49 Corazón descalzo
ÁLEX
Di un paso atrás con el corazón acelerado y mi mirada fue directa a Blake, que parecía sorprendida, como si no esperara que su padre pronunciara aquellas palabras. Abrió mucho los ojos cuando se encontraron con los míos y, por primera vez, vi en ellos la culpa.
Un nudo comenzó a apretarme en el estómago. Me pasé una mano por el rostro, intentando encauzar la situación. ¿Qué acababa de ocurrir?
El rubito seguía a su lado y no dudó en besarla en cuanto la gente empezó a aplaudir. Cerré los ojos ante el impacto. Estaba seguro de que cada noche vería esa imagen detrás de los párpados, burlándose de mí.
—Álex. —Cósomo me cogió de la muñeca e hizo que lo mirara—. Escuches lo que escuches a partir de ahora, no hagas caso. Ella no lo quiere.
Sacudí la cabeza, aturdido.
—¿De qué mierda va todo esto?
—No puedo contártelo.
Me deshice de su agarre y miré a mis hermanos que, como siempre, presentaban un frente unido en torno a mí .
—Cósomo, maldita sea, ¡di lo que ocurre de una vez! —le instó Roma.
Él negó con la cabeza y volvió a mirarme.
—Sal al recibidor.
—No, yo no me voy de aquí sin una explicación.
—Iré a por Blake y la sacaré de la fiesta con alguna excusa. Ella te lo explicará.
—Que no me voy, ¡joder! —Alcé la voz más de lo debido y algunas personas que había a nuestro alrededor me miraron con cara de desprecio, como si no toleraran mi presencia allí.
Un empleado de seguridad vino hacia nosotros, pero Bass le pidió con una mano que nos diera un momento.
—Vamos, Álex.
—Déjame en paz —espeté.
Volví a mirar en dirección a Blake, pero era imposible localizarla, seguramente engullida por toda la gente que se había acercado a darle la enhorabuena.
—Álex, vámonos —repitió Bass con voz firme, esta vez sin darme opción a réplica. Agarró mi brazo con una fuerza desmedida y obligó a que mis pasos lo siguieran.
Mientras cruzábamos la sala, solo era capaz de escuchar murmullos aislados, copas chocando y un puñado más de felicitaciones que se me atascaban en el estómago. ¿Cómo podía haberse torcido todo tan pronto?
La ansiedad y el calor palpitaban entre mi corazón y mi pecho, sin apenas dejarme respirar. Mi cabeza no paraba de darle vueltas a las palabras de su padre: «la boda de mi preciosa hija, Blake Marconni, con nuestro apreciado John Ricco…». Joder.
No quería irme. Necesitaba cogerla de la mano, sacarla de allí y que me dijera que aquello se trataba de una maldita broma.
Me negaba a dejarla en aquel salón, lejos de mí, pero lo hice.
Y me jodía pensar que tendría que volver a hacerlo, una y otra vez, porque ella no era nada mío, por mucho que yo me empeñara en lo contrario .
De nada me servía mi chulería aquí ni a ella su prepotencia. Éramos dos imanes condenados a estar separados, pero atrayéndose continuamente.
Ojalá no la hubiera conocido nunca, ojalá no hubiera salido de Roma y todo esto fuera un mal sueño... o una puta pesadilla.
Pronto me encontré frente a frente con el cuadro de Van Gogh. Apoyé las manos en la columna y tomé una gran bocanada de aire.
—Seguro que hay una explicación lógica —comentó Bass a mi lado.
—Se va a casar, hermano. Se va a casar —repetí, todavía sin creérmelo.
¿Pero qué mierda había ocurrido desde la última vez que nos vimos? No había pasado ni una semana y ya había cambiado todo.
—Álex…
—No —lo corté—. He sido un completo gilipollas por fijarme en quien no debía, y lo sabía, pero no he podido hacer nada para evitarlo.
Bass suspiró con vehemencia.
—Deja de decir tonterías. ¡Incluso a mí me gusta Blake!
—Lo miré sorprendido, sin entender a qué se refería.
Casi me lancé hacia él, deseando desahogarme a golpes, pero jamás lo haría con mi hermano.
Él, que me conocía mejor que nadie, levantó las manos en señal de rendición—.
Para ti, me gusta para ti —aclaró—. Es la horma de tu zapato.
—¿De qué hablas? —pregunté sin cuestionarlo siquiera.
—Por lo que me has contado, te planta cara, te desafía, te despierta. Y además, es inteligente y preciosa, y nunca te había visto comportarte con nadie como lo haces con ella.
No supe cómo reaccionar ante la verdad de sus palabras y eso me delató. Mi hermano vio mi reacción y lo supo, supo que estaba dando voz a un sentimiento que ni yo mismo comprendía .
—¿Y de qué me sirve eso ahora, Bass? ¿De qué me sirve, si está más lejos que nunca de mí? ¿Qué hago, joder? ¡Dime qué mierda hago! —Mi hermano me miró arrugando la frente, comprendiendo mi temor.
—Reza para que ella sienta lo mismo —pronunció tajante.
Pero sabía que, por mucho que rezara, Dios nunca se inclinaría a mi favor.