25 Camino a la perdición
ÁLEX
—¡Hostia puta, joder! —Di una patada a la misma pared en la que minutos antes había follado a Blake con los dedos, y ni eso me sirvió para descargar la rabia. Por suerte, llevaba las botas de punta de acero, porque si no me hubiera hecho un daño de cojones.
Noté que alguien se colocaba a mi lado. Era Bass.
—Llevo un rato buscándote.
—Pues ya me has encontrado —le contesté de mala gana.
—Estás jodido, ¿eh?
—No sé de qué me hablas, capullo.
—Vamos, te conozco mejor que tú mismo. Te has enrollado con mil chicas y nunca te he visto así con ninguna.
—¿Cuánto has visto? —Lo miré suspicaz.
Hizo un gesto tranquilizador con la mano.
—Poco, no tenía intención de ver a mi hermanito hacer guarradas.
—Compuso una mueca que casi me hizo reír—.
Me he quedado haciendo guardia al principio de la calle para que no os pillara nadie y os denunciaran por exhibicionismo.
¿Qué te pasa con esa tía? —me preguntó poniendo una mano en mi hombro en señal de apoyo.
—Ni yo mismo lo sé —podía negar lo evidente, pero a él no iba a engañarlo .
Era preciosa, a pesar de su constante actitud defensiva. Quizá incluso por ella. Y esa noche llevaba un vestido que marcaba cada curva de su silueta y provocaba en mí un fuego abrasador.
Era la única mujer que me había plantado cara en mucho tiempo, exceptuando a Bella, Livia y Julia, que eran mi familia. Rara vez se despertaba en mí ese sentimiento de admiración por alguien, algo que jamás admitiría ante ellas, porque cualquiera las aguantaría después.
¡Mierda! Mis peores temores se habían confirmado: lo que me atraía de Blake iba mucho más allá de su físico. ¡Me gustaba! Tenía que irme de allí.
—Me largo.
—Ah, no. Ni de coña. Roma quiere pasar tiempo con Cósomo y, si sabe que estás mal, vendría con nosotros.
—¿A ti quién te ha invitado a acompañarme? ¡Quiero estar solo, joder!
—Somos un equipo, compañero. De mí no te libras ni con agua caliente —bromeó y lo miré con cara de pocos amigos—. Además, me lo debes por el cristal de mi pequeña —dijo refiriéndose al Ferrari.
—Eso no fue culpa mía y pagué el arreglo, que me costó un ojo de la cara, por cierto, así que estamos en paz.
Las piezas de ese coche tenían un coste astronómico, pero mi hermano quiso darse el capricho. Para él, pasar desapercibido era una misión imposible.
—Oye, por mucho que te alejes, tus pensamientos te acompañarán vayas donde vayas. Esa chica se ha metido en tu cabeza y cuando eso ocurre, ya no la puedes sacar.
—No. Aquí el único puto problema es cómo reacciona mi cuerpo cuando la ve, ¡yo ni siquiera quiero!
Apenas nos conocíamos, por eso no entendía por qué cojones me sentía de esa forma. ¿Por qué me importaba siquiera? ¿En qué momento había caído como un gilipollas? No llegaba a comprenderlo. Ni siquiera me había dado cuenta y eso era lo que más cagado me tenía, no ser capaz de controlarlo.
Me pasé una mano por la cara y me froté los ojos, como si con eso pudiera eliminar la sensación que tanto me molestaba.
—Admitirlo es el primer paso para solucionarlo —afirmó como si Blake fuera mi droga.
—Vale, sí, ¡me gusta! ¿Contento?
Sonrió. Lo fulminé con la mirada.
—Te pone, te lo dije.
—Sí y no debería. Es una descarada arrogante.
—Sois demasiado parecidos, es normal que choquéis como dos trenes de mercancías.
Y, al parecer, yo estaba deseando tener un accidente.
Chasqueé la lengua. Lo peor era que nunca me había sentido como en ese momento. Nunca me había topado con una persona que reuniera las cualidades que me atraían: belleza, inteligencia, perspicacia. Y en Blake todo parecía encajar a la perfección.
Si sentía por mí una mínima parte del deseo que yo empezaba a sentir por ella, entendía por qué no me dejaba entrar. Ambos estábamos muy jodidos.