57 Explosión de realidad
BLAKE
John me dejó en la verja después de la fiesta. Había insistido en llevarme a casa, lo que resultó ser una buena oportunidad para poder hablar. No quería sentirme incómoda cada vez que estuviera con él y, por suerte, él opinaba lo mismo.
Cuando se disculpó por su comportamiento y nos despedimos, lo hice contenta, pensando que habíamos subido un gran escalón.
Abrí la verja con el mando y crucé el jardín que rodeaba la mansión, pero me extrañó no ver a nadie. ¿Dónde estaban los guardas?, ¿y los perros?
Algo sucedía, estaba claro. Cogí la pistola y la cargué, preparada para todo, o eso pensaba. Porque no tenía ni idea de lo que me esperaba al final del camino.
Ojalá no hubiera salido de la discoteca.
Ojalá no hubiera vuelto a casa.
Mi vida no habría cambiado para siempre.
Mi madre estaba llorando, desconsolada, con tía Bianca rodeándola con un brazo. Giordano tenía el semblante serio y miraba su móvil con un gesto de preocupación.
Mi tío Agostino andaba concentrado, caminando de un lado a otro sin encontrar un rumbo fijo, hasta que levantó la cabeza y sus pasos lo guiaron hacia mí .
—Id dentro —les ordenó a mi madre y a Bianca, que obedecieron como autómatas—. Blake, tu padre… han puesto una bomba en su coche.
Me quité los tacones y corrí como si me estuvieran persiguiendo, sin aguardar ninguna otra explicación, y, en cinco segundos, ya estaba en el garaje.
Encontré a mi padre subido en su vehículo, con una mano en el volante, otra en las marchas y el pie en el embrague.
Le temblaba todo el cuerpo.
—Papá, ¿qué ha pasado? ¿Quién ha hecho esto?
—No sé cómo han llegado hasta mí, Blake, pero me han tendido una trampa.
Uno de nuestros hombres de seguridad estaba intentando desactivar la bomba, mientras yo había estado ajena a todo, riendo con mis amigas, celebrando un cumpleaños que ya poco me importaba.
Mi teléfono vibró en el bolsillo y, por inercia, lo cogí. Pensé que si alguien llamaba en ese preciso momento quizá fuera para ayudarnos. Deseé que hubiera una intervención divina, que algo o alguien impidiera lo que estaba a punto de ocurrir.
—Han puesto una bomba en el coche de mi padre —informé a quien me llamaba. Ni siquiera me fijé en quién era la persona al otro lado del teléfono.
—¿Qué? ¿Dónde estás? —dijo una voz ahogada.
—En la mansión.
Me aparté el teléfono de la oreja.
—Voy para allá —dijo esa lejana voz.
Mis ojos seguían fijos en los de mi padre. Nunca vi tanta angustia en ellos. Ni tanta resignación.
—Blake, tienes que ser fuerte. Cuida de tu madre y de tus abuelos.
—¿Qué dices? —grité con calma—. ¿Qué estás diciendo? —repetí sin sentido .
Mi voz surgía desafinada. Ni siquiera era capaz de asimilar lo que estaba ocurriendo ante mis ojos.
—Hija, tú y solo tú —remarcó las palabras—, eres mi legado.
Sacudí la cabeza sin procesar lo que decía.
—Saldrás de esta, papá. Te jubilarás a tu manera, como tú querías.
Quería infundirle fuerza, pero ni siquiera podía tocarlo. No podía arriesgarme a que detonara.
—Escúchame bien, porque no sé cuánto tiempo tenemos. Esto no lo ha hecho un clan enemigo. Esto es obra de alguien que nos conoce muy bien. Encuéntralo y venga mi muerte, hija.
—¡Blake!
Miré hacia donde había escuchado mi nombre y me quedé perpleja al ver a Álex entrando al garaje. Debía estar loco para presentarse así habiendo una bomba en el asiento.
—¿Qué haces aquí? —Negué sin entender nada.
—Tengo que volver a Roma. Te llamaba para decírtelo y luego…
Lo miré con los ojos llenos de preguntas, pero no podía pararme a hacerlas. Mi padre estaba sentado en el coche y teníamos a uno de nuestros hombres intentando desactivar el artefacto. Era una puta locura. Mi padre tenía enemigos, pero llegar a ese punto... ¿Matar no estaba pasado de moda?
—¡No te acerques! —le grité cuando vi que daba un paso adelante.
De pronto, un ruido se oyó y nuestro hombre salió corriendo. Sé que me dijo algo, pero, incluso a día de hoy, sigo sin poder recordar el qué. Tan solo era capaz de escuchar la voz de Álex llamándome sin cesar.
—¡Blake! ¡Sal de ahí! ¡Blake!
Miré a mi padre con los ojos muy abiertos.
—Hija, vete.
Eso fue lo último que me dijo antes de que su cuerpo se convirtiera en cenizas .
—¡Blake! ¡No lo pienses! —gritó Álex—. ¡Solo salta!
Y lo hice. En contra de mí misma y de lo que sentía, salté. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Hubo una gran explosión. No pude ver si mi padre había conseguido salir a tiempo o no.
El calor de las llamas me abrasaba la piel y el humo no me dejaba respirar ni pensar con claridad.
Tosí mucho e intenté taparme la nariz y la boca con el vestido, lo que casi se asemejaba a querer curar una herida de bala poniéndole una tirita encima.
Lo siguiente que recordaba era a Álex gritando mi nombre. El fuego. El miedo. La niebla. Las sombras. Y la oscuridad.
Lo percibía, lo sentía en la piel, todo iba a ser distinto. Era el principio del fin de mi vida tal y como la conocía.
Tiempo después, no sabría decir cuánto, alguien tiró de mí para sacarme del garaje. Conforme salíamos, el humo se iba disipando, hasta que pude distinguir a Álex, que me miraba como si me estuviera viendo con otros ojos. Unos que nunca me habían observado antes. Los ojos de la muerte.
Se paró frente a mí y me cogió por los hombros.
—¿Estás bien?
Un pitido punzante en mis oídos. El eco sordo de su voz. No contesté. Miré hacia atrás, pero no encontré a mi padre. En su lugar había un cuerpo calcinado.
—Blake, ¿estás bien?
¿Bien físicamente? ¿Por dentro? ¿Qué acababa de pasar?
No. No estaba bien. Estaba paralizada. En shock. Y no debería estar experimentando ese sentimiento. Me había visto sola en muchas situaciones de peligro y siempre había salido de ellas indemne. Me habían preparado para ello desde niña.
Estaba acostumbrada. El miedo me seguía a todas partes, como ese lobo que acecha a la gacela en la oscuridad.
Ella no lo ve, pero sabe que está ahí. Observando.
Preparado para dar el punto final a la aventura, pero aquello era diferente.
Mi vida acababa de dar un giro radical, y a la vida le daba igual si estaba lista o no para ese cambio.
—Blake, no puedo irme si no estás bien y tengo que hacerlo.
Enfoqué la mirada. Álex me estrechó entre sus brazos y me sentí segura en ellos.
Estaba allí por mí. Lo había arriesgado todo, incluso su vida y cuanto valiera por la mía. No podía retenerlo. Le debía la felicidad que a mí me había sido negada.
—Vete, Álex. —Mi cuerpo temblaba y, mientras respiraba frenéticamente, me di cuenta de que era muy complicado meter tanto aire en mis pulmones—. Tienes que irte.
Lo besé con toda la pasión que fui capaz, con mi corazón y mi alma, desde mis entrañas. Lo besé como nunca lo había hecho antes y no sabía si volvería a hacer.
Rompió el beso y miró el reloj. Asintió y comenzó a correr en dirección contraria a la que yo me encontraba sin echar la vista atrás.
Lo contemplé, lo vi alejarse, hasta que dobló una esquina y entonces salió de mi vida...
como salen esas cosas que ni siquiera sabías que estaban ahí y que te hacían tanta falta.
Nunca jamás volvería a mencionarlo. A nadie. Pero antes de dar un paso al frente tenía que admitir para mí misma que lo amaba. Como nunca había amado. Como nunca volvería a hacerlo.
Permití que se me escaparan unas lágrimas, miré a lo que quedaba de mi padre y le prometí que iba a ser fuerte, que iba a seguir con su legado, que nada estaría perdido mientras yo estuviera al mando. Le dije que lo quería y que el objetivo de mi vida sería seguir sus pasos y honrar su memoria.
Y nada ni nadie me impediría hacerlo.