50 Sorpresa #2
—Que Dios conserve tu memoria, abuelo, y a ti muchos años más. —Sonrió antes de volver a adoptar un gesto inexpresivo—. Voy a asumir que, después de once años, todavía no sabe que no ha nacido quien pueda hacerme frente.
El hombre rio y sus hijos lo hicieron con él.
—Quizá necesite comprobar la teoría —continuó ella impasible.
—¿Piensas atacarme?
—Incluso le doy ventaja.
—¡Qué desfachatez! Luciano, ¿cómo permaneces callado ante este ultraje a tu familia?
—Hace mucho tiempo aprendí que el demonio puede tener forma de mujer. Si tú te niegas a aceptarlo, adelante. —Hizo un gesto con la mano, invitándolo a contradecir a Blake.
Creo que nadie se dio cuenta. Al menos, no vi que ninguno de ellos prestara atención a las manos de mi prima.
Mientras una continuaba en el hombro de su padre, la otra hacía tiempo que se posaba en su cintura, donde yo sabía que tenía escondida una navaja entre los pliegues del vestido.
Blake había adoptado una expresión de combate y era aterradora.
—No querría hacerle daño, puede escoger a uno de sus hijos, si lo prefiere. Son jóvenes, sanarán antes.
Los Price no entendían lo que estaba ocurriendo, pero ya no había marcha atrás. Habían subestimado a Blake y eso era algo que no podíamos permitir, pues sería la próxima cabeza de familia .
Riley se retrepó en su asiento, más que dispuesto a disfrutar del espectáculo. Hudson y Axel se miraron con una mezcla entre la diversión y la confusión. Cameron dio un paso adelante, con la mano en la culata del revólver.
—Vamos, princesa, ven a por mí.
Todo ocurrió muy rápido, pues Blake ya tenía la navaja en la mano antes de que Cam consiguiera desenfundar su arma.
—A tus nueve, Cameroncito —dijo y la lanzó con una rapidez y precisión que dejó a todos los Price con la boca abierta.
Cuando Cam miró su brazo derecho, la navaja ya estaba clavada en él y un chorro de sangre lo recorría hacia abajo, como si de un río se tratara.
—¡Maldita seas!
En ese momento, todos echamos mano a nuestras armas. Yo ya la tenía en la mano y apuntaba a Hudson con destreza mientras él hacía lo mismo conmigo.
Mi abuelo se puso en pie, ayudado por su bastón.
—Está claro que hoy hemos comprobado un precedente: «Todo lo que sube puede caer con la misma facilidad».
Lo recuerdo cada año y, sin embargo, me resulta grotesca la rapidez con la que se olvida.
—Negó con la cabeza como si no pudiera entenderlo—.
Que alguien pare la hemorragia de Cameroncito.
Los demás, sentaos y hablemos de Scarlett.
Los más jóvenes salimos del despacho en cuanto se firmó el pacto. Scarlett iba a ser una moneda de cambio en los planes de su padre y de su tío, pero esa era una batalla que ella debería luchar sola.
—Me voy a casa —dijo Blake a mi lado.
—¿Quieres que te acompañe, princesa?
—¿Quieres que te parta la cara, Cameroncito?
—Me encanta cuando te pones cariñosa. No olvidaré lo que has hecho hoy.
Mi prima puso los ojos en blanco. Parecía que ese chico jamás iba a aprender la lección .
—Hasta el año que viene, gilipollas.
—Adiós, preciosa. —Axel le dio un abrazo y a mí me chocó la mano. Era el que mejor me caía.
Riley me dio una palmada en la espalda y le hizo un gesto con la cabeza a Blake, que salía del hotel con Giordano, seguidos por John.
—¿Nos vamos a mi habitación? —dijo Hudson en mi oído—. Lo que ha pasado ahí dentro me ha puesto muy cachondo.
—Quizá en otro momento.
Vi que Roma me esperaba apoyado en la pared, cerca de la puerta del salón y Hud siguió mi mirada.
—¿Quién es ese tío? —preguntó con voz profunda—. Huelo carne fresca.
Puse una mano en su pecho, impidiéndole avanzar.
—Déjalo en paz, Hudson.
—¿Lo conoces? ¿Por qué no me lo presentas?
—Te lo advierto, no te acerques a él —gruñí.
Hud ladeó la cabeza, escrutándome con la mirada.
—¿Alguien ha conseguido cazarte, pequeño Marconni? —Se lamió el labio inferior. Yo no contesté—. Es una pena, me encantaba cómo gritabas mi nombre cuando te follaba.
—Vete a la mierda.
—Hasta el año que viene —dijo guiñándome un ojo antes de alejarse.
Conforme me iba acercando a Roma, notaba como su enfado me envolvía. Me detuve medio metro antes de llegar hasta él.
—Lo siento, tenía que encargarme de algo. Pensaba que ya te habrías ido.
—Parece que estabas bastante entretenido.
—Solo era una reunión con los de Chicago. Todo en orden.
Frunció el ceño.
—No, nada está en orden. Dime ahora mismo qué es eso de una boda, Cósomo .
Roma estaba cruzado de brazos, guardando una distancia de seguridad conmigo, protegiéndose de mí, aún no sabía por qué.
—Nada es lo que parece. Tenéis que confiar en nosotros.
Hizo una mueca como si mis palabras le ofendieran.
—He tranquilizado a mis padres, pero ni por un segundo pienses que esa excusa te va a servir para mí.
Me froté los ojos, deseando que no me pusiera las cosas tan difíciles. Estaba agotado, cansado y harto de todo. Un incesante dolor de cabeza me taladraba la sien.
—Blake tiene que casarse con John, sí, pero no puedo decirte el motivo.
—¿Más secretos entre nosotros?
—Tú también los tienes.
—Porque no me queda más remedio, la vida de mi familia depende de ello, ¡joder!
—¡Y la de la mía también! —me enervé—. Siempre es cuestión de vida o muerte, ¡maldita sea! Somos la mafia, esto no es un puto juego de críos.
Un rayo de dolor cruzó su cara, pero no pude arrepentirme de mis palabras. ¿Es que era más importante su familia que la mía? ¿Acaso él no me ocultaba lo que había ocurrido en Roma?
—Eso ha sido un golpe muy bajo —me espetó—. Eres imbécil.
Apreté los puños con fuerza.
—No, no lo soy. Solo que no lo comprendes porque no te lo he explicado, porque no puedo, Roma. Y en esto vas a tener que confiar en mí.
—Mi hermano está sufriendo.
—Lo sé. Blake también.
—Pongamos estas mesas allí. —La voz de uno de los camareros nos recordó que no estábamos solos. Aparte del personal, éramos casi los únicos que quedaban en la fiesta. Incluso mi madre se había marchado ya.
—Me voy, Álex me necesita .
Hizo ademán de moverse y lo cogí del brazo, pero se soltó al instante.
—No te vayas enfadado.
—Ya hablaremos. Es muy tarde.
Lo vi marcharse y no fui tras él. No podía contarle lo que estaba ocurriendo y, si quería estar conmigo, tendría que entenderlo.
Entré en la mansión pasadas las dos de la madrugada. Todo estaba en silencio, por lo que subí las escaleras intentando hacer el menor ruido posible. Fui directo al cuarto de Blake y abrí la puerta sin llamar.
La luz de la luna iluminaba la habitación a través de la terraza, por eso supe que estaba despierta y que no estaba sola. Giordano estaba tumbado en un extremo de la cama. Ambos permanecían callados, sus respiraciones estaban acompasadas, pero cuando Blake me miró, soltó un suspiro ahogado.
Me quité los zapatos y me tumbé a su lado. Rodeé su cintura con un brazo y la apreté contra mí en señal de apoyo. Estaba helada, pese a que su temperatura nada tenía que ver con la de la habitación.
—¿Cómo ha ido? —me preguntó.
—Está enfadado.
—Lo siento, Cos.
En el fondo, lo entendía. No quería que su hermano sufriera. Yo tampoco lo quería para mi prima, pero las cosas eran como eran y esa noche no íbamos a conseguir cambiarlas.
—Sé que ahora mismo no tenemos las respuestas, pero también tengo la seguridad de que las encontraremos.
—¿Cómo estás tan seguro? —Su voz fue un susurro.
—Porque no pararé hasta conseguirlas, y ya sabes lo que pasa cuando se me mete algo entre ceja y ceja.
—Que te vuelves un pesado de cojones —dijo Giordano con sorna—. Pobre Romano, tiene el cielo ganado contigo .
—Lo compartirá con Martia, porque cualquiera te aguanta a ti —le contesté.
—Os lo digo poco, pero os quiero mucho —dijo Blake y, aunque no pude verlo, sé que los tres sonreímos.
—Pero a mí más —volví a bromear.
—Cállate, enano. Todos aquí sabemos que yo soy su favorito.
—Eh, eh, no os flipéis. He dicho que os quiero, pero un poquito, tampoco exageremos.
Solté una carcajada y seguimos divagando, hablando de todo y de nada, porque esa era nuestra forma de curarnos.
Y así, daba igual dónde fuera o cuánto tiempo tardáramos, aunque tuviéramos que bajar al mismísimo infierno si hacía falta, sabía que tarde o temprano cumpliríamos nuestro objetivo, porque no importaba lo que pasara ahí fuera, los lazos que nos unían a Blake, Giordano y a mí eran indestructibles.