27 En sus manos
BLAKE
El tiempo era relativo. No dejaba de pensar en ello y cada vez estaba más convencida. Porque lo que para mí había supuesto una noche interminable, horas eternas envueltas en minutos sin fin, para mi primo había sido un suspiro y no podía reprochárselo.
Si quería estar con el Cabante, no era cosa mía negarle esa felicidad, por mucho que odiara encontrarme con Álex a cada paso que dábamos.
Ese chico me tenía totalmente confundida, las cosas con él iban siempre un nivel más allá en intensidad, en pasión.
Cada vez que recordaba sus dedos dentro de mí, mi cuerpo latía pidiendo más.
Me gustaba y me asustaba lo que había conocido de él hasta el momento, pero todavía me quedaba mucho por descubrir.
Álex resultaba un enigma y una parte de mí estaba deseando descifrarlo, mientras la otra me decía que huyera sin mirar atrás.
Estaba desayunando, cuando Giordano entró en el comedor. Tenía mala cara, bueno, imaginé que parecida a la mía en ese momento. Había intentado dormir sabiendo que me sería imposible y, después de mi conversación con Cósomo, terminé por descartarlo y me propuse adelantar trabajo.
—Hola, primita. —Me dio un beso en la cabeza y se sentó a mi lado.
—Buenos días. —Lo miré mientras Rory le servía el café. Estaba claro que necesitábamos terapia—. ¿Qué te pasa ?
Apoyó los codos en la mesa y la cabeza en las palmas de las manos.
—Ayer estuve con Martia en la discoteca.
—Sí, lo sé. —Di un sorbo a mi taza—. ¿Aún no lo habéis arreglado?
—Es muy difícil, Blake. —Negó con la cabeza, todavía sin mirarme—. Esa tía me vuelve loco.
Puse una mano en su espalda y le acaricié el cuello.
—¿Por qué no la dejas, cariño?
Cósomo y yo llevábamos tiempo diciéndole que debía terminar aquello. Su relación era tóxica y estaba claro que no le hacía feliz. Su imagen era la de un hombre atormentado.
—Porque la quiero. —Levantó la cabeza y me miró fijamente—. No sé qué me ha hecho, pero no puedo estar sin ella.
Alcé las cejas.
—Con ella tampoco, por lo visto —bufé—. ¿Dónde está el problema?
—Quiere más —dijo exhalando un suspiro.
Me encogí de hombros.
—Pues dáselo.
Me miró como si me hubieran salido dos cabezas. ¿Atarse él? Debía estar loca para proponérselo.
—No quiero renunciar a mi independencia, primita. Hay muchos peces en el mar.
Volví a mi desayuno, aunque casi se me habían quitado las ganas. Adoraba a mi primo, pero no entendía que se quejara por tenerlo todo.
—Eres idiota —le espeté.
Se levantó sin haber probado siquiera su café, cogió mi cara entre sus manos y me miró a los ojos, como si estuviera buscando una respuesta en ellos.
—Lo sé. —Se quedó callado un segundo, casi hablando más para él mismo que para mí—. Lo sé —repitió—. Salgo a correr.
—¿Quieres que te acompañe ?
Nos gustaba perdernos por nuestro barrio hasta llegar a Central Park, un pulmón en medio de la ciudad en el que parecíamos poder respirar mejor. Hacer deporte nos desestresaba a ambos.
—Prefiero estar solo, necesito pensar. Luego nos vemos.
No entendí de qué tenía tanto miedo, pero quise respetar su silencio. Mi primo decía más con lo que callaba.
Pasé el resto de la mañana revisando las cifras que devolvían nuestros negocios. Vasile se estaba poniendo al día poco a poco, lo que me aportaba algo de paz. Era un hombre mayor y odiaría tener que causarle algún daño.
—Señorita —me distrajo Rory—, hay un chico en la puerta que pregunta por su primo Cósomo o por usted.
Fruncí el ceño.
—¿Te ha dicho quién es?
—Me ha dicho que se llama Álex.
Me puse nerviosa al instante, pero no dejaría que nadie lo notara.
—Bien, llévalo a la sala de reuniones y avisa a Cósomo, por favor.
—Ahora mismo, señorita.
—Gracias, Rory.
Seguramente habría venido para entregarnos la documentación, pero no me fiaba. Tenía la impresión de que Alessandro Cabante no daba puntada sin hilo y estaba convencida de que detrás de esa visita había un propósito aún por descubrir. Por suerte, me encantaban los rompecabezas.