Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 19 Los muelles #2
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19 Los muelles #2

—Yo siempre estaré aquí para ti, lo sabes, ¿verdad?

Asentí y fuimos cogidos del brazo hasta donde nos esperaban nuestros amigos.

Por el camino, fue inevitable que mi mente comparara los besos de John con los de Álex.

Eran tan diferentes y me hacían sentir cosas tan distintas…

Los de Álex, sin duda, eran mucho más ardientes.

Yo misma me había convertido en fuego junto a él.

—¿Os habéis reconciliado? —Fue lo primero que dijo Zia al vernos.

Puse los ojos en blanco.

—No estamos enfadados, seguimos siendo amigos.

—Toma. —Fiorella me pasó una cerveza y volvió al lado de Carrick.

Nos sentamos bajo un árbol centenario que presidía la entrada a los muelles.

Manhattan se alzaba esplendorosa ante nosotros, iluminada por luces que nunca se apagaban.

«La ciudad que nunca duerme». Eso era lo que más me fascinaba de Nueva York, siempre había vida, daba igual qué hora fuera.

Y cuándo alguien estaba rodeado de riesgo, peligro y muertes, era un auténtico lujo.

—Chicas, hoy cerramos una etapa —dijo Zia, rodeada por los brazos de Matteo—. Estoy deseando empezar a trabajar con mi padre.

Los Lorenzzo tenían una cadena de restaurantes hermanada con nuestros hoteles, a través de la que blanqueaban el dinero de la droga que vendían los Gulio y que adquirían a bajo coste, gracias a su empresa farmacéutica. Y yo me encargaba de transportar esos cargamentos hasta su punto de recogida.

—Yo me voy a centrar en ampliar los locales —dijo Matteo—. Mi padre quiere comprar más, está muy nervioso últimamente por ese tema.

—¿Por qué? —pregunté.

Los Inchenza tenían varios locales para celebraciones, pero en ellos se movía mucho más que una simple fiesta.

Funcionaban como sitios de intercambios de objetos que se vendían en el mercado negro y para el tráfico de armas.

De hecho, solían organizar subastas clandestinas a las que iban los mayores contrabandistas del país.

—No tengo ni idea, pero Elio y Fredo no dan abasto. Me preocupa que mi padre esté abarcando más de lo que puede.

—Tu padre sabe lo que hace —aseguró John, que aún no me había soltado.

Comenzaba a sentirme un poco incómoda por ese contacto permanente que se empeñaba en mantener, pero no dije nada. Las cosas entre nosotros estaban muy delicadas y la línea entre el amor y el odio era demasiado fina.

—Quizá sea hora de meter la cabeza de lleno en los negocios —dije, bebiendo un sorbo de mi botellín.

Zia y Fiorella asintieron. Era curioso que las tres hubiéramos estudiado Derecho cuando acostumbrábamos a actuar al margen de la ley .

En cambio, los chicos habían estudiado Económicas. En parte, había sido decisión de nuestras familias, solo que a la mayoría de nosotros nos gustaba la carrera que habían escogido, por lo que no había supuesto un gran drama.

Había cosas que nos venían impuestas y, a veces, era mejor acatar las órdenes que rebatirlas.

—Estoy de acuerdo —contestó John—. Debemos subirlos al siguiente nivel.

Los Ricco poseían una serie de spas que, unidos a nuestros hoteles, proporcionaban al cliente una experiencia perfecta de relajación y armonía. Aunque la realidad era que, debajo de toda aquella fachada, se escondía una red de prostitución, orgías y alterne que llevaban a cabo en los clubes.

No es que yo fuera muy escrupulosa con nuestro estilo de vida, pero esa parte sí que me tenía muy reticente.

Me parecía que había otras muchas cosas a las que dedicarse, que no fuera explotar sexualmente a esas personas.

No obstante, todo lo que allí ocurría era consentido, o eso alegaban ellos cada vez que mi padre sacaba el tema.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

—¿Estás bien? —John apretó el brazo a mi alrededor, arropándome del frío que ya se respiraba en los muelles. Solíamos reunirnos allí para estar juntos y echar el rato. Agradecí el gesto y asentí sin contestarle, disfrutando de la paz que transmitía el lugar.

—¿Y el doctorado? —preguntó Fiorella.

—Si todo va bien, lo empezaré en septiembre.

Zia puso música con su teléfono. Sonaba Viva la vida , de Coldplay.

—Me gusta esta canción —comenté pensativa.

—Blake, ¿qué te preocupa? —preguntó mi amiga, notando que algo me pasaba.

—Nada, es que estoy cansada. Apenas he dormido esta noche.

—¿Es por la reunión con los Cabante ?

—No, eso ha ido bien.

Volví a pensar en Álex. Cuando lo vi apoyado en la moto, tomándose su tiempo para ponerme al límite y con una seguridad en sí mismo que me parecía insoportablemente sexi, no supe ni cómo iba a aguantar las ganas locas que tenía de besarle. Menos mal que pude reconducir la conversación.

—Es un chulo. Se lo tiene muy creído —dijo John a mi lado y me molestó que hablara así de él, aunque yo hubiera pronunciado esas mismas palabras un par de horas antes.

—Deberíamos darles un voto de confianza, acabamos de firmar un pacto con ellos.

Me quité su brazo de encima sin disimulo y él advirtió el gesto.

—Ya lo sé, tienes razón —se retractó y me pasó otra cerveza.

Nos quedamos un rato más charlando sobre el futuro, los negocios y los planes que teníamos para el verano, hasta que decidí marcharme.

—Me voy ya, chicos.

—Te acompaño —se ofreció.

—No hace falta, puedo coger un taxi.

—Yo te he traído, yo te llevo —dijo, levantándose, sin dar lugar a que me negara de nuevo.

—Está bien.

Las chicas vinieron a abrazarme y quedamos en vernos pronto. Me despedí de los chicos con un gesto de la mano y pusimos rumbo hacia el coche.

Hicimos el trayecto hasta mi casa con la música de Justin Bieber de fondo. Curiosamente, se parecía bastante a John, solo que sin tantos tatuajes. Cuando paró en la verja de acceso, abrí la puerta.

—¿Te llevo hasta la casa?

La distancia entre la verja y la mansión era considerable, pero me apetecía darme ese pequeño paseo.

—No te preocupes, no hace falta .

Di la vuelta al coche y él bajó la ventanilla. Me apoyé en ella.

—Gracias por traerme.

—Sabes que iría al fin del mundo por ti.

—John…

—Tranquila, solo quería que lo supieras. Me voy ya. —Se acercó a darme un beso en la mejilla, que yo acepté—. Buenas noches.

—Buenas noches.

Me quedé parada mientras lo veía alejarse y buscaba el mando de la verja, cuando escuché un ruido.

Rápidamente, eché mano de la pistola que siempre llevaba en el bolso y apunté al aire. No veía a mi atacante. Estaba desprotegida.

Otro ruido, esta vez más cerca, hizo que me diera la vuelta, cuando vi que una persona salía de entre los matorrales.

Lo miré con extrañeza. ¿Qué hacía allí?

—¿Álex?