50 Sorpresa
CÓSOMO
—Blake Marconni, hace mucho tiempo que no te veía.
Cameron Price besó la mano de mi prima con una lentitud exasperante.
El chico estaba buenísimo, eso no podía negarlo.
Veintiséis años, pelo castaño claro, ojos verdes, mirada penetrante…
Tenía todo lo necesario para encandilar a cualquier tía, pero es que mi prima no era cualquiera y hacía falta mucho más que un buen físico para que le prestara un mínimo de atención.
Cam llevaba toda la vida tirándole los tejos cada vez que venía a Nueva York, incluso sabiendo que estaba con John e incluso aunque este fuera su primo. Se veía que el chico no le tenía ningún miedo a la muerte.
—Dicen que una vez al año no hace daño, Price. Soportarte más tiempo sería un suplicio y todavía no he hecho nada que merezca semejante castigo. —El tono de Blake rezumaba sarcasmo. Había adoptado la posición de segunda al mando, por lo que estaba situada a la derecha de tío Roberto.
Giordano y yo nos encontrábamos junto a mi padre que, como avvocato , solo intervendría en caso de que alguien pidiera su consejo. En cambio, mi abuelo ocupaba un sillón en el centro de la sala, desplegando todo su poder.
—¿A quién quieres engañar? Eres una niña mala y te encanta.
Uf, no sabía lo que había hecho al acariciar la mejilla de Blake, que no dudó en cogerle del brazo y retorcérselo .
—Esta niña mala puede meterte el tacón por el culo y sacártelo por la boca, gilipollas.
—Cameron —le advirtió su padre.
Parecía no haberse dado cuenta de que estábamos rodeados por su familia, la nuestra y los Ricco. De hecho, si las miradas mataran, Cam ya habría caído fulminado hacía tiempo por la de John.
—Solo estaba de broma —dijo acariciándose el hombro.
—Quita, capullo. —Rio su hermano, Axel—. Es mi turno de saludar a Blake.
Le dio un abrazo y un beso en cada mejilla.
Axel era muy parecido a su hermano. En realidad, los cuatro se parecían en altura y corpulencia.
Y aunque cada uno tenía una tonalidad de pelo diferente, que iba del castaño al rubio claro, compartían los mismos ojos verdes que llamaban la atención a todo el que los viera.
Yo mismo había tenido un rollo hacía tiempo con Hudson, el mediano de los hermanos, que ahora mismo estaba a la izquierda de su padre, intentando desnudarme con la mirada.
—Cuando te canses de mi primo, llámame —musitó Axel en el oído de Blake, como si ninguno de nosotros lo estuviera escuchando.
Mi prima puso los ojos en blanco, pero sonrió y eso me hizo feliz.
Al menos había conseguido sacarle una sonrisa sincera dentro de tanta mierda.
La gala había sido un auténtico desastre para ella.
Después de que Álex se fuera con Bass, tuvo que volver a atender a los invitados y a fingir una alegría que no le llegaba a los ojos. Estaba destrozada por dentro.
La conocía perfectamente y sabía que necesitaba largarse de allí cagando leches y quitarse de una jodida vez el anillo que John le había puesto en el dedo, pero antes debíamos reforzar el pacto de no agresión con el clan de Chicago y para eso nos habíamos reunido tras la fiesta en un despacho privado del hotel .
Logan Price era el patriarca de la familia. Su mujer murió hacía años en lo que se consideró un accidente, aunque lo más probable era que la hubiera matado él. Por aquel entonces corrieron rumores de infidelidad que aún hoy seguían en boca de la gente, pero nunca llegaron a esclarecerse los hechos.
El matrimonio tuvo cuatro hijos varones: Riley, Hudson, Axel y Cameron. Todos estaban presentes, salvo la mujer de Riley, Madison, y sus dos niños pequeños, que no habían podido venir a la gala.
—Empecemos la reunión —ordenó tío Roberto y me hizo un ademán con la mano para que repartiera los regalos.
Sonreí. Una bolsita con cien gramos de coca se deslizó bajo mi manga y la deposité junto a una copa, en la bandeja situada frente a Logan. Luego cogí un puro y se lo ofrecí.
—Señor Price.
—Has crecido mucho, chico —comentó mientras le daba fuego—. Tu padre me ha dicho que tienes un talento fuera de lo común.
Hudson bufó, pero ni me molesté en mirarlo.
—Mi padre me tiene en alta estima, no esperaba menos de él.
—El mago de los ordenadores. —Señaló a Giordano con la cabeza—. Y el que une las piezas —continuó, mirándome de nuevo—. Sin duda, puedes estar muy orgulloso, Agostino.
—Tus hijos tampoco se quedan atrás. Por lo que hemos oído, las cosas van muy bien por Chicago.
—En todos los sitios hay ratas —dijo dando una gran calada e inundando la sala de humo—, pero tenemos un buen exterminador.
Riley compuso una mueca siniestra mientras se hacía una raya con un billete de cien. Como primogénito de la familia, estaba destinado a heredar la jefatura del clan y había sido entrenado desde pequeño para ello, por eso era el más sanguinario de los cuatro .
—Cuñado —lo llamó Luciano Ricco, pues Kinsley y Logan eran hermanos—, un año más el pacto sigue vigente y, como siempre, será beneficioso para todos.
—No tan rápido, Luciano. Las cosas van a cambiar muy pronto y necesitamos saber cómo nos va a afectar.
Miré a cada hombre como si se tratara de un partido de tenis. En los ojos de mi tío vi desconfianza, pero fue mi abuelo quien habló.
—Te refieres a la boda de mi nieta, supongo. —Asió su bastón, fingiendo una firmeza que su mano ya no poseía, y lo admiré muchísimo por ello.
—¿A qué si no? Una unión entre dos de las cinco grandes familias italoamericanas de Nueva York no es algo que tomarse a la ligera.
—Nada tiene que cambiar allí de dónde vienes —dijo Doménico—. Este es mi legado, no Chicago.
—Y supongo que querrás engrandecerlo todo lo posible.
Mi abuelo sonrió enseñando los dientes.
—No confundas mi ambición con la tuya, pues en nada se asemejan.
—Un hombre no puede cambiar su naturaleza y tú siempre has aspirado a lo más alto.
—Ahora es mi hijo quien lleva las riendas y pronto será mi nieta.
Price torció el gesto como si eso no le hiciera ninguna gracia.
—Y nosotros somos familia —dijo Luciano—. De ningún modo osaría atacar al hermano de mi mujer.
—Curioso que lo hayas mencionado. —Logan dio una calada a su puro y lo apagó en el cenicero—. Traigo una propuesta para vosotros.
Doménico asintió.
—Habla.
—Os propongo un pacto que una Nueva York con Chicago a través de nuestros hijos .
—Solo tienes varones —dijo mi abuelo—. ¿Qué nos puedes ofrecer?
Logan se enderezó en su asiento.
—Blake se casaría con uno de mis hijos y Scarlett con otro. Uniríamos las tres familias en una y tendríamos el control desde Michigan hasta Pensilvania. Dominaríamos la costa oeste de Estados Unidos.
Todos nos quedamos callados un segundo, asimilando sus palabras. No sabíamos si Logan Price estaba loco o era un puto genio, pero, de cualquier forma, aquello no podía llevarse a cabo.
John dio un paso adelante.
—¿Acaso quieres que caiga en desgracia?
—Tú podrías estar con quien quisieras, chico. Mírate —le espetó su tío—. No te faltarán candidatas.
Tío Roberto miró primero a su padre, que apretó los dientes. Luego desvió la mirada a Logan y habló:
—Agradezco tu oferta, pero los Ricco y los Marconni tenemos una alianza y no habrá Dios que impida que se lleve a cabo.
—Hace años te hice la misma oferta y también la rechazaste. Sé que hay una segunda intención tras esta boda y quiero formar parte.
Tío Roberto dio un golpe en la mesa y dijo con gesto fiero:
—¿Vienes a mi casa a insultarme, Price? —El tono de su voz ya no era tan amigable.
Este se incorporó.
—Tú me tratas como si fuera un cordero más de tu estúpido rebaño, ¿quién insulta a quién?
—Me sorprende que pienses que, si tuviéramos una segunda intención, te haríamos partícipe de ella. Nuestra relación llega hasta el pacto de no agresión. No se te ocurra traspasar la línea.
—¿Y quién va a impedirme romperlo? ¿Tú?
—Estás en mi territorio. Puedo hacer que no salgas vivo de aquí, aunque tenga que morir matando .
—Está bien, haya paz —dijo Doménico, colocando el bastón entre los dos hombres—. Hay algo en lo que no vas demasiado desencaminado, Price. Esa chiquilla, Scarlett, podría ser la que uniera a la siguiente generación. Podrías casarla con cualquiera de tus hijos.
—Pero no es eso lo que busca —dije en voz alta. Había leído tan bien a ese hombre que no tenía ninguna duda de cuál era su intención—. Scarlett no es la primogénita de su familia. Nunca tendrían el mismo poder que si casara a uno de sus hijos con Blake.
—Vaya, vaya. Así que tu padre tenía razón. Me vendría muy bien alguien de tu talento entre mis filas, chico.
—Te estás pasando, Logan —dijo Luciano. Este lo ignoró.
—Blake, menos a Riley, que ya está casado, puedes escoger a cualquiera de mis hijos. Incluso si lo quieres a él, Madison puede morir de forma repentina. —Rio.
Mi prima entrecerró los ojos, esperando a ver si se trataba de una broma, pero no lo parecía. Ni siquiera el propio Riley hizo nada por desmentir sus palabras.
—Mi padre ya le ha dado una respuesta. Si insiste en su empeño, aténgase a las consecuencias.
—¿Es una amenaza?
—Una advertencia.
—¡Esto es inaceptable! ¿¡Tú, una simple mujer, amenazando a un capo de la mafia!? —dijo despectivamente—. No te ofendas, chiquilla, pero esto te viene muy grande.
Mi prima apoyó una mano en el hombro de su padre, que estaba inclinado hacia adelante, en posición defensiva. La sangre fría que derrochaba me dio escalofríos hasta a mí.
—No soy una persona fácil de ofender, señor Price. Hable con claridad.
El hombre se aclaró la garganta.
—Sé muy bien que haces gala de un fiero carácter, pero necesitas a alguien que lo contenga. Alguien que esté a tu nivel .
Blake entornó los ojos ante su tono condescendiente. No sabía si estaba intentando halagarla u ofenderla, lo que resultaba ser un gran don que no habíamos descubierto antes.
—A mí tampoco me gustaría ofenderle. Al fin y al cabo, está en mi hogar y quiero ser hospitalaria. Por ello, voy a concederle el beneficio de la duda y a asumir que, después de ¿cuánto, abuelo? ¿Diez años visitándonos?
—Once, para ser exactos —contestó orgulloso de su nieta.