Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 35 New York race
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ÁLEX

Salí de la ducha y me sequé rápidamente con la toalla. Tenía pensado presentarme por sorpresa en casa de Blake. Habían pasado dos días desde que fuimos a recoger el cuadro y, desde entonces, no habíamos parado de enviarnos mensajes. Algunos normales. Otros más provocadores.

El caso era que no sabía cómo comportarme con ella. A veces, no parecía yo. Sacaba algo de mí que no sabía ni que tenía escondido y el hecho de que ya ni me molestara en ocultarlo empezaba a ser preocupante.

YO: Gracias por venir conmigo hoy.

BLAKE: Gracias por invitarme. Ha sido emocionante.

YO: Dudo que le falte emoción a tu vida. ¿Qué hacías despierta a las tres de la madrugada?

BLAKE: Eso no significa que rechace una buena dosis. Tenía trabajo.

YO: Yo tampoco lo haría. Y menos si es contigo. ¿Nunca descansas ?

BLAKE: No podía dormir.

YO: ¿Estabas pensando en mí? Te entiendo perfectamente.

BLAKE: Te lo tienes muy creído, Cabante.

YO: ¿Acaso miento, Marconni? Dime que no te gustó.

BLAKE: Tengo derecho a guardar silencio. Pero sí, admito que me tienes intrigada.

YO: Deberían darme una medalla. Algo me dice que no es nada fácil captar tu atención.

BLAKE: Y ahora que la has conseguido, ¿qué piensas hacer con ella?

YO: Creo que eso deberíamos descubrirlo juntos.

BLAKE: Así que a ti también te gustó estar conmigo...

YO: Es posible, pero si alguien pregunta, negaré que esta conversación haya tenido lugar.

YO: A mí me gusta hasta el aire que respiras, Blake.

Después de eso no obtuve respuesta. Supuse que la mía nos había sorprendido a los dos. Me gustaba que hubiéramos establecido esa rutina de mensajes, incluso habíamos empezado a conocernos mejor, a aprender cosas el uno del otro, pero no era suficiente. Quería verla.

Mover El Pintor era algo que debía haber hecho solo, pero Blake me había demostrado que le gustaba el arte y tenía la necesidad de compartirlo con ella, de tener algo que nos uniera, aunque de momento no pudiera contarle la historia que había detrás de aquel cuadro ni de Imperium.

Después de vestirme, salí al pasillo. Escuché risas en la habitación de Roma y distinguí la de Cósomo. Esos dos se habían tomado muy en serio el conocerse y pasaban casi todo el día juntos. Al parecer, su relación, o lo que sea que tuvieran, iba viento en popa.

Bass salió a mi encuentro con el móvil en la mano y una sonrisa sincera.

—¿Todo bien?

—De lujo, compañero.

—¿Otra vez está aquí? —Señalé con la cabeza hacia la puerta.

—Sí, y le ha traído tarta de chocolate a mamá, ya la tiene ganada.

—No es a la única.

—¿Y tú dónde vas?

—A dar una vuelta.

—¿Y esa vuelta tiene nombre? —me preguntó alzando una ceja—. He visto lo que hay en tu armario, ¿por qué cojones has movido el cuadro, Álex? Papá se va a cabrear mucho.

—¿Y tú qué haces cotilleando en mi armario?

—Tengo mucho tiempo libre, ahora contesta.

—Lo íbamos a hacer tarde o temprano, solo me he adelantado a los acontecimientos.

—¿No crees que ya la hemos cagado lo suficiente?

—Papá no debe enterarse todavía. Lo que no sepa no puede hacerle daño.

—Cuando se entere …

—Ya cargaré con las consecuencias cuando llegue el momento.

—Las acciones hablan más alto que las palabras. Te la estás jugando mucho por esa chica.

—¿Blake? ¿Qué está pasando? ¿Blake? —La voz de Cósomo sonó agitada tras la puerta. Bass y yo nos miramos con el ceño fruncido y la abrimos sin llamar—. ¿Cómo que te están siguiendo?

Di un paso adelante. Todos nos quedamos expectantes y Cósomo puso el altavoz.

—Un Audi A4 negro. Lleva demasiado tiempo pegado a mí como para que sea una casualidad y Giordano no me coge el teléfono.

—Que te dé la matrícula —pidió Romano.

—Blake, ¿puedes ver la matrícula?

—Sí, espera… —Se oyeron las ruedas chirriar al tomar una curva—. Max, Dacia, Tango, cinco, cinco, tres, cero.

Roma tecleó las iniciales y los números rápidamente en el ordenador. Tenía acceso a todas las bases de datos oficiales y no le costaría encontrar la información.

—Está a nombre de un tal Fiodor Harris, fallecido en dos mil quince.

Cósomo se revolvió el pelo, preocupado.

—Blake, confirmado, te están siguiendo. La matrícula está a nombre de un muerto, tienes que despistarlo.

—Vale. Te llamo en cuanto me libre de él. —Tenía la voz cargada de tensión.

—¡No! —exclamé yo, más desesperado de lo que quería aparentar—. Que no cuelgue.

—¿Álex? —Su voz sonaba confusa—. ¿Qué haces con mi primo?

—Estoy en casa de los Cabante .

—Blake, no te distraigas, concéntrate en despistarlo. Estamos contigo —dije, aunque lo que yo realmente quería era estar dentro de ese coche con ella.

Se escuchó el cambio de marcha.

—Se ha dado cuenta de que quiero despistarlo y ha acelerado también. Llevo el coche a doscientos. —Su voz era casi un grito cuando escuchamos un estallido de cristales.

—¿Eso es un disparo? —Silencio—. ¡Blake!

Nos quedamos casi un minuto entero con el corazón en un puño hasta que volvimos a escuchar su voz.

—Se acerca otro coche por la derecha.

Escuchamos otro disparo y un grito aún más aterrador.

—¡Blake! ¿Sigues ahí?

«Di que sí, por favor. Habla», rogué en mi fuero interno.

—Ha intentado disparar a la rueda, he tenido que dar un volantazo y salir a una carretera secundaria.

—¿Sabes dónde estás?

—Ahora mismo no tengo ni idea de nada, Cos. —Se la escuchaba fatigada, como si le faltara el aire.

—¡Joder! Intenta llamar a Giordano —dijo Cósomo a Roma—. Él tiene acceso remoto al navegador del coche y al GPS.

Otro disparo, que sonaba aún más cerca.

¡Bump!

Su respiración agitada a través de la línea.

¡Bump!

Un estruendo, como cuando algo duro choca contra una pared de ladrillos.

—¡Blake! ¡Blake!

—Se ha cortado la comunicación.

El silencio inundó la habitación.