Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 41 La mafia se sienta a la mesa
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41 La mafia se sienta a la mesa

BLAKE

—Llegas tarde. ¿De dónde vienes tan acalorada? —dijo Cósomo en la entrada de la mansión. Tenía el móvil en la mano y no demasiada buena cara.

—He venido corriendo desde la verja.

—¿Te perseguía alguien?

—Qué idiota eres, en serio. ¿Tú estás bien?

—Sí, como siempre.

Entrecerré los ojos, sospechando que me ocultaba algo, pero en ese momento no había demasiado tiempo para preguntas.

—Subo a arreglarme, no quiero que lleguemos tarde por mi culpa.

Había dejado a Álex durmiendo. Aunque lo que en realidad quería hacer era quedarme, hice de tripas corazón,  pedí un taxi y vine a casa.

Pero antes me aseguré de dejar el coche bien cerrado.

No era una mala zona, pero la delincuencia en Nueva York campaba a sus anchas por cualquier barrio. Que me lo dijeran a mí.

Miré una última vez por la ventanilla antes de marcharme. Dormía como un gatito y estaba tan guapo… Casi parecía inofensivo. Me daban ganas de continuar acariciándole hasta que despertara y acabar lo que habíamos empezado antes de recibir la llamada de John .

Ni siquiera estaba segura de por qué había actuado así con Álex o por qué lo hacía él conmigo, ya que estábamos.

Ambos habíamos bajado la guardia, nos habíamos dado mucho más de lo que se le da a alguien que acabas de conocer, o incluso a un simple rollo.

Y si no tenía cuidado, sabía que ese chico marcaría mi vida a fuego.

Cuando nos montamos en el coche y empezamos a hablar, la tensión era soportable.

Y la comida tampoco había ido nada mal. Charlamos de todo, nos contamos anécdotas, parecíamos casi normales.

Dos chavales sin más pretensión que la de pasar un día agradable en la playa.

Dos personas que se gustaban la una a la otra y a las que el estómago les hacía cosquillas por la anticipación.

Dos chicos que apenas se conocían y estaban nerviosos por pasar juntos un rato a solas.

Ni siquiera cuando nos enrollamos me sentía tan desconcertada.

Pero cuando nos quedamos en silencio, la atmósfera se tiñó de una intimidad que me aturdió.

Quería tocarlo y él había dejado muy claro que le encantaba que lo hiciera.

Acaricié su frente, paseé un dedo por su nariz hasta llegar a los labios.

Cerró los ojos. Cuando noté su respiración pausada, no me lo podía creer.

«Cuéntame algo sobre ti», me pidió sin saber que él ya me había descrito a la perfección. «Cosas simples», dijo como si hubiera algo simple en mí. Solo estaba empezando a ver la punta de un enorme iceberg.

Me duché rápidamente, me puse un vestido, un poco de maquillaje que tapara los cortes de mi cara, y fuimos a casa de los Ricco.

—Blake, querida, estás preciosa. —Me saludó Kinsley, al abrir la puerta—. John está en su habitación, ¿por qué no vas a buscarlo?

—Claro.

Me adentré en la casa. Luciano también me saludó y se puso a hablar con mi padre.

En cambio, Scarlett me dio un empujón en el hombro cuando pasé por su lado.

La fulminé con la mirada. Esa niñata no dejaba de provocarme sin motivo cada vez que me veía.

No había hecho otra cosa que portarme bien con ella por ser una Ricco, pero estaba muy harta de su comportamiento.

Subí las escaleras y encontré a John sentado a los pies de su cama, mirando una fotografía. Éramos Fiorella, Carrick, Zia, Matteo, John y yo. Nuestros novios nos tenían agarradas de la cintura a las tres y mirábamos sonrientes a la cámara.

Recordé aquella salida. Fue en uno de tantos días perfectos que luego quedaban en el olvido. Cuántas cosas estaban cambiando en tan poco tiempo.

Lo miré, en esa habitación en la que tantos momentos habíamos compartido, y no sentí nada más que un sincero cariño. Al fin y al cabo, John había sido todas mis primeras veces y, durante mucho tiempo, todo lo que le pedía a una relación.

—¿Qué le pasa a tu hermana? Está más borde que de costumbre —comenté, entrando en la habitación.

—Vete tú a saber. —Se encogió de hombros—. Lleva un tiempo muy rara.

Desde que la conocía siempre había sido igual. Arisca, impertinente, con mal carácter. Y parecía que todo lo pagaba conmigo.

—¿Toda la vida? —Nos reímos—. Mis padres aún no saben nada de la ruptura.

—Los míos tampoco, aún tengo la esperanza de que cambies de opinión.

—No lo voy a hacer, cielo, lo siento. De hecho… creo que deberíamos decírselo juntos. —Posé mi mano encima de la suya.

La transición para mí había sido relativamente fácil. Llevaba mucho tiempo asimilando que quería romper con John, pero a él le había pillado por sorpresa y entendía su actitud. No me había parado a pensar en cómo se sentiría ni en que su vida había cambiado radicalmente con mi decisión .

—Éramos unos niños cuando empezamos a salir, no sé por qué pensé que sería para siempre. —Tragó saliva admitiendo por fin la situación—. Solo te pido que no se lo digamos esta noche. Están muy contentos, Blake, por favor, no se la arruinemos.

Asentí y luego nos dimos un abrazo.

—Está bien, pero no lo dejaré mucho más tiempo.

—Gracias.

Bajamos juntos al salón, donde ya nos esperaban todos.

La casa de los Ricco era más pequeña que la nuestra, pero eso no significaba que no fuera enorme. Tendría unos cientos de metros cuadrados en cada planta y un jardín exterior que Kinsley cuidaba personalmente, como si fuera otro de sus hijos.

Nos sentamos alrededor de la mesa. John a mi lado derecho, Giordano al izquierdo.

Luciano comenzó a hablar de la fundación, cuyo propósito principal era ayudar a las personas más desfavorecidas de Nueva York, las que no habían tenido tanta suerte como nosotros.

Ese pretexto servía para justificar dónde iba el dinero que recibíamos como donaciones y que luego desgravábamos en el Fisco, pero, bajo aquella apariencia de bondad, se escondía el propósito de cerrar ciertos tratos muy importantes para nosotros.

En la gala se reunía la flor y nata de la sociedad neoyorquina.

Allí podrías encontrarte con el gobernador, senadores, actrices de moda y otros famosos de turno.

Nadie quería perdérsela, era el gran acontecimiento del año.

Con esos estirados debíamos fingir que éramos personas respetables.

Aunque sabían perfectamente a qué nos dedicábamos, una vez al año les hacíamos creerse importantes para nuestro beneficio.

—El cargamento de Sylvana ya está en el hotel —comentó mi padre.

—Perfecto. Entonces está todo listo para la reunión con el clan de Chicago —dijo Luciano.

—Papá, ¿sabes algo sobre el coche que… ?

—Eso fue un contratiempo sin importancia. —Me cortó y se dirigió a los Ricco. John no perdía detalle de la conversación—. Blake tuvo un percance con el coche, hoy ha ido a buscar uno nuevo.

—¿Por qué no me has avisado? —me preguntó John—. Te hubiera acompañado.

—Ha sido todo muy rápido —contesté sospechando que algo ocurría. ¿Por qué mi padre no quería decir nada delante de los Ricco?

—No te puedes fiar de los coches japoneses, esa gente trabaja en masa, no le prestan la atención suficiente que requiere un vehículo de las características que nosotros buscamos —dijo Luciano—. Por eso yo uso el Saab. Es magnífico.

No estuve de acuerdo con esa afirmación, pero tampoco iba a contradecirlo.

—Blake, querida, tus padres nos han informado de que vas a tomar las riendas del negocio.

—De una parte, sí. La otra mitad es de mis primos.

—Ambos me miraron con una sonrisa. Me encantaba estar tan en sintonía con ellos.

Y todavía quedaban los negocios de Sicilia, sobre los que mi familia no nos había hablado aún, pero callé esa parte.

Tampoco iba a darle más información de la debida. La información era poder.

—¿Y tú, John? ¿Tienes planes para trabajar con tu padre? —le preguntó mi madre, como si no lo supiera ya.

—Estoy visitando cada local, familiarizándome con los clubes y sus empleados.

La forma en la que pronunció aquello me dio mala espina, pero lo dejé pasar. En cierto modo, lo que más me incomodaba era que se tratara de sitios de alterne.

—Eso es estupendo —comentó mi madre, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta—. Blake, cariño, tu padre y yo creemos que deberías aparcar el doctorado durante un año .

Eso sí me preocupó. Sabía que mis padres querían jubilarse pronto, apartarse del negocio y dejarme a mí las riendas, pero yo necesitaba aprender todo lo posible sobre la gestión de empresas y rápido, teniendo en cuenta que la boda no iba a celebrarse.

Eso lo tenía clarísimo, aunque todavía no les había hablado sobre ello.

Cambiaría todo el plan que tenían pensado para mí.

Respeté la decisión de John y no dije nada sobre nuestra ruptura.

Además, no era momento ni lugar para discutir ese tema. Ya hablaría con mis padres a solas.

—Para mí es importante.

—Lo sabemos, pero es nuestro deseo que comiences a echar unas horas en la central y veas el funcionamiento del hotel desde dentro.

—He corrido desde niña por los pasillos de cada hotel de la cadena, los conozco de memoria. Incluso sé el nombre de los empleados, y tenemos cientos.

—Blake —advirtió mi padre—. No lo sabes todo, aún te queda mucho por aprender.

Papá pronunciaba esas palabras como si quisiera infundirles un doble sentido que en aquel momento yo no entendía.

Algo en sus ojos me pedía que callara. El resto de la mesa me estaba mirando, a ver el cariz que tomaba la conversación dado mi carácter, pero yo sabía que a mi padre era mejor no rebatirle, y menos en público.

Ya hablaría con él en su despacho, como dos iguales.

—Cariño, tienes que comer, estás muy delgada —dijo mi madre cambiando de tema.

—No tengo mucha hambre. —Aun así, cogí de nuevo el tenedor, me llevé un trozo de solomillo a la boca y agaché la cabeza hacia mi plato.

La conversación volvió a centrarse en la gala.