34 Mi mejor error
ISABELLA ESCALANTE
El olor de Xesco me golpeó con una intensidad arrolladora en cuanto entramos en la casa. Hacía dos años que no la pisaba y, aun así, la seguía sintiendo como un hogar, ese que él y yo construimos juntos.
Cuando mi cuñada murió, me fui a vivir con Aless. Él no estaba para nadie, ni siquiera para su hija. Fueron unos meses muy duros en los que necesitó mi apoyo y se lo debía. Yo era quien había metido a los Léoni de nuevo en nuestras vidas.
Los niños se encargaron de informar a Xesco y de hacer la mudanza. Luego le di las llaves a la franquicia de Roma para que lo vendieran, ya que solo estaba a mi nombre.
No quería conservar nada que me recodara a él y, sin embargo, aquí estábamos. ¿Cómo podía vivir rodeado de tantos recuerdos?
La casa no había cambiado en absoluto. Tenía la misma distribución, las mismas cortinas que yo había elegido, el mismo sofá, ajado de tanto usarlo...
Sentía como si nos encontráramos en una realidad paralela en la que aún seguíamos juntos y, en lo más profundo de mi ser, hubiera deseado que así fuera, que nada hubiera ocurrido, pues era cierto que todo seguía igual. Todo menos nosotros.
—Siempre te gustaron esas vistas.
Me crucé de brazos y me atreví a mirarlo de nuevo .
—Me gustaban muchas cosas que ahora no.
—¿Por qué te fuiste sin despedirte?
Tragué saliva y cogí el aire que parecía faltarme desde que había entrado en la casa.
—¿Y qué más te da? No pensaba volver a verte jamás.
—Necesito explicarme, Isabella.
Sacudí la cabeza. No quería escucharle. Lo que quería de él iba más allá de una disculpa sin sentido.
—Las pesadillas volvieron ese día.
—¿Cuando dejé de dormir contigo?
—Cuando ella murió.
Cerró los ojos como si mis palabras fueran cuchillos, y la verdad era que no pretendía hacerle daño, pero llevaba un dolor lacerante tan dentro de mí, que era imposible no transmitirlo.
—No fui yo, Bel. No es justo que sigas culpándome por los errores de otros.
—Qué irónico me resulta hablar de justicia contigo.
Estábamos a una distancia considerable, que él intentaba acortar poco a poco, mientras yo hacía como si no me diera cuenta.
Lo quería lejos y cerca. Lo quería encima y debajo de mí, abrasándome la piel a mordiscos.
Quería matarlo y, al mismo tiempo, hubiera dado mi vida por la suya con tal de que siguiera respirando.
Estaba chiflada y no me importaba en lo más mínimo.
—No vas a perdonarme nunca, ¿verdad?
—Teniendo en cuenta quiénes somos, durar tantos años ha sido todo un logro. Nuestra relación estaba condenada desde el principio.
—Saberlo no nos impidió estar juntos. Nos queríamos y todavía lo hacemos.
Él no podía ocultarlo. Me miraba igual que hacía trece años, con los ojos cargados de deseo, de mil palabras que morían en sus labios y que me demostraba con la piel .
Me pregunté si él podría ver lo mismo en mí, porque yo todavía lo amaba, pero me había esforzado demasiado en convencerme a mí misma y a los demás de lo contrario.
—Éramos jóvenes e ingenuos.
—No te hagas la tonta, nunca lo has sido.
Dio un paso adelante y yo alcé el brazo a modo de barrera. No le importó, continuó avanzando.
—Para.
—Empieza admitiendo que me sigues queriendo y entonces pararé.
Otro paso. Sentía cómo me desnudaba con la mirada.
—No tengo que admitir nada, podría largarme ahora mismo.
Y otro más. Su sonrisa era espectacular y hacía que se le marcaran esos hoyuelos que tanto me ponían. ¡Maldito Xesco y maldito lo atractivo que me seguía pareciendo, sin importar el tiempo que pasara!
—¿Y por qué no lo haces, Reina de Hielo? —preguntó cuando llegó a mi altura.
Apenas nos separaba un palmo, uno que ambos estábamos deseando acortar. Los ojos le brillaban con un deseo hiriente y la pasión refulgía en ellos tanto como estaba segura de que lo hacía en los míos.
—Eres el tío más arrogante y engreído que he conocido en toda mi vida. Sigues creyéndote el puñetero rey del mundo —dije tragándome el nudo que oprimía mi garganta.
Él se acercó un poco más, rozando mis labios en el proceso.
—Y tú sigues volviéndome loco.
Se lanzó a mi boca. Tardé solo un segundo en corresponderle. Enredó mi pelo en su mano, lo sujetó tras mi nuca y me devoró hasta que no quedó un solo hueco por explorar.
Podría haberme apartado. Podría haberme negado a aceptar lo que tanto anhelaba, pero mi cuerpo fue más rápido que mi mente y tomó la decisión por los dos. Llevé las manos bajo su camiseta y repasé su torso, trazando una línea. Su cuerpo respondió a mis caricias con un escalofrío.
—¿Estás segura de esto? —preguntó con la respiración entrecortada—. Mañana me odiarás.
Había olvidado cómo era sentir algo que no fuera rencor y lo necesitaba, aunque no sirviera de nada, aunque me estuviera engañando a mí misma, aunque ese momento me supiera a traición.
—Ya te odio ahora.
Me abalancé a su boca y lo besé furiosamente, con ansiedad, queriendo aprovechar todo lo que me daba por si no volvía a tenerlo jamás.
Su sabor era puro éxtasis que me encendía como a una hoguera.
No dudé en quitarle la camiseta y él me ayudó a hacerlo.
Luego, bajó la cremallera de mi vestido, que cayó deslizándose por mi cuerpo como la seda.
Un anhelo desmedido brilló en sus ojos antes de cogerme en brazos. Rodeé su cintura con las piernas y me llevó hasta la mesa del salón. Me miró un segundo en silencio. Un silencio que le daba sentido a todo. Después soltó un suspiro de deseo y volvió al ataque.
—Voy a hacerte pagar lo mucho que me has obligado a echarte de menos.
Noté su miembro duro contra mi cadera. Me mordí el labio mientras él besaba con demasiada delicadeza la mariposa de mi hombro.
Siempre me había venerado. Ya fuera haciendo el amor o follando como locos.
Xesco siempre había impregnado de dulzura cada movimiento y a mí me excitaba tanto que, cuando hizo a un lado mis braguitas para meter dos dedos de golpe, ya estaba absolutamente empapada.
Gimió al ver lo que seguía provocando en mí y yo callé su carcajada con mi boca. Recibió mi beso con un suspiro atormentado, como si quisiéramos hacer todo lo que nos habíamos estado negando a la vez .
Éramos una maraña de manos, roces, ansias y fuego, uno que se convirtió en pasión, consumiéndonos, devorándonos.
Se arrodilló ante mí y me quitó las bragas.
—Abre las piernas para mí, cariño.
Obedecí y me recliné hacia atrás, dejándolo hacer.
Él metió la cabeza entre mis muslos y lamió mis pliegues.
Luego me mordisqueó el clítoris hasta que me corrí en su cara.
Dos minutos tardé. Hubiera sido vergonzoso si no fuera nuestra media habitual.
Cuando teníamos sexo, mi cuerpo no me pertenecía porque solo respondía ante él. Lo conocía mejor que yo.
—Veo que hay cosas que no han cambiado —comentó demasiado pagado de sí mismo.
¡Qué ganas me daban de bajarle los humos! Pero no podía quitarle la razón.
—Oh, ¡cállate de una vez!
Cubrí sus labios con los míos y coloqué su mano de nuevo en mi sexo. Tenía una quemazón que no se calmaba. Lo necesitaba dentro de mí.
—Shhh. —Bajó el tono de voz hasta que fue un susurro—. Deja que te dé lo que realmente quieres.
Me giró para ponerme de cara al espejo de la entrada. Nuestra imagen era tan sensual que casi volví a correrme cuando se bajó el pantalón y se deslizó en mi interior de una estocada.
Yo me moví contra él, como si aún no estuviera lo bastante dentro de mí. Necesitaba más. Lo necesitaba todo.
Tomó mi barbilla para beberse mis jadeos y chocamos nuestras lenguas en un baile desesperado.
—¿Te acuerdas de esto? —dijo follándome con ímpetu frente al espejo. Quería que lo viera, que viera que era él quien me hacía sentir así—. Míranos. Quiero que recuerdes que nadie va a hacer que te sientas como lo hago yo.
Y tenía razón. Esa ansiedad solo me la provocaba él.
Mil veces intenté sentir lo mismo con Julien, que fuera capaz de borrar la huella que Xesco había dejado en mí, pero fue imposible.
Tenía su expresión grabada a fuego en mi cabeza y el tacto de sus manos marcado sobre mi piel.
Sentía la misma pasión, la misma desesperación por él.
Un rayo de dolor cruzó mi rostro y él se dio cuenta.
—Yo no fui, Bella. No fuimos nosotros.
—Sigue repitiéndomelo —jadeé.
No podía olvidarme de que no me merecía ese placer ni el amor. No merecía ser feliz después de haberle arrebatado la felicidad a otros.
—Te quiero. —Rozó el lóbulo de mi oreja con sus labios y se me puso el vello de punta—. Con todas las consecuencias, como siempre te he querido, como un puto loco.
—No lo digas. —Escuchar eso era lo último que necesitaba. No podía permitirme volver a sentir. No de esa forma tan visceral.
—En la vida podía imaginar que iba querer tanto a una persona como te quiero a ti. En la puta vida, Isabella.
¿Qué esperaba que contestara a eso?
—¿Lo entiendes? —continuó mientras se enterraba una y otra vez en mí—. Eso significa que moriría antes de hacer algo que te provocara algún daño.
Mientras sus palabras me estrujaban el corazón, mi vientre empezó a enviarme oleadas de placer, una detrás de otra, que no me permitían procesar lo que estaba diciendo, solo sentir.
Expulsé todo el aire contenido al correrme por segunda vez y él soltó un grito de placer liberador varias estocadas después.
Salió de mí, me dio la vuelta y me besó.
—Quiero repetir esto cada día de mi vida.
Chocó su frente con la mía y nos quedamos callados, respirándonos unos instantes antes de volver a una realidad para la que ninguno de los dos estábamos preparados. Como la calma que precede a la tormenta que no había hecho más que llegar.
Contra todo pronóstico, estar juntos siempre había sido fácil, nos entendíamos demasiado bien, pero eso no significaba nada.
El pasado no se podía cambiar. Tenía que recordarme a mí misma que esa persona de la que estaba enamorada formó parte del asesinato de mi cuñada.
No podía olvidarlo, por mucho que quisiera.
Desde entonces, me consumían los remordimientos. Cada vez que me miraba al espejo me recorría una culpa abrasadora y, si no la acallaba de alguna forma, mi conciencia no me dejaría vivir.