Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 18 El pacto
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18 El pacto

ÁLEX

Aparcamos a las puertas de la mansión y me dejaron paso para que entrara primero. Estaba seguro de tener los ojos de Blake clavados en mí, pero eso no me detuvo para fijarme en todo lo que había a mi alrededor. Casi me entraron ganas de silbar.

Debía admitir que la casa era una pasada por dentro.

Una escalera central de mármol dividía dos estancias.

Solo les faltaba los carteles de «ala este» y «ala oeste» Al fondo, detrás de la escalera, había una puerta de servicio que, seguramente, daría a otras tantas habitaciones.

No quería imaginarme lo que habría arriba.

De techos altos y grandes ventanales, todo en esa casa brillaba con un lujo ostentoso que no iba nada con las personas que la habitaban, o eso me parecía.

—Mis abuelos construyeron esta casa —dijo Blake a mi espalda—. En su época daban refugio a muchos inmigrantes italoamericanos, por eso quisieron hacerla tan grande.

Sabía lo que estaba pensando. No se le escapaba una. Me gustaba que fuera de mente rápida y despierta. Me mantenía alerta.

—Pero los tiempos cambian —dije yo.

—Claro que lo hacen —me contestó, guiándome al ala este de la casa, hacia una sala de reuniones—. Pero es fácil acostumbrarse al lujo cuando no has tenido nada. Lo contrario... es mucho más complicado .

Se quedó pensativa y, por un momento, me descubrí queriendo saber hacia dónde había volado su mente.

—Algo me dice que tú no necesitas tantos lujos para vivir. —Quise traerla de vuelta.

Me miró suspicaz.

—Esta casa la han decorado mis abuelos y luego mis padres y mis tíos le han dado su toque.

No, no lo necesito, pero eso no significa que no me guste.

Mira este cuadro, por ejemplo. —Señaló un paisaje brumoso, con unas cuantas barcas navegando en el mar y un sol contemplándolas desde arriba—.

Es L’Impression, soleil levant , de Monet —pronunció en un perfecto francés—.

A veces me paro a contemplarlo y me quedo maravillada por las sensaciones que transmite.

Estábamos rodeados por sus primos y el rubio, que no dejaba de apretar los dientes, pero parecíamos estar solos. Sí, ya sabía que el pijo neoyorkino se llamaba John, pero me daba igual.

Ella miraba con aire contemplativo el cuadro y yo la miraba a ella. Creo que nuestras visiones nos transmitían a ambos la misma paz y daba un miedo de cojones.

—¿Es una copia? —me aventuré a preguntarle. Ella se giró divertida hacia mí y alzó una ceja.

—Debe serlo. —Sonrió—. Se supone que el original está en el Museo Marmottan Monet de París.

Le devolví la sonrisa. Cada vez me gustaba más esta chica.

Alguien carraspeó a nuestras espaldas y ambos nos volvimos. Era el pijo.

—Bien, creo que ya es hora de tratar el asunto que nos ocupa.

Blake asintió y todos tomamos asiento. Ella, presidiendo la mesa, con uno de sus primos a cada lado y el rubio a continuación.

Por molestar, yo me puse en la otra punta, también presidiendo.

Dada la extensión de la mesa, iba a tener que gritar mucho para hacerse oír.

Seguro que me divertía, o eso pensaba yo.

Blake abrió un cajón de debajo de la mesa y sacó un micrófono.

Me entraron ganas de soltar una carcajada en ese preciso momento.

Estaba claro que no era su primera reunión, no la iba a poner nerviosa con esas chorradas.

—No te molestes —le dije levantándome—. Mejor me acerco un poco.

El amago de su sonrisa me hizo querer reír, por lo que tuve que recordarme que aquí veníamos a tratar asuntos serios.

—Mejor. —Estuvo de acuerdo. Cuando me senté, ella se puso de pie y continuó—. Ha sido una casualidad que vinieras a mi casa hoy, nosotros íbamos a buscarte.

Me pareció raro, pero no dije nada. Esperé a ver qué camino tomaba la conversación. Todavía no sabía cómo habían dado con mi nombre ni cómo había reaccionado Blake al enterarse de quién era yo. ¿Habría vuelto a pensar en mí desde la otra noche?

Ella daba vueltas por la sala, fijando la vista en los demás de vez en cuando, pero sobre todo en mí.

Se quedó en silencio unos instantes y, cuando hubo ordenado sus ideas, vino hasta mí por el otro lado de la mesa, apoyó sus manos en la misma y se inclinó hacia adelante.

Seguíamos lejos, porque la mesa tenía un ancho descomunal, pero sus ojos clavados en mí me atrapaban, haciendo que mi interior ardiera.

—Estás haciendo negocios en mi calle, por lo que entenderás claramente dónde está el problema.

Ahí teníamos a la chica fría, calculadora, intimidante.

—¿No hay suficiente para todos? —Me hice el inocente.

Se incorporó.

—Esa es la cuestión. Mi abuelo no quiere que os matemos —me dijo con toda la tranquilidad del mundo—.

Al parecer, está pasado de moda. Queremos daros una oportunidad, ver si podemos convivir, pero necesitamos saber a qué os vais a dedicar, qué trozo del pastel os queréis llevar y que esa porción no lleve nuestro nombre —concluyó amenazante y se sentó a pocos metros de mí, cruzando sus largas piernas con una lentitud desesperante .

Sabía que no lo había hecho a propósito, ser sexi le salía de forma tan natural como respirar y esa era una de las cosas que más me atraían de ella.

—¿Tengo que daros mis medidas también? —me burlé.

Resopló con cansancio. No iba a ponérselo fácil y ella lo sabía.

—Tienes que entender que no hablo solamente en nombre de los Marconni. En esto represento a las cinco familias y estáis en minoría. Más os valdría intentar llegar a un acuerdo con nosotros antes de que tengamos que llevar las cosas por otro camino menos... placentero.

Me hubiera gustado probar ese camino, pero tendría que ser en otro momento. Hasta que mi padre fuera oficialmente juez, teníamos que pasar desapercibidos y un pacto con las otras familias nos vendría muy bien.

—Está bien, acepto. Dime qué necesitas.

Ella arrugó la cara con un gesto adorable. Madre mía, yo estaba utilizando la palabra «adorable», pero ¿qué me estaba pasando?

—¿Estás seguro de que tienes autoridad para aceptar este pacto?

—Me ofendes, muñeca. —Me puse de pie y adopté la postura que ella tenía antes, con las manos sobre la mesa—. Tú cuida de tu negocio, que yo cuido del mío.

—Muy bien, pero las cosas se harán a mi manera —me dijo desafiante.

—Por mí, vale —respondí.

No me importaba lo que me pidiera, iba a ir al infierno de todas formas.

Cuando terminamos la reunión, Blake me acompañó a la puerta. Seguro que tendrían servicio para eso, así que me tomé como un halago que lo hiciera personalmente. Una vez despachado el asunto, podía haber decidido no volver a verme .

Quería quedarme a solas con ella, rememorar la noche en que nos conocimos, pero en ese momento era imposible. Ninguno de los dos parecíamos querer delatarnos.

—¿Y tú para qué habías venido? —me preguntó, cuando yo ya pensaba que se le habría olvidado.

—Para lo mismo —contesté rápido. No podía negar que sonaba plausible. Sin ellos saberlo, me habían dado la excusa perfecta y, además, una tregua única.

Me despedí de ella con un apretón de manos y aproveché para acariciar su piel durante unos segundos. Vi como su vello se erizaba por mi contacto y disfruté de mi pequeño triunfo. Si el rubito no se había tirado ya de los pelos, estaba seguro de que no le faltaría demasiado.

—Mi primo te pedirá todo lo que necesita. —Quiso retirar su mano, pero la detuve.

—Ha sido un placer, Blake. —Le di un beso en la parte interior de la muñeca.

—Igualmente, Alessandro.

Le sostuve la mirada durante unos segundos mientras nos consumíamos el uno al otro, como puro fuego.

—Llámame Álex.

Asintió y giró sobre sí misma, pasando de largo al tal John.

—Cósomo, encárgate.

Blake desapareció tras la puerta y el perrito faldero la siguió, no sin antes echarme una última mirada de desprecio. Ese tío no me daba buena espina.

El primo que sabía que me caería bien se acercó hasta mí y me tendió un documento, mientras el hermano se quedaba unos metros por detrás.

—¿Solo os falta esto? —Me dejó impresionado.

Solo necesitaba unos datos sobre cómo movíamos el dinero.

Tenían localizadas todas nuestras empresas y los negocios que manejábamos, aunque solo estaban contemplados los legales.

Los ilegales les costaría mucho más encontrarlos.

Lo enterramos todo antes de salir de Roma y, de lo que quedaba, se estaba encargando Julia.

—Sí, todo lo demás lo ha averiguado Giordano. Él es el mago del ordenador. Yo me encargo de estudiar los datos y sacar conclusiones.

Fruncí los labios.

—Increíble. En mi familia es mi hermano Romano el que se encarga de la investigación y yo soy el que une las piezas del puzle.

—Una bombilla se encendió en mi cabeza. Era el momento perfecto para hacer que Roma y Cósomo hablaran—.

Quizá te gustaría conocerlo, hay algunos detalles que son como rompecabezas y, aunque me insiste mucho, nunca tengo tiempo de echarles un vistazo.

—Claro, dile que me llame cuando quiera.

En la documentación llevas mi número y mi correo electrónico.

—Seguro que mi hermano me echaba la bronca después.

No sabíamos si a Cósomo le gustaban o no los chicos, pero sería una buena forma de averiguarlo—.

Y, oye, envíame los datos en cuanto los tengas, pero no tardes más de dos días o iremos a hacerte una visita obligada.

Sí, definitivamente me caía bien.

Hice el amago de moverme para ir hacia mi moto, pero la voz de Giordano me detuvo.

—Eh, sé que está en tu naturaleza, pero yo no me metería con ella. Blake puede ser despiadada si cree que eres una amenaza para el negocio.

Eso sí que no me lo esperaba. Entendía que pudiera ser así, pero me costaba imaginármela.

—Parece demasiado buena como para atemorizar a nadie.

—Eso es porque todavía no la conoces —me advirtió.

¿Y quería conocerla?

Oh, por supuesto que sí.