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BLAKE
La gala nos había dejado secuelas profundas, sobre todo a Cósomo y a mí. Tanto Romano como Álex estaban enfadados y mi primo y yo no sabíamos cómo arreglarlo.
Nos habíamos pasado toda la noche hablando, pero no fuimos capaces de dar con una solución.
Contarles la verdad no era una opción hasta que descubriéramos quién era la persona que mi familia tenía oculta.
Giordano estaba investigando sobre ello y también acerca del tipo del FBI.
Todo apuntaba a que era el mismo que iba detrás de Palmiro Inchenza.
Había demasiadas cosas que no sabíamos. Tantas que incluso lo ocurrido con los Price me había parecido un juego de niños en comparación con a lo que nos enfrentábamos.
Porque si sabíamos de qué se trataba, podíamos abordarlo sin problema, pero no saber contra qué luchábamos hacía que desconfiáramos hasta de nuestra propia sombra.
La incertidumbre nunca había sido buena consejera y menos cuando se trataba de la familia.
Lo primero que hice al llegar a casa fue quitarme el anillo que me quemaba en el dedo. John me lo había puesto a traición delante de todo el mundo y, aunque era su trabajo, o más bien el nuestro, fingir que éramos una pareja feliz, no pude evitar odiarle un poco por ello.
Él sabía que se iba a anunciar el compromiso, si no, no hubiera llevado el anillo encima. La única que vivía ajena a ese momento era yo, porque las personas que tenía a mi alrededor, en las que más debía confiar, me lo habían ocultado.
La impotencia que sentía me llenaba de rabia, pero, gracias a mis primos, pude contenerla.
No iba a conseguir nada perdiendo los nervios, esa era una de las situaciones en las que tenía que demostrar la entereza que me habían inculcado desde niña.
Era una persona fuerte, con un ánimo inquebrantable, y no dejaría que nadie me hundiera.
Por enésima vez ese día, cogí mi teléfono para ver si tenía algún mensaje de Álex.
Por supuesto, cada vez que lo hacía me llevaba la misma decepción.
Sabía que hablar conmigo era pedirle demasiado, pero no podía evitar querer que se sintiera mejor.
Odiaba que pudiera sufrir por mi culpa, tal y como indicaban las últimas palabras que cruzamos la noche anterior.
Su rostro abatido se paseaba por mi mente una y otra vez, y en cada ocasión deseaba haber dicho o hecho algo diferente, aun sabiendo que, de poder volver atrás en el tiempo, no hubiera tenido otra opción.
Por eso decidí abrir el chat que compartíamos y enviarle un mensaje.
Nada elaborado. Nada que explicara lo que había ocurrido.
Solo dos palabras. La única verdad que podía ofrecerle.
YO: Lo siento.
—¡Chicos! La gala sale en Page Six con tu compromiso en primera plana —dijo Tía Bianca, entrando al comedor y ofreciéndomelo.
En la portada salíamos John y yo besándonos. ¿Cómo habrían conseguido la foto? La prensa tenía prohibido el acceso a la gala. Pero lo peor de todo era el titular:
LA MULTIMILLONARIA HEREDERA DE LA CADENA DE HOTELES DE LUCCHI SE COMPROMETIÓ ANOCHE CON EL APUESTO HIJO DEL MAGNATE DUEÑO DE LOS CLUBES ELIXIR: JOHN RICCO.
EL ANUNCIO OFICIAL DE LA BODA SE HIZO EN LA GALA ANUAL DE LA FUNDACIÓN BONETTI PARA LOS MÁS NECESITADOS.
AUNQUE NUESTRAS FUENTES AÚN NO NOS HAN CONFIRMADO LA FECHA DE LA CEREMONIA, ESTE ENLACE PROMETE SER EL ACONTECIMIENTO SOCIAL DEL AÑO.
—Se han dado prisa en anunciarlo —comentó Cósomo a mi lado.
—Demasiada —confirmó Giordano.
—Me preocupa más quién hizo la foto. Debía haber un infiltrado entre los invitados.
—Sí, yo —dijo tía Bianca y no disimulé mi sorpresa—. ¡No me mires así! La prensa iba a hacerse eco de la gala de todas formas y es publicidad para la fundación, ¿qué más te da?
Me puse en pie, se me había atragantado el desayuno.
—Salgo en el maldito Page Six , como si mi vida privada fuera de dominio público.
—Y en el Newyorker, en el New York Times, en el Daily News, en el Herald Tribune… —Me fue tendiendo un periódico tras otro.
No me lo podía creer. Nosotros siempre habíamos mantenido nuestra privacidad intacta, era lo que nos permitía tener libertad de movimientos. A partir de ese momento, los periodistas iban a cebarse con John y conmigo.
—¿Te das cuenta de que acabas de complicar mi vida exponencialmente? —espeté con furia.
—Pues tendrás que acostumbrarte. Todos debemos hacer concesiones para llevar a cabo el enlace.
Bufé exasperada .
—¿Y qué concesiones hacéis vosotros?
—Más de las que puedas imaginar. —La voz áspera de mi padre hizo acto de presencia y todos dirigimos la vista hacia donde se encontraba, pero él solo tenía ojos para mí.
Me escrutaba con una intensidad que casi me hacía querer tener el poder para desviarla.
—Acompáñame a mi despacho.
Tragué saliva y me puse en movimiento, pero tía Bianca me cogió del brazo antes de poder avanzar.
—Blake, mientras estén mirando aquí —señaló la portada de uno de los periódicos con el dedo—, no mirarán a otra parte, ¿lo entiendes?
Entendía la teoría, pero no a qué se estaba refiriendo. No tenía ni idea de dónde no había que mirar. Aun así, asentí y seguí a mi padre hasta el despacho. Durante los meses posteriores, esa conversación tendría eco más de una vez en mis pensamientos.
—Siéntate. Quiero hablar contigo —ordenó, cerrando la puerta a mi espalda.
—¿Sabías que la boda iba a salir en la prensa?
Compuso una mueca. Por supuesto que lo sabía, tía Bianca no iba a hacerlo sin consultarle.
—Ese Cabante. —Se cruzó de brazos frente al ventanal—. ¿Qué tienes con él?
Entorné los ojos.
—Te diste cuenta.
Chasqueó la lengua contra los dientes como si fuera obvio.
—No subestimes cuánto conoce un padre a su hija. ¿Ese chico será un problema?
Lo pensé. Y, aunque solo fue un segundo, realmente dudé la respuesta. Me gustaba Álex. A esas alturas ya era inútil negarlo. Sin embargo, no quería arrastrarlo conmigo a un futuro tan incierto como el que se me planteaba.
—No, no lo será.
—¿Estás segura? —insistió .
—¿Cambiaría algo si te dijera que sí?
Negó con la cabeza. Quizá cambiaría para Álex, porque si suponía un problema para sus planes, se desharía de él sin pensarlo dos veces.
—Aunque no lo creas, lo lamento profundamente, hija, pero esta es nuestra realidad. Lo que tú sientas, de poco importa.
El sonido de sus palabras impactó en mi pecho. Me levanté de la silla como si me hubiera dado un puñetazo.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque sé lo que nos jugamos.
Me envaré.
—¡Pues cuéntamelo para que yo también lo entienda! ¡Cuéntamelo para tener un motivo para mandar mi vida a la mierda! ¡O al menos dímelo porque soy tu hija y como mínimo me merezco la verdad!
No se alteró ni un ápice.
—Todo a su debido momento, Blake. Pronto lo entenderás.
Salí del despacho con la sangre hirviendo por mi cuerpo, subí a coger las llaves del coche y me fui directa a la galería de tiro. Necesitaba descargar adrenalina.