48 Gala anual
ÁLEX
Entramos en el hotel cuando la prensa ya se había ido. Preferíamos llegar tarde a salir en los periódicos, al menos mientras fuera evitable. La prensa tenía prohibido entrar al evento, ya que habría invitados demasiado importantes a los que nadie debía molestar.
La alta sociedad de Manhattan era un círculo muy cerrado al que solo se accedía mediante contactos. Teníamos suerte de que los Marconni nos hubieran invitado, quizá alguno de ellos pudiera acelerar el nombramiento de nuestro padre como juez.
La recepción derrochaba lujo por todas partes: techos altos, lámparas de araña, suelos de mármol que casi parecían espejos, cuadros de pintores famosos, como Van Gogh, Rembrandt, Velázquez o el mismísimo Da Vinci presidiendo la estancia, y una decoración perfectamente expuesta.
Se notaba que era un hotel de cinco estrellas.
Papá dio nuestro apellido al empleado y comprobó que estábamos en la lista. Una de las personas encargadas de acompañar a los invitados nos guio hacia el salón principal, que ya estaba lleno de gente vestida con trajes de los mejores diseñadores.
Pegada a la pared principal, había una fuente de chocolate que caía en cascada sobre varias piezas de fruta dispuestas para que quien quisiera las probara. Y al lado de la fuente, una gran torre de copas de champán tintineaba tras el busto de un hombre mayor, que distinguí como Doménico Marconni.
Por supuesto, nadie se atrevía a tocarlas y estropear aquella gran obra de ostentación de riqueza, y lo más probable era que todo aquello terminara en la basura al final de la noche.
Los camareros se paseaban con bandejas de bebidas y canapés de un lado a otro, y había una orquesta en el escenario que amenizaba la velada.
Mis hermanos y yo cogimos sendas copas de champán, más divertidos que preocupados por causar un estropicio, pese a que no debíamos llamar la atención. Nuestra precisión era milimétrica y sabíamos que no pondríamos en riesgo aquella torre de oro.
—Vamos a dar una vuelta, intentad no destacar —comentó mi padre con astucia. No tardaría en encontrar a alguien con quien hablar, estaba seguro.
—Cósomo me ha dicho que la Léoni estará por aquí, así que tened cuidado.
—Si se dirige a mí, no pienso callarme —dijo mamá.
—No seré yo quien te diga que lo hagas, querida.
—Procurad no cruzaros con ella, este no es nuestro reino, sino el de otros —comentó Bass, sin duda inquieto porque un enfrentamiento con Petra Léoni pudiera tener repercusión al otro lado del mundo, donde se encontraba Julia. Tal y como lograría hacer el simple aleteo de una mariposa.
Papá torció el gesto, entendiéndolo, y le dirigió una mirada de contención antes de coger a mamá de la mano y alejarse de nosotros para mezclarse con los asistentes.
Di un sorbo de mi copa y miré a nuestro alrededor.
Sabíamos que Philippe, nuestro contacto, también estaba invitado a la gala, pero no lo divisé.
A esa fiesta acudía lo más selecto de Nueva York: desde el gobernador hasta políticos, empresarios, diseñadores y artistas.
Todo el que estaba allí era alguien y, sin embargo, cuando Blake entró en el salón, cogida del brazo de su padre, todas las miradas de los presentes se desviaron hacia ella. La mía incluida.
Estaba preciosa, pero ¿cuándo no lo estaba? Llevaba un vestido negro palabra de honor, largo hasta los pies, y el pelo recogido en un moño italiano.
Saludaba sonriente a los invitados, que esperaban su turno para acercarse a ella.
Su padre se mantenía permanentemente a su lado, en un segundo plano, dejándola hacer.
Al fin y al cabo, aquel era su legado, y entendí por qué había estado tan ocupada aquella semana.
Formaba parte activa del negocio y era una de las caras visibles de la fundación.
No le quedaba más remedio y además, parecía estar disfrutándolo.
Vi como a Roberto Marconni, un hombre corpulento, con mirada asesina, se le caía la baba con todo lo que su hija decía. Su carisma hacía que los invitados se rieran con ella y dudaba que fuera peloteo, más bien sentía que Blake causaba ese efecto en la gente. El mismo que tenía en mí.
La observé con deleite. Me pregunté si era consciente de la imagen que daba al mundo. Emanaba poder en cada poro de su piel.
Al cabo de unos minutos, nuestras miradas se encontraron y un rayo de dolor se reflejó en ella, pero, aunque intentó ocultarlo rápidamente tras una sonrisa radiante, la incertidumbre continuaba dibujada en su rostro.
Estuve casi una hora observándola, y me hubiera tirado el resto de la noche de la misma forma, cuando Cósomo se situó a mi lado con una sonrisa perspicaz.
—¿Qué miras con tantas ganas? —preguntó cogiendo un canapé de una de las bandejas que continuamente iban ofreciendo los camareros.
—¿Qué le pasa a Blake?
Cósomo arqueó una ceja.
—¿Cómo te has dado cuenta ?
¿No era evidente? ¿Tanto tiempo la había estado observando como para reconocer sus gestos?
—Intuición.
Parecía que había dado por válida mi respuesta, porque no volvió a insistir.
—Hemos tenido movida en casa. Quizá deberías hablar con ella.
Volví a buscarla con la mirada, pero había cambiado su posición. Ahora bailaba con su padre en el centro de la pista.
Ella se movía y yo era totalmente consciente de ese movimiento. Me atraía como un imán. Estaba hechizado. Así que cuando terminó la canción decidí acercarme, fueran cuales fueran las consecuencias. Como un puto kamikaze.
—Buenas noches —dije y ambos se giraron hacia mí.
La cara de Blake fue de sorpresa, aunque se recompuso al instante.
—Álex, este es mi padre, Roberto Marconni —me presentó.
—Encantado, señor. —Le di la mano y él me la apretó con seguridad. El hombre imponía, quedaba claro—. Soy Alessandro Cabante.
—Igualmente, Alessandro. ¿Estás disfrutando de la fiesta?
—Mucho. —Sonreí. Él me devolvió una mueca relajada.
—Luego me gustaría conocer a tus padres. Diles que me busquen.
Asentí.
—Lo haré.
Un breve silencio sobrevoló nuestras cabezas, hasta que el Marconni decidió dejarnos a solas.
—Voy a saludar a algunos invitados. Pasadlo bien.
Le dio un beso en la mejilla a su hija y se fue.
—¿Me concedes este baile? —pedí, ofreciéndole mi mano.
Ella aceptó con una sonrisa. La pegué a mi cuerpo cuanto pude y la rodeé con el brazo mientras nuestras manos estaban entrelazadas. Ella colocó la otra mano en mi cintura y, cuando comenzamos a movernos, mi deseo no hizo más que aumentar.
Hacía que pasara de cero a cien en un segundo y eso me acojonaba. Nadie, en el cielo o en el infierno, había tenido nunca tanto poder sobre mí.
—Me has estado evitando.
—He estado ocupada.
Apoyó la cabeza en mi hombro y suspiré.
Quería decirle tantas cosas…, pero en ese momento me olvidé de todo lo que no fuera ella.
—¿Sonaría muy cursi si te dijera que hoy estás preciosa?
—Sí, y mucho más viniendo de ti.
No podía verle la cara, pero apostaría todo lo que tenía a que estaba sonriendo. Así que lo dije.
—¿Cómo es posible que estés más preciosa cada vez que te miro? —susurré en su oído y pude notar cómo se estremecía con mis palabras—. Y con mi boca hundida en ti, me robas el aliento —continué con voz profunda—. No hay nada más bonito que ver cómo te corres en mis manos.
—Álex —exhaló mi nombre con una ansiedad contenida. Las mejillas se le pusieron rojas. Me encantaba verla así, casi abrumada por mis palabras.
La noté demasiado distante, por lo que decidí ser claro.
—Estaba deseando volver a verte. Quiero repetir, Blake. No consigo saciarme de ti.
—Yo… no puedo. —Quería parecer segura, pero le tembló la voz. No sabía si alguna vez volvería a verla tan vulnerable.
Pensaba que ya habíamos superado esto, que los dos teníamos claro lo que sentíamos. Nos atraíamos, ya habíamos dado rienda suelta a esos sentimientos y ambos queríamos más.
—¿Por qué? —Puse mi mano en su cuello, acercando de nuevo mi boca a la suya.
Su mirada se desvió a lo lejos y me fijé en que se posaba en el rubito, que ya nos había visto y se dirigía hacia nosotros.