Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 42 Vuelve, Mariposa
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42 Vuelve, Mariposa

Unas horas más tarde, en Málaga.

ALESSIO ESCALANTE

El sábado por la mañana esperaba a mi hermana, apostado en una de las columnas del aeropuerto, cuando la vi llegar cargada de maletas.

Levantaba multitud de miradas a su paso y no parecía ser consciente, o puede que no le importara lo más mínimo.

Era una mujer preciosa, fuerte, valiente y con un carácter de mil demonios.

Llevaba el pelo rubio recogido en una cómoda coleta, un vaquero roto y una camiseta roja a juego con sus labios, que llamaban la atención de todo el mundo.

Esperaba que a partir de ese momento pudiera empezar una nueva vida y que dejara de encerrarse en sí misma. El resto de los hombres no deberían pagar por lo que hizo Xesco. Así, al menos, uno de los dos seguiría teniendo una oportunidad.

—¡Aless! —me llamó para que la ayudara, pero antes de eso, la abracé.

Sentí tal alivio porque por fin estuviera a salvo, que suspiré en su pelo.

—No iba a pasarme nada —me tranquilizó leyéndome el pensamiento, pero ella sabía tan bien como yo lo erróneo de esa afirmación. Pisar Roma era ponerse en peligro.

—Lo sé, solo estoy contento de que ya estés aquí. ¿Cómo ha ido todo? —pregunté mientras guardábamos las maletas en el coche y nos poníamos en marcha .

—Tal y como esperábamos. ¿Y por aquí?

—Las cosas van a cambiar mucho en el despacho. Después de la recaudación de fondos, hablaré con los socios. Quiero llevarlo al siguiente nivel.

—¿Clientes intocables?

Así llamábamos a la gente de las altas esferas: políticos, famosos, empresarios millonarios… Personas que buscaban en un abogado algo más que tapar sus asuntos turbios.

—Para todos menos para nosotros.

—¿Cuántos hay?

—He hecho una lista de personas a las que podríamos tener acceso solo con presentar nuestro apellido. —Esa era la mayor credencial que poseíamos—. Esta noche trabajaremos en ella, cuando Dani se duerma.

—Perfecto, necesito tener la mente ocupada.

Desvié la mirada un segundo de la carretera y fijé mis ojos en los suyos.

—Siento que esto te suponga un gran cambio.

Ella hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

—En ningún sitio estaría mejor que con vosotros, aunque ya sabes que volveré siempre que las inmobiliarias me necesiten y cuando Livia dé a luz. Eso es indiscutible.

Alzó una ceja, desafiándome a contradecirla. Yo negué con la cabeza. Si algo amaba y odiaba de mi hermana era su carácter.

—¿Cómo está? —pregunté reticente.

Ambos sabíamos que me refería a mi cuñada. Hacía un año y medio que no la veía, el mismo tiempo que llevábamos en Málaga, y Daniela seguía preguntando por ella casi tanto como por su madre, por eso procuraba que hablaran por teléfono tanto como fuera posible.

—Embarazadísima y algo triste —me contestó—. Deberías verla .

Apreté los puños contra el volante, dejando que me atormentaran los fantasmas del pasado. Un pasado que no podía cambiar por más que quisiera.

—Se acabó Roma durante un tiempo, Bella.

Ni siquiera íbamos a ir a la boda de Mérida con Alfredo Collati. Era el acontecimiento del año y toda la prensa romana e internacional se haría eco de ella. «Demasiada visibilidad para que el plan que debíamos llevar a cabo diera sus frutos…».

—Pero, Aless, por mucho que te alejes, no puedes olvidar lo que teníamos allí… lo que aún tenemos.

En realidad sabía que ni aunque pusiera todo mi empeño en ello podría olvidarlo, pero me gustaba ser fiel a mi tormenta. Había pasado tanto tiempo bajo ella, que me sentía cómodo sin ver un solo rayo de luz.

Se hizo el silencio durante unos minutos, hasta que Bella decidió romperlo.

—He tenido un encuentro con el Léoni —pronunció mirando a la ventana, cuyo reflejo me devolvió su gesto atormentado.

Yo ya sabía que habían vuelto a verse, su escolta me había informado, pero dudaba de que me lo fuera a contar.

—¿Te lo encontraste o te buscó?

Aparqué frente a la puerta de casa y nos quedamos sentados en el coche, mirándonos frente a frente.

—Lo siento, Aless. Quiero alejarlo de mí, pero me cuesta —resopló con una sonrisa que no le llegó a los ojos. Más bien se quedó en una mueca que encerraba miles de sentimientos que no pensaba expresar.

—Bel. —Cogí sus manos entre las mías. Había meditado mucho sobre el tema—. Nunca fue él o yo y me equivoqué al pedírtelo. Ahora lo sé, te mereces intentarlo de nuevo.

Sacudió la cabeza, entendiendo a lo que me estaba refiriendo.

—Ya es tarde.

Tomé aire y solté un largo suspiro .

—Lo más difícil que hay en este mundo es dejar una relación cuando estás enamorado. —Tragué saliva, obviando cuánto me costaba hablar de ello, porque mi hermana tenía que escucharlo—. Nosotros lo hemos vivido de dos formas diferentes. La tuya todavía tiene solución, Isabella. Piénsalo.

Se quedó unos segundos barruntando sobre aquello, como si la respuesta dependiera de ella, como si el destino no jugara sus propias cartas.

Librando una batalla consigo misma de la que no resultaría vencedora, porque, en ese momento aún no lo sabíamos, pero apenas unos meses después, la vida volvería a golpearnos con una fuerza arrolladora.