Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 33 Nada termina para siempre
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33 Nada termina para siempre

Al mismo tiempo, en Roma.

XESCO LÉONI

El coche estaba en silencio. Demasiado para tratarse de Bella y de mí.

A nosotros nos gustaba hablar, incluso aunque fuera peleando, porque así éramos: un puto volcán a punto de explotar en cualquier momento.

No podía soportar compartir el mismo espacio con ella y no tocarla, no provocarla, morderle el labio y besarla con cada parte de mi cuerpo.

Puse música y un tema de Black Eyed Peas inundó el ambiente. Mi acompañante bufó porque ese grupo le encantaba y yo no pude evitar sonreír. Encontraba un placer extraño en sacarla de sus casillas, lo que no aguantaba era su indiferencia.

Nada sabía ella de que si tenía ese CD en el coche era porque escucharlo me recordaba a ella, y lo hacía más veces de las que estaba dispuesto a admitir en voz alta.

Bella me miraba de soslayo y resoplaba cada cierto tiempo. Me parecía casi cómico, como si hubiéramos retrocedido diez años y continuáramos siendo los de antes, enfadados por cualquier tontería que no recordaríamos un minuto después .

Lo mejor de todo eran las reconciliaciones. Brutales, adictivas, únicas. Por muchas veces que se repitieran, nunca cambiaba la intensidad, y eso era lo que nos mantenía enganchados el uno al otro sin remedio. La amaba como un puto loco.

—¿No deberías estar lamiéndole las pelotas a Arenardi? Hace veinticinco años que no lo ves, tendrás que compensarle por el tiempo perdido. Tal vez te la meta por el culo, por los viejos tiempos.

—Cuando te pones así, no hay quien te aguante, joder. Sabes que odio a ese tipo tanto como tú, por mí se hubiera podrido en la cárcel.

—Tu familia estará decorándole el altar y llenándole el pasillo de flores, aunque dudo que el camino al infierno se le haya olvidado.

Apreté las manos contra el volante.

—Yo no soy como mi familia. De nuevo te empeñas en culparme por los actos de los demás.

—No, tú eres peor. Tú traicionas a la gente que te quiere.

—Nunca te he engañado, Isabella.

El rostro cincelado se le contrajo al escuchar su nombre de mis labios.

—¡No sé ni cómo tienes los santos cojones de decir eso! ¿Por qué crees que Aless no está aquí?, ¿o mis padrinos?, ¿o Álex, Bass y Roma?

—Ellos tampoco se quedaron atrás, ¿no crees? Deberías agradecerme que no hayamos tomado represalias.

—Claro que sí, ahora mismo me pongo de rodillas y te la chupo en agradecimiento. ¡Maldito hijo de puta! ¡No pienso seguir compartiendo espacio contigo!

Puso la mano en la manilla de la puerta e intentó abrirla con el coche en marcha. Resoplé una sonrisa al comprobar lo bien que la conocía, por eso había echado el pestillo.

—Eres una inconsciente. Vives como si la muerte no te importara y algún día te alcanzará. Tú eres tú peor enemiga, no yo .

Dio una patada frustrada al salpicadero y el cajón se abrió por el golpe. Dentro había un buen puñado de fotos nuestras. Casi ni recordaba que estaban ahí. La de momentos en los que había recurrido a ellas cuando desapareció.

—¿Qué significa esto, Xesco? —preguntó incrédula mientras las miraba.

En ellas estábamos sonriendo, haciendo el tonto o poniendo caras. En ellas éramos felices, algo que tampoco parecíamos recordar.

—Echo de menos a mi mujer, ¿acaso es un crimen?

—No, ese precisamente no fue el crimen —dijo con desprecio, mientras volvía a dejarlas en la guantera del coche y la cerraba.

—Después de dos años, ¿sigues teniéndome tanto rencor?

—El tiempo no cambia el pasado. —Se cruzó de brazos.

Cuando se ponía a la defensiva, era muy difícil lidiar con ella.

—La percepción de la realidad no siempre encaja con la verdad. Deberías saber lo importante que es escuchar las dos versiones de la historia.

—Mmm, espera que lo piense un segundo. No me interesa, déjame bajar.

Suspiré. Hacían falta muchos más desplantes para que desistiera. Iba a llevarla a un sitio en el que pudiéramos hablar. Un sitio en el que se le removiera esa conciencia que a veces parecía no existir en ella.

Cuando la vi en la playa mirando al mar, como una puta aparición, supe que jamás podría renunciar a ella. Aun así, no me hubiera acercado si no hubiera visto que estaba en peligro. Respetaba sus límites, por mucho que me jodiera en lo más profundo no poder estar a su lado.

—Todavía no hemos llegado.

—¿Dónde vamos?

—Ahora lo verás.

—Eres odioso .

—Lo sé. Esa fue una de las cosas por las que te conquisté.

—No, fue por tu idiotez profunda.

—¿Qué puedo decir? Tengo un montón de cualidades.

—¡Aj! —se quejó—. Me exasperas.

Solté una carcajada que paré al siguiente segundo. No era buena idea seguir cabreándola.

—He oído que vas a traspasar el despacho.

—Ya veo que las noticias vuelan.

—¿Por qué lo hacéis? Pensaba que os iba bien.

—Piensas tantas cosas equivocadas.

—¿Eso significa que te vas? ¿Definitivamente?

—Es lo más probable. Pocas cosas me atan a Roma ya.

Sus palabras me escocieron más que echar alcohol encima de una herida abierta.

En realidad, era algo parecido: me había dado un golpe seco, tajante, y no pensaba dejar que notara el efecto que había tenido en mí.

Sabía que no hablaba en serio. Aquí todavía tenía familia, aunque los Cabante ya no estuvieran.

—Si algo bueno tiene esto, es que te has librado del modelucho de pacotilla.

Bella compuso una sonrisa sibilina.

—En Málaga también puedo follarme a otros, Xesco.

—Puedes buscar en otros lo que yo te daba, pero no vas a encontrarlo en nadie más que en mí —dije en cuanto aparqué y me giré para encararla—. Porque hay cosas que solo puedes sentir con la persona de la que estás enamorada.

Apartó la mirada de la mía y la sorpresa cruzó su rostro. Había reconocido la calle.

—¿Qué hacemos aquí?

Salí del coche y lo rodeé para abrir su puerta.

—Vamos.

—No podemos… Esa casa ya no es nuestra —susurró en un tono apenas audible. La había sorprendido.

—Volví a comprársela al nuevo dueño. —Me encogí de hombros—. ¿Qué puedo decir? Soy un nostálgico .

—No pienso subir ahí.

—¿No quieres ver cómo está el piso?

—No, no quiero. Deja que me vaya.

—Siempre has sido libre para elegir, Bella, pero te pido que hablemos solo un momento. Deja que me explique y luego podrás irte a Málaga. —Algo en mí se rompió cuando dije aquello y no sé si logré ocultarlo, porque hizo una mueca extraña. Parecía confusa.

—¿Por qué?

—Seguimos casados. Sigues siendo mi mujer.

—¿Y quién dice que eso signifique algo? ¿Acaso ha significado algo para ti?

—No sabes cómo me quedé yo cuando te marchaste, así que no hables del dolor como si yo no lo entendiera.

Tragó saliva y comenzó a andar, liderando un camino que habíamos recorrido en innumerables ocasiones durante casi ocho años.

Subimos en el ascensor en silencio, mirándonos el uno al otro, sin querer decir nada que estropeara el momento. Abrí la puerta de la casa y la dejé pasar primero. Me quedé en un segundo plano mientras ella observaba todo a su alrededor.

—Esto no ha cambiado nada.

—Tenía la esperanza de que volvieras algún día.

Se acercó a la ventana y miró a través de ella. Recordé cómo se pasaba horas observando la calle, sentada en el sillón, con una taza de café caliente entre las manos. Decía que era un buen lugar para pensar y a mí me encantaba contemplarla a ella mientras lo hacía.

Sonrió al ver el balcón del vecino.

—El búho sigue ahí, vigilando la calle. —Frunció el ceño—. No me lo puedo creer…

Yo también sonreí.

Por fin empezaba a ver a la Isabella que buscaba.

Por fin podríamos tener una oportunidad.