Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 54 Tres son multitud
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54 Tres son multitud

ÁLEX

Blake frunció el ceño como si no entendiera mi propuesta.

—¿Quieres invitarme a cenar?

Asentí casi divertido por su reacción.

—Creo que te lo debo.

—¿Por qué?

La verdad era que no quería separarme de ella, pero no fue eso lo que dije.

—Es tu cumpleaños, te mereces una cena tranquila, como una persona normal. —Podría haberlo llamado cita. En esencia, esperaba que lo fuera, pero tampoco lo hice.

—¿Y la fiesta?

—Tengo que llevarte allí a las doce, como Cenicienta.

Rio y yo lo hice con ella. Me encantó que fuéramos capaces de encontrar esa claridad cuando nuestros sentimientos estaban tan confusos.

O puede que no lo estuvieran. Puede que ambos estuviéramos seguros de lo que sentíamos, solo que decirlo en voz alta nos ataría a un camino para el que aún no habíamos encontrado la salida.

Le tendí una mano y ella la aceptó sin dudar.

Bajamos en el ascensor en silencio, como dos desconocidos a ojos de los huéspedes, aunque nuestros brazos no dejaban de rozarse con un ansia contenida .

Tenía la moto aparcada en la entrada, pero decidimos caminar por Times Square, como si fuéramos una pareja normal que hubiera salido una noche cualquiera a tomar algo, a perderse por un mundo en el que solo eran dos personas que querían estar juntas y podían hacerlo.

Algo tan sencillo y complicado como eso.

Casi atisbé lo que podía ser nuestro futuro y me dio cierta sensación de miedo, pero también muchas ganas. Demasiadas ganas de empezar a vivirlo.

Decidimos parar en un restaurante que encontramos oculto en un callejón entre dos grandes edificios. Por la pinta del local, teníamos claro que la comida allí sería bazofia, pero, mientras no nos sirvieran matarratas, nos valía.

Aunque el restaurante estaba vacío, decidimos ponernos en la mesa más alejada de la puerta, la que parecía gozar de la intimidad necesaria para ocultarnos de ojos indiscretos.

Le retiré la silla a Blake y se echó a reír.

—No sabía que podías ser tan caballeroso.

Me agaché para que nuestros rostros estuvieran a la misma altura y le acaricié la mejilla. Ella se estremeció.

La forma en que su cuerpo reaccionaba cuando yo estaba cerca me tenía completamente cautivado. Había esperanza para nosotros. Tenía que haberla.

—Escápate conmigo —¿bromeé? Ni yo mismo lo sabía.

Ella dudó un instante, pero me siguió el juego.

—¿Y dónde iríamos?

—Al fin del mundo, donde nadie nos encuentre.

Me senté en la silla que había justo a su lado mientras sopesaba mis palabras.

—Suena más que bien.

—Es posible, Blake. ¿No estás cansada de todo esto?

Las bromas siempre encerraban una verdad velada. Algo que no nos atrevíamos a decir, porque corríamos el riesgo de que nos tomaran en serio y entonces ya no habría vuelta atrás. Las bromas siempre eran bombas de relojería, esperando el momento perfecto para estallar.

—Ojalá fuera más fácil, Álex. No desearía otra cosa.

El camarero vino a tomarnos nota y volvió al cabo de unos minutos con dos copas de vino blanco.

Saqué una caja del bolsillo de mi pantalón y se la tendí. Ella entornó los ojos y no pude evitar reírme, no supe si de nervios o porque en el momento en que lo compré me di cuenta de que, al hacerlo, estaba rindiéndome a lo que sentía. Lo aceptaba como parte de mí, con todas las consecuencias.

Era una pulsera de oro, de la que colgaba una mariposa engarzada con pequeños diamantes. Era una parte de mí que le entregué, aunque no supe por qué.

Solo quería que tuviera algo que le recordara a mí, quizá algo que conservara con el paso de los años y que, cuando lo viera, se acordara de que una vez estuve en su vida o de que me había conocido.

De que había alguien que, casi sin saber apenas nada de ella, se enamoró locamente de su ceño fruncido, de su mal carácter, de su guerra.

—Es preciosa, Álex.

—No más que tú.

Le di un beso que no llegó a transmitir todo lo que quería, pero supe que ella lo había entendido y eso fue suficiente. Al menos en aquel momento.

Cuando llegaron nuestros platos, no volvimos a hablar, no d0e lo que ambos queríamos y nos había llevado hasta allí.

De su inminente boda, del rubito, de nosotros.

En cambio, estuvimos charlando de todo y de nada, tragándonos nuestros sentimientos, conscientes de lo que iba a ocurrir una vez que se separaran nuestros caminos esa noche.