Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 52 Disparo al corazón
90%

52 Disparo al corazón

CÓSOMO

Estaba machacándome en el gimnasio cuando el smartwatch me vibró en la muñeca. Paré la cinta de correr y bajé el volumen de la música al darme cuenta de que era Roma. Le había enviado varios mensajes aquel día sin éxito, y por fin parecía haber entrado en razón.

—Ey.

—Ey. —Empezábamos bien, nótese la ironía. Detestaba los monosílabos—. Quería hablar contigo.

—Muy bien, tú dirás. —Cogí una toalla para secarme el sudor y me senté en el banco de pesas.

—¿Podría ser en persona?

—Claro. ¿Te espero en mi casa o prefieres un sitio más neutral?

—En tu casa está bien, Cósomo. —Su voz traslucía incomodidad a raudales, como si nos hubiéramos convertido en dos extraños de repente. Parecíamos haber perdido toda la confianza que habíamos ganado desde que nos conocimos—. Estaré allí en una hora, si te parece bien.

No sabía si estaba hablando con la persona que me gustaba, con mi chico, como esperaba poder llamarlo algún día, o pidiendo un préstamo al banco.

—Aquí te espero.

Colgué y fui a ducharme. Luego me puse unos vaqueros rotos y una camiseta negra. Dejé que el pelo se me secara al aire mientras esperaba a Roma en la entrada de la mansión. Llegó unos minutos después en moto y la boca se me hizo agua al verlo tan increíblemente sexi.

Maldita sea, ese niño podía dar una sacudida a todo mi cuerpo sin inmutarse siquiera. Estaba muy pero que muy jodido.

—Ey —dijo quitándose el casco y esbozando la sonrisa más canalla que le había conocido hasta la fecha.

Sonreí sin poder remediarlo. En ese momento mandé a la mierda los monosílabos, me acerqué a él y le planté un beso que por poco nos dejó sin aliento a ambos.

—Me tienes loco, joder.

Mordí su labio y él saboreó los míos con ansia. Poco importaba ya lo que hubiera ocurrido el día anterior. Al menos, a mí no podía interesarme menos.

Tiré de su brazo para ir hasta la casita, entre besos y caricias. No podíamos dejar de tocarnos.

Cuando entramos, me empotró contra la pared, cogió mi nuca y me metió la lengua hasta la garganta.

—Qué bien sabes —dijo depositando un mordisco en mi barbilla.

Rápidamente se quitó la ropa y la tiró al suelo, para luego hacer lo mismo con mi camiseta y mis pantalones. Me lamí los labios al ver cómo sus calzoncillos dejaban al descubierto una hermosa erección.

Fui a agacharme, pero en un arrebato que no sabía de dónde había salido y que me puso a mil por hora, Roma me giro, quedando a mi espalda.

—Apoya las manos en la pared —ordenó antes de morder el lóbulo de mi oreja.

Gemí, joder. Gemí de ganas, de anticipación, de puta locura. Me tenía comiendo de la palma de su mano y lo sabía. Y lo que más me gustaba era que le encantaba. El Roma tímido era un amor, pero el Roma seguro de sí mismo era sublime. Y qué bien confluían esas dos versiones en él .

Acarició mis brazos lentamente con las manos. Tenía la respiración acelerada y su aliento me hacía cosquillas en la nuca.

—Abre las piernas, Cósomo —susurró.

Toda mi piel se erizó ante esa orden.

Cogió mis nalgas entre las manos y paseó la lengua por mi columna hasta llegar a mi abertura.

—Te veo muy mandón hoy —me burlé, con lo que conseguí que me mordiera un cachete y enviara un escalofrío a mi entrepierna.

—Soy muchas cosas, amor, y estoy deseando que las descubras todas —susurró con voz ronca mientras cogía el lubricante del cajón de la mesita de noche y lo untaba por mi trasero.

Lo miré de reojo. Con la otra mano se estaba masturbando, algo que me hubiera gustado estar haciéndole yo, pero con la boca.

Luego cogió un preservativo de al lado del lubricante y rajó el envoltorio con los dientes. Se lo enrolló en el miembro mientras yo soltaba un jadeo.

Se aferró a mis hombros y fue adentrándose poco a poco en mí, gimiendo palabras en mi oído.

—Me encantas —exhaló mordisqueando mi cuello.

Bajó la mano empapada de lubricante hasta mi erección y me masturbó mientras me follaba con fuerza.

Un sonido profundo rugía en mi garganta con cada embestida. No podía pensar en otra cosa que no fuera él, invadiendo cada parte de mi cuerpo con el suyo. Su orgasmo no tardó en aparecer y aceleró el movimiento de su mano.

—Córrete conmigo —pidió en mi oído mordiéndome el hombro. Y cuando se corrió exhalando mi nombre, me catapultó al abismo y me dejé ir gruñendo el suyo.

Me di la vuelta y observé a Roma, cuya cara de satisfacción hacía eco en mi pecho.

—Me ha encantado nuestra reconciliación. —Sonreí.

Él acarició mis mejillas .

—Joder, Cos, conocerte ha sido de las mejores cosas que me han pasado en la vida.

Lo besé. No sabía qué contestar y lo besé apasionadamente, porque era la mejor respuesta que podía darle. Una maraña de sentimientos me estaba inundando el pecho y no tenía ni idea de qué hacer con ellos. Me abrumaban.

Lo cogí de la mano y nos tumbamos en la cama. Dejé caer la cabeza en el hueco de su cuello y le acaricié el vientre con una delicadeza desconocida en mí.

—No me molesta que tengas secretos —dijo al cabo de unos minutos—. Yo también los tengo, eso es algo que no te puedo reprochar sin sentirme un jodido hipócrita.

Levanté la cabeza y lo miré a los ojos. Un brillo se extendía por ellos, pero no me atreví a darle nombre.

—Entonces, ¿por qué te pusiste así?

Tragó saliva antes de hablar.

—Siento que lo que tenemos es real.

—Lo es —confirmé sin vacilar—. ¿Qué te ha hecho pensar lo contrario, Roma?

—Cuando te vi salir del despacho con ese tío… le gustabas, Cósomo. Te comía con la mirada. Se notaba que entre vosotros había ocurrido algo y supongo que fueron celos, no sé. Veros me hizo sentir una inseguridad que odio.

Su sinceridad me dejó noqueado y decidí corresponderle porque sí, porque nuestros secretos podrían pasearse entre nosotros como un maldito elefante rosa, pero sobre lo que sentía por él no tenía una mísera duda.

—Hudson y yo tuvimos un rollo sin importancia hace un par de años y, desde entonces, cada vez que venía a Nueva York nos liábamos, pero no en esta ocasión. Me lo propuso y le dije que no, Roma. Por ti. Porque para mí esto también es real y no quiero echarlo a perder por nada del mundo.

Eso era lo más parecido a una declaración de amor que había hecho en mi vida y, aunque sabía que aún no estaba enamorado, si seguíamos así no tardaría demasiado en caer hasta lo imposible.

—¿No crees que vamos demasiado rápido?

—Mientras tú y yo estemos cómodos con este ritmo, no creo que tengamos que ponerle freno, Roma.

—Sé que podría enamorarme de ti —afirmó, brutalmente sincero.

—¿Porque siempre te sigo el juego?, ¿o porque nunca te digo que no a nada?

—Porque me encanta que te apuntes a todo, aunque sea una locura.

—¿Qué es la vida sin un poco de emoción? —Sonreí.

—Sabía que dirías eso. —Se puso de lado, apoyó el codo en la almohada y la cabeza en la palma de su mano. Nuestras piernas se enredaron de forma tan natural como si estuvieran hechas para el otro—. Venía a proponerte algo.

Me hice el indignado.

—¿Así que tenías un propósito oculto tras la reconciliación?

—Ajá. —Rio feliz, pero pronto su semblante cambió a uno más serio—. Álex está hecho una mierda.

—Blake no está mucho mejor.

Asintió como si esperara mi respuesta.

—Juntémoslos.

Fruncí el ceño. No era mala idea.

—¿Una encerrona? Hecho —contesté risueño—. Dentro de dos semanas es su cumpleaños, sería la excusa perfecta para organizarle una sorpresa.

—¿En serio?

Asentí. No lo hacía por él, realmente creía que era lo correcto. Estaba claro que Blake sentía algo por Álex. Nunca antes le había visto mostrar tanto interés en un chico. ¿Por qué no ver hacia dónde los llevaba?

—Sí, creo que Álex es bueno para Blake y quiero lo mejor para ella .

Ojalá mi prima pudiera conseguir la misma felicidad que sentía yo en ese momento.

—¿Y si sus amigas o su novio le hacen una fiesta?

Negué con la cabeza.

—Nadie pasa sobre mí, ni siquiera John. Las fiestas son mi especialidad.

—¿Crees que Blake querrá ver a mi hermano?

—Creo que no quiere dejarse llevar por no joder a Álex. Tiene que casarse con John, no puedo explicarte por qué, es complicado…

Roma puso un dedo encima de mis labios.

—Me lo contarás cuando sea el momento. —Y los selló con un beso.

—¿Te quedas a dormir?

—¿Solo quieres dormir?

—Si tienes otros planes… soy todo oídos.

—Deja que te lo muestre.

Y volvimos a unirnos, como dos piezas del mismo puzle que siempre hubieran estado destinadas a encontrarse.

♣♣♣

La mañana siguiente nos descubrió desnudos, somnolientos, satisfechos y con un plan que ya estaba en marcha.

Cuando Roma se fue, me duché y fui al comedor, donde encontré a Blake y Giordano desayunando.

—¡Buenos días!

—Serán para ti —contestó ella.

Cuando fui a coger un trozo de su tostada, me dio un manotazo. Solté una carcajada.

—Qué feliz vienes, ¿no? Tienes cara de recién follado —se burló mi hermano.

—¡Ay!, ¡mis oídos! —dijo Blake tapándoselos con aire teatral .

Le di un beso en la cabeza y, cuando Rory me trajo un café, solté la idea.

—Oye, Blake, ¿han llegado ya las invitaciones para el Festival de cine de Tribeca?

Se celebraba a mitad de agosto y, aunque siempre rechazábamos la invitación porque estaría lleno de cámaras, famosos y prensa, solíamos pasar por delante de camino a la discoteca.

—Como cada año —musitó sin ganas.

—Podríamos darnos una vuelta por allí y luego celebrar tu cumpleaños en el Lumière.

—No estoy de humor.

—Vamos, Blake, es solo una fiestecita.

Giordano me miró sabiendo que tramaba algo, así que apoyó mi idea.

—Yo lo veo genial. Cerramos la discoteca y hacemos una fiesta privada.

—Perfecto, yo me encargo —dije y saqué mi teléfono para enviar un mensaje a la encargada, Patrizia.

Blake resopló.

—Nada extravagante, Cósomo.

—Cualquiera diría que no me conoces, primita.

—Ese es el problema, que te conozco demasiado bien.

Sonreí. Romano había tenido una idea que bien podía haber sido mía. Me gustaba Álex para Blake y me iba a encargar de que todo saliera a la perfección.