19 Los muelles
BLAKE
Mis primos habían ido a hablar con John esa mañana y volvieron con él para que fuéramos todos juntos a la reunión con los Cabante. Teníamos su dirección, pensábamos ir a buscarlos. ¿Por qué se había presentado en mi casa? ¿Y por qué había hecho como si no nos conociéramos?
Me hubiera gustado preguntarle abiertamente, pero no quería hacerlo delante de John.
Odiaba provocarle más daño. Esperaba no precipitarme en mis conclusiones, pero parecía que le iba a costar hacerse a la idea de nuestra nueva situación.
Lo que sí estaba claro era que nuestro primer encuentro no había significado nada para Álex.
En cambio, yo sí rememoré al menos una decena de veces mi conversación con él, sus caricias furtivas y su acento increíblemente sexi.
Paseé mis dedos por la muñeca que había besado.
Todavía sentía el cosquilleo de sus labios sobre mi piel.
Fue un momento muy intenso, aunque apenas duró unos segundos.
Desde el instante en que nuestras miradas volvieron a encontrarse, el mar azul de sus ojos me atrapó y supe que, si le dejaba, ese chico marcaría un antes y un después en mi vida.
Así que la solución estaba clara. Debía levantar un muro y encerrarme detrás de él, porque dejarle entrar significaba darle el poder para destruirme. Un lujo que yo no me podía permitir.
—Bueno, parece que no ha ido mal del todo, ¿no? —preguntó John .
Me encogí de hombros.
—Eso parece.
—¿Te ha caído bien?
—No lo sé. Sí, supongo que sí, aunque no debería. Es un chulo y un prepotente, y se lo tiene muy creído. Es odioso.
—Me recuerda un poco a ti —bromeó.
—Retíralo —le amenacé.
—Ni hablar.
Puso los brazos en jarras y yo me subí a su espalda, intentando tirarlo al suelo. Nunca lo conseguiría. Al menos, no con la fuerza. Con las palabras... esa era otra historia.
—¿Se puede saber qué hacéis? —Mi padre irrumpió en el salón con una sonrisa.
—¡Papá! No sabía que habías llegado ya. —Me acerqué a darle un beso en la mejilla—. Acabamos de terminar la reunión con el hijo mayor de los Cabante y ha aceptado el pacto. En un par de días tendremos la información completa sobre los negocios que manejan.
—Bien hecho, hija —dijo orgulloso—. ¿Qué impresión te ha dado? ¿Te fías de él?
Decir que me fiaba eran palabras demasiado grandes. Aún no estaba segura de poder usarlas para referirme a Álex.
—La primera impresión ha sido positiva. Parecen razonables y creo que podríamos llevarnos bien con ellos.
—No podemos olvidar que no los conocemos de nada, pueden traicionarnos en cualquier momento —soltó John. Lo miré con los ojos entornados y él se justificó desacreditándome. Odiaba cuando hacía eso—. A veces eres demasiado ingenua, Blake.
—Confío en tu instinto —dijo papá, ignorándolo—. Quizá debamos invitarlos a la gala de la fundación, así los conoceríamos mejor.
—Las invitaciones ya están mandadas .
—Pues los invitamos en persona, como un acto de buena fe por nuestra parte.
—Puedo encargarme yo —dijo John.
Pero ¿seguía aquí? ¿Con qué intención continuaba metiéndose donde no le llamaban? Solía querer ganarse el favor de mi padre a costa de dejarme mal a mí, pero nunca le funcionaba, y en esta ocasión no iba a ser diferente.
—Ese es mi trabajo —le aclaré con una paciencia desconocida en mí. La indulgencia por nuestra ruptura no iba a durarme demasiado—. Es la fundación de mi familia. Si alguien tiene que invitarlos soy yo.
—Solo quería ayudar. No es para ponerse así —contestó levantando las manos en señal de rendición.
Le eché una última mirada y volví a la conversación con papá. En sus ojos había una chispa de diversión, que se convirtió en sonrisa en cuanto nuestras miradas se encontraron.
—Lo haré yo.
—Informaré al resto de familias.
Mi móvil sonó al mismo tiempo que el de John y ambos los cogimos.
—¿Vamos a los muelles? —preguntó—. Los chicos me han mandado un mensaje.
Asentí. Yo también había recibido uno de Fiorella.
FIO: Nos vemos a las 20 h en los muelles para celebrar la graduación como se merece y sin padres.
—Espérame aquí, voy a coger mis cosas.
Mientras mi padre y él se quedaban hablando, yo subí a mi habitación. Estaba rebuscando una chaqueta en mi armario cuando mis primos entraron.
—¿Qué ha pasado ahí fuera?
—¿Por qué Álex y tú habéis hecho como si no os conocierais? —me preguntaron alternativamente.
Ni yo misma entendía lo que había ocurrido .
—Supongo que soy fácil de olvidar.
—Vamos, Blake, ese tío hubiera saltado encima de ti en cualquier momento si no llegamos a estar delante.
—Ha sido flipante veros —dijo Cósomo—. Parecía como si lo tuvierais pactado.
—No, pero, en cualquier caso, me alegro de que haya ocurrido así. Entre nosotros no puede haber nada.
—¿Por qué? Tenemos un pacto, no son el enemigo —preguntó Cósomo extrañado.
—Tampoco es un chico cualquiera…, pertenece a nuestro mundo y eso significa que tiene intereses propios y que podría traicionarnos en cualquier momento para conseguirlos.
Odiaba tener la voz acusatoria de John en mi cabeza, aunque en eso debía darle la razón. No los conocíamos. No sabíamos por qué habían dejado Roma y no podíamos fiarnos.
—Menuda película te has montado. —Se rio—. ¿En serio piensas eso?
Negué con la cabeza y me senté en la cama con ellos.
—No sé qué pensar, la verdad. Pero John le acaba de soltar eso mismo a papá y creo que puede tener razón.
—Está celoso, Blake. La conexión entre Álex y tú era brutal. Parecíais estar solos en la sala de reuniones.
—Todavía espera que cambies de opinión con respecto a lo vuestro. Yo le he dicho que espere sentado.
—Piensa que es una fase. Que, como lleváis toda la vida juntos, necesitas explorar con otras personas y que luego te cansarás y volverás con él.
—¿En serio? ¿Acaso no me conoce lo más mínimo?
—Sabe perfectamente que tú no funcionas así. Cuando tomas una decisión, la llevas hasta sus últimas consecuencias. Si quiere engañarse, allá él.
—Y con respecto a Álex, no te cierres puertas, parece un tío legal y nunca se sabe —dijo Cósomo.
—Muy optimista te veo yo a ti .
—Yo siempre —contestó con una sonrisa—. Es la mejor forma de afrontar la vida.
—Yo también soy optimista —comentó Giordano.
Cósomo y yo nos miramos y soltamos una carcajada.
—Sí claro.
—¡Lo soy!
—Ya, ya. Seguro que Martia opina lo mismo.
Los dejé en la habitación picándose el uno al otro. La pobre Martia tenía el cielo ganado con mi primo.
—Ya estoy lista —dije entrando de nuevo al salón. Ambos se callaron en cuanto aparecí, pero no llegué a escuchar de qué estaban hablando.
—Antes de irte, quería comentarte otra cosa. —Mi padre puso una mano en mi hombro y me apartó un poco de John, susurrando—. He quedado con Sylvana en que recogeríamos un cargamento para la gala la semana que viene. Hay que cerrar la transacción y llevarlo al hotel el jueves.
—Cuenta con ello. Yo me encargo.
—Muy bien. —Alzó la voz de nuevo—. Os dejo que os divirtáis.
Nos despedimos de él y pusimos rumbo a los muelles en silencio. Dejamos el coche en Times Square, donde los Ricco tenían un aparcamiento privado y fuimos andando hasta el muelle 57.
—Siento si te he incomodado antes. Sabes que solo quería ayudar.
—Lo sé, pero es que siempre haces lo mismo.
Tenía tendencia a interrumpir mis conversaciones, le gustaba quedar por encima, esa era la verdad y ambos lo sabíamos.
—¿Y qué quieres? ¿Que esté callado como si fuera tu sombra?
—Por supuesto que no. Simplemente te agradecería que no te metieras en mis asuntos.
—¡Somos iguales, Blake! ¡Que me hayas dejado no cambia eso !
Me paré en seco en mitad de la acera.
El humo que salía de las alcantarillas no cesaba, el aire era espeso y se confundía con la tensión que había en ese momento entre John y yo.
Las calles estaban atestadas de gente que corría de un lado a otro con prisa y muchos turistas tan maravillados con todo lo que veían que no reparaban en nosotros.
Así estábamos, fundidos con el paisaje como si fuéramos un elemento más de Nueva York.
Pero éramos un elemento imprescindible para que la vida de los Neoyorkinos funcionara.
—¿Sí? Pues demuéstralo. —Me puse muy seria y pronuncié las siguientes palabras desafiándolo a contradecirme—.
Nunca me ha gustado que te metas en mis conversaciones y te lo he hecho saber cada vez que ocurría.
No soy ingenua. Tampoco soy alguien que cambie de opinión como de zapatos y no soy ni más ni menos que tú.
Somos iguales, pero no me acobardo ante ti ni ante nadie y lo sabes perfectamente, así que lo que sea que te esté molestando, por favor, supéralo para que podamos volver a ser los mismos de siempre.
Me daba pena hablarle así, podía entender su actitud con respecto a nosotros como expareja, pero no con respecto a mi trabajo. Eso no se lo iba a permitir.
—Este carácter tuyo me vuelve loco.
Todo ocurrió muy rápido y, sin saber cómo, acabé con sus labios encima de los míos. Por un momento no supe cómo reaccionar, hasta que entendí lo que estaba ocurriendo y me aparté de él.
—¡Joder, John! ¡Tienes que reprimir esos gestos!
—No puedes pretender que nuestra relación cambie de un día para otro. ¡Yo sigo enamorado de ti!
—Lo sé, pero tienes que aceptar mi decisión.
—Ni siquiera entiendo por qué no puedes darme otra oportunidad, Blake. Yo te quiero. ¿Es que eso no significa nada para ti ?
—Yo también te quiero, pero no de esa forma. He sido muy clara y no quiero hacerte más daño.
—Y yo no quiero que te lo hagan a ti.
—¿De qué estás hablando?
—Sé que el Cabante te atrae, lo he visto, pero no es trigo limpio, Blake.
—¿Acaso lo conoces?
Negó con la cabeza.
—No, pero conozco a los de su calaña. No me gustaría verte caer con alguien que no te merece.
Tenía los ojos acuosos y me miraba sin verme realmente. No a mí. No a la verdadera yo. De otra forma, jamás hubiera pensado que sería tan débil.
—Tranquilo, no tengo tiempo para dedicarlo a otra relación. Quiero centrarme en el negocio. Esa es mi prioridad.
Sonrió un poco más calmado, como si mis palabras le hubieran quitado un peso de encima.