24 Encuentros
BLAKE
—Quiero bailar hasta que me duelan los pies —dijo Fiorella.
—¿No te duelen ya? No sé cómo puedes andar con esos taconazos de aguja —comentó Zia.
—Blake los lleva igual de altos y tampoco se queja.
Todas me miraron los pies, vestidos con unos Jimmy Choo rojos de veinticinco centímetros, a juego con mis labios.
—Es como si no llevara nada.
—TermiBlake es de acero.
Solté una carcajada, les encantaba gastarme bromas. Otras veces me llamaban Blakenator. En fin, en el fondo no dejábamos de ser unas crías que apenas acababan de entrar en la veintena.
—Tú es que eres muy blandita, Zia.
—Yo tampoco los aguantaría —dijo Martia.
—Será el gen Lorenzzo —resolvió su hermana y todas nos reímos .
—Vera, ¿estás bien? —le pregunté. Era una chica bastante seria, pero estaba más callada que de costumbre.
—Sí, dándole vueltas a la cabeza.
—Pensando en Fredo, ¿eh? —Zia le dio un codazo con una sonrisa burlona.
—Ese juega en otra liga.
Martia y ella se miraron y la primera agachó la cabeza. Supe lo que estaba pasando antes de que Zia hablara por sus hermanas.
—Fredo se pasó el otro día por casa y le pidió una cita a Martia.
Entorné la mirada.
—Sabe perfectamente que estás con mi primo.
Todos en nuestro grupo estaban al tanto de quién salía con quién, aunque solo fueran un rollo.
—Y si no lo sabía, Martia se encargó de dejárselo bien clarito.
—Aun así, ¿realmente estoy con Giordano? Porque la mayor parte del tiempo ni siquiera sé en qué piensa.
—Habla con él y aclarad las cosas. —Le cogí la mano y le di un apretón cariñoso—. No podéis seguir así, os estáis haciendo daño.
Martia era demasiado buena con mi primo y él, un cabezota. Esperaba que resolvieran sus diferencias pronto.
Diez minutos después entramos en la discoteca y nos encaminamos a los reservados. Mis primos estaban sentados en uno de ellos con un chico que reconocí como el menor de los Cabante. ¿Qué hacían juntos? ¿Estaría Álex allí?
—¡Hola! —Di un saludo general y las chicas hicieron lo mismo.
Martia se quedó hablando con Giordano.
—Este es Romano Cabante —nos presentó Cósomo.
Se levantó y me ofreció la mano, que apreté con decisión. La mirada de Romano, tan igual y a la vez tan distinta de la de Álex, no dejaba de escrutarme .
—Encantada, soy Blake.
De cerca se parecía mucho a su hermano, incluso en la sonrisa. Aunque era sincera, no solía llegarle a los ojos, como si hubiera algo que no los dejara ser felices del todo.
—¿De qué os conocéis vosotros dos?
—A través de Álex —contestó mi primo de forma natural. «¿A qué venía esa repentina amistad?»—. He estado en su casa esta tarde. Voy a ayudarle con algunas cosas.
Así que esa era la llamada que había recibido…
—Cósomo, sé que te apuntas a un bombardeo, pero tenemos trabajo —le recordé. No sabía si me gustaba que mi primo estuviera tan cerca de un Cabante.
—Lo sé, primita, pero yo puedo con todo. —Me dio un beso en la mejilla y llamó al camarero para que pidiéramos nuestras bebidas, dando por zanjada la conversación. Estaba claro que no iba a cambiar de idea.
—¿Y tú a qué te dedicas? —le pregunté a Romano, para conocerlo un poco mejor—. Aparte de lo obvio, quiero decir.
—Se me dan muy bien los ordenadores y me gustaría retomar la carrera de Telecomunicaciones aquí.
—Yo voy a Columbia, podríamos ir juntos —comentó Cósomo ilusionado.
—Aún no sé si voy a poder. —Se encogió de hombros—. Todavía estamos asentándonos.
Romano sonaba reticente, como si hubiera algo que de alguna forma lo retuviera de mostrar todas sus cartas.
—Tienes todo el verano para pensarlo —apunté yo.
—Conocemos a alguien en admisiones, así que no habrá problema cuando te decidas. —Sonrió mi primo apretándole el muslo y él le dedicó una mueca contenida, aunque no rechazó el contacto. Cósomo se giró hacia mí sin levantar la mano de su pierna—. ¿Y a ti cómo te ha ido esta tarde?
—Bien, hice la visita que te comenté —hablé en clave—, y ya está todo solucionado .
Gianno me había escrito un mensaje dándome el Ok al trabajo que le había encargado. El tipo del hotel estaría tirado en alguna cuneta del peor barrio de Nueva York, luchando por su vida.
Después de un rato, las chicas y yo nos fuimos a la pista. Había hablado un poco con Romano y tenía que admitir que parecía buen chico. Además, estaba claro que a mi primo le interesaba, así que decidí dejarles un poco de intimidad. Giordano y Martia también desaparecieron.
Estábamos bailando Pepas , de Farruko, cuando alguien tiró de mí. Era Álex y venía acompañado de su otro hermano, Sebastian.
—Volvemos a vernos.
—¿Qué haces aquí? —le pregunté cuando el impacto de su presencia me dejó hablar.
Estaba imponente y yo no era una persona que se quedara sin palabras, por lo que describirlo con propiedad podría llevarme toda la noche.
Con unos vaqueros gastados, que estaba segura de que le hacían un culo de muerte, y una camisa negra que definía sus músculos, Álex me miraba con unos ojos tan azules como los recordaba.
Llevaba el pelo, también negro, calculadoramente despeinado y tan sexi que comencé a notar una quemazón bajo mi vientre.
Sus labios dibujaron una sonrisa que hizo que me derritiera, pero no iba a mostrárselo.
—¿Cómo que qué hago aquí? —preguntó en mi oído para hacerse oír sobre la música—. Yo he invitado a tu primo.
Lo miré divertida.
—¿Has invitado a Cósomo a su propia discoteca? —Le di una palmada en el hombro—. Bien hecho, genio.
—¿Es vuestra? —preguntó confuso.
Alcé las cejas. El Lumière estaba en el Lower Manhattan, que era la parte más al sur de la isla, pero, al fin y al cabo, toda Manhattan nos pertenecía.
Si habíamos hecho un trato preferente con el anterior dueño era porque nos interesaba la localización: conectaba con Jersey a través de sus zonas costeras, donde teníamos un almacén para guardar la mercancía.
—Sí, es uno de nuestros negocios. —Me crucé de brazos—. ¿No lo sabías?
—Tendría que haberlo imaginado —comentó distraído—. Está en tu zona.
Vaya, sabía casi tanto de nosotros como nosotros de ellos. Eso no me gustaba.
—Veo que no soy la única que ha hecho los deberes.
—Me gusta saber con quién trato.
Eso me recordó el asunto que teníamos pendiente.
—Cósomo me ha dicho que ha estado esta tarde en tu casa, ¿le has dado la información que te pidió?
—Mañana. No hablemos de eso ahora.
No sabía si lo hacía para distraerme, pero en ese momento no me importaba. Ya retomaríamos la conversación más adelante. Sería una oportunidad más para verle.
—Baila conmigo —pidió.
Dudé un poco, pero le dije que sí y nos fuimos juntos a un lado de la pista.
—Solo porque me gusta esta canción.
La música era rápida. En ese momento estaba sonando Despacito , de Luis Fonsi con Daddy Yankee y Justin Bieber, cortesía del DJ latino que teníamos esa noche.
—«Despacito, quiero respirar tu cuello despacito, deja que te diga cosas al oído para que te acuerdes si no estás conmigo...» —cantó en mi oído y me estremecí. Estaba recitando la letra.
Álex se frotaba contra mí, metódico, sensual, tocando las teclas perfectas para provocarme. Mis manos se posaron en sus caderas, para contener el movimiento.
—«Despacito. Quiero desnudarte a besos despacito. Firmo en las paredes de tu laberinto. Y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito…» .
Su aliento acariciaba mis labios, que estaban ardiendo. Era increíble lo que esas palabras lograban hacerle a mi cuerpo. Agarró mi nuca y me miró a los ojos.
—«Quiero ver bailar tu pelo, quiero ser tu ritmo, que le enseñes a mi boca tus lugares favoritos…». —No podía más. Me di la vuelta para no besarle, lo que fue aún peor, porque noté su erección contra mi culo. Estallé en llamas.
—«Déjame sobrepasar tus zonas de peligro, hasta provocar tus gritos y que olvides tu apellido…
». —Colocó las manos en mi cintura y aspiró el olor de mi pelo, antes de retirarlo hacia mi otro hombro.
Besó mi cuello y, sin ceremonias, se dispuso a pasar su lengua por ese punto tan sensible que escondía detrás de la oreja, consiguiendo llevarme exactamente donde él quería.
Era más de lo que yo podía soportar sin mandarlo todo a la mierda y terminar haciendo alguna tontería, algo que no podía permitirme, pues John llegaría en cualquier momento. Tenía que salir de allí.
Lo empujé, apartándolo de mí, y corrí en dirección a la salida trasera. Allí estaba Megan, una de las camareras, fumándose un cigarro. Le pedí uno. Si había un momento para fumar, era ese.
Álex salió detrás y se quedó mirándome sin decir nada.
Era intimidante. Sus espectaculares ojos se deslizaban por mi cuerpo sin ningún pudor y, en un instante, lo tuve delante de mí, cogiendo el pitillo de entre mis dedos y dándole una calada profunda.
Yo lo miré con una mezcla de timidez y descaro, deseando ser el humo que se metía bajo su piel.
—He aguantado todo lo que he podido, pero estoy deseando besarte de una jodida de vez.
Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó antes de volver a clavar sus intensos ojos en los míos. El deseo que había en ellos era abrumador.
—Eso dice muy poco de tu autocontrol, no has aguantado ni una canción .
—¿Acaso tú no estás igual que yo? —Dio un paso en mi dirección—. ¿Deseando eliminar la maldita distancia que nos separa?
—Te dije que no iba a volver a pasar.
—¿Qué ocurre, Blake? ¿Por qué te resistes? —Puso su mano en mi mejilla y la acarició con una dulzura exquisita. Cerré los ojos ante su cálido contacto—. Sé que quieres esto tanto como yo.
Cuando por fin los abrí de nuevo, en los suyos encontré determinación.
Me mordí el labio intentando acallar mis latidos acelerados, dándole vueltas a todo: a lo que estábamos haciendo, a lo que estaba sintiendo, a cómo acabaría cualquier cosa que hubiera entre nosotros, y ¡sorpresa!
Encontré mil motivos para no estar juntos y solo uno para hacerlo, pero era uno muy poderoso.
—¡A la mierda!
Me abalancé sobre él, que me recibió con los brazos abiertos. Rodeé su cintura con las piernas y me apoyó contra la pared. Su centro palpitaba contra el mío con un ansia incontrolable. Lo necesitaba dentro de mí. En ese momento, lo anhelaba tanto como respirar.
Sus embestidas contra mi boca eran salvajes y contradecían a las suaves caricias que proporcionaba a mi pezón por encima de la tela. Álex sabía cómo torturar a una persona, lo estaba demostrando.
Cuando metió la mano entre nuestros cuerpos, y vi que se dirigía bajo mi vestido, supe que estaba perdida.
Hizo a un lado mis braguitas y comprobó mi humedad.
Una sonrisa descarada apareció en su rostro.
Puse los ojos en blanco, pero tuve que tragar saliva cuando dos de sus dedos se adentraron en mi interior decididos.
—Eres jodidamente sexi —dijo antes de volver a estrellar sus labios contra los míos .
Mis caderas acompañaban sus movimientos y, cuando me metió tres dedos, vi el mundo arder.
—Ahhh… joder —gemí, echando la cabeza hacia atrás, y di gracias a que la pared y los brazos de Álex me estuvieran sosteniendo.
Solo tuvo que rozar mi clítoris para que una descarga de placer recorriera todo mi cuerpo. El orgasmo fue brutal.
Cuando me recuperé, me retiró el pelo de la cara y la acunó con ternura. Entorné los ojos sin esperar que su siguiente movimiento fuera un beso dulce en los labios. Miré por encima de su hombro y vi que John se acercaba a la puerta de la discoteca. Me revolví inquieta cuando Álex habló de nuevo.
—Quiero más, Blake. —Apoyó su frente contra la mía—. Lo quiero todo.
Negué con la cabeza. Yo también quería continuar con aquello, pero ver a John había sido un choque de realidad que me cortaba las ganas.
¡Maldita sea!
Estaba en mitad de un callejón de mala muerte, corriéndome en la mano de un Cabante, pidiéndole más de una forma tan desesperada que parecía que no había tenido nunca un maldito orgasmo. ¿Qué estaba haciendo ese niñato conmigo?
—No puedo, lo siento —dije contra su boca y le pedí que me dejara en el suelo.
Cuando lo hizo, me alejé de él, pasándome las manos de forma nerviosa por el vestido.
Como las dejara a su aire, estaba segura de que volarían hasta Álex y recorrerían su cuerpo sin dejar un centímetro inexplorado a su paso.
—Blake…
—¿Qué mierda quieres, Álex? —Ser consciente de la locura que acababa de cometer me puso de un mal humor que no me aguantaba ni yo.
Frunció el ceño y pestañeó varias veces. Casi parecía que le había afectado mi pregunta. Volvió a acercarse a mí, enmarcó mi cara entre sus manos y me dio un suave beso .
—Quédate conmigo —pidió.
Joder, qué difícil me lo estaba poniendo. Tragué saliva y me separé de él lo suficiente como para mirarlo a los ojos.
—De verdad que no puedo. Tengo que irme.
Me di la vuelta, pero él agarró mi muñeca. Hice un gesto de dolor y rápidamente levantó la manga de mi vestido.
—¿Y esto? Estás herida.
—No es nada.
La retiré con brusquedad y bajé la manga, tapando el corte.
—¿Cómo te lo has hecho?
—No es asunto tuyo, Álex —contesté con actitud esquiva.
Estaba algo magullada y me dolían las costillas, aunque el corte era lo único visible.
—Espera —me pidió descolocado. Fue la primera vez que lo vi titubear desde que nos conocimos—. Te llevo a casa.
—¿Quién ha dicho que me vaya a casa? —dije altiva y volví a entrar en la discoteca.