2. Anna
ANNA
Anna Monroe estaba sentada acurrucada en su sillón favorito en su despacho del Hospital Oakridge, una lujosa pieza de terciopelo marrón que había encontrado a mitad de precio en una tienda de segunda mano de Los Ángeles.
En su regazo descansaba una delgada carpeta de personal del hospital; la pestaña verde la identificaba como miembro del equipo quirúrgico, y la roja especificaba que pertenecía a cirugía cardiotorácica.
—Victoria Ellis —leyó en voz alta, abriendo la carpeta—.
Guildford, Surrey, Reino Unido. Cuarenta y tres años.
Educación en Cambridge, después en la Universidad de Londres.
Quince años en el departamento de cirugía cardiotorácica de Oakridge.
—Levantó la página—. Se informa de un episodio de angustia aguda tras un encuentro con familiares de un paciente.
Nueva crisis el mismo día en el quirófano.
Parecía que la doctora Victoria Ellis había tenido un lunes bastante terrible, observó Anna. Y que no tenía ninguna gana de hablar de ello, a juzgar por el hecho de que la cita que Anna le había concertado había sido cancelada casi de inmediato.
Por desgracia para la doctora Ellis, la cita era un mandato de Elaine Martin, la jefa de Cardiología.
Así que, cuando Anna le envió un breve correo electrónico sobre el aviso de cancelación que había recibido, obtuvo una respuesta telefónica inmediata.
—Por favor, mantenga abierta la hora de la cita —le había instruido la doctora Martin con calma—.
Hablaré con la doctora Ellis esta tarde y necesitaremos ese hueco de tiempo.
Anna no sabía mucho sobre Elaine Martin, pero sí sabía que, a pesar de su aspecto dulce y de abuela, ni siquiera Steve Sundstrom, el jefe de cirugía de todo el hospital, se atrevía a llevarle la contraria.
Anna mantuvo la cita marcada como «ABIERTA» en su calendario digital y esperó nuevas noticias.
Llegaron esta mañana a las siete, justo cuando entraba en su despacho para empezar el día.
Por favor, vuelva a confirmar la cita de evaluación para la doctora Ellis, decía el correo. La verá a las 9:00.
Eran las 8:45. No faltaba mucho para que Anna conociera a la cirujana que había tenido un día tan terrible, horrible, espantoso y malísimo.
Tenía curiosidad. Había demasiada gente en la plantilla de Oakridge para conocerlos a todos, pero incluso ella había oído hablar de Victoria Ellis, la prodigio de cardio y la reina del hielo por excelencia.
La entereza de esa mujer bajo presión era legendaria.
El hecho de que hubiera sufrido algún tipo de crisis visible que hiciera necesaria la terapia le indicaba a Anna que había problemas profundamente arraigados y no abordados durante mucho tiempo bajo esa superficie supuestamente imperturbable.
No es que debiera diagnosticar antes de conocer a la mujer.
Dejando la carpeta a un lado, Anna se puso en pie y fue a revisar la zona de café y té en la esquina de su despacho.
Le gustaba tener una selección bastante completa para adaptarse a cualquier gusto: té verde, té negro, incluso algo de oolong a granel.
El minibar tenía envases frescos de leche, nata, crema, leche evaporada, leche de avena, de soja y de almendras.
Su variada colección de tazas de mercadillo estaba limpia y colgada ordenadamente de un tablero perforado montado sobre la mesa.
Y de camino al despacho, se había detenido en una pastelería cercana a su casa que le encantaba para comprar algunas de sus galletas de chocolate favoritas, recién horneadas esa mañana.
Con suerte, aquello sería suficiente para romper el hielo incluso con la más gélida de los médicos.
Anna se miró en el gran espejo de marco dorado de la pared y tiró de su coleta baja de color castaño rojizo, apretando la goma que se le resbalaba hasta que quedó firme en la nuca.
Pensó que tenía un aspecto amable y cercano.
Ojos brillantes, sonrisa dulce, sin artificios.
Solo un aire que, según esperaba, transmitiera que estaba allí para ayudar.
—La doctora Ellis está aquí —dijo la voz fría de la recepcionista de la clínica, Kathleen, por el altavoz del interfono en la esquina.
Anna pulsó el botón de respuesta. —Ya voy.
—Con una última mirada al espejo, esbozó una sonrisa luminosa y se alisó la parte delantera de su jersey de cachemira naranja óxido con cuello de pico.
Luego se dirigió a la zona de recepción, con su larga falda floral ondeando alrededor de sus pantorrillas.
En cuanto entró en la recepción, vio inmediatamente que iba a tener mucho trabajo por delante.
La rubia alta y gélida que esperaba junto a la puerta tenía la hostilidad grabada en sus ojos azules y todos sus muros firmemente levantados.
La falta de voluntad casi chisporroteaba en ella, una declaración tan ruidosa como si la hubiera gritado literalmente.
Nada en ella decía que quisiera estar allí o que fuera a colaborar.
Incluso el rincón del té y el café no serviría de nada para romper el hielo, comprobó Anna.
La doctora Ellis tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una mano elegante sostenía un esbelto termo de metal blanco, presumiblemente lleno de algo que la cirujana habría preparado en casa.
Definitivamente voy a tener mucho trabajo, pensó Anna.
La doctora Ellis se aclaró la garganta y levantó una delicada ceja rubia. —¿Vamos a poner en marcha este pequeño espectáculo, o soy simplemente una atracción de feria a la que va a mirar boquiabierta hoy?
Anna parpadeó. Saber que la doctora Ellis era británica no la había preparado para el acento suave y aristocrático con el que soltó aquel comentario despectivo. La descolocó por un momento. —Ah, por favor, doctora Ellis, venga conmigo.
—Lo que sea con tal de terminar pronto con esto —suspiró la doctora Ellis.
Los finos tacones de sus caros zapatos de salón repiquetearon sobre el suelo de baldosas de la clínica mientras acompañaba a Anna a su despacho.
En realidad, todo en ella parecía caro, desde el elegante termo hasta sus zapatos o la falda negra que llevaba, tan impecablemente entallada que le sentaba como una segunda piel.
Su blusa era de algodón blanco impoluto, con los dos botones superiores abiertos en el cuello, y llevaba una gabardina de Burberry colgada del brazo.
Anna solo había visto a mujeres así en la televisión y, aunque no solía sentirse insegura ante mujeres poderosas, sintió una cierta inquietud, como si acabara de ser lanzada a una partida de ajedrez cuando lo único que conocía eran las damas.
Tenía que andarse con mucho cuidado con esta, lo sabía. Victoria Ellis no se dejaría convencer fácilmente.
Llegaron a su despacho y Victoria entró con aire majestuoso, dejando caer su abrigo de Burberry y un bolso de cuero de apariencia engañosamente sencilla —pero que Anna estaba segura de que costaría mucho más de lo que ella había pagado nunca de alquiler mensual— con descuido en el suelo, junto al mullido sofá de pana verde, otro hallazgo de Anna en una tienda de segunda mano.
Se preguntó cómo reaccionaría la gélida cirujana vestida de diseño al saber cuántos de los objetos de esa habitación eran de segunda mano.
¿Se dignaría a posar su perfecto traserito en los cojines del sofá?
Anna había limpiado con mucho cuidado todos sus hallazgos con sus propias manos, pero sospechaba que Victoria arrugaría la nariz de todos modos.
Anna se sentó en su sillón de terciopelo marrón y observó a Victoria mientras la cirujana merodeaba por el despacho, inspeccionándolo todo de cerca. Pasó una mano elegante por la selección de tés. —Basura —bufó.
—Si tiene alguna preferencia, puedo añadirla a la colección para usted —ofreció Anna.
—No podría conseguirlo aquí. —Con la barbilla en alto, Victoria continuó su inspección. Miró de nuevo a Anna y agitó su termo—. Y he traído el mío propio, en cualquier caso.
—De acuerdo. —Anna cogió su libreta y su bolígrafo, así como el expediente de personal—. ¿Le gustaría tomar asiento? Podemos empezar.
Aquella mano elegante hizo un gesto de desdén. —Estoy bien así.
Anna tomó aire profundamente por la nariz, en silencio.
No quería que esa mujer imperiosa viera que estaba empezando a molestarla.
Anna no era ajena al complejo de superioridad, a menudo irritante, que casi todos los cirujanos parecían poseer.
Había asesorado a bastantes a lo largo de su carrera.
¿Pero Victoria? Estaba a un nivel superior que cualquier otro.
Anna volvió a abrir el expediente y echó un vistazo a la larga lista de logros y premios.
Quizá la actitud estaba parcialmente justificada.
.. pero solo parcialmente. Anna le dedicó su sonrisa más cálida y amable, pero puso un toque de firmeza en su voz. —Doctora Ellis. Por favor, siéntese.
—Oh, está bien. —Victoria suspiró y se sentó con cautela en el borde del sofá, con las manos entrelazadas en el regazo.
Sus ojos, cuando se posaron en Anna, eran de un azul precioso y vibrante, y tan gélidos como cualquier glaciar de Alaska.
Anna tenía que admitirlo, era una mujer absolutamente impresionante.
Alta, esbelta, con la elegancia de una bailarina, esos grandes ojos azules y su cabello rubio dorado oscuro recogido en un gran moño en la nuca.
Sus cejas estaban perfectamente perfiladas en arcos delgados, su maquillaje era mínimo pero cuidadoso, y su piel era literalmente impecable.
Sinceramente, parecía salida de una revista, no alguien lista para realizar complejos procedimientos quirúrgicos.
Contra su voluntad y su mejor juicio, Anna se sintió atraída por esta estatua ártica y perfecta de mujer.
—Le gusta mucho observar, ¿verdad? —observó Victoria, inclinando la cabeza hacia un lado—. ¿Forma esto parte de su proceso de evaluación?