32 Sospechas
CÓSOMO
No dejaba de darle vueltas a la documentación que nos habían presentado los Cabante y a todo lo que faltaba en ella. ¿Qué había ocurrido en Roma? ¿Por qué tuvieron que mudarse de forma tan precipitada? Había un salto en el tiempo, estaban ocultando algo, eso quedaba claro, pero ¿el qué?
El hecho de que ni siquiera hubieran elaborado alguna teoría que justificara el motivo que les había traído a Nueva York era lo que más había captado mi atención.
Quizá pensaban que si lo omitían nadie caería en esa cuestión y, de hecho, a Giordano ni se le había pasado por la cabeza, pero no contaban con que yo era una persona curiosa por naturaleza y que jamás le decía que no a un buen reto. No pararía hasta averiguarlo.
Me había pasado toda la noche anterior investigando y no había encontrado nada más que lo que vimos en la primera búsqueda, así que el siguiente paso era quedar a solas con Roma y sacarle información, por lo que lo cité esa misma tarde en la mansión.
Nos dimos un baño muy caliente en la piscina y, después de tomar un rato el sol, entramos en la casita.
Estábamos tumbados en la cama, metiéndonos mano como dos adolescentes salidos, mientras escuchábamos de fondo una película a la que ni siquiera prestábamos atención. Él tenía la cabeza apoyada en mi hombro y me respiraba en el cuello.
—Me haces cosquillas .
—¿Y? ¿No te gusta? —preguntó dándome un mordisquito en el lóbulo de la oreja.
—Claro que sí, pero no sé el tiempo que voy a aguantar sin abalanzarme sobre ti como sigas así.
Continuó trazando surcos con su húmeda lengua en mi cuello, llevándome a un límite que no había explorado con nadie antes. Nunca había tenido que contenerme tanto con alguien. Si hubiera sido por mí, ya estaría fundido con él, devolviéndole todo el placer que prometían sus intenciones.
Paseó la mano por mi vientre desnudo, acariciándolo de arriba abajo, bordeando la frontera de mi bañador. En un rápido movimiento, nos di la vuelta a ambos y me puse a horcajadas sobre él. Atrapé sus brazos y los coloqué por encima de su cabeza.
—Amor…, ¿me estás provocando?
Con una mano sujeté sus muñecas, mientras la otra viajaba hacia el sur de su fibroso cuerpo, hasta hallar su erección, que ya estaba tersa y más que dispuesta para mí.
—Tal vez —dijo con los ojos inyectados en deseo.
Maldita sea, mirarlo hacía que me olvidara de todo lo demás. Romano era de esa clase de chicos que atraían sin proponérselo y yo había caído en sus garras como el puto crío que era.
—¿Estás seguro de que quieres jugar? Porque yo odio perder —dije sin dejar de acariciarlo.
Necesitaba confirmación de que realmente era lo que quería, porque aquello podría acabar conmigo dentro de él. Quería ser delicado, iba a darle lo que me pidiera.
—Estoy bastante seguro de que para mí esto no es ningún juego.
Se puso tenso, lo noté al instante, y mi mano paró su viaje, como si fuera una extensión de él. Leía sus reacciones de una forma instintiva y, cuando se retiró, me confirmó que algo ocurría.
—¿Qué pasa? ¿He hecho algo que te haya molestado ?
Se levantó de la cama y buscó su ropa para vestirse. Yo también me levanté y lo cogí del brazo, pero se revolvió para que no lo tocara.
—Déjame en paz, joder.
—Venga ya, Roma. ¿Cuál es el problema?
Me parecía una reacción demasiado desproporcionada para lo que merecía la situación.
—Tú, ¡tú eres el puto problema! —Me miró de arriba abajo, con un rencor y un dolor que estaba seguro de que no le había provocado yo—. Ya han jugado bastante conmigo y no pienso volver a permitirlo, ¡me merezco mucho más que eso!
Apreté los dientes. Que me comparara con aquel malnacido que lo engañó me daba ganas de pegarle un puñetazo a la pared, o a la cara de ese gilipollas que le hizo desconfiar de todos los demás. Odiaba que su pasado formara parte de nuestra relación.
—No entiendes una mierda —afirme cruzándome de brazos.
—Ah, ¿no? —Me encaró durante unos instantes, antes de chocar su boca contra la mía con una agresividad que no parecía propia de él y comenzó a bajarme el bañador.
—Para, para —le pedí agarrando sus manos. Por mucho que estuviera deseando estar con él, no pensaba hacerlo de esa forma.
—¿No es esto lo que querías? ¿Follarme? ¿No es de lo que va todo esto?
Ladeé la cabeza, entendiendo la situación. Esa vulnerabilidad que veía en sus ojos me mataba y, a la vez, estaba orgulloso de su fortaleza, de que me hubiera dejado claro que no estaba dispuesto a dar sin recibir lo mismo a cambio.
—No quiero solamente enrollarme contigo, pensé que eso ya había quedado claro.
—Entonces, ¿qué quieres? —rugió con los ojos clavados en los míos.
Subí las manos hasta su rostro y lo atrapé con firmeza para que no pudiera desviar la mirada cuando le hablara .
—No quiero jugar contigo ni que tú lo hagas conmigo. Para mí esto es real, ¿te queda claro?
—Pues más te vale que sea así, porque puedo joderte de muchas formas distintas —aseguró con un desafío.
Una pequeña sonrisa se dibujó en mi cara.
—Y a mí me encantaría que lo hicieras.
No pudo reprimir la carcajada que salió de sus labios.
—Dios, estás pirado.
—Por ti, Roma —dije, acariciando sus mejillas—. No nos vamos a jurar amor eterno hoy, pero prometo que respetaré tus tiempos y, cuando hagamos algo, será porque los dos estemos en el mismo punto.
—Te veo muy seguro de que llegará a ocurrir.
Me encogí de hombros.
—Tengo mucha confianza en mí mismo y ahora también en ti.
Dio un largo suspiro de alivio que reverberó en mi pecho.
—No creas que esa arrogancia tuya me va a conquistar.
—Te pongo a cien. —Paseé mi boca por su cuello y luego volví a mirarlo—. Negarlo no te servirá de nada.
Tragó saliva y asintió antes de lamer mi labio inferior con deseo. Yo le correspondí con un beso dulce.
—Ha sido un gran día, no lo estropeemos.
Asentí. No quería que ninguno de los dos le diéramos importancia a lo ocurrido y yo estuve de acuerdo.
Acortó de nuevo la poca distancia que nos separaba y mordió mis labios, para luego encontrar mi lengua con la suya, mientras sus manos acariciaban mi cuerpo y las mías el suyo con un hambre voraz.
Gimió en mi boca. Joder. Todavía no habíamos follado y ya había perdido la cuenta de cuántas veces había puesto a prueba mi autocontrol.
Estábamos a punto de volver a la cama cuando la puerta se abrió de golpe y apareció Giordano tras ella.
—Tío, ¿es que no sabes llamar? —lo increpé .
—Lo siento. ¿Has visto a Blake? —me preguntó después de saludar a Roma con la cabeza. Parecía agitado.
—Hace horas que no, ¿qué pasa?
Negó sumido en sus pensamientos. La mente parecía irle a mil por hora.
—Está con Álex —dijo Roma cuando se puso la camiseta y ambos nos giramos como un resorte para que se explicara—. No sé dónde han ido, solo sé que habían quedado esta tarde.
Qué raro, Blake no me lo había dicho y nosotros solíamos contárnoslo todo.
—¿Ha ocurrido algo?
—Tengo que hablar con ella —contestó escueto.
—Yo me voy a casa —dijo Roma.
—Te llevo.
—No hace falta, sé el camino.
—Roma…
—Está bien.
—Luego hablamos —comentó mi hermano antes de irse.
Terminamos de vestirnos y entrelacé nuestras manos al salir de la casita. El camino hasta el garaje lo hicimos en silencio. Nos montamos en el coche, puse música y comencé a conducir, dándole demasiadas vueltas a la cabeza de nuevo.
Era de noche, la carretera estaba solitaria y solo se escuchaba la voz de Sia cantando Unstoppable y el sonido de nuestras respiraciones.
—Oye, Roma, quiero hacerte una pregunta.
—Ajá —comentó distraído, revisando su teléfono.
Cuando lo vi pinzarse el labio de forma sensual, casi me olvidé de lo que quería preguntarle, pero me intrigaba demasiado como para no hacerlo.
—¿Qué ocurrió en Italia? ¿Por qué vinisteis a Nueva York?
Volvió a tensarse igual que en la casita y retiré la mano que había puesto en su rodilla para no incomodarlo .
—Puedes preguntarme lo que quieras, pero eso es lo único que no te voy a contestar.
—¿Por qué?
—Hay muchas cosas que no sabes de nosotros, Cósomo.
—¿Y por qué no me las cuentas?
—No puedo. —Miró a través de la ventanilla y vi su reflejo angustiado en el cristal—. Nuestras vidas dependen de ello.
—Cuando Giordano investigó, no encontró nada sobre Italia, ni siquiera vuestros negocios ilegales, solo las inmobiliarias.
—Debéis dejar de hacerlo —dijo alarmado—. Si seguís tirando del hilo, nos pondréis a todos en peligro.
—Está bien, tranquilo. —Lo vi tan inquieto que supe que debía dejar de insistir—. No investigaré más.
—¿Lo prometes?
—Bueno…
—Prométemelo, Cósomo.
—Vale, vale. Prometo que esperaré hasta que estés listo para contármelo —le aseguré.
—No sé si llegará ese momento. Es… Es demasiado.
Su voz tembló al pronunciar las últimas palabras y decidí dejar la conversación. Roma parecía demasiado vulnerable ante ciertos asuntos y lo último que quería era hacerle daño.
Lo llevé a su casa y, tras darle un beso, volví a la mía. Eran casi las doce, por lo que la mansión estaba ya desierta, solo quedaban algunos miembros en el ala del personal y los de seguridad patrullando el recinto.
Subí a la habitación de Blake y, al no encontrarla, la esperé sentado en las escaleras, igual que ella hizo noches atrás conmigo.
—¡Joder! ¿Qué haces ahí parado? —exclamó media hora más tarde, mientras yo jugaba al ajedrez en mi móvil.
La mansión estaba a oscuras, como parte del efecto que quería darle. Blake entró sigilosa, sin esperar encontrarme de frente.
—Esperándote .
—En serio, tenemos que dejar de vernos así.
Nos reímos y vino a sentarse a mi lado. Si no fuera por su voz, apenas podría haberla distinguido, ya que iba vestida de negro de la cabeza a los pies.
—Romano me ha dicho que habías quedado con Álex.
Alzó una ceja, sospechando.
—Se suponía que era un secreto.
—Tengo mis métodos para sacar información. ¿Cómo ha ido?
—Ha sido… No sé. Diferente. Él lo es y… creo que me gusta.
Blake tenía esa chispa en los ojos que todo el mundo quería experimentar alguna vez en la vida y saborear al máximo mientras durara. La emoción de los primeros momentos de una relación que empezaba a fraguarse. La misma que estaba sintiendo yo.
—Evidentemente. Te tenía por alguien inteligente, supuse que te habrías dado cuenta antes.
Puso los ojos en blanco como si fuera una broma, pero yo sabía la importancia del paso que había dado. Admitir que le gustaba y quedar a solas con él significaba que Álex empezaba a tener un hueco en su corazón, igual que Roma en el mío, aunque ninguno de nosotros sabía aún hasta qué punto.
—Me he enterado de algo, Cósomo… Algo que podría cambiarlo todo.
—¿Qué es?
—¿Qué estáis tramando vosotros dos y por qué no estoy enterado? —Giordano interrumpió lo que sea que Blake estaba a punto de contarme y maldije para mis adentros. Me había olvidado de que él también la estaba buscando.
—Hay algo que tengo que contaros —retomó Blake cuando mi hermano se arrodilló a nuestro lado.
—Yo a vosotros también —contraatacó él—. ¿Recuerdas el cuchillo que me diste? ¿El del tipo del hotel?
—Claro, ¿qué has averiguado ?
—«Fidelidad, valentía, integridad» es el lema del FBI. Ese tío es un agente federal, Blake.
—¿Qué? ¿Qué tiene que ver mi padre con el FBI?
—Eso es lo que tenemos que descubrir. ¿Crees que si te enseño una foto lo reconocerías?
—Estoy segura, no se me va a olvidar la cara de ese tipo en mucho tiempo.
—Pues vamos, tenemos trabajo.
Giordano se levantó y Blake iba a hacerlo con él, pero la detuve.
—Espera, ¿qué ibas a contarnos sobre los Cabante?
—Ah, sí. No os lo vais a creer. Hoy, cuando estaba con Álex…
—¿Has estado con él?
—Sí, hemos quedado. —Hizo un ademán con la mano quitándole importancia.
—Deja de interrumpirla —me quejé.
—Vale, pero tendrás que ser más específica con los detalles del encuentro.
—Luego —dijo ella sonriendo—. El caso es que hemos recogido un cuadro y, cuando nos íbamos del sitio en el que estaba, Álex ha dejado una mariposa de papel. Me ha dicho que era la carta de presentación de su organización.
—Bueno, es un poco raro, sí —comenté en voz alta, reavivando mi curiosidad.
—No, lo raro viene ahora —aseveró—: su organización es Imperium.
—¿Cómo?
—¿En serio?
Me puse en pie, pasándome una mano por la frente.
Joder. No podía ser. Ahora entendía por qué Roma no podía contarme nada.
Imperium era una organización criminal menos conocida que la ‘Ndragueta o la Camorra, pero igualmente letal.
Sus secretos se guardaban bajo llave. Eran como un virus: estaban en todas partes, pero eran invisibles.
No te dabas cuenta de su presencia hasta que los tenías encima. Y entonces ya era tarde.
—¿Te ha dicho por qué vinieron a Nueva York?
—No le he podido sacar nada más, pero debe ser grave si personas tan poderosas como ellos han tenido que huir de su ciudad.
Maldito Romano. Sabía que le había prometido no investigar más, pero no podía quedarme así. Necesitaba saber a qué nos enfrentábamos, porque estaba seguro de que llegaría el momento en que todos deberíamos estar preparados.
Era hora de llamar a mi contacto.