Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 36 Hasta que amanezca
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36 Hasta que amanezca

BLAKE

Ver a mi padre tras la gran mesa de roble que presidía su despacho siempre me llenaba de orgullo. Tenía multitud de carpetas a cada lado del ordenador y revisaba la pantalla con los ojos entornados, un gesto que me había contagiado hacía ya mucho tiempo.

—Blake. —Se levantó en cuanto me vio entrar y me ofreció un asiento—. ¿Qué te ha ocurrido?

No sabía el aspecto que tendría mi cara tras el impacto con el airbag y allí no había ningún espejo, pero, por el gesto que hizo mi padre, supuse que no sería demasiado bueno.

—Me han seguido y casi me quitan del medio un par de veces.

—Le diré al médico que venga.

—No es necesario, son heridas superficiales. —Fruncí el ceño por lo poco sorprendido que parecía—. ¿No te extraña que alguien supiera que íbamos a hacer esa transacción?

Se apoyó en la mesa y cruzó los brazos.

—Tenemos muchos enemigos con los mismos o mejores medios que nosotros. ¿Por qué debería extrañarme?

—¿Ni siquiera piensas investigarlo?

—Por supuesto que sí, pero lo más probable es que quisieran asustarte, no matarte.

—Pero ¿por qué ?

—Vivimos en una constante lucha por el poder, Blake. Tenemos un pacto con el resto de las familias, pero hay muchas bandas callejeras que intentan arrebatarnos nuestra zona, igual que pasó con el altercado de la discoteca.

En eso tenía razón y no era la primera vez que ocurría.

—Entonces, ¿no vamos a hacer nada al respecto? ¡Nos están desafiando, papá!

Cogió una botella de brandy y llenó dos vasos.

Luego me tendió uno mientras él daba un sorbo al suyo.

El líquido ambarino fluyó como agua por mi garganta.

No me acordaba de lo seca que la tenía. Ni siquiera sentía el escozor de las heridas.

Cuando me concentraba mucho en algo, solía olvidarme de todo lo demás.

Y tenía la suerte de que mi umbral del dolor fuera muy alto.

—No debes preocuparte, yo me encargo de todo. ¿Has dejado la mercancía en el almacén?

—Sí, tus hombres me estaban esperando.

—Son tus hombres también —dijo alzando una ceja.

Me contemplaba con una mirada sabia, como si él tuviera un conocimiento del que yo aún carecía.

—Todavía no. Lo serán cuando me haga cargo del negocio.

—Para eso no queda mucho, hija. —Alzó las comisuras de sus labios y unas arruguitas se formaron en sus ojos—. Mientras tanto, quiero que cambies de coche. Coge uno de los nuestros o cómprate alguno nuevo, me da igual, y lleva el Mazda al desguace.

—Pero, papá…

—Haz lo que te digo —me ordenó.

Sabía que no podía negarme. Adoraba mi coche, pero, de todas formas, había quedado destrozado y el arreglo me costaría casi tanto como uno nuevo.

—Está bien. —Me puse en pie—. Nos vemos luego.

Le di un beso en la mejilla y salí del despacho.

Cuando miré mi móvil, vi que tenía un mensaje de Cósomo diciendo que nos veíamos en casa y varias llamadas perdidas de Giordano.

Se la devolví y le conté lo que había ocurrido.

Al parecer, su hermano ya lo había avisado y él estaba investigando sobre la matrícula.

—Tengo que llevar el coche al desguace.

—Te recojo allí.

Conduje aún algo intranquila hacia el desguace de la 41, donde el dueño, al que teníamos comprado, ya me estaba esperando. Cogí todas mis pertenencias y me despedí de mi coche. No era una persona demasiado sentimental, pero iba a echarlo de menos.

Giordano no tardó en llegar.

—¿Estás bien? —Me abrazó.

—Sí, solo ha sido un susto.

—Siento no haberte cogido el teléfono, estaba con Martia y no me di cuenta.

—¿Cómo va eso? —le pregunté mientras nos montábamos en el SUV y nos dirigíamos hacia la mansión.

—Si no se meten terceros por medio, irá bien.

Hice una mueca. Sabía que se refería a Fredo Inchenza. Estaba al tanto del enfrentamiento que tuvieron la otra noche. Al parecer, Fredo iba a por todas y mi primo no pensaba quedarse atrás.

—Martia es maravillosa, si tú no la quieres como se merece, hay personas dispuestas a hacerlo.

—Claro que lo hago, pero no es tan sencillo.

—¿Por qué? No hay nada que te impida estar con ella. Supuestamente los dos os queréis, no entiendo cuál es el problema.

—¿Vas a tocarme mucho los cojones con el tema? —Apretó los dientes y supe que ya estaba al límite. Algo debía estar pasando por su cabeza, algo que aún no estaba preparado para contarme.

—Debería poder hacerlo cuanto me apetezca, porque te estás comportando como un capullo y, como tu prima, tengo la obligación y el derecho de decírtelo, pero voy a cambiar de tema porque no quiero que te explote la vena del cuello.

—Sonreí y él bufó—. No sé cómo alguien ha podido enterarse de la transacción, solo lo sabíamos Sylvana, mi padre y yo.

—¿Qué dice tío Roberto?

—Que tenemos muchos enemigos. Apenas le ha dado importancia.

—¿Crees que el tipo que te perseguía podría ser el mismo del hotel?

—Sería un buen sospechoso. Intentaba echarme de la carretera, Giordano. Papá dice que era una advertencia, pero yo creo que quería matarme.

—Tenemos que dar con él, Blake.

Las noches anteriores habíamos estado inmersos en la base de datos del FBI, viendo una foto tras otra de cada agente federal, pero aún no habíamos conseguido dar con él.

—Esta noche seguiremos.

—Lo haré yo solo, tú necesitas descansar.

—Ni siquiera sabes cómo es, sin mí estarías perdiendo el tiempo.

—Le diré a Gianno que vaya a la mansión y las miraré con él.

Me froté la frente. La cabeza me palpitaba.

—Me pregunto por qué mi padre no quiso que lo investigáramos.

—¿Cómo saberlo?

El resto del camino lo hicimos en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Nadie podía negar que aquello sonaba sospechoso. ¿Qué nos estaba ocultando?

Al llegar a casa, no solo me esperaba Cósomo junto a Roma, sino también Álex.

El primero en acercarse fue mi primo, que me dio un abrazo de oso.

—Tienes la cara llena de sangre, Blake.

—Esto no es nada. —Le acaricié la espalda para que se tranquilizara .

—Me alegro de que estés bien —dijo Romano—. Si quieres puedo seguir buscando información sobre la matrícula.

—No te preocupes, eso es cosa nuestra —contestó Giordano y yo asentí dándole la razón. Cuanta menos gente hubiera implicada en el asunto, mucho mejor.

Hubo un silencio un tanto incómodo cuando mi mirada volvió a cruzarse con la de Álex. Él debía ser el siguiente en saludarme, pero no lo hizo. En cambio, se quedó callado, un poco apartado de los demás, con los brazos cruzados y esa pose de perdonavidas que tan bien le quedaba.

—Bueno, las persecuciones me dan hambre, te invito a cenar —le propuso Cósomo a Roma, que sonrió en respuesta.

—Yo subo a mi habitación, luego me pongo con lo que hemos hablado —me dijo Giordano dándome un beso en la coronilla.

Cuando nos quedamos solos, y en vista de que Álex no pensaba pronunciar ni una sola palabra, me puse en marcha hacia mi habitación, pasando por su lado, cuando él tiró de mi mano y me abrazó.

Me tensé un instante. Sus brazos rodeaban mi espalda con fuerza, como si no quisiera dejarme ir, y su barbilla se posó encima de mi pelo. Di un largo suspiro y me aferré a su cintura.

Pasados unos minutos, se separó un poco de mí, lo imprescindible para mirarme a los ojos, tomó mi cara entre sus manos y la acarició sin descanso, como si fuera una partitura que deseaba aprender.

—¿Estás bien? —Su voz fue un susurro.

—¿Estabas preocupado?

—¿A ti qué te parece?

—Tranquilo, que de esta no me muero —Dejé ir una carcajada para reprimir las ganas que tenía de lanzarme a su boca.

—¿Qué ha pasado? ¿Quién te perseguía?

—Todavía no lo sé, pero lo averiguaremos —dije presionándome las sienes. Tenía un dolor de cabeza horrible.

Apartó un mechón de mi pelo y me acarició la frente .

—¿Te duele?

—No es nada, con una pastilla se me pasará. Lo peor es que necesito un coche nuevo.

Me miró confuso, como si no me entendiera.

—¿Cómo puedes tener esa calma? ¡Han estado a punto de matarte!

—Pero no lo han conseguido. —Me crucé de brazos—. ¿Estás seguro de que perteneces a la mafia? ¿Qué os enseñan en Roma?

—No bromees con eso —dijo furioso. El azul de sus ojos se volvió mucho más intenso—. Yo me he visto muchas veces tan en peligro como tú, pero no soy un temerario.

—Te estás pasando, Álex. No me conoces, no sabes cómo soy.

—Eres igual que yo. ¡O peor! Te conozco mejor de lo que me gustaría. ¿Crees que de lo contrario estaría sintiéndome como me siento? ¡Joder!

Se dio la vuelta y se pasó las manos por la nuca. Parecía frustrado.

—¡No tienes ningún derecho a ponerte así conmigo! ¡No soy nada tuyo, Álex!

—¿Crees que no lo sé? —Me encaró. Apenas nos separaban unos centímetros.

—¿Por qué te importa siquiera? No te entiendo.

Acunó mi cara entre sus manos, mientras sus ojos me daban la respuesta que su boca no estaba dispuesta a pronunciar.

—A estas alturas, ¿todavía no te has dado cuenta?

—Sé cuidarme sola, no tienes de qué preocuparte —contesté posando mi mejilla en su mano.

—Y yo me alegro de que así sea, pero algo en mí necesita saber que estás a salvo, concédeme al menos eso.

Ladeé la cabeza y lo miré con una curiosidad renovada.

Algo en aquella frase me enterneció. Realmente, parecía tener verdadera preocupación y me llamó la atención esa contradicción en él.

A veces era un chulo prepotente al que no parecía importarle nada, y otras, un puto amor salido directamente de una flecha de Cupido.

Su parte arrogante podía entenderla. Al fin y al cabo, nacer en la mafia conllevaba hacer gala de cierta actitud altiva. Era eso o los demás no dudarían en pasar por encima de ti como una jodida apisonadora. Pero esa faceta tan tierna era una debilidad que no debería dejar ver, y menos al enemigo.

Me pregunté qué le habría ocurrido en el pasado para actuar así, de un modo tan protector.

Puede que solo fuera la educación que le habían dado sus padres la que hacía que se comportara de esa manera, pero admiré que ambas caras de una misma moneda pudieran confluir en él de una forma tan embriagadora.

—Lo estoy, en mi casa no va a pasarme nada.

—Te acompaño a tu habitación.

—¿En serio? ¿También vas a arroparme? —me burlé.

—Apuesto a que te encantaría que lo hiciera.

Puse los ojos en blanco. El momento de tensión parecía haber pasado y nos hallábamos de nuevo en nuestra zona de confort. Una en la que ambos sabíamos movernos muy bien.

—Vale, pero solo porque estoy demasiado cansada para seguir discutiendo. —Subió las escaleras detrás de mí, cruzamos el pasillo y entramos en mi habitación—. Espérame aquí, voy a ducharme.

—Antes vamos a curarte esos cortes.

—No es necesario.

—No admito discusión, Blake. Se pueden infectar.

Chasqueé la lengua como una niña chica. No estaba acostumbrada a que nadie me dispensara tantas atenciones, me había hecho heridas peores en el pasado y me las había curado yo misma sin problemas.

—¿Dónde tienes el botiquín?

—En el baño.

Álex entró, cogió todo lo necesario y volvió a salir, con las manos enfundadas en un par de guantes de látex .

—Siéntate en la cama.

—Dios, ¡qué mandón eres!

Me senté y él se coló entre mis piernas para estar todo lo cerca posible de mí.

—Parece que tienes experiencia —comenté arrugando la nariz cuando empapó una gasa en alcohol.

—No son los primeros cortes que curo, así que tranquila, conmigo estás a salvo. —Limpió con esmero cada herida y cerré los ojos—. ¿Escuece?

—Apenas. —Mentí y él se dio cuenta, porque comenzó a soplar en mis heridas.

—No sueles quejarte demasiado, ¿verdad?

—No me gusta perder el tiempo.

—Mmm, interesante —murmuró dejando la última gasa que había utilizado en la mesita de noche—. Son cortes superficiales, no vas a necesitar puntos, pero, cuando se cierren, deberías echarte una crema para que no te quede cicatriz.

—De acuerdo, doctor —bromeé intentando ocultar mi nerviosismo.

Casi se me escapa llamarlo «doctor macizo», como en Anatomía de Grey. Joder, Álex con bata y sin nada debajo debía estar tremendo, y yo seguramente me había dado un golpe más fuerte de lo que recordaba en la cabeza, porque estaba divagando.

—¿En qué piensas?

Tocó mi cara como si estuviera leyéndola, intentando averiguar qué ocurría en mi mente, memorizando cada resalte de mi rostro y yo lo disfruté durante más rato del que era válido para argumentar que no me gustaba. Lo hacía, y mucho, y ya no quería callármelo durante más tiempo.

Coloqué las manos en su cintura, acercándolo más a mí. Su polla quedaba a mi altura y lo único que quería era bajarle el pantalón y deslizarla por mi garganta.

—Eres jodidamente preciosa .

Estampó sus labios contra los míos y me exploró con la lengua. Mis ganas aumentaron exponencialmente, al mismo tiempo que su boca se paseaba por mi cuello.

—Álex —exhalé su nombre mientras mis manos buscaban el botón de sus vaqueros, pero antes de ser capaz de encontrarlo, me frenó.

—Hoy no, Blake.

—¿Cómo? —Abrí los ojos por la sorpresa—. ¿Por qué?

—Estás herida, acabas de tener un accidente.

—Eso no me impide follar —dije como si no fuera más que obvio.

—Qué romántica.

—¿A qué has venido entonces? —¡Mierda! Había conseguido que bajara mis defensas para nada.

—Quería ver con mis propios ojos que estabas bien y has admitido que me deseas, yo diría que he matado dos pájaros de un tiro con esta visita.

Una sonrisa triunfal iluminaba su rostro. Sus ojos reían contentos porque había cedido a sus caricias sin oponer objeción. ¿Eso era lo que quería? ¿Que admitiera que me gustaba? ¿No estaba más que claro?

—¿En serio has venido solo para acariciarme hasta que me duerma, como si fuera un maldito gatito?

—Empezamos a entendernos.

Entorné los ojos.

—¡Hum! —exclamé—. No puede ser, ¡te encantan los mimos!

Depositó un suave beso en la comisura de mis labios reprimiendo una carcajada y tiró de mis brazos para ponerme en pie. Me miraba con auténtica adoración y eso me abrumaba. ¿Cómo podía sentir tanto si apenas nos conocíamos?

—A la ducha. —Me dio una palmada en el culo y volví a cabrearme .

—Retiro lo dicho, sigues siendo un capullo. —Le saqué la lengua, cogí la ropa del vestidor y entré en el baño.

Cuando me miré al espejo, la imagen que me devolvía estaba muy lejos de ser la de la Blake de siempre.

Mi aspecto dejaba mucho que desear, tenía las ojeras muy marcadas, más cortes de los que imaginaba por toda la cara y el pómulo un poco hinchado por el golpe que me había dado contra el airbag, pero nada podía hacer al respecto.

Cogí una pastilla del botiquín, abrí el grifo y me la tomé. Luego me metí bajo el agua caliente, buscando un poco de relajación física, porque, sabiendo que Álex me esperaba fuera, dejar la mente en blanco era una misión imposible.