40 Atar cabos sueltos
CÓSOMO
Recogí a Roma en su casa y fuimos hasta la fundación. Había aceptado ayudarme, lo que significaba que se lo iba a presentar a parte de mi familia y Roma estaba algo nervioso, aunque intentaba disimularlo. Era tan mono…
—¿Crees que le caeré bien a tu madre?
—Claro, ya le he hablado de ti y está deseando conocerte. —Apreté su rodilla para infundirle seguridad y dejé mi mano sobre ella durante el resto del trayecto.
La sede de la Fundación Bonetti estaba situada en Harlem, cuna de la vida nocturna, bohemia y del jazz, pero la gala anual se celebraba en el Hotel De Lucchi Classic, el segundo y el más lujoso que había fundado mi abuelo. Estaba ubicado en un edificio histórico, al lado del Lincoln Center.
Aparqué en la zona reservada para los Marconni y fuimos hasta el salón principal, donde los empleados ya estaban terminando los últimos detalles.
—Guau... ¡cuánto lujo! —exclamó Roma a mi izquierda, mirándolo todo con curiosidad.
A mí no me chocaba, había crecido con él, pero lo entendía perfectamente. No era habitual nadar en la abundancia, y normalmente tampoco hacíamos ostentación de ello, aunque pudiéramos llenar una piscina olímpica solo con billetes de mil.
—¿Cómo era tu casa en Italia ?
Un aire de nostalgia se apoderó de su mirada. Ahora vivían en un chalet de las afueras, que resultaba incluso pequeño para una familia de cinco miembros, pero supe, por lo cristalinos que se volvieron sus ojos, que no era el lujo lo que echaba de menos.
—Enorme. No como esto o como la mansión de tu familia, claro, pero teníamos tres plantas, jardín, piscina y pista de tenis. Éramos siete y cada uno tenía su espacio.
—Roma… ¿va todo bien por allí?
Esperaba poder sacarle algo de información sobre lo que fuera que hacía que su semblante no dejara de ensombrecerse al recordar el pasado. Aunque en cualquier momento recibiría la llamada de mi contacto, deseaba enterarme por él y no por un tercero.
—¡Chicos! —interrumpió mi madre—. Menos mal que habéis llegado. Seréis conscientes de que todo esto —hizo un gesto con las manos, abarcando la estancia— no se prepara solo, ¿verdad?
Me reí.
—Mamá, este es Romano Cabante.
Ella lo observó un momento y luego le plantó dos besos en la cara, dándole la bienvenida a nuestro círculo de confianza.
—Llámame Bianca. —Sonrió—. Id a saludar a los abuelos y luego empezad colocando las guirnaldas del escenario.
—Sí, señora. —Le hice el saludo militar y volvió a su tarea de dar órdenes a diestro y siniestro, como a ella le gustaba. Se ponía de los nervios cada vez que se acercaba la gala. Todos los años ocurría lo mismo y ya estábamos acostumbrados. A veces resultaba incluso gracioso observarla.
—¿Qué hacéis ahí parados? —Giordano nos sorprendió por la espalda. Llevaba a Martia cogida de la mano.
—Es su novia —le dije a Roma.
Ella se sonrojó y mi hermano puso los ojos en blanco. Vaya dos.
—Encantado .
—Vamos a saludar a los abuelos. —Cogí a Roma del brazo y lo insté a caminar.
—Venga, cuanto antes lo hagamos, antes nos lo quitamos de en medio —dijo Giordano resignado. Sabía lo que le esperaba.
Nuestros abuelos estaban sentados en la mesa principal, preparando unos lazos que colgarían a todos los asistentes a la fiesta en señal de solidaridad con la causa.
A ellos les encantaba pasar el día tanto en los hoteles como en la fundación.
Era su legado y tenían como principal misión el hacer sentir a cada persona como en casa.
Y no solo a los invitados. Decían que la plantilla era familia, todos nuestros empleados lo eran, y que hasta el último eslabón de la cadena era importante, por eso debían sentir que nos implicábamos con ellos y hacer del trabajo un hogar fuera del hogar.
—Martia, hija, ¿todavía sigues aguantando a mi nieto? —preguntó Annetta cuando fue a darle un beso en la mejilla.
—¡Abuela!
—¿Qué? ¿Acaso digo alguna mentira?
—Abuela, quiero presentarte a Romano Cabante.
—Encantado, señora.
—Bah, llámame Annetta, que no soy tan mayor —dijo totalmente en serio mientras mi abuelo cabeceaba y sonreía a la vez.
—Así que los Cabante habéis dado el salto a Nueva York —comentó este mismo con una mirada sabia.
—¿Nos conoce?
—Soy perro viejo, hijo. He vivido mucho tiempo y tengo más de dos oídos y más de dos ojos.
—¿A qué te refieres, abuelo?
En lugar de contestarme, sostuvo la mirada de Roma durante más tiempo del que se consideraría necesario, salvo que le estuviera advirtiendo de algo.
—Yo… —empezó a decir Roma a mi lado, pero mi abuelo lo cortó .
—No se construye un imperio sin hacer unos cuantos sacrificios. —Enseñó los dientes—. Dile a tu padre que no se vaya de la gala sin que tengamos unas palabras.
Mamá apareció a nuestro lado, dio un saludo rápido a los recién llegados y nos encomendó a cada uno una tarea.
—Venga, ¡todos a trabajar!
—¿No tenéis gente para que haga esto? —me susurró Roma cuando volvimos a estar solos.
—Mucha, pero a mi madre le gusta que demos ejemplo.
Fuimos hasta el escenario y comenzamos a colocar guirnaldas en los lugares señalados por mamá.
—Que no te intimide mi abuelo, es un trozo de pan.
—No lo ha hecho. La verdad es que me gusta que valore el sacrificio y le respeto aún más por ello. Es mayor y habla con la sabiduría de la experiencia, puede decir cuatro verdades si quiere.
—Eres perfecto, ¿lo sabías?
Soltó una carcajada.
—No, no lo soy, y no sé cómo he conseguido engañarte para creerlo.
Puse los ojos en blanco.
—¿Bailarás conmigo en la gala?
—¿No dirá algo tu familia? —Frunció el ceño.
—Claro que no. —Sonreí—. Ellos quieren que me comporte de forma natural.
—Pero la prensa…
—No es algo a lo que haya que darle importancia, Roma. Además, soy el niño bonito de Manhattan, están acostumbrados a mis excentricidades.
Alcé la mano para pintarle la nariz de purpurina y él me dio un beso a cambio.
—Aquí no hay que fingir que no somos nosotros, así que voy a preguntártelo de nuevo, ¿bailarás conmigo ?
Cerró los ojos un instante y me regaló una de sus mágicas sonrisas.
—Siempre, pero no puedo salir en el periódico, Cósomo.
—E imagino que no me vas a contar el porqué.
Negó con la cabeza.
—Cuanto menos sepas, mejor.
No insistí, ya sabía que me ocultaba algo, aunque aún no había averiguado el qué. Solo me faltaba la pieza central del puzle y sería mi contacto el que se encargaría de dármela.
Al cabo de un rato, vi que Giordano y Martia empezaban a discutir por quién se subía a la escalera, para, minutos después, besarse apasionadamente tras una de las columnas del salón.
En fin, ellos se entendían.
Roma recibió una llamada que hizo que le cambiara el gesto. Miré de reojo la pantalla y vi que ponía «Nana».
—Ahora vuelvo. —Se alejó para contestar y me quedé observándole.
Su ceño fruncido se convirtió en una sonrisa y luego hizo una mueca de fastidio, antes de soltar una carcajada y colgar.
—¿Quién era?
—Bella, mi hermana.
«Isabella Escalante». Las cosas debían haber dado un giro si era ella quien se ponía en contacto con los Cabante. De lo contrario, no se hubiera arriesgado a que las personas de las que huían pudieran localizar la llamada.
—¿Todo bien?
—Todo controlado. —Asintió pensativo.
—Pareces preocupado. —Paseé mi mano por su ceño y continué acariciando cada mueca que hacía.
—No te preocupes, es solo… nostalgia, supongo. —Se encogió de hombros, quitándole importancia a lo que fuera que le rondara la mente.
—¿Los echas de menos ?
—Cada puto día de mi vida —dijo sin titubear y me ofreció una poderosa mirada.
Acaricié su mandíbula con un dedo.
—¿Preferirías dar marcha atrás y no haber tenido que venir a Nueva York?
Quería saber la respuesta y, fuera la que fuera, no iba a hacerme cambiar de opinión con respecto a él. Sin embargo, una parte de mí necesitaba oír qué era lo que le atormentaba tanto.
—Si de mí dependiera, borraría el pasado sin dudarlo un segundo, incluso sabiendo que me arriesgaría a no llegar a conocer a la persona que está cambiando mi mundo.
—Roma…
Sus palabras hicieron que sintiera cómo se henchía mi pecho, aún no sabía de qué, pero era un sentimiento que no paraba de crecer. Y si lo poco que conocíamos el uno del otro hacía que me sintiera de esa forma… ¿qué pasaría cuando lo averiguara todo de él, cuando por fin nos fundiéramos en uno?
—Cuando terminemos aquí, ¿vamos a tu casa?
—Hoy tenemos que cenar con los Ricco, pero la siguiente no te escapas. —Mordí el lóbulo de su oreja antes de volver a mi tarea.
Pasamos el resto del día juntos, ayudando en la fundación. Después de almorzar, recibí la llamada de mi contacto, pero decidí no coger el móvil delante de Roma. Lo estábamos pasando bien y deseaba que ese día siguiera siendo solo nuestro.
Tres horas más tarde, cuando entré en la mansión, supe que no podía retrasarlo por más tiempo, así que lo primero que hice fue devolverle la llamada, y lo que descubrí…
No sabía si prefería no haberlo descubierto porque, joder con los Cabante.
Si lo que mi contacto decía era cierto… todos estábamos en peligro.