26 El amor es un arte
CÓSOMO
Desde que nos conocimos, Roma y yo nos habíamos separado apenas una hora, que fue lo que tardé en ir a mi casa a cambiarme de ropa cuando propuso la salida al Lumière.
Una vez allí, nos divertimos, nos reímos. Flotábamos en una nube de alcohol, aunque de lo que en realidad estábamos borrachos era de ganas.
—¿Por qué te saluda todo el mundo? —me preguntó al entrar.
—Vengo mucho por aquí… La discoteca es nuestra.
Se quedó parado en mitad de la pista, atónito.
—¿En serio? ¿Por qué no me lo contaste cuando te invité?
—¿Y qué gracia hubiera tenido eso? Además, no me gusta presumir.
—Cualquiera lo diría —se burló.
Le hacían gracia mis comentarios salidos de tono y a mí me excitaba demasiado esa familiaridad que se estaba gestando entre nosotros.
Tiré de su mano y subimos así a los reservados, como si fuera lo más natural del mundo. Pedí que nos trajeran una botella de ron, cuando se fueron uniendo nuestros amigos.
Me gustó presentárselo a Blake, que se conocieran. Los Cabante me habían caído bien, parecían buenas personas, dentro de la vida que habíamos elegido vivir. Aunque realmente no sabía si para ellos también había sido una elección .
La mafia de Nueva York no tenía nada que ver con la de Roma. Yo sabía que podía haberme distanciado de ella, pues los negocios estaban seguros con Blake y Giordano. Ellos eran los mayores de cada matrimonio y los que sí debían hacerse cargo del legado de nuestros padres y abuelos.
Pero a mí siempre me había gustado este estilo de vida.
Por eso, hacía un año, cuando cumplí los dieciocho, todo el mundo dio por hecho que las cosas iban a continuar tal y como estaban y yo no los contradije.
Sabía los riesgos, pero en ese momento ganaba más de lo que perdía.
Y continuaba pensando lo mismo. Quizá cambiara de opinión a los veintiuno o al día siguiente, aunque lo dudaba bastante.
Giordano y Martia se estaban haciendo carantoñas a nuestro lado cuando aparecieron los chicos.
Les presenté a Roma, que los saludó algo reticente, pero el malestar que se respiraba en el ambiente no parecía tener nada que ver con él.
La mirada hostil que Fredo le estaba lanzando a Giordano era insondable.
Mi hermano se puso de pie y yo lo hice con él, preparado para separarlos o para ser el primero en dar el golpe, me daba igual. De lo que estaba seguro era de que a Giordano no le iban a tocar un pelo delante de mí.
—¿Qué coño quieres, Fredo?
—Quiero lo que tú no sabes apreciar —dijo acercándose mucho a él.
—¿Y tú que cojones sabes si la aprecio o no?
Me situé entre ellos.
—Que corra el aire.
—No te la mereces —le dijo Fredo esquivando mi cabeza.
—¿Acaso sabes lo que siento?
—Sé lo que veo, y es a alguien infeliz.
Miré a Martia, que parecía abatida. No sabía hasta qué punto las cosas eran como Fredo las describía.
—No te metas donde no te llaman —amenazó Giordano .
—Ya es suficiente. —Empujé a Fredo hacia Elio—. Llévate a tu hermano de aquí hasta que se calme.
Elio asintió, entendiendo que como aquello fuera a más no habría vuelta atrás.
—Vamos a la barra. —Pasó una mano por su hombro y se marcharon. Matteo fue con ellos.
Martia y Giordano salieron a hablar. John y Carrick estaban a unos metros de nosotros, seguramente discutiendo lo ocurrido.
—Me encanta este sitio: buena música y espectáculo.
No pude evitar reírme. Los ojos de Roma brillaban con la luz que salía de los focos del techo. Era espectacular.
—Los gogós y la música en vivo fueron idea mía. Las peleas no —continué bromeando.
Él puso la mano en mi hombro para hablarme al oído. Yo la coloqué en su cintura.
—¿Cuántas ideas más guardas en esta cajita de sorpresas? —Me señaló la sien.
—¿Quieres averiguarlas?
Estábamos muy cerca y, aprovechando la intimidad que nos envolvía, me besó. Metió su lengua en mi boca sin timidez alguna y yo me uní a él, moviéndola al compás que marcaba. Su sabor era increíble. Él lo era.
Lamenté que tuviéramos que separarnos cuando los demás entraron. Deseaba tenerlo a solas. Quizá esa misma noche pudiera.
—¿Cuál es su historia?
Seguí su mirada, que apuntaba a John y Blake. Él tenía el brazo alrededor de su hombro.
—Rompieron hace poco. John no es la persona correcta para Blake, todos lo sabíamos, pero nos callábamos porque era ella quien tenía que decidirlo.
—Parece que siguen llevándose bastante bien .
—No puede ser de otra forma, nuestras familias están hermanadas, tenemos muchos negocios en común.
—Entiendo. A ver si espabilan esos dos —me dijo señalando con la cabeza a Álex y a Blake. Estaban separados por la mesa, pero no dejaban de mirarse alternativamente.
—¿Tú también te has dado cuenta?
—Como para no hacerlo. Mi hermano no piensa en otra cosa.
Sonreí al escuchar que mi prima era correspondida. Estaba claro que se gustaban.
—Blake no está acostumbrada a que le lleven la contraria, puede que sea eso lo que más le ha llamado la atención de él, y que está bueno, por supuesto.
—¿Te gusta mi hermano?
—No tanto como tú —le aclaré—, pero tengo ojos en la cara.
—Álex no ha mostrado interés por nadie nunca. No así, al menos. Ha tenido rollos más o menos estables, pero para cubrir necesidades, no por amor.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Has tenido muchos rollos?
—No tantos, no te creas. Soy muy exigente a la hora de meter a un chico en mi cama —explicó lamiéndose los labios.
Dios, me tenía a mil por hora. Coloqué una mano en su pierna y le acaricié de arriba abajo, hasta la ingle y vuelta a empezar.
—Cósomo —exhaló mi nombre en forma de suspiro y quise acercar mis labios a los suyos de nuevo, pero me frenó—. Aquí no.
Tragué saliva y asentí. No pregunté por qué, no era necesario. Respetaría sus tiempos. También sus silencios.
Al cabo de un rato, prácticamente nos habíamos quedado solos en el reservado.
Cuando vi a Álex ir tras Blake, supe que habría problemas.
Ella no era como yo. No se sentía libre para atarse a una relación.
De John no había estado enamorada, lo que le resultaba cómodo para centrarse en los estudios o en los negocios.
No era el tipo de persona que dejaba espacio al amor porque eso le quitaba visión.
En cuanto a Giordano, estaba seguro de que andaría por alguna parte enrollándose con Martia. Esperaba que hubieran hecho las paces y, sobre todo, que hubieran podido hablar de lo que sea que se estuviera interponiendo entre ellos.
—Tu prima y tu hermano se han ido —murmuró Romano pegado a mi boca.
—Tus hermanos también.
—Yo no quiero irme.
—Yo tampoco.
La oscuridad nos envolvía. Nuestros rostros, solo iluminados por las luces de neón que se paseaban por la sala, estaban sedientos de lujuria.
—¿Me dejas? —Puse mis manos en su pantalón, más que dispuesto a desabrocharle el botón. Las cosas estaban subiendo de tono, pero me había frenado antes, así que no quería precipitarme.
—¿No vendrá nadie?
Entendí que no quisiera tener público, así que cogí el móvil y le puse un mensaje al de seguridad para que no dejara pasar a nadie.
—Listo, estamos a salvo de mirones.
Roma paseó la mirada sobre la muchedumbre que se congregaba en la planta baja. Habría unas cien personas dándolo todo y ni una sola de ellas sabía lo que iba a ocurrir en aquel reservado.
—No pueden vernos —lo tranquilicé.
Él se echó hacia atrás, permitiéndome sacar su erección de los calzoncillos.
Lo besé con ganas, antes de echarme saliva en la mano y moverla de arriba abajo por su polla, que palpitaba a mi paso.
Su cara merecía un puto poema, pero a mí en ese momento no me salían las palabras.
Lo que en realidad quería era atraparlo con la boca y darle placer con la lengua, así que lo hice.
Acerqué mi boca a su glande y lamí la punta con delicadeza. Roma levantó las caderas, inquieto, y agarró mi cabeza con su mano, instándome a comérmelo entero.
Tomé la base con una mano y lo introduje entero en la boca, hasta que chocó con mi garganta. Lo succioné una y otra vez sin descanso. Sus jadeos me ponían cachondísimo y lo único que anhelaba era darle más placer del que hubiera sentido en toda su vida. El mismo que estaba sintiendo yo.
Me desabroché el pantalón con la otra mano y cogí mi erección, acompasando los movimientos con la boca.
—Joder.
Los ojos de Roma estaban puestos en mi mano. Sus caderas comenzaron a moverse y fue él quien se folló mi boca mientras yo continuaba dándome placer con la mano. Cuando noté el líquido invadir mi garganta, me dejé ir también sobre el asiento.
—La que hemos liado —dijo acariciando mi frente, de donde retiró unos mechones rebeldes.
Subí hasta sus labios y los besé con ternura.
—¿Estás bien?
—De puta madre —suspiró—. ¿Y tú?
—Más relajado de lo que recordaba en meses.
Cogí unas servilletas y limpié aquel desastre. Luego me abroché el pantalón. Roma hizo lo mismo.
—¿Quieres una copa?
—Quiero que esta noche no acabe nunca.
Lo besé de nuevo más de una vez. Bebimos mucho. Nos tanteamos hasta los límites que marcaba el otro y, cuando la discoteca cerró, me ofrecí a acompañarlo a casa, pero al parecer, Bass seguía por allí.
—¿Nos vemos mañana?
—Me encantaría .
Miré el reloj, eran las seis de la mañana. Le di un beso y musité contra sus labios:
—Te recojo en tu casa en unas horas.
Cuando volví a la mansión ya estaba amaneciendo. Blake estaba sentada en las escaleras, desmaquillada y con el pijama puesto.
—¡Me has dado un susto de muerte!
—¿De dónde vienes a estas horas?
—De la discoteca.
—De estar con Romano, supongo.
—Supones bien.
Me senté en el escalón a su lado.
—¿Qué has visto en ese chico?
—¿Lo has mirado bien?
Ella hizo una mueca.
—Sé que has tenido que ver algo más que un físico cuando traes el cuello de esa guisa. —Me señaló y fui corriendo a mirarme en el espejo de la entrada.
¡Mierda! Me había hecho un chupetón de los grandes. Tendría que taparlo para que mi madre no lo viera. Cualquiera la aguantaba. Para ella, sus hijos no tenían sexo.
—Me gusta, Blake. Me atrae y me pone. No tengo motivos para no ver hacia dónde nos lleva eso.
Entornó la mirada.
—Lo conoces desde hace cinco minutos.
—El amor no entiende de tiempo. Tú no te has enamorado de John ni en toda una vida. —Eso no me lo podía discutir.
—Pequeño sabiondo —espetó aún inquieta—. Todavía no sé si me fio de ellos.
—Vamos, Blake. Tu intuición rara vez falla. Si no confiaras en ellos, no habrías hecho un pacto.
—No fue una decisión personal sino profesional. Era lo mejor para las familias .
—Tienes el poder de hacer cambiar de opinión a la gente y podrías haber conseguido argumentos sólidos sin problemas, pero no quieres porque sientes algo por Álex, aunque solo sea atracción.
No quieres alejarlo de ti porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien hace que sientas algo aquí —le señalé el corazón—, algo más que cariño, y no eres capaz de admitirlo.
—¡Es que no es verdad! Es un prepotente, no lo soporto.
—En serio, Blake, ¿qué te pasa con él?
Suspiró con fastidio.
—Hace que deje de pensar con la cabeza. No puedo bajar tanto la guardia, Cósomo.
—¿De verdad crees que merece la pena perderte eso? ¿Y por qué? ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Chasqueó la lengua.
—Si lo dejo entrar… no habrá vuelta atrás, Cos. No sé si estoy preparada para darle a otra persona una parte de mí.
—Creo que este de aquí ya lo ha hecho. —Le señalé el pecho. Se quedó en silencio—. ¿Te imaginas que acabamos siendo primos y cuñados? —dije para hacerla reír y puso los ojos en blanco. ¡Esa era mi Blake!
—Esta noche ha tonteado con otras en mi cara mientras me miraba.
—¿Y tú qué has hecho con John?
—¡Yo no he tonteado con él!
—Ha tenido el brazo encima de ti más tiempo del que se considera aceptable para ser solo amigos y no lo has apartado.
—Es distinto, nos conocemos de toda la vida, tenemos esa confianza.
—¿Y eso lo hace menos doloroso para los demás? A ese chico le gustas, Blake. Tanto como él a ti.
—No digas tonterías.
—¿Por qué finges lo contrario? Es impropio de ti.
Mi prima era la persona más sincera y directa que conocía, pero me daba la sensación de que si lo admitía en voz alta sería una realidad al fin, y como ella misma había dicho, no estaba preparada para ello, por eso no quise insistir cuando se levantó de la escalera y habló, ignorando mi pregunta.
—Tú solo… ten cuidado.