38 A todo gas
BLAKE
Cuando me desperté era de día y Álex ya no estaba, aunque había dejado su olor mezclado con el mío en la almohada y en las sábanas. En realidad, toda la habitación olía a él.
Cogí el móvil para mirar la hora, eran las siete y media de la mañana, y vi que tenía un mensaje suyo.
ÁLEX: Te acompaño a por el coche nuevo. Avísame cuando te despiertes.
YO: ¿A qué hora te fuiste anoche?
El mensaje me lo había enviado a las cinco de la mañana. ¿Habría dormido siquiera? No tardó nada en contestar.
ÁLEX: ¿Por qué? ¿Me has echado de menos?
YO: ¿Yo? Ni me he dado cuenta.
ÁLEX: Apuesto a que sí. Apuesto a que echabas de menos el calor de mi cuerpo contra el tuyo .
Negar que esas palabras me enviaron un calambrazo directo a mi centro sería una tontería. Había empezado a aceptar lo que Álex me hacía sentir y no solo para mí misma, también en voz alta, con mis primos. Pero no se lo había dicho a él.
YO: Eso es lo que a ti te gustaría. Más bien parecías una estufa.
ÁLEX: ¿De verdad quieres que te cuente por qué estaba ardiendo?
YO: ¿Por qué no? ¿Crees que voy a asustarme?
ÁLEX: Imagino que no le tienes miedo a muchas cosas. Todavía no he encontrado tu punto débil.
YO: Me encantaría verte averiguarlo.
ÁLEX: Lo haré. En persona. ¿A qué hora quedamos?
YO: ¿Decías en serio lo de acompañarme?
ÁLEX: Pues claro. ¿Quieres que lo haga?
YO: Supongo que no será tan horrible tener una segunda opinión .
ÁLEX: Me dices unas cosas tan bonitas… Estoy terminando algo. ¿Te viene bien a las doce?
YO: Perfecto. Nos vemos en mi casa a esa hora.
ÁLEX: Es una cita.
«Una cita», ni siquiera quería pararme a pensar el significado de esas palabras. Había dormido toda la noche sin problemas y, lo cómoda que me sentía con él, empezaba a ser inquietante.
Álex había irrumpido en mi vida de una manera brutal y parecía imparable. Así que me duché, me vestí y bajé a desayunar al comedor, donde ya estaban mis primos.
—¿Qué tal anoche? —Cósomo me lanzó una mirada burlona y yo puse los ojos en blanco.
—Sé que lo visteis subir a mi habitación, como los cotillas que sois, y para vuestra información os diré que no ocurrió nada.
—¿Por qué? Si estás loca por él.
—Esa afirmación está muy lejos de la realidad.
—Di un sorbo a mi café—. Álex es un poco capullo.
Divertido pero arrogante, y yo estaba muy cansada.
Me quedé dormida en cuanto caí en la cama.
—Por supuesto, obvié decir que el hecho de que me hiciera cosquillas en el pelo había ayudado muchísimo a que me relajara.
—Estás perdiendo facultades, primita. Yo en tu lugar ya le habría dado un buen repaso.
—Ah, ¿sí? ¿Eso es lo que has hecho con Roma?
Sonrió y mordió un trozo de tostada antes de contestar.
—Soy un caballero, yo no hablo de esas cosas.
Me tuve que reír.
—La próxima vez irá mejor —dijo Giordano .
¿Pero quería yo que hubiera una próxima vez?
No me lo había llegado a plantear en serio.
Cuando estaba con Álex, un cosquilleo en mi estómago hacía que necesitara más de esos encuentros.
Entre nosotros todo fluía y esa sensación era realmente preocupante porque debía hacer el doctorado y centrarme en el negocio, ese era el futuro que esperaba con ansias y él suponía un obstáculo en el camino.
—¿Qué planes tienes hoy?
—Voy a comprarme un coche nuevo, no puedo estar sin vehículo mucho tiempo.
—Uhhh, ¿tienes elegido ya el modelo? —preguntó Cósomo frotándose las manos.
—Tengo varias opciones. ¿Y vosotros qué vais a hacer?
—Yo he quedado con Roma para dar una vuelta.
—Yo con Martia.
—De eso nada —dijo tía Bianca, entrando al comedor—. ¿Qué planes tenéis para hoy? —repitió la pregunta con una ceja alzada.
—Iremos a la fundación —contestaron mis primos al unísono y solté una carcajada.
—Así me gusta. Martia y Romano pueden ir con vosotros —les ofreció para contentarlos y ellos sonrieron—. ¿Y tú qué vas a hacer, mi niña?
—Tengo que comprar un coche nuevo, tía Bianca. —Le hice un puchero—. Si no, me hubiera encantado ayudar, ya lo sabes.
—Está bien, zalamera, pero la semana que viene no te libras.
—¡Hecho!
—Y no vuelvas tarde. Hoy cenamos con los Ricco.
—¡Eso no es justo! —dijo Cósomo y le saqué la lengua cuando tía Bianca no miraba.
A mis primos y a mí nos encantaba picarnos. Al fin y al cabo, no dejábamos de ser unos críos, aunque nos moviéramos en un mundo que se empeñaba en convertirnos en adultos antes de tiempo .
Terminé el desayuno, subí a mi habitación, me vestí y salí de casa.
Crucé todo el jardín dando un paseo. Los perros, Chipri y Quitta, dos pitbulls que todo lo que tenían de fieros lo tenían de buenos, se acercaron a saludarme y corrieron felices a mi alrededor hasta la verja.
Les acaricié la cabeza para despedirme y entonces lo vi.
Álex me esperaba, a las doce en punto, apoyado en el Ferrari, tras las verjas de la mansión. Mientras daba un repaso con la vista a mi atuendo, yo hacía lo propio con él.
Llevaba las gafas de sol colgadas en la camiseta y, a la luz del día, sus ojos tenían un azul tan radiante que había que mirarlo de lejos para que no te cegara.
Vestía una camiseta negra de manga corta que pronunciaba sus músculos y un pantalón vaquero roto que estaba segura de que le hacía un culo de muerte. Era irresistible.
—¿Sabes ya cuál es mi punto débil?
—¿Sabes tú por qué estaba ardiendo? —dijo con mirada juguetona y aquello no había hecho más que empezar.
Puse los ojos en blanco y me acerqué al vehículo. Él me abrió la puerta del copiloto con galantería. Luego, dio la vuelta, rodeó el coche y se puso al volante.
Me sentía algo nerviosa, pero intenté disimularlo.
No era la primera vez que estaba a solas con Álex, sin embargo, en cada una de ellas notaba que avanzábamos un paso más hacia un destino que ninguno había previsto en un inicio.
Estaba siendo natural, nada forzado, y ninguno de los dos estaba dispuesto a ponerle fin.
—¿Dónde vamos? —preguntó encendiendo la radio.
Comenzó a sonar Summer of love , de Shawn Mendes y Tainy, y bajó un poco el volumen.
—Pues no pensaba cambiar de coche, pero le tengo el ojo echado a unos cuantos. Dime qué prefieres: Aston Martin, Bugatti Veyron, Porsche, Toyota supra, SSC Tuatara o Lamborghini Huracán —recité de memoria .
—¿Tienes acceso al SSC? —preguntó sorprendido—. Solo se han fabricado cien unidades en todo el mundo.
—Álex…, yo tengo acceso a todo.
—Pues vamos a por él. —Ni siquiera lo dudó. Conectó el GPS y se puso en marcha mientras yo mandaba un mensaje al concesionario—. ¿Sabes que rompió la barrera de los quinientos kilómetros hora?
—Eso es lo que más me gusta de él. Todos los coches que te he dicho han alcanzado la máxima velocidad en su campo.
—Supongo que para ti es imprescindible. Si vuelve a pasar algo como lo de ayer… —Apoyó el codo en la ventanilla y condujo el resto del trayecto con una mano. Él sí que me ponía a mil revoluciones por minuto.
—Exacto. No suelo poner el coche a más de ciento ochenta, normalmente, pero me gusta tener opciones.
Adoraba conducir. El volante era una extensión de mi cuerpo. Y, la velocidad, algo de lo que no me gustaba prescindir. Nunca sabías cuándo la podías necesitar y, si me ponían una multa, Giordano se encargaba de entrar en la base de datos de la policía y quitármela.
El tipo del concesionario ya estaba avisado de mi llegada y no tardó en darnos el coche. Era negro, como a mí me gustaba. Como mi Mazda, al que tanto echaba de menos. Me senté y escuché el motor. Cerré los ojos. Era como un ronroneo que se convertía en rugido cuando aceleraba.
—Me lo llevo.
El tipo rellenó la documentación, la firmé y me dio las llaves.