28 Nada es lo que parece
Unas horas antes.
CÓSOMO
Esa mañana había empezado dando un paseo con Roma por Manhattan. Quería enseñarle mis lugares favoritos, esos que no veías cuando eras turista, porque no se encontraban en un mapa.
Estuvimos tonteando con descaro todo el día y nos habíamos dado muchos besos.
Algunos, estudiados. Otros, improvisados y rápidos.
Igual enredaba sus manos en mi pelo para acercar nuestras bocas, que me daba un pico suave que me sabía a muy poco.
Me tenía encendido y la única forma de apagarme no se podía hacer en público, así que casi me subía por las paredes.
Lo llevé a almorzar a lo alto del Empire State Building y le dije que podíamos entrar un momentito en el baño para hacer guarradas, pero incomprensiblemente se negó. Así que comimos como dos buenos chicos —solo comida—, y continuamos la excursión.
Acabábamos de ver el Skyscraper Museum, con la historia de los rascacielos de Nueva York, entre los que se encontraban algunos de nuestros hoteles, e íbamos camino de la siguiente parada, una de mis favoritas.
—Todavía no habíamos estado por esta zona, es bonita.
—«Bonita» se va a quedar corto cuando veas lo que tengo preparado, ya verás.
Tiré de su mano y nos adentramos en el Battery Park, que era desde donde salía el Ferry hacia Liberty Island. Dejamos atrás el ruido de la ciudad y, cuando ya estábamos llegando al sitio que quería enseñarle, le tapé los ojos.
Maldijo una palabrota y se puso tenso, por lo que decidí susurrarle al oído:
—Confía en mí.
Tragó saliva y asintió. Cada minuto que pasábamos juntos lo notaba más a gusto conmigo y eso me inflaba como un globo. Hacía tiempo que no sentía tanta ilusión por alguien.
—Ábrelos —pedí en cuanto llegamos al límite del parque, donde había un mirador.
—La Estatua de la Libertad.
Un gesto de asombro asomó a través de sus labios. Yo estaba situado detrás de él, con la barbilla apoyada en su hombro, pero me estremeció de tal forma, que rodeé su cintura con mis manos.
—Es impresionante, Cósomo.
—Tú eres impresionante —repetí en su oído.
Se giró, atrapó mi cara entre sus manos y me besó con ímpetu, totalmente desinhibido. Me encantó.
Abrí la boca para corresponderle y su lengua se abrió paso entre mis dientes hasta encontrar la mía. Me pegué más a él y agarré su camiseta con mis manos, cuando el teléfono nos interrumpió.
—Mierda —mascullé sacándomelo del bolsillo.
Antes de descolgar, ya sabía quién era.
—¿Qué pasa, primita?
—¿Dónde estás? Tu amiguito está aquí. —Parecía cabreada y sonreí.
—Tengo muchos amigos, no sé de quién me hablas.
Romano hizo una mueca e intentó separarse de mí, pero no le dejé.
—Álex.
—Estoy con Roma en Manhattan, vamos para allá .
Colgué el teléfono, lo guardé en el bolsillo y tomé la nuca de Romano para volver a pegar mis labios a los suyos.
—¿Dónde te crees que vas? —susurré antes de besarlo de nuevo.
Al principio estaba reticente, pero me correspondió. Me deseaba tanto como yo a él.
—¿Cuántos amiguitos tienes? —dijo celoso.
No estaba acostumbrado a que alguien tuviera esos sentimientos hacia mí. Un cosquilleo recorrió mi estómago.
—Ahora mismo, solo tú —le dije para que se tranquilizara—. Siempre tú, Roma.
Lo besé de nuevo y, esa vez, rodeó mi cabeza con sus manos y me atrajo hacia él sin ceremonias, como si fuera imposible no respirar otro aire que el nuestro. Lamió mi labio inferior antes de separarnos y su sabor se quedó impregnado en mi boca durante el resto del día.
Después fuimos paseando hasta donde había dejado el coche. El picnic que llevaba tendría que esperar.
—¿Sabías que tu hermano estaba con Blake?
Al parecer, todo el cabreo de mi prima venía a que Álex se había presentado en la mansión.
—Sí, esta mañana me pidió que quedara contigo para sacarte de la casa y yo le dije que ya nos habíamos adelantado.
—Me hubiera gustado quedarme contigo anoche.
—Ya casi era de día, quizá en otro momento.
—¿Quizá?
Se encogió de hombros, pero no pudo ocultar su sonrisa.
Le correspondí y conduje con una sola mano al volante el resto del trayecto, pues la otra estaba en su rodilla. Cuando llegamos a la mansión, dejé el coche aparcado en la puerta y entramos para mirar la documentación.
Fruncí el ceño, pero esperé que no se me notara. Romano me miraba, sin embargo, mi prima tonteaba con Álex pensando que nadie se daba cuenta de lo que se traían entre manos .
—Todo en orden, Blake —dije, pero no era verdad. Faltaba la información de Italia.
Habían vivido toda su vida allí, su imperio se creó allí de la nada, eso no podía ser todo, tenía que haber algo más, algo que les hizo huir de allí cagando leches. Algo que no nos estaban contando y que a mí me tenía muy intrigado.
Después de la reunión, le pedí a Roma que se quedara.
—No, aquí no —dije cuando miró hacia las escaleras. Salimos al porche y tiré de él hacia la parte de atrás, donde estaba la piscina. Allí había una casita de invitados que yo utilizaba de vez en cuando.
Le dejé entrar primero, encendí la luz, cerré la puerta y me apoyé en ella.
—¿Traes aquí a todos tus rollos?
—¿Te molestaría si así fuera? —contraataqué con otra pregunta.
—Mucho —afirmó, mirándome directamente a los ojos.
—No tienes por qué estar celoso.
Me acerqué a él, subiendo la mano por debajo de su camiseta, algo que lo hizo estremecer y activó una parte muy sensible de su cuerpo.
—Cósomo… —dijo mientras trazaba pequeños besos por su cuello, haciendo que perdiera la concentración—. Yo no…
—¿Quieres darte una ducha? —Lo interrumpí. Llevábamos casi todo el día de excursión y ambos estábamos cansados.
—¿Contigo? —preguntó casi aterrado.
—Hombre, si me lo dices así, no hay quien se resista.
Sus labios vacilaron cuando los pegué a los míos.
—Cósomo…, yo nunca…
Me separé de él, aunque quedándome a una distancia con la que podía mirarle a los ojos y rozar nuestros labios a la vez.
—¿Intentas decirme que eres virgen?
Después de lo que hicimos la noche anterior, no me lo había parecido, pero era lo que daba a entender su actitud esquiva .
—Bueno, no soy tonto, he explorado mi sexualidad con algún chico del instituto y un par de la universidad, pero nunca he llegado hasta el final.
Se apartó de mí y me dio la espalda. Le rodeé la cintura por detrás y deposité un suave beso en su nuca.
—No tiene nada de malo, lo sabes, ¿verdad?
—La jodida verdad es que me daba vergüenza decirlo en voz alta y no sé por qué. —Rompió el contacto y gesticuló con las manos, alterado—. ¡Tengo dieciocho años y tú diecinueve! Tampoco tendrás mucha más experiencia que yo, ¿no?
«Si él supiera…».
—No tenemos que hacer nada hoy, Roma.
—¿Así de fácil? —Frunció el ceño—. ¿Dónde está el truco?
Negué con la cabeza, aunque lo que menos me apetecía en ese momento era sonreír. El miedo que veía en sus ojos no me gustaba en absoluto.
—¿Y por qué no puede ser así de fácil?
Tragó saliva y yo me humedecí los labios en respuesta. No sabía la vida que habían tenido los Cabante antes de venir a Nueva York, pero no tuve la menor duda de que no había sido tan fácil como había imaginado en un primer momento, y no solo porque aún no había recibido contestación.
Roma me miraba con recelo. Apenas nos conocíamos, pero yo no deseaba hacer otra cosa que demostrarle que merecía la pena confiar.
Eso era para mí el sexo, confianza plena en el otro.
La suficiente como para no pensar en nada más que en dejarse llevar, disfrutar y sentir, pasara lo que pasase.
Aquí y ahora. Tal vez para siempre, aunque ese «para siempre» durara solo un minuto.
—Lo he pasado muy mal muchas veces por este tema, Cósomo. —Se sentó en la cama y yo lo hice a su lado—. Incluso teniendo el apoyo de mis hermanos, los niños se metían conmigo en el colegio .
Deslicé una mano por su espalda. Quería servirle de consuelo, pero entendía su situación. El rechazo que les causaba a algunas personas ver a dos hombres besándose o cogidos de la mano era totalmente irracional y absurdo.
—Hay gente así de mala, Roma —y luego nos llamaban crueles a los mafiosos—. Pero también hay mucha gente buena en el mundo, personas que no se van a burlar de quién eres, simplemente por el hecho de serlo.
—Un chico me engañó para… —Su voz sonaba herida, aunque no había derramado ni una sola lágrima—. Creía que él sentía lo mismo que yo, pero me humilló delante de todo el mundo. Después de eso, me tomo muy en serio las relaciones, aunque solo sean algo pasajero.
—Espero que tus hermanos y tú le dierais una buena paliza a ese impresentable. —Joder, hasta yo quería matarlo con mis propias manos.
—Se llevó su merecido, pero el daño ya estaba hecho.
Lo entendía perfectamente, aunque a mí nunca me había ocurrido.
—Me encantaría partirle la cara ahora mismo, para darle un recordatorio.
Roma me miró, aguantando una sonrisa, y me henchí de orgullo por haber sido capaz de sacarle aunque fuera eso.
—Desde pequeño me han enseñado a estar orgulloso de quién soy —le dije.
—Allí te hace menos hombre.
—¿Por qué?
Se quedó sin argumentos que dar. No los había.
—¡A la mierda, Roma! No dejas de ser un hombre porque te guste otro.
Agachó la cabeza.
—Ojalá la gente pensara como tú .
—Amor. —Era la primera vez que lo llamaba así y no estaba seguro de por qué lo hice. Solo sentí la necesidad de hacerlo—. ¿No te vale con que lo piense yo?
—Ni siquiera sé qué significa que tú lo hagas.
Cogí su mentón entre mis manos y le alcé la cabeza para que me mirara a los ojos.
—Escúchame bien: me gustas. Como persona.
Como hombre. La atracción que siento por ti es tan brutal, tan primitiva, que solo podría explicarla demostrándotelo, pues estoy seguro de que no lograría expresarla con palabras y por ese motivo esperaré hasta que estés preparado. Solo dime, ¿quieres tú lo mismo?
Y no lo dije simplemente para que se sintiera mejor, iba completamente en serio.
No me había enamorado en un instante, quizá incluso estaba lejos de ello y esa atracción que sentía por él se consumiera tan pronto como había aparecido, porque era verdad que ninguna de mis relaciones solía cuajar por más empeño que pusiera.
Los chicos no aguantaban mi impulsividad ni mis comentarios salidos de tono.
Y si el chico en cuestión era igual que yo, no hacíamos más que cometer una locura tras otra como dos kamikazes.
Blake siempre me decía que necesitaba a alguien que sujetara mis riendas en la medida justa para sentirme libre y eso era realmente difícil de encontrar.
—Sí. —El susurro de su voz apenas fue audible—. Mis hermanos siempre me han dicho que debo dar rienda suelta a mis sentimientos, que no me encierre entre mis muros.
—¿Y qué te piden esos sentimientos ahora?
—Volar.
Se lanzó a devorar mi boca como si fuera agua y él tuviera mucha sed.
Nos abandonamos a los besos, a las sensaciones que estos nos transmitían, exploramos nuestros cuerpos y llegamos hasta donde ambos nos sentimos cómodos.
Era un buen primer paso. Uno que me alejó de la pregunta que le quería hacer, pero que no consiguió que la olvidara.
Al contrario, mi cabeza no dejaba de repetir: ¿qué había ocurrido en Roma? ¿Cuántas cosas nos estaban ocultando? ¿Quiénes eran realmente los Cabante?