43 Cosa Nostra
BLAKE
El sábado me desperté con un mensaje de Álex en el móvil y una sonrisa de idiota en la cara.
ÁLEX: ¿Por qué te has ido sin decirme nada?
YO: Parecías muy a gusto, no quería despertarte.
ÁLEX: Hubiera preferido que lo hicieras, quería despedirme de ti.
YO: Tomo nota. ¿Has dormido bien?
ÁLEX: Regular. Mucho Ferrari, pero el coche no es precisamente cómodo que digamos.
YO: No te oí quejarte mientras estuvimos juntos.
ÁLEX: ¿Quién en su sano juicio se quejaría de eso?
YO: Tampoco lo hiciste cuando se te cerraron los ojos .
ÁLEX: ¿Qué puedo decir? Tus caricias son milagrosas.
Casi un somnífero.
YO: ¿Debo tomármelo como un cumplido?
ÁLEX: Yo lo haría. No suelo bajar tanto la guardia cuando estoy con otra persona.
YO: ¿Y se da ese tipo de situación muy a menudo?
ÁLEX: No te tenía por una persona celosa, Blake.
YO: No suelo serlo.
ÁLEX: Me lo tomaré como un cumplido. La noche anterior no había dormido mucho, ya sabes por qué.
Me encantaba cuando nos parafraseábamos, porque decíamos mucho con muy poco, y estaba claro que ambos queríamos lo mismo. La noche anterior la había compartido conmigo y esperaba que no fuera la última.
YO: No pasa nada, pero tu forma de ligar deja mucho que desear. Quizá deberías mejorar para la próxima .
ÁLEX: ¿Quieres que haya próxima?
YO: No me importaría. ¿Quieres tú?
ÁLEX: De ti creo que lo quiero todo. ¿Cuándo volveremos a vernos?
YO: Tengo que ayudar en la gala. Es el sábado que viene y aún no he pasado por allí, pero en cuanto tenga un hueco me escapo.
ÁLEX: Resérvame un baile.
YO: Dalo por hecho.
ÁLEX: Cuento las horas para volver a verte. Necesito besarte de nuevo.
YO: Muy pronto.
Estaba mirando la pantalla del móvil cuando saltó una llamada. Era mi contable. Daba igual el día que fuera, no había descanso para la mafia.
—Dime, Beto.
—Blake, me han hablado de un despacho de abogados que va a cerrar en la 60. Creo que sería una buena inversión.
Siempre estaba buscando nuevos negocios para lavar el dinero. Debía diversificar si no quería que resultara sospechoso.
—Vale, pásame el estudio y le echaré un vistazo .
—Hecho. Lo tienes en tu correo. Por cierto, he arreglado lo de Vasile y creo que haciendo unos recortes podrá ponerse al día en un mes. ¿Has visto que ya ha hecho los primeros pagos?
—Sí, estuve revisando las cuentas el otro día. Gracias, Beto.
—Lo que necesites.
Abrí el ordenador portátil y le eché un vistazo rápido a las cifras. Parecía que cuadraban.
—Habla con Carlo para que la próxima vez que vaya a cobrar se lleve a Stephano.
—¿El hijo de Reinard?
—Sí, y envíale a Gianno la dirección del despacho de abogados y, si lo encuentra todo bien, que haga una oferta.
—Perfecto —dijo, colgando.
Salí a correr para despejarme y luego almorzamos en familia. Los fines de semana solían ser sagrados en casa. Nos sentábamos todos juntos alrededor de la mesa y compartíamos cómo nos había ido la semana. «Tiempo de calidad», solía llamarlo mi abuelo.
—Blake, ¿todo bien con John? —preguntó mamá—. Ayer estuvisteis algo distanciados en la cena.
Dejé el cubierto en la mesa y miré a mis primos.
—Cuéntaselo —me apremió Giordano con un gesto de solidaridad.
Asentí. Había llegado la hora.
—¿De qué habla, Blake? ¿Hay algo que no nos hayas dicho? —preguntó mi padre algo inquieto. No le gustaban los imprevistos.
—Tengo que contaros algo. A todos. —Me puse en pie, como hacíamos habitualmente cuando alguien tenía que dar alguna noticia importante—. He dejado a John. No le quiero.
Mis padres se miraron y luego tío Agostino se dirigió a mi abuelo.
—Sabía que esto iba a pasar. Era demasiado perfecto .
Doménico le hizo callar y dejó que yo continuara mi explicación.
—Esto no es un capricho. —Los miré a todos—. No es que esté cansada, lo he meditado mucho y no puedo fingir lo que no siento. Sé que teníais planes para nosotros, pero yo soy lo suficientemente fuerte para tomar las riendas de la familia sola. No necesito a nadie a mi lado.
—No estarás sola, prima. Nos tienes a nosotros —dijo Cósomo y Giordano lo secundó.
—Ha llegado el momento, Roberto. —Mi madre se puso en pie e hizo que yo me sentara.
—¿El momento de qué? —pregunté confusa.
Las miradas que mis padres se dedicaban me tenían nerviosa. Quería que dijeran ya lo que fuera. ¿No irían a obligarme a que me casara con John? Por supuesto que no. Estábamos en el siglo XXI, ellos no mandaban sobre mí.
—Blake, Giordano, Cósomo —nos llamó la atención a los tres—. Hay algo que no sabéis. Siempre os hemos tenido apartados de esta parte del negocio, que es la más peligrosa. —Hizo una pausa, como si le costara hablar—. Annetta, ¿quieres explicárselo tú?
Mi abuela negó con la cabeza y creí ver como una lágrima se le escapaba de su ojo derecho. ¿Qué estaba pasando?
—Yo lo haré —dijo tía Bianca, poniéndose en pie—. Veréis, la familia de mamá, los Spígola, siguen muy bien situados en Sicilia y, como sabéis, tenemos negocios importantes con ellos. —Los tres asentimos. Eso ya lo sabíamos—. Pues bien, lo que no sabéis es de qué clase de negocios se trata.
—Allí el crimen organizado toma nombre propio —interrumpió Doménico—. Hace tiempo os dije que debíais dejar ese negocio. No trae nada bueno.
— È la mia famiglia 7 —se lamentó Annetta.
— Questa è la tua famiglia. Loro sono problemas 8 —repuso mi abuelo.
Mis primos y yo sabíamos italiano a la perfección.
Aunque siempre utilizábamos el inglés, nuestros abuelos se habían encargado de enseñarnos su lengua materna y pude decir que las palabras que habían pronunciado no auguraban nada bueno.
Aunque supuse que, por el tono de la conversación, cualquiera podría haberlo deducido.
—Son asesinos a sueldo. No hay forma amable de decíroslo —espetó Bianca—.
Bueno, se dedican a muchas más cosas, pero en esta es en la que nosotros participamos.
El problema, como dice papá, es que la familia exige lo que la familia da.
—El rostro de mi tía hizo una mueca, como compungida, y supe que ahora venía lo peor—.
Los Marconni contrajimos una deuda con los Spígola que los Ricco se encargaron de pagar.
—Bianca me miró a mí directamente, haciéndome comprender lo que quería decir—.
Digamos que a los Spígola les encargaron asesinar a una persona y nosotros no lo podíamos permitir.
Ellos nos dijeron que no la matarían si nosotros la escondíamos bien.
Nadie podía enterarse de que seguía viva.
En aquel momento, los Marconni no teníamos medios suficientes para hacerla desaparecer y les pedimos ayuda a los Ricco.
Actualmente, solo ellos saben dónde está, por su seguridad y por la nuestra.
Miré a mis primos, sus rostros parecían contener la misma incertidumbre que el mío.
—¿Quién es esa persona? ¿Y por qué es tan importante para nosotros?
—Perdimos nuestro hogar, nuestro territorio, por una maldita guerra en la que ni siquiera éramos parte.
Ya os hemos contado más de lo que deberíais saber, hay cosas que deben permanecer enterradas —dijo mi abuelo asiendo con fuerza su bastón—.
Por culpa de aquel trato tuvimos que venir a Estados Unidos.
Resurgimos, nos reinventamos, y así debe continuar siendo.
—¿Pero qué tiene eso que ver con John y conmigo? —Quería llegar al fondo del asunto como fuese.
—Para sellar la alianza, los Ricco pidieron un matrimonio que hermanara ambas familias y, por edad, se decidió que fueran los hijos mayores los que cumplieran el pacto.
—Pero se puede romper —dije levantándome de nuevo—. La familia de John no se opondrá, ellos me conocen, me quieren. Hablaré con ellos.
—Esto está por encima de ti, Blake, y de nosotros —intervino mi padre—.
En estos años los Marconni hemos prosperado mucho.
Más que los Ricco. A ellos les conviene este pacto y nosotros necesitamos que sigan manteniendo su parte del trato.
No conocemos el paradero de la persona a la que protegimos y tampoco podemos permitir que salga a la luz. Sería el fin de nuestra familia.
Negué con la cabeza, llena de rabia e indignación. No sabía quién sería esa persona a la que tanta devoción le tenían, pero habían sacrificado el resto de mi vida por la suya. Esperaba que la estuviera disfrutando.
—Siempre decís que las decisiones importantes se toman en familia —dijo Cósomo apoyándome.
—Y eso hicimos —contestó su madre—. Esta decisión está tomada desde mucho antes de que vosotros nacierais.
—¿Y yo no tengo nada que decir?
—Si en algo quieres a tu familia, acatarás la decisión.
—Me pides fe ciega —le reclamé a mi padre—, y a cambio intentas mantenernos al margen de algo de lo que formamos parte y que nos afecta directamente. ¿Cómo crees que nos hace sentir eso?
—Blake, si tiene que ser una orden, lo será. No te atrevas a contradecirme .
—Esto es muy injusto —se quejó Cósomo con la misma indignación que yo. Giordano se quedó callado, sopesando la información que nos acababan de dar.
—La vida no es justa —dijo mi padre con voz profunda—.
La propia justicia no es justa. ¿Cuándo vais a daros cuenta?
Las leyes no se crearon para aplicarlas a todos por igual.
Quienes las hicieron son personas y quienes las usan también.
Todos con sus propios intereses y su propia mierda que cargar.
¿Realmente creéis que son imparciales? —Paseó su mirada por mis primos y por mí—.
Esta es la mejor lección que puedo enseñaros a los tres: no vivimos en un mundo justo, por eso debemos hacer nuestras propias normas.
—Habéis decidido mi destino sin contar conmigo y me obligáis a unir mi vida con alguien que no deseo. ¡No soy una moneda de cambio! —escupí furiosa.
Mi madre me miró como solo una madre sabía hacerlo.
—Cariño, puede que queramos parecer una familia normal, puede que aparentemos ante los vecinos o que vosotros lo hagáis en clase, pero no os engañéis: esto es la mafia.
Y por primera vez en toda mi vida, esa realidad cayó sobre mí como un jarro de agua fría.