46 Tocado y hundido
ÁLEX
Estábamos en la barra de la discoteca y acabábamos de pedir nuestra tercera copa. Estaba inquieto y no dejaba de mirar hacia la puerta porque Blake podía aparecer en cualquier momento.
En cambio, Bass me observaba a mí con curiosidad. Nunca me había visto tan nervioso y ni yo sabía por qué me sentía así. Ni siquiera nos habíamos acostado. No había pasado prácticamente nada en realidad. ¿Qué era lo que me tenía tan enganchado a esa chica?
Después de mucho esperar, Cósomo apareció seguido de Giordano, pero ni rastro de Blake.
—¿Y tu prima?
—Se ha quedado en casa, tenía muchas cosas que hacer —contestó antes de saludar a Roma con un beso.
Con ellos venían otros chicos que ya había visto la vez anterior, pero casi no les presté atención. El rubito no estaba entre ellos y un pálpito desconocido de celos me hizo pensar que Blake y él podían estar juntos.
Cogí el móvil y le escribí un mensaje.
YO: Esperaba verte en la discoteca hoy.
Se puso en línea casi al segundo y la pantalla me devolvió un «escribiendo…» que nunca terminaba.
Escribía y paraba, mientras yo me preguntaba qué era lo que tenía que pensar tanto. Cuando recibí la respuesta, la noté fría y distante. ¿Qué había pasado en estos días para tener esa actitud?
BLAKE: Lo siento, se me ha complicado la tarde.
YO: ¿Va todo bien? ¿Hay algo que no me estés contando?
Diez interminables minutos después, me llegó su mensaje.
BLAKE: Todo bien. Tengo que solucionar algunas cosas, solo eso.
Iba a parecer el tío más patético del mundo, pero era eso o presentarme en su casa para hablar cara a cara, y no sabía lo que era peor, porque ya llevaba demasiadas copas encima como para que coger un vehículo fuera una buena idea, así que abrí de nuevo el chat.
YO: ¿Es por mí? ¿He hecho algo mal?
«Escribiendo…», «escribiendo…». Empezaba a odiar esa puta palabra.
BLAKE: No tiene nada que ver contigo, Álex. Soy yo.
Hostia puta. «¿No eres tú, soy yo?» «¿En serio, Blake?»
—¿Por qué tienes esa cara? —me preguntó Bass.
—Por esto —gruñí.
Mi hermano leyó la conversación, me dio un apretón en el hombro y, raro en él, prefirió estar callado antes de decir algo y cagarla aún más. Aunque, como me conocía mejor que nadie, llamó al camarero y le pidió que no dejara de traerme copas en lo que restaba de noche.
Releí los mensajes varias veces, sin llegar a ninguna conclusión. «Quizá podría preguntarle a su primo…».
Cuando levanté la cabeza, Cósomo estaba bailando con Roma y ambos parecían bastante achispados, no sabía si por la bebida o por las ganas que se tenían, así que dejé el tema por imposible.
No iba a interrumpirles con mis mierdas.
De todas formas, no tardaría en enterarme de qué estaba ocurriendo. Solo faltaban tres días para la gala.