29 Sentimientos
Enterrados
Al mismo tiempo, en Málaga.
ALESSIO ESCALANTE
—Leo lo tenía todo organizado, ha sido bastante rápido —dijo Bella al teléfono.
—¿Le has dado el dinero?
—Sí y he acordado con el nuevo dueño que mantenga la plantilla.
—Entonces, ¿ya está?
—Casi, el traspaso estará hecho en cuanto nos devuelvas la documentación firmada y la enviemos al registro.
—En cinco minutos la tienes en tu e-mail . ¿Cuándo vienes?
Estaba ansioso porque mi hermana volviera a Málaga. El traspaso estaba en marcha, ya no había nada que la retuviera allí… salvo el Léoni.
Estaba al tanto de que habían tenido un encuentro.
Bella siempre llevaba escolta, no iba a dejarla desprotegida a tantos kilómetros de mí, aunque ella no lo sabía.
Si se hubiera enterado… temblaría el suelo bajo nuestros pies.
Además, tenían orden de intervenir solo si se encontrara en una situación de peligro y estaba seguro de que el Léoni no le haría daño. No a ella.
—Quiero quedarme hasta que Liv dé a luz, apenas le quedan seis semanas .
Chasqueé la lengua con fastidio. Era terca como ella sola, daba igual que supiera que se enfrentaba a una situación de peligro, le encantaba adentrarse en él.
—Te necesito en Málaga, Bel. Tenemos que meter una inyección de capital en el despacho y quiero que te encargues de idear algo para conseguirlo rápido.
—¿Algo legal?
Me reí.
—A ser posible…
Las cosas nos iban bien, pero podían ir mejor. Con mi hermana aquí, era hora de crecer. Quizá si nos concentrábamos en lo que funcionaba, dejaríamos de pensar tanto en todo lo que iba mal en nuestras vidas, que no era poco.
—Eso es fácil, haz una recaudación de fondos.
—Perfecto, tú la dirigirás.
—¿No puedes encargársela a otra persona?
—No, es tu idea y aquí no confío en nadie más que en ti.
—¿En Elena tampoco? —preguntó con retintín.
—¿A qué viene eso ahora?
—Solo era una observación.
—Tú no dices algo si no es con alguna intención, así que suéltalo de una vez.
—¿Qué te traes con ella?
—Salimos de vez en cuando, ya lo sabes.
En realidad, únicamente habían sido un par de veces, pero ya era un avance en comparación con los dos años anteriores.
—Se la has presentado a Dani.
—Quiero ser honesto con mi hija, no tengo nada que ocultarle.
Resopló.
—Al menos está limpia.
—¿La has investigado?
—Por supuesto. No me fío de nadie cuando se trata de vosotros .
—Ya lo hicimos cuando la contratamos y estaba todo en orden. Esa chica no mataría a una mosca, Isabella.
—Lo sé, es demasiado sosa, todavía no entiendo qué haces con ella.
—Suerte que mis acciones no dependan de que tú lo entiendas o no —dije divertido.
Precisamente era eso lo que me gustaba de Elena, su sencillez.
—En serio, Aless, ¿qué le has visto?
—Tiene bondad, toda la que a nosotros nos falta.
—Te recuerda a ella —afirmó.
Sí, me costaba admitirlo, pero me recordaba a Giovanna.
No en el físico, pero sí en su personalidad.
La luz que transmitía, su sonrisa perenne, como si siempre fuera feliz, como si todo en la vida tuviera arreglo…
Esa actitud, esa chispa que iluminaba hasta los días más grises, era muy difícil de encontrar.
—Aún siento como si estuviera traicionándola —confesé.
—Es lógico. Elena ha sido la primera después de…
—Basta. No quiero volver a lo mismo de siempre, Bel.
Suspiró. Yo también lo hice.
—No deberías darle falsas esperanzas.
—¿Ahora te preocupan sus sentimientos? —pregunté con sarcasmo—. Ella sabe tan bien como yo que esto no va a ninguna parte y ambos queremos lo mismo.
—No me creo, ni por un segundo, que en tu corazón no quepa sitio para nadie más, solo es cuestión de tiempo, Aless.
Cerré los ojos, alegrándome porque no pudiera verme en ese momento.
—Aunque pasara toda una vida, no sería suficiente. He asumido que ese tren ya ha pasado, ahora toca seguir respirando. —Y esa realidad, que tanto sentía como verdadera, me dolía como un disparo.
—¿De verdad crees que podrías vivir el resto de tu vida sin esa sensación?
Fue dura. Demasiado cruel incluso para ella. Le correspondí .
—Tú lo haces. Si no, ¿por qué estás con Julien?
Mi hermana tenía un rollo con un modelo idiota de Milán, que siempre iba a verla cuando estaba en Roma. Ese chico llevaba un año enamorado de ella. Sin embargo, Isabella no era una presa fácil, por lo que tampoco le atraían las cosas fáciles. Me extrañaba que aún no se hubiera aburrido de él.
—No es lo mismo y lo sabes —bufó—. No es lo mismo porque mi relación no ha muerto, simplemente se rompió.
—¿Y no es esa otra forma de morir?
Un silencio sepulcral se apoderó de la línea. Xesco continuaba vivo y ella lo había abandonado por mí, por lo que ocurrió, pero yo no podía negarle la felicidad a mi hermana, aunque fuera con él, aunque yo nunca pudiera perdonarlo, aunque, saberlos juntos, me desgarrara el alma.
—No, no lo es. Cuando un jarrón se rompe y pegas las piezas, sigue cumpliendo su función.
—Pero nunca vuelve a ser el mismo y ambos sabemos que eso es lo que ocurre cuando un corazón se parte en mil pedazos. Aunque consigas recomponerlo, nunca será igual.
—Puedes amar a dos personas, aunque una de ellas ya no exista, Aless.
—Que Giovanna haya muerto no significa que mi amor por ella lo haya hecho también, Isabella. —Fui rotundo. Ya había asumido que para mí no habría otra persona y no me importaba. Tenía a Dani y a mi familia, no necesitaba nada más para conseguir la poca paz a la que aspiraba.
—He roto con Julien.
Sonreí. Solo por eso ya había merecido la pena el viaje. Sabía que ese idiota nunca le había terminado de gustar.
—¿Cómo se lo ha tomado?
—Mal, pero no le ha quedado otro remedio.
—Me alegro de que se haya acabado, ese chico no te convenía.
—¿Por qué lo dices ?
—Con él parecías cómoda, en tu zona de confort, pero estabas dormida. Era aburrido, admítelo.
—Me gusta mi zona de confort —se quejó—, pero sí. El pobre se estaba enamorando, ¿te lo puedes creer?
Solté una carcajada.
—Ruego porque llegue el día en que alguien se atreva a desafiar ese carácter endiablado que tienes.
—Bah, paso. No tengo tiempo ni paciencia para nada más profundo.
—Eso es porque tienes un muro impenetrable, Bel.
—No para ti, ni para Dani.
—¿Y por qué para el resto del mundo sí?
—Vosotros sois mi mundo.
—Isabella… —suspiré. Un sentimiento de angustia se apoderó de mí—. No puedes poner tu vida en modo avión por lo que ocurrió, te mereces más.
—¿Y me lo dices tú? ¿Tú que te has conformado con vivir de los recuerdos? —Hice una mueca de dolor y agradecí que no pudiera verme a través del teléfono.
—Te lo digo yo, sí. Porque tuve la gran suerte de conocer al amor de mi vida —expresé contundente—, y quiero que tú también te des esa oportunidad.
—¿Crees que Xesco no lo era?
—El problema es que sé que sí. Y que lo sigue siendo, da igual cuánto tiempo pase.
—Después de lo que te hizo, de lo que nos hizo, no puedo perdonarlo, Aless, y me parece mentira que seas tú el que lo diga. Deberías odiarlo tanto como yo.
En cierto modo, me enorgullecí de la fortaleza de mi hermana, pero por otra parte aún más amarga, me dio pena que no pudiera abrirse a los demás de una forma sencilla.
Estaba en guardia permanente, siempre alerta.
Veía una segunda intención en todo. Yo le había enseñado a hacerlo, a comportarse así, de esa manera desconfiada y enigmática que atraía tanto a los demás.
Ojalá fuera de otra manera. Ojalá no le hubiera inculcado mi forma de ser, pero no sabía cómo protegerla de otro modo.
—Lo mío ya no tiene remedio y nunca he deseado tu infelicidad. ¿Cómo mejora las cosas que tú sigas culpándote de ello? ¿Me la va a devolver?
Sabía lo culpable que se sentía por haber metido a los Léoni en nuestras vidas, pero la realidad era que la afrenta entre nuestras familias existía desde mucho antes de que nosotros naciéramos.
—Te libraría de ese sufrimiento si pudiera. —Su voz sonaba rota. Ambos lo estábamos—. Cargaría con él sin dudarlo un solo segundo.
—¿Acaso no lo haces ya?
Un profundo suspiro dio por zanjado el tema.
Mi hermana y yo teníamos esa conversación más veces de las que deberíamos y siempre terminábamos con la misma conclusión: nos habíamos metido en un sitio del que no éramos capaces de salir.
Un sitio en el que la oscuridad lo engullía todo sin piedad, incluidos los sentimientos.
—Volveré esta semana —dijo al fin—. Antes quiero hacer una visita a la franquicia de Ostia. Creo que Thiago se está quedando con mercancía, últimamente recibimos menos dinero de su inmobiliaria y tienen el mismo volumen de pedidos, algo no cuadra.
—¿Estás segura?
Thiago Ferruchi era un cincuentón sinvergüenza que dirigía una de las primeras franquicias que abrí hacía ya casi quince años, justo antes de que Bella empezara en el negocio. Tenía un buen volumen de pedidos y pensaba que le iba bien sin necesidad de traicionarnos.
—He comprobado las cuentas varias veces y no tengo ninguna duda.
—Está bien, adviértele, pero sé sutil. No quiero que pierdas más tiempo del debido con él .
—Solo voy a asustarlo un poquito, ya sabes. —Soltó una risita contenida—. Tú lo conoces bien, ¿por qué crees que nos la ha jugado?
—Ese tipo vendería a su propia madre si le hiciera falta, Bel, así que llévate a alguno de nuestros hombres por si acaso. Y cuando termines con él te quiero de vuelta.
—A sus órdenes, capitán.
—Te enviaré un billete.
—Vale, pero ten por seguro que volveré para el parto. Es nuestra sobrina, Aless.
No hacía falta que me lo recordara. Nuestra familia era una extensión de nosotros, por eso sabía que, por mucho que me alejara de Roma, por mucho que lo hiciera Isabella… no podíamos ignorarlos, porque no se puede huir de uno mismo.
—Lo sé… Y Bel —la llamé antes de colgar.
—¿Qué?
—Diviértete por los dos.
Ambos sonreímos a través de la línea.