Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 47 La famiglia
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BLAKE

Estaba en la puerta de mis futuros suegros, decidiendo cómo iba a abordar la conversación que tenía pendiente con ellos. Aún no sabía el sentido que tenía todo aquello. ¿Por qué obligarnos a una boda que no queríamos? ¿A vivir sin amor?

Llamé a John, que me dijo que estaba en Times Square con Matteo y Carrick, y me alegré por ello. Esto debía hacerlo sola.

Scarlett abrió la puerta y me lanzó una mirada amenazadora, alzando una ceja. Me crucé de brazos.

—John no está. —Fue lo único que me dijo.

No tenía ni idea de por qué le caía tan mal, pero tampoco me interesaba en ese momento.

—¿Y tu madre? —Puso los ojos en blanco y la llamó, dándome la espalda.

—Blake. —Kinsley me dio dos besos—. Pasa, querida.

—Hola. ¿Está Luciano? —pregunté, entrando en la casa, y ella cerró la puerta tras de sí.

—No, ha salido a resolver algunos asuntos. ¿Un té?

—Sí, gracias.

Mientras iba a la cocina a pedirle a la empleada del servicio que nos trajera dos tazas de té, miré a mi alrededor. Había estado tantas veces en aquella casa que me era del todo familiar. Sin embargo, en ese momento la sentí lúgubre y fría. No era mi lugar .

—¿Cómo estás? —preguntó, sentándose a mi lado, mientras la empleada me saludaba con una sonrisa y nos dejaba una bandeja con té y unas pastas delante.

—Todo bien. Muchas gracias. ¿Y vosotros?

—No nos quejamos, ya sabes. —La verdad era que no lo sabía. No tenía ni idea de nada. En ese momento, mi corazón era mi peor enemigo—. ¿Qué te trae por aquí?

Poco duraron los saludos de cortesía. Cogió una taza y dio un sorbo con el meñique levantado, como si fuera la reina de Inglaterra.

La observé con ojos curiosos. Llevaba un vestido blanco con rayas azules y unos zapatos de tacón, aunque estuviera en casa.

Collar de perlas, pelo impoluto. Siempre iba de punta en blanco, por lo que no era extraño en ella.

—La verdad es que quería hablar del matrimonio.

Cambió la expresión de su rostro y supe que ni le hacía gracia tocar el tema ni me lo iba a poner fácil.

—Tú dirás.

—¿Por qué nos obligáis?

Dejó la taza en el posavasos antes de dar un suspiro.

—Lo necesitamos. No queremos que seas infeliz, Blake, pero John es perfecto para ti, no pensábamos que habría ningún problema hasta que nos enteramos de que habíais roto. Eso destrozó a Luciano, sabes cuánto te aprecia. Pero, aun así, debemos seguir.

Podía preguntar por qué no se casaba Scarlett con alguno de mis primos, pero lo que no quería para mí, no lo quería para ellos.

—¿Lo necesitáis? ¿Para qué? Tenéis dinero, poder, riqueza.

Un negocio próspero —que yo odiaba, sí, pero que les daba una cantidad de dinero insultante y, gracias a él, tenían comprados a decenas de cargos públicos.

A quien no podían comprar, se las ingeniaban para chantajearlo.

Era algo que yo estaba viviendo en carne propia.

—Esto va mucho más allá del dinero, Blake. No lo entenderías .

—Explícamelo.

Se revolvió incómoda en su asiento y negó con la cabeza, ignorando mi exigencia.

—Ahora que lo sabéis, no hay ningún motivo para retrasarlo. La fiesta de compromiso será en un mes.

Me puse en pie. Qué poco había demostrado conocerme.

—¿Crees que voy a aceptarlo así, sin más?

—Si quieres a tu familia, lo harás.

Entrecerré los ojos ante esa amenaza tan clara.

—¿Cuándo habéis caído tan bajo?

—Blake, soy mayor que tú y tu futura suegra. Tenme un poco de respeto.

—¿El mismo que demostráis tenerme a mí?

Se levantó del sillón, haciendo gala de una tranquilidad pasmosa.

—Solo eres una niña. Tarde o temprano entenderás que John es lo mejor para ti.

Qué equivocada estaba. Ojalá John me hiciera sentir lo mismo que Álex con solo mirarme. Todo sería mucho más fácil.

Salí de aquella casa desanimada. Por ese camino no iba a solucionar nada. Estaba claro. Por lo menos era sincera. No me daba falsas esperanzas. Como decía mi abuelo, nunca podemos reprochar a alguien que sea sincero, incluso aunque la verdad ofenda. La mentira sí la podemos reprochar.

Volví a casa sabiendo que no había vuelta atrás.

Apreté el mando en dirección a las verjas para que se abrieran y dejé mi coche en el garaje.

El de mi padre también estaba allí. Hablaría con él esa misma tarde y le diría que aceptaba mi destino, pero que quería ser yo la que decidiera, la que tuviera el control sobre él. Al menos sobre la parte que podía.

Abrí la puerta de casa, me dirigí al despacho y escuché a mi padre dando órdenes. Su sola voz bastaba para intimidar a cualquiera .

Yo nunca había sido miedosa. Al contrario.

Había crecido rodeada de personas que se enfrentaban a la muerte cada día, había aprendido a convivir con ella, a saber que lo malo no era tan malo porque siempre podía haber algo peor.

Tampoco era una kamikaze, por eso sabía reconocer las situaciones de peligro.

Si me metía de lleno en ellas era porque interiorizaba el miedo, lo hacía parte de mí y lo convertía en valor.

Menos mal que sabía distinguir el valor de la imprudencia.

Por eso me quedé callada, muy atenta a lo que mi padre tenía que decir.

—Refuerza la vigilancia en los almacenes y avísame si ves cualquier cosa que te llame la atención, aunque sea una mierda de perro que antes no estuviera ahí.

—Sí, señor. —Su hombre hizo una reverencia con la cabeza y salió de la estancia. Me escondí un poco más tras la columna para que no me viera, puesto que no estaba solo.

—El cabrón del FBI sigue tras mi pista —dijo Palmiro Inchenza, el padre de Matteo.

—No te preocupes, lo tengo vigilado —lo calmó mi padre—. Si ocurre algo, lo sabremos antes de que ese tipo lo huela.

—Te debo una muy grande, Roberto.

Palmiro le estrechó la mano antes de salir de la mansión. Cuando supe que tenía vía libre para hablar con mi padre, entré en el despacho y me lo encontré frente a uno de los grandes ventanales, mirando al horizonte.

Parecía perdido en sus pensamientos y yo me pregunté por qué la vida daba preocupaciones tan grandes a quienes ya tanto soportaban.

—¿Papá?

—Blake. —Me sonrió, volviéndose hacia mí, con esas arruguitas tan preciosas que le salían en los ojos. Adoraba a mi padre.

—¿Qué quería Palmiro?

Hizo un ademán con la mano.

—Una cuestión sin importancia. ¿Cómo van nuestros asuntos ?

Sabía que había cosas en las que mi padre me mantenía completamente a ciegas, pero empezaba a darme cuenta de lo peligrosa que era la ignorancia.

—Todo bien, le diré a Beto que te pase los datos. Por cierto, he cogido al chico de Reinard a mi cargo —le informé sentándome.

—¿Stephano?

Eso me encantaba de mi padre. Sabía el nombre de todos sus empleados y de sus familias.

—Sí, lo he puesto en la calle con Carlo. ¿Qué te parece?

—Bien, así espabilará pronto.

Eso mismo pensaba yo. Iba a continuar hablando, pero mi abuelo entró al despacho en ese momento.

—Has vuelto pronto. ¿Todo bien?

—Sí, ¿y tú qué hacías? —Desvié el tema para que no me preguntara dónde había estado.

—Tu primo estaba hackeando no sé qué webs, vamos a coger algo de calderilla.

Me reí, Giordano era incorregible.

—Oye, papá, ¿qué te parece si adquirimos un despacho de abogados? Sé que tío Agostino lleva esa parte, pero creo que nos podría venir bien como inversión.

Mi tío Agostino era el avvocato 9 de la familia. Se encargaba de llevar todos nuestros asuntos legales.

—Siempre pensando en ampliar los negocios. —Papá miró a mi abuelo, satisfecho.

—Para eso me has preparado, ¿no?

—Y parece que lo he hecho bien.

—Me gustaría pensar que todos hemos aprovechado al máximo nuestro potencial y que hemos conseguido grandes cosas —apuntó Doménico.

—Es tu legado, abuelo .

—Sí, y yo también me siento muy orgulloso.

—Hablando del tema. —Aproveché, ya que estaban los dos juntos—. Voy a aceptar casarme con John, pero quiero algo a cambio.

—Tú dirás. —Mi padre adoptó la posición del don 10 , sabía que esto era serio.

—Quiero el negocio. Todo, menos la parte que le corresponde a mis primos. Sabes que estoy preparada. —Roberto asintió, entendiendo lo que le pedía.

—Te pareces tanto a mí, hija. Tan dispuesta y exigente. Nada me enorgullece más que saber que el negocio estará en buenas manos cuando yo ya no esté —comentó mi abuelo.

—Voy a retirarme, pero voy a hacerlo a mi manera —dijo papá.

—Es todo lo que quiero.

—Pues ya no queda mucho, Blake.

—Será tuyo—sentenció Doménico—. Es una promesa.