Bueno, puede ser. Pero no voy a juzgar la capacidad de alguien para realizar una cirugía o dar terapia basándome en lo que lleva puesto. —Ashley cogió el tenedor para seguir comiendo.

—Es todo el conjunto, Ashley, no puedo..

. —Victoria sacudió la cabeza, recordando a la pequeña psicóloga, su pelo pelirrojo y algo encrespado recogido en una coleta.

El jersey de cachemir naranja óxido, mono pero andrajoso, al que le hacía falta un quitapelusas.

Su larga falda color crema con enredaderas verdes y azahares naranjas y aquellas dichosas bailarinas verdes en los pies.

Todo en la doctora Anna Monroe proyectaba suavidad, dulzura, accesibilidad…

cualidades que Victoria no fomentaba en sí misma.

Especialmente no después de...

Otro recuerdo molesto intentó salir a la superficie desde las profundidades de su psique. Victoria cerró los ojos y volvió a apartarlo. —No necesito terapia —aseveró, inspirando profundamente por la nariz y conteniendo el aliento.

La doctora Anna Monroe y su aura de amabilidad eran una amenaza para Victoria. No volvería por allí.

—Doctora Proctor. Doctora Ellis. —El saludo de Elaine Martin fue agradable, pero Victoria detectó un matiz de determinación subyacente que no solía estar presente. Era poco probable que aquello fuera un buen presagio para ella.

—Doctora Martin. —Ashley le sonrió a Elaine. Su relación era estrecha, Victoria lo sabía; Elaine había sido la mentora de Ashley durante muchos años. Era de dominio público que Ashley sería la favorita para el puesto de jefa de Cardiología cuando Elaine decidiera jubilarse.

A Victoria no le importaba aquello. Ser jefa de cirugía nunca había sido su meta profesional; lo único que siempre había querido era operar, resolver problemas, recomponer a la gente.

El cuerpo humano era un rompecabezas que le encantaba desmontar y volver a armar.

Y cuanto más complejo, mejor; o al menos, así era antes. ..

Esto no. Victoria apretó los dientes.

Se desconectó mientras Elaine y Ashley charlaban, jugueteando con su yogur cerrado. Al evitar ciertos pensamientos, otros menos bienvenidos volvían a aflorar… y, a su pesar, se volvían bienvenidos en cierto modo, supuso ella.

Anna Monroe.

No quería terapia. En absoluto. Innecesaria, indeseada, toda una serie de palabras que empezaban por in.

Pero llevaba tres horas sin dejar de pensar en Anna y se preguntaba por qué.

¿Era solo su irritación por el hecho de que la hubieran enviado a terapia?

¿O algo más? Victoria dio vueltas en su mente a la imagen de la pequeña terapeuta con aire de maestra de escuela, pero no llegó a ninguna conclusión.

—¿Doctora Ellis? —La voz de Elaine interrumpió sus divagaciones—. ¿Podría verla en mi despacho?

Ah. En efecto, aquel pequeño presagio tonal en el saludo no había sido una buena señal después de todo. A veces detesto tener razón. —¿A última hora de la tarde? —preguntó esperanzada.

—Ahora, por favor. —La determinación volvió a aparecer, y Victoria supo que no había escapatoria.

Sintiéndose exactamente como si la hubieran llamado otra vez al despacho del director en cuarto de secundaria, Victoria se puso de pie. Pero si dejé de fumar hace años, pensó con un cierto humor histérico.

Cuando empezó a seguir a Elaine fuera de la sala, sintió que Ashley le metía algo en el bolsillo de la bata. —Para luego —oyó decir a su colega.

Miró en el pasillo. Su yogur sin abrir… y la galleta con pepitas de chocolate de Ashley. Victoria suspiró y miró a su alrededor antes de tirar ambas cosas a una papelera cercana. Sencillamente, no tenía apetito.

Con voluntad de hierro, Victoria evitó inquietarse en el asiento. Llevaban varios minutos en el despacho de Elaine; la Jefa andaba de aquí para allá, charlando sobre cosas intrascendentes y pareciendo no notar que Victoria no estaba aportando absolutamente nada a la conversación.

Agarró los brazos de su silla y apretó con fuerza, manteniendo el impulso de gritar ¡ve al grano!

firmemente tras sus dientes. Elaine Martin le caía bastante bien y no sentía la necesidad de enemistarse con la mujer.

Dicho esto, tenía varias cirugías programadas para esta tarde, y el tiempo para pasar consulta antes de empezar se estaba agotando.

—...y, por supuesto, espero de veras que haga acto de presencia en nuestra gala de otoño, doctora Ellis.

Sé que suele evitarla, pero mantengo la esperanza de que algún día ceda.

—Con una sonrisa radiante y maternal, Elaine colocó una voluminosa revista médica en los estantes cercanos a su mesa y finalmente se sentó, entrelazando las manos sobre el deslucido y garabateado calendario de mesa antiguo que ocupaba gran parte de la superficie del escritorio—.

Bien. Hablemos de su mañana. Tengo entendido que no ha cumplido exactamente con el mandato que le impuse de asistir a una evaluación de bienestar con la doctora Monroe.

—Fui a la clínica. Hablé con ella. —Victoria puso los ojos en blanco y agitó una mano—. Obligación cumplida.

—Al contrario. —Cuando Elaine se inclinó hacia delante, sus ojos azules eran de acero—.

La insultó, evitó cualquier diálogo relevante, le informó de que no necesitaría sus servicios y se largó cuando faltaban cuarenta y cinco minutos y sin cumplir el propósito real de la cita: la evaluación de su estado mental. —Entornó los ojos—. Explíquese.

—Oh, por favor. Solo fui directa. —Victoria se hundió en su silla—.

No vi ninguna necesidad de hacerle perder el tiempo a ella ni de perder el mío.

Mi estado mental es perfecto. He hecho dos broncoscopias completas solo hoy, y esta tarde tengo una inserción de stent y un reemplazo de válvula aórtica.

—¿Y no tengo que preocuparme de que abandone ninguna de ellas? —Elaine arqueó una ceja—. ¿No va a insistir en que llevemos a un paciente con bata, paños quirúrgicos e inconsciente de vuelta a hacerse otro TAC o dos? ¿Realmente va a operar a esos pacientes?

—Bueno, ese es el plan, por supuesto —replicó Victoria, sintiéndose un poco herida—. No me gusta especialmente esa sensación de que a una persona no se le permita cometer errores. Estas cosas pasan.

—Pasan, y parte de mi trabajo es asegurar que no se repitan. —La mirada de Elaine se suavizó ligeramente, y de alguna manera eso resultó más aterrador para Victoria que la determinación combativa—. Victoria...

Victoria se quedó helada ante el uso poco común de su nombre de pila por parte de aquella mujer. Elaine pareció no darse cuenta.

—...estoy preocupada por usted. Los informes que recibí ayer de varios miembros del personal… ¿sabe que no son los primeros? No la enviaría a Bienestar del Personal tras un solo mal día. Ha tenido unos cuantos días malos últimamente, ¿no cree?

Victoria se apretó la mano con fuerza, haciendo que le dolieran los nudillos. —Bueno…