Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 17 Que viene el lobo
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17 Que viene el lobo

ÁLEX

—¿Vas a algún sitio? —me preguntó mi madre, levantando una ceja, cuando ya me disponía a abrir la puerta.

—Voy a dar una vuelta.

No quería admitirlo, ni siquiera para mí mismo, pero iba a ver a Blake. Saber que era la misma chica de la discoteca me dejó descolocado. Por fin entendía qué era lo que me atraía tanto de ella: su seguridad, el desafío de su mirada, su lengua rápida. Y estaba decidido a probarla de nuevo.

—¿Por qué no te quedas hoy en casa? Estoy preparando lasaña —me dijo con ese tono de ternura en la voz que siempre utilizaba cuando estaba asustada. Pero yo no podía pensar en comer en ese momento. Jodidas mariposas.

—No puedo, mamá. Alguien tiene que controlar el negocio.

—El negocio, el negocio, ¡siempre igual! Como sigas así, va a acabar contigo antes de cumplir los treinta. ¿No podías haber estudiado, como tu padre?

Si mi padre había estudiado para ser juez era precisamente para avanzar y conseguir las cosas de manera más sencilla, no por seguridad.

De hecho, si no hubiera sido por Fredric Escalante, el padre de Aless y Bella, puede que aún estuviera en contacto directo con la acción, tal y como hacíamos nosotros .

—Diles a tus hermanos que vayan contigo —continuó sin esperar mi respuesta.

—Les he pedido que hagan otros trabajos para mí. —Me acerqué a ella y le di un beso en la cabeza. Mi madre, tan pequeña y tan grande a la vez—. Non ti preoccupare. Torno súbito 3 .

Suspiró resignada.

— Va bene 4 .

No era mentira. La noche anterior les conté quién era la chica de la discoteca y fliparon tanto como yo.

Estaba claro que nos quedaban muchas cosas por averiguar sobre las familias, por lo que pedí a Romano que continuara indagando.

Necesitábamos saber su modus operandi, cómo movían la mercancía, quiénes eran sus ojos en la calle…

Y Bass estaba buscando negocios para ampliar nuestra zona.

Había sido difícil, pero, poco a poco, nos estábamos abriendo un hueco en la ciudad.

Debíamos hacerlo. A Roma no podíamos volver.

Cuando llegué a casa de Blake, repetí el mismo procedimiento de la última vez, saltando el muro por el punto ciego del jardín.

Ni siquiera sabía si estaría allí, pero me arriesgué.

Esta vez iba a ser más temerario. Quería saber cuál era su habitación, qué estaba haciendo, necesitaba averiguar cosas sobre ella.

Tuve que quedarme escondido al ver que dos coches se acercaban a la casa, una vez abiertas las verjas de la entrada.

Del primero, un Honda SUV negro, con los cristales tintados, salieron dos chicos que reconocí como los primos de Blake. Romano me había enseñado sus fotos esa mañana y le noté cierto interés por el pequeño de ellos. Ya indagaría más.

Del segundo vehículo, un Mercedes deportivo plateado, salió un chico que no me sonaba de nada y eso me inquietó.

¿Quién era? Todavía no había recibido fotografías sobre las otras familias, ¿sería algún miembro de alguna de ellas?

Saqué mi móvil, le hice una foto y se la envié a Romano con un signo de interrogación. Él lo entendería.

Los tres se reunieron y estuvieron hablando escasos minutos hasta que Blake salió.

Iba totalmente vestida de negro, con un pantalón tobillero, un jersey de mangas cortas y, de nuevo, unos tacones de infarto.

Todos se quedaron mirándola, pero el chico rubio lo hizo con especial interés y no podía negar que me molestó.

¿Cómo era posible que estuviera sintiendo esto? ¿Eran celos?

Sacudí la cabeza, como si con ello pudiera deshacerme de esos sentimientos, y me quedé mirando la escena.

Blake le dio un beso en la cara a cada uno, pero el tipo rubio le cogió la mano y fundió el beso con un abrazo. Ella parecía incómoda.

No podía ser su novio, de haberlo sido, no le hubiera molestado ese acercamiento. Y para ser sinceros, rogaba porque no estuviera con nadie. Tenía intención de continuar por donde lo dejamos el otro día en algún momento.

Blake se apartó del chico y empezó a hablar con los tres. Parecía estar dando instrucciones y eso me encendió. Esa chica tenía el poder de hacerme arder y ni siquiera estábamos cerca.

Salí de mi escondite y volví sobre mis pasos. Sabía que debía mantener las distancias, todavía no estábamos lo suficientemente asentados en la ciudad como para darme a conocer o que se hablara de nosotros, pero ¡a la mierda! Iba a hacer mi presentación en ese momento.

Cogí la moto y me dirigí hacia la verja de entrada. No me puse el casco, para que se me viera bien por la cámara, y le di al botón.

—Identifíquese —dijo una voz en off . Sería alguien de seguridad.

—Soy Alessandro Cabante.

Nadie abrió .

La verja quedaba lejos de la puerta principal de la mansión, donde estaban los Marconni, por lo que dudaba que fueran capaces de verme. En todo caso, verían a alguien apostado a las puertas de su casa y sospecharían de mis intenciones.

Por suerte, los dos coches que habían entrado hacía unos minutos tenían la intención de salir en ese momento, así que me quedé allí en medio mientras las puertas se abrían. Los coches pararon y los cuatro, ambos primos en el Honda y Blake con el rubio en el Mercedes, salieron a mi encuentro.

Ella iba decidida hacia mí, pero se paró cuando le restaban dos metros para llegar hasta donde yo estaba. Los otros tres se quedaron un paso por detrás de ella.

Yo, que estaba apoyado en la moto, me incorporé y la encaré de frente, guardando la distancia que ella había impuesto.

—Vaya, vaya —formuló con una sonrisa contenida—. Justo a quien quería ver.

Fruncí el ceño. Los primos parecían serenos, amables. Sin embargo, la cara del rubito era un poema. Algo me decía que no le había hablado de nuestro encuentro y confraternizar con el enemigo podía suponerle un problema. Tuve el instinto de protegerla y esperaba no equivocarme.

—¿Nos conocemos? —le pregunté esbozando a mi vez otra sonrisa como si no me acordara de ella, como si nuestro encuentro no hubiera sido importante o pudiera llegar a olvidarla. Como si hubiera querido olvidarla siquiera.

Un rayo de duda cruzó su rostro, pero se recuperó rápido.

—Parece que, de una forma u otra, estábamos destinados a vernos hoy —dijo en una especie de broma privada—. Últimamente me han hablado mucho de ti. ¿Y tú? ¿Has oído hablar de mí?

Se la veía muy segura de sí misma. Era valiente y decidida, eso ya lo había averiguado. Intuí que se habría comportado de igual manera aunque no tuviera a esos tres armarios a su espalda .

—No —mentí. Bien podría estar allí para hablar con su padre y no con ella. Me gustaba provocarla y estaba deseando ver cómo reaccionaba—. Creo que de ser así te recordaría.

—Pues yo creo que sí has oído hablar de mí. —Dio un paso hacia adelante y los armarios se movieron con ella—. Estás haciendo negocios en mis calles y mis negocios soy yo.

Di otro paso, acercándome más. Era un paso pequeño, pero demostraba que yo no me iba a achantar. Joder, incluso me estaba divirtiendo.

—Me da la sensación de que tú eres mucho más que tus negocios —le dije tensando aún más la cuerda.

Ella ladeó la cabeza y se cruzó de brazos.

—¿Y tú? ¿Eres más de lo que aparentas o solo un chulo engreído?

Me puse las manos en los bolsillos, dejando caer un poco mi pantalón con el movimiento. Su mirada se desvió imperceptiblemente hacia la curva de mis caderas, que quedaba a la vista. Dibujó una mueca que no supe interpretar, hubiera apostado a que era deseo, pero se recompuso al instante.

—¿Quieres descubrirlo?

El rubio se adelantó y la tomó por la cintura con un gesto posesivo que ella deshizo en cuanto pudo. Eso me gustó. No quería ese contacto o, al menos, no delante de mí.

—Ya veo que no —dije pareciendo decepcionado, aunque no sabía realmente hasta qué punto lo estaba—. No querría que tu novio se enfadara.

—No es mi novio —contestó más rápido de lo que le hubiera gustado.

Vi como el dolor cruzaba la mirada del chico, mientras el gesto de los primos era de incredulidad.

Yo casi suspiré de alivio al escucharla, pero me contuve.

Nunca había dado muestras de debilidad y no pensaba empezar en ese momento.

Eso sí, cuando encontraba el punto débil de alguien lo aprovechaba sin dudar un solo instante.

Era un don que tenía, se me daba muy bien leer a las personas.

—Me parece que él no piensa lo mismo.

—Él tiene voz. Soy John —se presentó el rubio—, y no hace falta que traduzcas lo que pienso.

—Primita, creo que estamos un poco perdidos por aquí —dijo uno de los primos, el más corpulento, señalándose a sí mismo y a su hermano en un gesto que me resultó cómico, y mirando hacia John y Blake intermitentemente. No sabía por qué, pero en ese momento sentí que nos íbamos a llevar bien.

Blake les lanzó una mirada que sirvió para acallarlos. Por el gesto que hizo, seguramente quería decir que se lo explicaría luego. Era una pena, a mí también me hubiera gustado saber de qué iba la historia. ¿Les habría hablado de mí?

—Ya que estás aquí, ¿por qué no entras? —Me señaló altiva—. Tenemos que hablar.

Asentí. Se metieron en los coches y yo me monté en la moto. Me estaban invitando a la madriguera del lobo… No.

El lobo de este cuento era yo.