Reanimarla (Amor en urgencias nº 9) 1. Victoria #3
8%

1. Victoria #3

Ya me encuentro mejor, reflexionó Victoria mientras salía de la escalera y se dirigía a un ascensor que la llevaría a la planta de Cardiología y a su despacho.

Pasaría un rato allí, se prepararía una taza de té y, para cuando tuviera que lavarse para la inserción del estent, volvería a estar totalmente serena y bien.

No se dio cuenta de que Hayley Milton seguía observándola a través del pequeño ventanal de la puerta de la escalera, con la preocupación aún grabada en el rostro.

—Tenemos que comprobarlo otra vez —instruyó Victoria con los dientes apretados, con el bisturí congelado en el aire sobre su paciente—. Tenemos que estar absolutamente seguras de que las venas están limpias.

—Están limpias, Vic, te lo prometo. —La voz de Ashley era suave pero firme—.

No hace falta que lo comprobemos de nuevo.

Ambas hemos comprobado los niveles de anticoagulante, hemos hecho el TAC, no hay coágulos.

Te lo prometo, puedes hacer el corte, podemos hacer esta cirugía.

No es nada, has hecho muchísimas de estas.

—Compruébalo. Otra vez. —Le dolía la mandíbula de lo fuerte que la apretaba.

Sabía que estaba siendo irracional, pero no podía, no movería la mano para abrir a aquel paciente hasta que estuviera completamente segura de que no acabaría todo en desastre otra vez.

De que no perdería a un paciente sin motivo alguno, de que no la acusarían de ser una asesina despiadada.

—Piensa con lógica —suplicó Ashley mientras el resto del personal del quirófano intercambiaba miradas de incertidumbre—.

Estamos aquí, el campo es estéril, el paciente está anestesiado.

Hemos hecho todas las comprobaciones, Vic.

Todo está en orden. Sabes que yo, precisamente yo, no dejaría que siguieras adelante sin saber que has determinado eso con la mayor certeza humana posible.

Fue ese con la mayor certeza humana posible lo que impidió que su mano se moviera, lo que la había bloqueado de forma tan completa que la enfermera instrumentista de este procedimiento, Lindsay, había tenido que enviar a uno de los internos que observaban a buscar a Ashley a su despacho, hacer que se lavara y se pusiera frente a Victoria suplicándole que simplemente hiciera su maldito trabajo.

Ese ápice de incertidumbre que era imposible de borrar porque ninguna cirugía podía ser algo totalmente predecible y garantizado la mantenía inmóvil, exigiendo que llevaran a su paciente estéril y cubierto, aún inconsciente, a la sala de TAC y lo escanearan una última vez.

Para una inserción de estent, un procedimiento que Victoria podría realizar dormida.

Pero no podía moverse.

El bisturí se le cayó de los dedos inertes y tintineó contra el suelo del quirófano. Lindsay se agachó y lo recogió, dejándolo a un lado en la bandeja reservada para instrumentos usados. Se quedó mirando a Victoria, conmocionada. Todos lo hicieron.

Una docena de pares de ojos puestos en ella, y eso solo contando a la gente que estaba en el quirófano.

Victoria levantó lentamente su mirada reacia hacia la galería de observación, donde rostros conocidos y desconocidos la miraban con consternación.

Entre ellos estaba la Dra. Elaine Martin, jefa de Cirugía Cardiotorácica de Oakridge, que tenía los labios apretados en una fina línea de preocupación.

A Victoria se le cayó el alma a los pies.

—Lo siento muchísimo —logró jadear, y luego se dio la vuelta para salir corriendo de la sala.

Al cruzar las puertas, oyó a Ashley informar con calma al personal de que ella se hacía cargo.

La humillación encendió las mejillas de Victoria mientras se quitaba su segundo atuendo quirúrgico del día y lo tiraba a los contenedores.

Tenía dos procedimientos más programados para hoy, pero corrió hacia la gran pizarra blanca y borró su nombre de ellos, ignorando los gritos de indignación de la enfermera jefa.

Normalmente, se sentiría fatal por causar este tipo de caos.

.. normalmente, nunca se comportaría así.

Pero no dejaba de oír las mismas palabras repitiéndose una y otra vez en su cabeza.

Eres un ser humano despreciable. Lo estás haciendo de pena.

Básicamente has matado a mi padre.

Y por debajo de ellas, un recuerdo con el que no quería lidiar le susurraba un canto de sirena de desesperación, culpa y vergüenza.

Victoria siguió corriendo hasta su despacho para coger el bolso y luego salió del hospital hacia su Mini Cooper.

Solo quería estar en casa, refugiarse en su piso y dejar el mundo fuera bajo llave.

Rebuscando en el bolso, sacó las llaves y se metió en el coche, saliendo del aparcamiento como si un millar de demonios del infierno la persiguieran.

Sabía que era peligroso conducir tan distraída, tan alterada, pero no vivía muy lejos del hospital. Yendo por calles tranquilas, llegó al piso que llamaba hogar desde hacía diez años, aparcó el coche y entró a grandes zancadas.

De forma robótica, Victoria sacó una copa de vino del armario y una botella de un buen Chardonnay australiano de su frigorífico de acero inoxidable.

Se bebió una copa entera casi sin saborearla, haciendo un flaco favor a un vino excelente que normalmente le encantaba paladear.

Se sirvió una segunda copa y pasó a la esterilidad minimalista de su salón, dejándose caer en el elegante cuero crema de su sofá.

Tardó en darse cuenta de que se había marchado del hospital sin quitarse el pijama quirúrgico; tendría que devolverlo mañana.

En su bolsillo, el teléfono vibró. Victoria lo sacó para ver quién reclamaba su atención. Se esperaba a medias un mensaje de Elaine Martin ordenándole que estuviera en el despacho de la jefa a primera hora de la mañana.

Para su sorpresa, asombro y absoluta repugnancia, vio que en realidad era un mensaje de su portal de salud. Evaluación obligatoria, decía. Dr. A. Monroe, Centro de Bienestar del Personal. Martes a las 9:00.

—Ni hablar —dijo en voz alta, tragando otro bocado de vino mientras pulsaba y deslizaba el pulgar para abrir el teléfono. Una vez en la aplicación, se dirigió a la cita y la canceló sin pensárselo dos veces.

No necesito terapia, pensó furiosa, lanzando el móvil sobre el sofá. Qué maldita osadía. Estoy bien. —Estoy bien —repitió en voz alta, dando un sorbo a su vino.

Casi se creyó a sí misma.

Casi.