39 El único habitante de tu piel
BLAKE
Álex le dio al mando del coche y nos subimos.
No quería volver a la vida real y supuse que él tampoco.
Encendió la radio, luego puso una mano en mi rodilla y la acarició con parsimonia, como si no tuviera ninguna otra intención que estar en contacto permanente conmigo. Y eso me gustó. Me gustó mucho.
Hacía demasiado tiempo que no me sentía libre, despreocupada.
Llevaba mucho tiempo sin poder respirar profundamente, sin un peso que cargar de forma permanente sobre mis hombros, y no iba a durar porque en unas horas volvería a ser la Blake perfecta, fuerte, segura de sí misma.
Pero hasta entonces iba a abrazar esa paz con todas las consecuencias.
—¿Dónde vamos?
—A disfrutar de la vida todo el tiempo que podamos.
Volvimos a cruzar el puente y llegamos hasta Queens. Luego condujo por la costa en silencio y paró en una playa casi desierta de Rockaway Beach. Había unos pocos surfistas cogiendo las olas, aunque el mar estaba en calma ese día.
—Fue uno de los primeros sitios que conocimos cuando llegamos —me explicó sin necesidad de que le preguntara—. En aquel puesto venden unos helados italianos bastante decentes para ser Nueva York. —Señaló un local con la mano—. Y allí hacen las mejores pizzas caseras que hemos probado en la ciudad.
—Que no te escuche mi abuela, la pizza es uno de sus platos estrellas.
—¿Te apetece probarla?
—Desde luego. Habrá que comprobar esa teoría.
Entrelazó nuestras manos y lo sentí tan natural que esbocé una sonrisa.
Por alguna razón que no terminaba de comprender, habíamos pasado de tener recelo el uno en el otro a confiar.
Y, en nuestro mundo, esa palabra era demasiado grande y significaba muchas cosas.
Demasiadas como para pararme a analizarlas.
Todo estaba yendo muy deprisa y, sin embargo, me encantaba.
Esa intensidad en la mirada de Álex, en sus gestos, me despertaba miles de emociones. Me despertaba a mí. Y ni quería ni podía negarlo por más tiempo.
Pedimos una pizza campesina y un helado de chocolate y nueces para compartir. Álex sacó una manta del maletero y comimos sentados en la playa, contemplando el mar. El sol del verano calaba nuestros huesos y la paz que se respiraba era casi utópica.
—Entiendes mucho de coches —afirmó y giré mi vista hacia él. Era increíblemente cautivador y, en ese momento, me di cuenta de que ni el mar tenía el azul de sus ojos.
—Hice un curso de mecánica, nunca sabes cuándo puedes necesitarlo. —Tomé un sorbo de agua—. El problema es que un coche nuevo requiere hacerle demasiados arreglos y yo no puedo perder tanto tiempo, pero Mike es un auténtico artista. Hizo maravillas con el Mazda.
—Yo prefiero las motos, la libertad que dan es irreemplazable.
—En eso tienes razón, pero no poseen la seguridad de un coche —comenté, acabándome el último trozo de pizza .
—¿Te gusta la comida?
—Está buena, pero te aseguro que la de mi abuela le gana .
Sonreí y cogí el helado. No me había dado cuenta del hambre que tenía hasta que empecé a comer.
Le ofrecí una de las cucharas y él negó con la mano.
—¿No tienes hambre? —pregunté. Apenas había probado bocado.
Él se acercó mientras yo saboreaba la primera cucharada.
—Te comería a ti —dijo con una sonrisa espectacular—. Tienes un poco de chocolate aquí. —Me lo quitó con el dedo índice y luego lo chupó. Fue tan sensual que tuve que tragar saliva.
—¿Intentas seducirme?
—¿Funciona?
Negué con la cabeza.
—Aún no sabes cuál es mi punto débil.
Colocó los brazos a cada lado de mis piernas y se inclinó hacia mí. Mis manos sujetando el helado eran lo único que nos separaba.
—Apuesto a que tú sí sabes por qué ardía.
—Estabas cachondo —solté sin pensarlo mucho.
La carcajada que salió de sus labios me pareció la melodía más bonita que había escuchado en mis veintidós años de vida.
—Eres una romántica.
Volvió a sentarse y yo rebañé la cuchara.
—No lo soy, Álex, lo siento —le aclaré—. Rara vez me verás ser cariñosa o decir algo mínimamente romántico.
Arrugué la nariz, como si el simple hecho de pronunciar esas palabras ya me pareciera desagradable.
Era cierto, no era una mujer cariñosa o sentimental, ni necesitaba mantener un contacto permanente con mi pareja.
John ya estaba acostumbrado a mi forma de ser y nos entendíamos bastante bien.
Él respetaba mi espacio y yo el suyo. Nunca pensé que necesitara ir más allá con alguien o que tendría ganas de tocarlo las veinticuatro horas del día.
—Yo puedo serlo por los dos.
Puse los ojos en blanco .
—Cuidado, que te enamoras —me burlé.
Se hizo un breve silencio. No sabía si es que no estaba seguro de qué contestar o si pensaba que lo había dicho en serio. Ni siquiera yo estaba segura de nada.
Iba a aclararle que era una broma, pero habló antes que yo.
—¿Has estado alguna vez en Italia?
—No. Sé que tenemos familia allí, pero nunca hemos ido.
—No me importaría enseñártela algún día —comentó pensativo.
—Podría ser divertido —contesté mientras admiraba la puesta de sol—. ¿Te has dado cuenta? Casi parecemos normales.
—No tenemos por qué no serlo. Podemos volver a ser esos dos chicos de la discoteca cuando queramos. La paz es un estado mental, Blake.
—Nada me gustaría más que eso. —Sonreí con sinceridad. Aunque aquello fuera imposible, me confortó que lo dijera—. ¿Qué tal El Pintor?
—A buen recaudo.
—No me lo vas a dejar, ¿no?
—Sigo pensándomelo —contestó divertido.
Su móvil sonó y lo sacó del bolsillo. No quería cotillear, pero me fue imposible no ver el nombre en la pantalla: «Bella».
—Tengo que cogerlo, dame un segundo.
Asentí y él se levantó para irse al otro extremo, algo más lejos de donde nos encontrábamos. Me pregunté quién sería esa Bella y si me lo contaría. Él había dicho que no me iba a presionar para hablar de lo que no quisiera y yo debería actuar de la misma forma, por mucho que aquello me intrigara.
Me entretuve en mirar a los surfistas, que reían entre ellos, aunque apenas hubiera olas que coger. Qué fácil era para algunas personas ser feliz con tan poco.
—Perdona —dijo a su vuelta .
—No pasa nada. —Me rodeé las rodillas con los brazos y apoyé la cabeza en ellas—. ¿Una chica que dejaste en Italia? —adiviné.
No iba a preguntar, pero necesitaba saberlo.
—¿Estás celosa? —Compuso una sonrisa traviesa que yo correspondí sacando la lengua.
—Por supuesto que no.
—Bella es una hermana de otra sangre, una segunda madre, más bien.
—¿Y eso?
Desde que conocí a Álex me inquietaba saber por qué había venido a Nueva York, por qué huía y qué ocultaba. Y cuando me dijo que su organización era Imperium, esa duda creció exponencialmente.
—Es complicado.
—Creo que podré seguirte.
—No puedo contártelo, Blake. Te lo dije cuando nos conocimos, ellos son un límite infranqueable para mí.
Cabeceé, asumiendo con elegancia que había secretos más grandes que nosotros y que Álex y yo aún no estábamos en el punto en el que los compartíamos. Quizá ni siquiera llegáramos jamás a ese punto.
—No importa, no me debes nada. —Volví a mirar al horizonte, allí donde las nubes se confundían con el mar y todo parecía posible.
—Sentirte parte de otra persona, que ella sea parte de ti y perderla, es muy jodido.
—Habló de repente con la voz rota. Su cuerpo estaba conmigo, pero su mente parecía estar a miles de kilómetros de distancia—.
Cualquiera diría que tener la certeza de que el tiempo es efímero pone las cosas en perspectiva, pero no es así.
Hay otros muchos factores que influyen en nosotros.
—No tienes que contármelo si no quieres, Álex —dije sincera. Aquello parecía estar haciéndole daño de una forma que no conseguía entender, pero que respetaba .
—A veces, la vida se comporta como un tsunami y es imposible detenerla, arrasa con todo.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, porque no parecía estar refiriéndose a la vida sino a la muerte. Ella era la que actuaba de forma traicionera, la que venía sin avisar, la que siempre ganaba, tarde o temprano, quisieras o no.
—¿Tienes frío?
Asentí y, sin mediar palabra, me rodeó con sus brazos. Pegué la espalda a su pecho, eliminando cualquier tipo de tensión que hubiera entre nosotros, bajando los muros.