Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 23 La suerte la creamos Nosotros
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23 La suerte la creamos Nosotros

CÓSOMO

La invitación de Romano a su casa me supo a gloria y no pensaba desaprovecharla. Le había echado el ojo desde el momento en que vi su foto y pude comprobar por mí mismo que el objetivo de la cámara en ningún modo le había hecho justicia.

Era aún más impresionante en persona y no sabía por qué, si porque era más de mi edad o simplemente por el hecho de ser él, me atrajo al instante.

Adentrarme en el hogar de los Cabante podía llegar a ser peligroso.

Yo no era una persona en exceso confiada, o me gustaba alguien o me era indiferente.

No había medias tintas conmigo. Era bastante radical en ese aspecto y muy impulsivo.

No usaba demasiados filtros y, francamente, no me importaba en lo más mínimo, pero algo me hacía sentirme cómodo con la idea de conocerlos más y confiaba en mi instinto. Solía funcionarme bastante bien.

Fiona me pareció una mujer agradable y la casa era acogedora, lo que no dejaba de sorprenderme porque habían huido muy rápido de Roma, casi con lo puesto, por lo que había podido averiguar.

Cuando entré en la habitación de Romano me encontré con un chico moreno, ojos azules más oscuros e intensos que los de su hermano, con una sonrisa que haría que se tambaleara mi puto mundo si lo dejaba, y por supuesto que iba a hacerlo. «Mucho mejor en persona que en la foto, dónde iba a parar…».

—Hola, soy Cósomo.

—El primo de Blake —afirmó con voz rasgada, cerrando rápidamente la tapa del ordenador portátil.

No era una pregunta, así que no dije nada.

Dejé que me escrutara de arriba abajo. Esa mirada lasciva casi me provocó una erección.

Tuve que pensar en cucarachas para no delatarme.

Las odiaba—. Yo soy Roma, encantado. Pasa y siéntate aquí, a mi lado. —Señaló una silla frente al ordenador.

—¿En qué trabajas? —pregunté cogiendo una pieza.

—Es un inhibidor de frecuencia. —dijo orgulloso—. Es un modelo antiguo, solo tiene diez metros de alcance, así que estoy intentando mejorarlo.

—Vaya —exclamé impresionado.

Me lo quitó de las manos, que se rozaron sutilmente con las mías. Mi polla dio un salto en los pantalones, reaccionando a su contacto.

—Mejor dejarlo apagado, si no inhabilitaría nuestros teléfonos y la red wifi.

Miré mi móvil, a ver si tenía cobertura, y encontré un mensaje de Blake.

BLAKE: Por largarte a no sé dónde, te has perdido toda la acción.

Sonreí y volví a guardármelo en el bolsillo. Estaba deseando que me contara lo que le había pasado, pero en ese momento tenía algo más divertido delante de mí.

—He leído que estudias Telecomunicaciones —comenté sin darle mayor importancia, pero él me observaba con una mirada insondable.

—¿Crees que lo sabes todo de nosotros? —dijo suspicaz.

—Todo no, pero diría que bastante .

—Mira, sé que nos habéis investigado igual que yo a vosotros, pero, francamente, me jode que lo sueltes con tanta naturalidad.

—No te conozco… No realmente —rectifiqué, pues alzó una ceja en cuanto pronuncié esas palabras—, pero tampoco pensé que tuviéramos que andarnos con formalidades. Al fin y al cabo, la información que nos falta vais a dárnosla vosotros. Se supone que tenemos un pacto de transparencia.

Resopló y se cruzó de brazos.

—Pero no en todos los sentidos. Somos mucho más de lo que pone en un simple papel.

Una sonrisa burlona se dibujó en mi rostro.

—No lo dudo, cada segundo que pasa me resultas más interesante.

No quería parecer nervioso, sin embargo, su forma de tragar saliva lo delató. Cogió una botella de agua y dio un sorbo, lo que le obligó a apartar su mirada de la mía, pero yo no pude hacerlo. Al contrario, paseé la lengua por mis labios, sediento de él.

—¿Quieres tomar algo?

«A ti en mi boca», quise decir, y ¡qué cojones! Yo nunca me había callado lo que me pedía el cuerpo, y ese momento no iba a ser diferente.

—¿Estás con alguien? —Frunció el ceño, no esperaba mi pregunta. Bien—. ¿Tienes novia… o novio?

—No, como supongo que ya sabrás, llevamos poco tiempo en Nueva York.

—Eso no es ningún impedimento.

—Para mí sí, soy muy selectivo.

Acerqué mi silla a la suya y, con ello, su cara quedó a un palmo de la mía.

—¿Tampoco dejaste a nadie especial en Roma?

Su rostro se ensombreció, no supe detectar por qué, pero se le notaba en los ojos. Un brillo, un deje de tristeza, quizá, que no supo ocultar a tiempo .

Me incliné en la silla y apoyé las manos en sus rodillas. Nuestros rostros prácticamente se rozaban.

—Nadie. —Su voz tembló, vulnerable. Aun así, sostuvo mi mirada, firme, con una seguridad tan admirable que hizo que me gustara aún más.

Puso sus manos encima de las mías y ese contacto me encendió.

La electricidad que recorría nuestros cuerpos era brutal y estaba casi seguro de que, de haberme abalanzado sobre su boca, no me habría rechazado.

«Casi». ¿Qué debería tener una persona para conquistar a Romano Cabante? Me moría por averiguarlo.

—Álex me dijo que necesitabas ayuda con algunas cosas —comenté aún cerca de él y volví a tomar una distancia prudencial.

Tragó saliva y asintió.

—Pues sí. Empezando por vosotros —dijo con curiosidad, aligerando un poco la tensión—. ¿Por qué no hay fotos vuestras por ningún lado?

Sonreí.

—No somos una mafia de tres al cuarto. ¿Qué os enseñan en Italia? Pertenecemos a la élite de Manhattan. Solo verás lo que nosotros queramos que saquen.

Teníamos comprados a los principales periódicos y revistas sensacionalistas del país, precisamente para mantener esa privacidad que nos caracterizaba. Si llegaba alguna foto o vídeo nuestro a cualquier redacción, primero nos informaban y después la destruían.

—Yo también tengo preguntas para ti —comenté con interés—. ¿Cómo habéis pasado por debajo del radar sin ser vistos? Hemos tardado dos meses en detectaros.

—Tenemos gente en todas partes y nos deben muchos favores. No ha sido difícil, la verdad. Lo peor fue acostumbrarnos a vivir aquí, todo es muy diferente a Roma.

—¿Por qué vinisteis ?

—Digamos que necesitábamos un cambio de aires. —Sonrió, pero solo era una pose. Estaba tenso y me pregunté qué sería lo que ocultaba con tanto celo.

—¿Y eso? ¿Estabais cansados de la ciudad o…?

—Cósomo, no insistas —me pidió mordiéndose el labio—. En esto no.

Asentí y la conversación siguió por otros derroteros, pero continué dándole vueltas a la cabeza sobre el tema.

¿Qué nos estaban ocultando? ¿Cómo de malo sería para tener que mantenerlo en secreto?

Romano no tenía ni idea de que, cuanto más misterioso fuera, más curiosidad me daría. Esto iba a ser interesante.