30 El pintor
BLAKE
Llegué a Queens a las ocho en punto. Cogí el metro, no quería que mi coche fuera visto en esas calles.
Había estado allí mil veces, en casa de mi amiga Zia, ya que aquel era el distrito de los Lorenzzo, pero nunca había operado allí a sus espaldas y mucho menos con gente desconocida.
Esperaba que el riesgo mereciera la pena.
Álex me había escrito un mensaje para que me dirigiera a Fresh Meadows. Cuando llegué a mi destino, él me esperaba apoyado en la pared de un almacén, sumido en sus pensamientos.
—Ven conmigo, paseemos. —Me soltó la mano y se puso las gafas de sol, queriendo pasar desapercibido. ¡Qué idiota! ¿Se había mirado a un espejo? Jamás lo conseguiría.
—¿Dónde vamos? —pregunté frunciendo el ceño. No me gustaban las sorpresas.
—Prefiero dar un rodeo antes de dirigirme al sitio. —Me miró—. Es por precaución .
—Vale, pero no tengo toda la noche. —Me crucé de brazos mientras andábamos hacia Dios sabía dónde.
Tenía todos los sentidos alerta, y cada uno de ellos me gritaba que saliera corriendo en dirección contraria. Me estaba metiendo en algo de lo que no sabía si podría salir. Y, encima, era consciente de todo.
Álex levantó las cejas con una expresión divertida.
—Ah, ¿no?, ¿y qué tienes que hacer?
—He quedado. —Era mentira, pero no pensaba contarle mis planes, que se ceñían exclusivamente a estar en casa.
—¿Con tu novio? —preguntó.
Puse los ojos en blanco.
—¿Hace falta que te conteste a eso?
Él caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en los edificios. Estábamos tan juntos que, si dejaba caer mi brazo, no tenía duda de que se rozaría con el suyo.
—Para —dijo de repente—. Sentémonos aquí un segundo.
Se apoyó en el capó de un coche, un Chevrolet Agile negro, que estaba escondido de forma muy sutil entre dos casas. Me senté a su lado, todavía con los brazos cruzados, miré hacia el cielo y cerré los ojos, mientras noté, con cada fibra de mi ser, que él me estaba mirando a mí.
—¿Solo has estado con él? —preguntó con aplomo y seguridad. No lo miré. Contesté tan tranquila como pude, perdiéndome en su voz.
—¿A qué te refieres?
—Lo sabes bien. ¿Has tenido otros novios?
Me obligué a abrir los ojos y aguantarle la mirada. Se estaba metiendo en terreno personal... aunque todo lo nuestro lo era.
—No, John y yo estábamos juntos desde que éramos niños... ¿Y tú?
—Yo nunca he estado con él —se burló.
—Idiota. —Le di un golpe en el hombro—. ¿Con cuántas?
—Muchas, pero ninguna importante .
Ahora era él quien no me miraba, pero tampoco estaba despistado. Su mirada vagaba, sospechando, hacia un callejón. ¿A qué estaríamos esperando?
—Eso no es un número —contraataqué y él sonrió.
—No las he contado y, de todas formas, ninguna me ha dejado huella. Sin embargo...
Nos miramos.
—¿Qué?
—El rubito sí te ha dejado huella a ti.
Me encogí de hombros.
—Bueno, fue mi primera vez y la número cien —bromeé, picándolo, aunque la verdad era que John y yo lo hacíamos mucho.
Nuestra complicidad era genial y se nos daba de miedo.
Me divertía un montón, pero con él solo era sexo.
Había sentimientos, claro, pero de amistad, de cariño, no de amor. Yo sabía que el sexo debía ser más.
—¿Lo quieres? —me preguntó con una mirada de hielo.
—Claro que sí —contesté sin dudar.
—Todavía hay algo que te ata a él.
—No. No es eso, Álex. John siempre estará en mi vida. En lo bueno y en lo malo, siempre hemos sido un equipo, pero no es mi persona. ¿Lo entiendes?
—Por eso rompiste con él.
—Exacto.
—Y, sin embargo, no quieres estar conmigo.
Silencio.
No es que no quisiera, es que no me atrevía. Temía que me gustara demasiado. Dar ese paso supondría un antes y un después en mi vida. No estaba preparada y tampoco sabía cómo explicárselo sin sentir que dejaba caer el muro tras el que intentaba proteger a mis sentimientos.
—Cuando nos conocimos me dijiste que solo querías ser una chica en una discoteca. ¿Por qué no te permites serlo ?
—No es tan fácil. Soy la primogénita de mi familia, se esperan muchas cosas de mí, Álex.
—Aquella noche parecías libre.
—Y tú menos capullo.
Comenzamos a reír, destensando un poco el ambiente.
—¿Nunca has pensado en irte?, ¿en dejar el negocio?
Nadie me había hecho nunca esa pregunta. Todos daban por hecho que era feliz con esta vida.
—A veces pienso que me gustaría desaparecer. —Miré al horizonte—. Pero luego veo todo lo que mi familia ha construido y sé que no podría.
—Podrías ser feliz haciendo cualquier otra cosa.
—Lo sé, pero no quiero. Esta es mi vida y me encanta.
—Pensaba que solo los que no llevan nuestra vida se creerían capaces de soportarla.
—Ilusos. —Me reí—. No. Sé que hay mucha gente a la que la mafia le viene grande, pero yo siento que he nacido para esto. ¿Y tú?