31 Dama de la mafia
Al mismo tiempo, en Roma.
ISABELLA ESCALANTE
Llevaba una semana en Roma, debía volver a Málaga, ya no podía alargarlo más.
Mi hermano me había enviado un billete para el sábado, pero había alguien aquí que nos estaba dando problemas y no pensaba irme sin resolverlos.
Era hora de hacerle una visita a Thiago Ferruchi, el dueño de la franquicia de Ostia, pero, al contrario de lo que le había dicho a Aless, iba a ir sola.
Durante el trayecto en taxi, la conversación con él todavía continuaba haciéndome eco en la cabeza.
Elena era buena persona, lo sabía. Tenía una buena familia, amigos, era dulce y ni siquiera se enfadaba conmigo cuando le contestaba mal.
Su felicidad solía resultarme irritante, pero poseía calidez. Era un ser de luz, igual que Giovanna.
Cuando mi cuñada fue asesinada, mi hermano no solo perdió a su mujer, si no que la parte que le hacía humano también se fue con ella y ahora parecía estar recuperándola.
Quizá por eso me había dicho que yo debía hacer lo mismo, pero perdonar a Xesco era algo que no entraba en mis planes.
Desde el encontronazo que tuvimos fuera del hotel, no había vuelto a tener noticias de él y eso hacía que tuviera una mezcla de añoranza y rechazo.
No sabía gestionar bien mis emociones, no cuando se trataba de él .
Salí del taxi y me paré frente al mar de Ostia, ese en el que tantas veces me había bañado, en el que tan feliz había sido, y que ahora deseaba que tomara fuerza hasta crear una ola gigante que arrasara con todo, que me engullera para devolverme la paz que tanto anhelaba.
Cogí el teléfono y llamé a Livia. Tardó dos tonos en responder.
—Bel, ¿va todo bien?
—Tengo que volver a Málaga y esta vez será por más tiempo. Mi hermano me necesita allí.
—Y yo te necesito aquí —sollozó.
Siempre había sido la más sentimental de las tres, pero, desde hacía unos meses, las hormonas la hacían estar incluso más sensible.
—Volveré para el parto, Liv, te lo prometo.
—Ella no está y ahora tú tampoco. No puedo hacerlo sola, Bel, no puedo.
—No estás sola, tienes a Leo, a Mérida y a tus padres.
—Pero necesito a mi hermana. Te necesito a ti.
—Liv… —La pena en su voz me hacía daño. La entendía demasiado bien.
—Ya casi no puedo pasar tiempo en los laboratorios. Julia lo está haciendo bien, pero ella no tiene la formación adecuada, y sin ti aquí siento que tengo que encargarme de demasiadas cosas y mi futura hija no está por la labor de dejarme hacerlo.
—Respira, Liv. Te aseguro que todo irá bien.
Livia era química y se encargaba del laboratorio de droga. No estudió la carrera por casualidad. Hacía unos años tuvimos que convertirnos en nuestros propios proveedores y ella decidió sacrificarse por la organización.
Los niños aún eran pequeños. El futuro de Leo en la política ya estaba planeado.
Aless y yo ya estudiábamos Derecho. Y Giovanna había empezado la carrera de Bellas Artes.
Todos sabíamos que no podía respirar sin pintar.
Su arte merecería ser visto y disfrutado, y Liv no tenía una vocación clara, por lo que no le importó estudiar Química. Al final, acabó amando su trabajo.
—¿Cómo puedes estar tan segura si te vas?
—Porque hace falta mucho más que un contratiempo para hacer caer un imperio. Cualquier cosa que pase, la solucionaremos, ¿de acuerdo? Y ahora tengo que dejarte, hay algo de lo que me tengo que encargar antes de irme.
Un pequeño silencio se apoderó de la línea.
—Está bien, nos vemos pronto —claudicó.
Colgué esperando que así fuera y me dirigí hacia la franquicia. Thiago estaba en la puerta, fumándose un cigarro. Era un hombre tosco, nunca me había gustado, pero solía cumplir el acuerdo, hasta ahora.
Me acerqué a él, sigilosa. El único sonido fue el repiquetear de mis tacones y eso lo alertó.
—Thiago Ferruchi.
El tipo separó el teléfono de su oreja sin despedirse de su interlocutor y, con la boca abierta, le hizo un barrido a mi vestido rojo de Dolce&Gabbana. La sutileza no iba conmigo.
—Isabella Escalante —pronunció por fin—. ¿Qué trae a la jefa a mi humilde inmobiliaria?
—Querrás decir a mi inmobiliaria. —Di un paso adelante y no le dejé opción a réplica—. Entremos.
El local tenía un olor a rancio, al igual que Thiago, que pude apreciar cuando se acercó a besarme el anillo de la familia, una calavera con mariposas incrustadas, en señal de respeto. Todo el que, al parecer, no nos había guardado.
—Apaga las cámaras y echa el cierre.
Me senté en su silla y, cuando terminó su cometido, le hice un ademán para que él lo hiciera frente a mí. Guardé silencio unos segundos y solo cuando vi que comenzaba a ponerse nervioso, empecé a hablar.
—Ahórrame el hastío de tener que revisar tus cuentas falsas y dime, ¿por qué nos estás robando ?
—Creo que ha debido de haber algún tipo de error. Yo en ningún momento…
—¿Acaso no nos hemos portado bien contigo? —lo corté—. ¿No te hemos dado todo lo que nos has pedido? ¿Incluso caprichos que claramente no merecías?
—Isabella, yo…
—Señora Escalante. No perdamos las buenas formas, Thiago —lo corregí, condescendiente—. Ya que nos has perdido el respeto, al menos mantén eso.
—Señora Escalante —dijo mientras se retorcía las manos como si aún llevara el cigarrillo en ellas—. Yo no he robado nada, se lo prometo. Puedo enseñarle la contabilidad, ahí está todo claro.
—Que insultes mi inteligencia me ofende más que la traición en sí misma. ¿Crees que porque lleves una franquicia no puedo matarte? Tardo lo que dura un chasquido de dedos en poner a otra persona en tu puesto.
—No lo haga, por favor. Le aseguro que no he robado nada, nunca lo haría, y menos a ustedes.
Unas gotas de sudor le recorrían la frente grasienta. Su lenguaje corporal no hacía más que delatarlo y todavía se atrevía a negarlo.
—Llegados a este punto, Thiago, lo mejor sería que fueras sincero.
Tragó saliva, sopesando sus opciones. Vino a mi encuentro y se arrodilló ante mí, suplicando clemencia. Era un pobre diablo.
—Yo he pasado algunos apuros económicos. Mi esposa está embarazada de nuevo, pero pensaba devolver todo lo que he tomado prestado.
«Tomar prestado», el eufemismo del siglo.
—Muy bien. No ha sido tan difícil, ¿verdad?
—Por favor —repetía una y otra vez mientras suplicaba—, no volveré a hacerlo, lo juro, señora Escalante. Yo nunca les traicionaría, por favor, por favor, tiene que saberlo. Le ruego que no me haga nada.
—No voy a matarte, Thiago. Mi hermano me lo ha pedido como un favor personal, en deferencia a los quince años que llevas con nosotros —le aseguré.
No tenía intención de reemplazarlo, pero debía dejar clara mi postura para que ese desliz no volviera a repetirse.
La primera vez sería una advertencia. La segunda, la muerte.
No habría una tercera—. Yo le he dicho que es demasiado considerado, dado que tú no has dudado en traicionarnos, pero ya lo conoces, es un sentimental.
—Muchas gracias, lo devolveré todo, lo prometo —decía aún arrodillado ante mí.
—Claro que lo harás. —Acaricié su rostro blanquecino con indulgencia—. Nunca me he fijado. Fumabas con la derecha, ¿verdad? ¿Eres diestro?
Me miró extrañado mientras yo componía una sonrisa traviesa.
—Sí, señora.
Aproveché que tenía las piernas cruzadas para sacarme un cuchillo de la funda que llevaba atada al muslo. Por un momento, me vi reflejada en él, dibujando una mueca cruel en la que podía reconocerme tan perfectamente, que entendía por qué a Thiago le daba tanto miedo.
—¿Me dejas tu mano izquierda? —Le pedí amablemente.
Él lo hizo reticente. Sabía que no podía negarse. Era eso o su vida. Pero el instinto de supervivencia podía más que él.
—Señora, por favor, se lo ruego, no lo haga.
—A los ladrones se les cortan las manos, Thiago. Esto es solo un trocito de dedo. Un recordatorio de a quién se la estás jugando. Considéralo una advertencia.
Le corté el dedo meñique de cuajo y comenzó a retorcerse de dolor mientras se sujetaba la mano, llorando como un bebé desvalido. No me dio ninguna pena, había sido un corte limpio, lo más probable era que pudieran cosérselo si llegaba a tiempo a un hospital.
Me puse en pie, dispuesta a salir de la inmobiliaria, pero cuando abrí la puerta echada con llave, me di de bruces con dos tipos que, al ver a Thiago tirado en el suelo, no dudaron en sacar las pistolas.
Yo tampoco dudé, le clavé el cuchillo, que aún llevaba en la mano, en el estómago al primero y me agaché para esquivar la bala del segundo. Este aprovechó mi postura para darme un golpe que me tiró al suelo y se sentó encima de mi estómago, quitándome el aire.
—¡Abel, no le hagas nada! ¡Es la Escalante! —masculló Thiago, que observaba la escena con lágrimas en los ojos. Al tipo parecía haberle tocado la lotería cuando escuchó mi apellido.
—Mira a quién tenemos aquí… al fantasma. —Paseó la pistola por mi escote con lascivia—. Siempre he querido probar cómo sabría una puta de alto standing como tú.
Solté una carcajada.
Bien. Si quería follarme, no pensaba matarme, a menos que fuera un necrófilo, pero no iba a quedarme el tiempo suficiente para averiguarlo.
Le di un puñetazo en la boca del estómago, que él me devolvió en la cara con la culata de la pistola. Forcejeamos, pero no conseguía quitársela. ¡Joder! Tenía mucha fuerza y mis piernas estaban inutilizadas.
Sonó un disparo y tuve que pensar por un momento si me había alcanzado. No notaba nada. Miré hacia arriba. Los ojos vacíos del tal Abel me devolvían la mirada, aún abiertos. Un hilo de sangre cayendo por su frente me dio la respuesta.
—Reina de Hielo, te encanta meterte en problemas. —La voz de Xesco apareció detrás del tipo y me lo quitó de encima.
—Y tú, como siempre, disparando antes de hablar .
Me tendió la mano para ayudarme a levantarme, pero la rechacé. Si lo tocaba… no sabía cómo podríamos acabar. Si algo me ponía a tono era Xesco sosteniendo un arma.
Sacudí mi vestido y me arreglé un poco el pelo.
—¿Me estabas siguiendo?
—En absoluto. Soy policía, vengo por un caso. Fin del asunto.
Ufff, no era el momento adecuado para acordarme de lo bien que le quedaba el uniforme, ya lo haría en la intimidad. Hacía años que no se lo veía puesto, desde que se convirtió en inspector.
—Ya, claro. Ahora se dice así.
—¿Por qué tienes que estar siempre en guerra? ¿No puedes darme las gracias y ya está?
—Eres tú quien se ha metido donde no lo llamaban. Está claro que no necesitaba tu ayuda.
—¿No? Pues cualquiera lo diría —comentó mirando la escena.
Thiago permanecía callado, con la respiración alterada y un charco de sangre a su alrededor. Lástima, quizá ya no pudieran reimplantarle el dedo. El otro tipo estaba muerto y, al que le clavé el cuchillo, permanecía inconsciente, bloqueando la puerta.
—Habría podido con ellos yo sola.
—Estoy seguro. Serías capaz de hacerlos llorar si te lo propusieras.
Las sirenas empezaron a sonar a lo lejos. Los disparos habrían alertado a algún vecino, aunque en la calle no había un alma.
Xesco me cogió de la muñeca y tiró de mí.
—Vamos.
—No pienso ir contigo a ningún sitio.
—¡Maldita sea, Isabella! ¡Hazme caso por una vez en tu vida! —gritó con la voz cargada de tensión.
No pronunciaba mi nombre a menudo y eso me detuvo.
—No finjas que te preocupa lo que me pase .
—¡Y tú deja de creerte tus propias mentiras de una jodida vez!
—Aquí el único mentiroso siempre has sido tú. Me piro.
Salté por encima del tipo tirado en el suelo y salí de la inmobiliaria. Xesco vino detrás.
—Ni de coña, tú no te vas a ninguna parte hasta que hayamos hablado.
—Vete a la mierda.
—Me vas a escuchar, lo quieras o no. Sube al coche. —Señaló su Maserati negro.
Joder, cuántos recuerdos. Y aquello no había hecho más que empezar.
—Ni hablar. Tú no me das órdenes.
—Sube al puto coche, Reina de Hielo, ¡ya!
—Antes tendrás que matarme —escupí en sus labios.
—Ganas no me faltan. ¡Joder!
Me cogió por los brazos y me metió en el coche mientras yo intentaba deshacerme de su agarre.
Podría haberme resistido. Podría haberlo intentado con más fuerza. Pero no lo hice.