Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 22 Enigmas
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BLAKE

Después de ducharme y vestirme, mandé un mensaje a Gianno y quedé con él en la recepción.

La sede central de la Cadena de Hoteles De Lucchi estaba en el corazón de Manhattan, justo al lado del Lincoln Center y muy cerca del Carnegie Hall.

Gianno me estaba esperando cuando llegué.

Saludé a la chica de recepción, que ya me conocía, y subimos directamente a hablar con el personal de seguridad.

—Señorita Marconni, gracias por venir —me dijo Ryan, el jefe de seguridad del hotel.

Asentí y fui directa al asunto por el que estábamos allí. Sentía mucha curiosidad por saber quién era la persona que había conseguido alterar a Roberto Marconni hasta el punto de tener que recurrir a una negociación. No era algo que se viera todos los días.

—Mi padre me ha informado de que hay alguien molestando. ¿De quién se trata?

—Es este hombre. —Señaló una de las cámaras. El tipo en cuestión estaba hablando por teléfono y parecía agitado. Rondaría los treinta y muchos años, era rubio, ojos pequeños, sonrisa alargada e iba trajeado—. Ha irrumpido en el despacho de su padre varias veces y se niega a marcharse del hotel.

—¿Qué sabemos de él?

Ryan negó con la cabeza .

—Nada. —Lo miré extrañada—. Tenemos la orden directa de no investigarlo. El señor Marconni solo nos dijo que enviaría a alguien para que negociara con él la retirada.

Desvié la mirada hacia Gianno, cuyos ojos ya estaban puestos en mí. Ambos conocíamos a mi padre a la perfección y aquello sonaba demasiado raro.

—Vamos. —Le hice un gesto con la cabeza y pusimos rumbo a donde se encontraba el tipo.

Estaba en el vestíbulo, pero se había apartado hacia una esquina, debajo de las escaleras. Era el sitio perfecto para un abordaje.

—Estoy a punto de conseguirlo —decía al teléfono—. Es un hueso duro de roer, pero tengo algo que puede hacer que la balanza se incline a nuestro favor… Sí, por supuesto, pienso darle donde más le duele.

La conversación parecía sospechosa y me intrigó aún más. ¿Se estaba refiriendo a mi padre? Coloqué el silenciador de mi pistola y le apunté por la espalda. Acto seguido, le quité el teléfono.

—Tu amigo está ocupado ahora mismo —dije al interlocutor—. Le diré que te devuelva la llamada, si es que sale con vida de aquí.

El tipo se quedó quieto mientras yo le daba el móvil a Gianno y rebuscaba en sus bolsillos. Saqué la tarjeta de su habitación y fuimos hasta los ascensores.

—Quédate calladito hasta que yo te lo diga —le susurré al oído y noté como su cuerpo se estremecía, supuse que de miedo.

Le entregué la tarjeta a Gianno, que se encargó de abrirnos paso. El ascensor se llenó de gente, pero yo no dejaba de apuntar al tipo por debajo de su chaqueta. Un movimiento en falso y podría acabar con su vida de un plumazo.

El viaje en ascensor se me hizo eterno, hasta que por fin llegamos al décimo piso y entramos en la habitación.

La estancia era una copia del resto de suites de la planta y no parecía albergar a ningún huésped. Las sábanas blancas estaban estiradas de forma impoluta sobre la cama, no había ropa por medio ni ningún otro objeto personal. Eso me indicaba que aquel tipo era metódico, asertivo.

—Gianno, trae una silla, por lo menos que esté cómodo.

—Qué benevolente eres, Blake. —Me sonrió con sarcasmo.

Lo sentamos en la silla. Gianno se sacó una brida del bolsillo y le ató las manos al respaldo. Le hice un gesto con la cabeza para que tomara él la iniciativa y yo me apoyé de brazos cruzados en la puerta de la habitación.

—El señor Marconni me ha enviado para negociar su salida del hotel —dijo con una tranquilidad pasmosa. Era un gran negociador y me encantaba verlo en acción. Yo tenía bastante menos paciencia que él—. Por ello, necesitaría saber qué es lo que le retiene aquí y por qué se niega a irse.

—Tu jefe no te lo ha dicho —afirmó el tipo con un aire de superioridad.

—Me gustaría que me lo explicara usted.

—Tengo asuntos pendientes con él y se niega a ayudarme.

—Quizá sea porque no tiene ninguna obligación de prestarle esa ayuda. Usted se lo ha ofrecido, él le ha dicho que no. Ya ha obtenido su respuesta, ¿no cree?

—Es algo que puede convenirle, sin duda.

—Intuyo que el señor Marconni habrá sopesado sus opciones antes de rechazar su oferta.

—Quizá no las ha sopesado bien.

Gianno se movía alrededor de la silla. Juntó las manos e hizo crujir sus dedos con un brillo de diversión. Era intimidante e infundía a sus palabras la misma fuerza que a sus actos. No solía entrar en combate, salvo que fuera necesario. Eso me lo dejaba a mí. Nos encantaba nuestro trabajo.

—¿Por qué no le da un plazo adecuado para revisar su propuesta sin tenerle a usted delante? Quizá se sienta presionado y, en tal caso, la respuesta siempre va a ser negativa. A Roberto Marconni nadie le acorrala. Si lo conoce en algo, ya lo debe saber.

—Tu jefe tiene mucho poder, pero hay cosas que escapan a su control y esta es una de ellas. —El tipo desvió la mirada hacia mí por primera vez—. ¿Y tú qué pintas aquí, chiquilla?

Solté una carcajada. La gente que no sabía quién era tendía a menospreciarme. Sin embargo, solo pronunciar mi nombre era suficiente para hacer temblar a todo Nueva York.

—¿Cómo te llamas?

—¿Y a ti qué te importa?

Me acerqué unos pasos, hasta estar a pocos centímetros de él.

—Te veo muy valiente para tener una pistola apuntándote a la cabeza. ¿Voy a tener que sacarte el nombre a golpes?

—Me encantaría verte intentarlo. —Se relamió los labios de una forma asquerosa.

—¿Sabes quién soy?

—Me da igual quién seas, esto no tiene nada que ver contigo.

—Ahí te equivocas. Todo lo que ocurra en este hotel tiene que ver conmigo. —Paseé la pistola por su cara, casi parecía una caricia—. ¿Por qué le estás causando problemas a mi padre?

La sorpresa brilló en sus ojos.

—Así que tú eres Blake.

—Veo que me conoces. —Sonreí—. Aunque quizá no todo lo bien que deberías.

—Hay muchas cosas que no sabes de tu padre. No es la buena persona que tú crees.

—¿Pretendes ponerme en su contra?

Encañoné la pistola en su garganta e hice presión hasta que se revolvió inquieto. Estábamos cerca, lo suficientemente cerca para aprovechar un descuido y lanzarme una patada al abdomen.

—¡Joder !

Me doblé sobre mí misma un instante hasta que conseguí recuperar el aliento. Cogí aire antes de darle un puñetazo que le giró la cara. El tipo escupió un reguero de sangre en el suelo.

—Si no tuviera las manos atadas, estarías muerta —siseó con rabia.

Hice un gesto a Gianno para que cortara la brida.

—¿Estás segura?

Asentí para que no me cuestionara. Podría con ese tipo y con dos como él, estaba entrenada para ello.

Una vez lo hizo, aproveché el momento para darle una patada en sus partes. Luego lo rematé con un codazo en la espalda, que hizo que tuviera que agacharse, lo que usó para envolverme las piernas y hacer que me cayera de bruces.

Giré sobre mí misma y me quedé bocarriba, lo que aprovechó para darme un puñetazo en la mandíbula.

Sentí un sabor metálico en la boca, pero tragué saliva. No iba a darle el gusto de verme sangrar. En cambio, coloqué las manos en su cuello e hice presión en la nuez.

Conforme iba poniéndose rojo y perdiendo el aire, los ojos se le hacían más saltones y más horrible me parecía aquel tipo.

—¿Has aprendido ya la lección? —pregunté mientras él apretaba mis muñecas y mi agarre iba perdiendo fuerza.

Un solo segundo de debilidad bastó para que el tipo pudiera estirar el brazo y sacar un cuchillo de debajo de la cama. Lo lanzó directo a mi cara, pero puse la mano para protegerme y me cortó en la muñeca.

Poco tiempo tuve para hacer mi siguiente movimiento. Me salió por puro instinto. Rodeé sus caderas con las rodillas y nos di la vuelta, quedando encima de él, mientras le quitaba el cuchillo y apuntaba con él a su garganta.

—¿Y ahora qué excusa vas a poner? —le amenacé. El tipo apretó los dientes .

Me levanté de un salto y miré el cuchillo. Gianno lo cogió por la espalda y lo apartó de mí. Su pecho subía y bajaba enfurecido, pero no volvió a atacar. Sabía que estaba en desventaja.

No era un hombre cualquiera. Tenía un dominio excepcional de aquel arma blanca, que contenía un grabado en el puño: Fidelidad, valentía, integridad. Qué lejos parecían esas palabras de la actitud de aquella persona.

—Esto no va a quedar así, pienso acabar contigo.

—Me encantaría verte intentarlo —lo parafraseé.

—Te crees muy dura porque no estás sola, pero algún día te pillaré con la guardia baja y te haré pagar por esto.

Reí sin ganas ante su amenaza.

—Y aun así seré yo la que te vea sufrir si no te largas de este hotel antes de una hora —espeté con voz profunda.

—Ambos sabemos que no vas a matarme —se burló con una sonrisa—, papaíto se enfadaría contigo.

En eso tenía razón, aquello debía ser una negociación, no un asesinato. Me acerqué a él sin dejar que me intimidara.

—Mi padre y yo somos uno. Más te valdría recordarlo.

Le di una última patada en sus partes, que lo dejó tumbado en el suelo. No le iba a sacar nada, ni siquiera lo había hecho el personal de seguridad, aunque quedaba claro que papá sí lo conocía.

—Gianno, encárgate de él. Cuando esté malherido, lo dejas en cualquier cuneta y te largas.

Me guardé el cuchillo en la cinturilla del pantalón y salí de la habitación.

Me miré la herida de la muñeca, era superficial y no parecía necesitar puntos.

Lo peor había sido el golpe que me había dado contra el suelo.

Me dolía todo el cuerpo, sobre todo la espalda.

Mientras bajaba en el ascensor, le envié un mensaje a Cósomo.

YO: Por largarte a no sé dónde, te has perdido toda la acción.