16 La graduación
BLAKE
El acto de graduación, además de emotivo, resultó ser una locura.
Mis compañeros, sus familias, amigos, conocidos…
todo el mundo estaba allí. Me costó encontrar un hueco en el que todos estuvieran disponibles para escuchar lo que les tenía que decir, pero, al final, conseguí meter a unas treinta personas en uno de los salones.
Como yo había sido la encargada de descubrir a los Cabante, todos estuvieron de acuerdo en que fuera la primera en tomar la palabra. Esperé a que mi padre me hiciera un gesto con la cabeza para comenzar.
Carraspeé un poco para aclararme la garganta y, cuando se hizo el silencio, les informé de las nuevas noticias.
—Tenemos una sexta familia en la ciudad —dije sin titubeos.
Un murmullo recorrió el salón. John me miró con cara extrañada y no fue el único. Nadie se lo esperaba, aunque quizá él pensaba que debía habérselo contado a solas, pero apenas habíamos compartido tiempo juntos.
Cuando llegué a la facultad con mis padres, él ya estaba allí. Me dio un beso en la mejilla, me dijo que estaba muy guapa y se marchó con los suyos. La ceremonia estaba a punto de empezar y decidí no pararlo. Al fin y al cabo, iba a hablar con todos en ese momento .
—¿De quién se trata? —preguntó Luciano Ricco, mi casi suegro.
Les expliqué cómo me había enterado y expuse de memoria todos los detalles que Reinard y Giordano habían averiguado. Transacciones que habían realizado desde que se instalaron en Nueva York, cifras, datos sobre sus negocios y datos sobre ellos. Mi padre me miró orgulloso.
—Esta nueva familia, los Cabante —proseguí—, ha venido para quedarse y se está metiendo en nuestro negocio. Necesitamos propuestas para quitarlos de en medio.
—Pues hagamos eso, quitarlos de en medio —dijo Palmiro Inchenza, el padre de Matteo.
—No —sentenció Doménico—. Primero debemos intentar la vía pacífica. Ya no estamos en los sesenta, no podemos ir matando gente a sangre a fría.
Mi abuelo era muy respetado por todas las familias y se le conocía en nuestro círculo como uno de los grandes consiglieres 2 de Nueva York de las últimas décadas. Además, no se había quedado atrás, él había avanzado con los tiempos y su opinión siempre se tenía en cuenta.
—Propongo hacerles una visita —dijo mi abuela, Annetta, hablando más para mi abuelo que para el resto, aunque todos estábamos escuchándola.
—Continúa, querida.
—¿Recuerdas cuando los Marconni llegamos a Nueva York hace cuarenta años? Quisieron echarnos por todos los medios, pero se dieron cuenta de que no podían con nosotros, así que decidieron compartir parte del pastel y hasta ahora.
Mi abuela era una Spígola, pero adoptó el apellido de mi abuelo cuando se trasladaron a Estados Unidos. Los Spígola eran una de las familias más poderosas de Sicilia y yo sabía que seguíamos estando en contacto con ellos, pero mi padre todavía no había querido introducirme en esa parte del negocio.
—Por separado somos fuertes, pero juntos somos invencibles —dijo Doménico, utilizando esa frase lapidaria que le gustaba tanto y que hacía que a todos se nos pusieran los pelos de punta—. Está bien. Iremos a verlos.
—Pero ¿qué estáis proponiendo?, ¿darles parte de nuestro negocio? —preguntó Salvatore Lorenzzo, el padre de Zia.
—Claro que no, Salvatore —respondió mi abuelo—. La confianza se gana, no podemos regalársela sin más.
—Estoy de acuerdo con mis suegros —dijo tío Agostino—. Primero hemos de ver a qué se van a dedicar, qué buscan en nuestro territorio, y si podemos llegar a un acuerdo con ellos para no pisarnos los negocios.
—¿Y a quién encargamos esa tarea? —preguntó Sylvana Gulio, la madre de Fiorella.
El padre, Noah, no estaba presente. Era un americano a quien le gustaba poco o nada la vida que llevábamos.
Él pensaba que Carrick sería de su misma opinión y que, por fin, conseguiría apartar a su hija del peligro que nuestro estilo de vida suponía, pero mi amiga era igual que su madre. No había nada que hacer.
Sylvana ni siquiera quiso adoptar el apellido de Noah y no consintió que su marido se lo impusiera para Fiorella. Como decía Ignato, el fallecido abuelo de mi amiga, ese apellido era su legado.
—¿Qué os parece si lo hace Blake? —dijo Luciano.
Los padres de John me adoraban, al igual que mis padres a él. Me conocían desde que era un bebé.
John y yo nos miramos. Sabía que estaría a mi lado si decidían que fuera yo la encargada de acudir a negociar. Siempre habíamos formado un buen equipo y, pasara lo que pasara entre nosotros, no dejaríamos de serlo.
—Esa no es tarea para una niña —espetó Petra Léoni, la abuela de Zia .
Ya decía yo que estaba muy callada. Petra siempre tenía algo que objetar. Aunque con los Lorenzzo nos llevábamos como hermanos, pues Salvatore y Graziella eran mis padrinos, los Léoni, apellido que Petra nunca había abandonado, estaban hechos de otra pasta.
Mi padre tenía claro que si alguna vez teníamos problemas con alguna de las cuatro familias restantes, sería por parte de los Léoni, que aún operaban de manera muy activa en Roma, donde la abuela de Zia había dejado a sus hermanos antes de emigrar a Nueva York.
—Hasta ahora no creo que tengamos queja de su actuación —volvió a la carga Luciano—. De hecho, si no llega a ser por ella, nadie habría detectado aún a los Cabante.
—Nosotros la acompañaremos —dijo mi primo Giordano, refiriéndose a Cósomo y a él.
—Yo también iré. —John dio un paso adelante y apoyó la mano en el hombro de Kinsley, su madre, quien le devolvió el gesto de forma afirmativa.
—En esta ocasión, tengo que darle la razón a Petra —expuso Rosetta Inchenza, la madre de Matteo, aunque no estaba muy conforme por haber coincidido con la Léoni—. Debemos hablar con el padre, ¿cómo se llama?
—Alessio —contesté yo.
—Exacto. Esto debe hablarse entre cabezas de familia, no entre niños.
—Rosetta se inclinó hacia adelante, dirigiéndose directamente a mí—.
Blake, sabes que confío en ti tanto como en mis tres hijos —desvió su mirada a Matteo, Elio y Fredo allí presentes—, pero el negocio es nuestro, vosotros todavía estáis aprendiendo.
—No —dijo Reinard, hablando por primera vez.
Normalmente, los hombres que trabajaban para las familias no hablaban en estas reuniones, pero yo sabía que si Rei quería decir algo, sería importante.
Le hice un gesto de asentimiento para que continuara—.
El padre es un mero figurante en la empresa.
En cuanto le den la plaza de juez, desaparecerá del mapa.
Al principio estará en el punto de mira de todos y nadie puede dudar de su reputación si quiere poder campar a sus anchas en unos años.
Tiene que ser absolutamente legal. De los negocios se harán cargo sus tres hijos y a la cabeza estará el mayor, Alessandro.
Mi amiga Fiorella se levantó de su silla y se acercó más a nosotros.
—Entonces, será mejor que sea alguien de su edad quien hable con él. Puedo hacerlo yo misma.
—Fiorella —advirtió Carrick, y vi en sus ojos que no quería que Fio se expusiera al peligro. Ninguno de nosotros conocíamos a los Cabante y me incluía en esa afirmación.
—Yo creo que Blake es perfecta para ello —siseó Scarlett, la hermana de John, con un tono que no me gustaba nada. No sabía por qué, pero siempre había notado que yo no le caía bien. Tenía dieciséis años, ni siquiera debería estar participando en esta conversación.
—Tú no te metas —le dijo John—. Iremos los dos y no se hable más.
—¡Oye! ¿Y nosotros? —se quejó mi primo Cósomo, que ya percibía un poco de acción. Era un yonki de la adrenalina, siempre me burlaba de él por eso.
—Vosotros nos cubriréis, por si surge algún problema.
—¿Todos de acuerdo entonces? —preguntó mi padre, Roberto, echando un vistazo general a los cabeza de familia.
Salvatore, Sylvana, Palmiro y Luciano asintieron.
—Pues que así sea —sentenció.
Quedamos en que el encuentro se llevaría a cabo ese mismo fin de semana. ¿Para qué retrasarlo más? Las familias se disolvieron y volvieron a la fiesta que se estaba desarrollando fuera del salón, al margen de nuestras intrigas. Pero antes, Kinsley, mi casi suegra, se acercó a mí.
—Querida, estás preciosa. —Me dio un beso en la mejilla y yo se lo correspondí con un abrazo .
—Muchas gracias.
—Has manejado la situación de manera excelente. Serás digna sucesora de tu padre algún día —me dijo al oído, para que solo yo la escuchara, antes de marcharse.
—Blake —me llamó mi padre. Toda mi familia seguía presente—. Tu madre y yo tenemos un regalo de graduación para ti.
Beto entró al salón con unos papeles entre las manos, que puso delante de mí.
—¿Qué es esto?
Mis abuelos y mis padres se miraron y, cuando alcancé a ver el título que rezaba en la documentación, la oportunidad que se desplegó ante mis ojos era la que menos me esperaba en ese momento y, más aún, cuando estábamos rodeados de tanta incertidumbre.
Delante de mí tenía un contrato que me daba el control del cincuenta por ciento de la compañía de mis padres y mis tíos, que antes había sido de mis abuelos.
No se trataba de Gryfood, que solo era una empresa de papel al frente de otras muchas empresas pantalla que servían para ocultar lo que hacíamos en realidad.
Mediante la firma de ese documento, me traspasaban las acciones de Florenzza Bonetti, la fundación que llevaba ese nombre por la madre de mi abuelo y que contenía todo nuestro patrimonio legal.
—El otro cincuenta por ciento es para tus primos —dijo mi abuelo—. Como sabes, en la familia el reparto se hace por estirpes, no por cabezas.
—Agradece que seas hija única —me dijo mi madre, dándome un abrazo—. Enhorabuena.
Miré a mis primos, que ya sabían de qué iba la historia. Lo vi en sus sonrisas pícaras. ¡Por eso habían estado yendo a la fundación sin mí!
—Los tres hemos crecido en este negocio, primita. Hemos labrado nuestro destino superando a gente que nos doblaba la edad. Es nuestro momento —aseguró Giordano con gesto solemne.
—Conocemos a todos los contactos, a los grandes compradores, tenemos los medios, sabemos cómo proporcionar a la gente lo que necesita y cómo distribuirlo —dijo Cósomo—. Hemos crecido en Nueva York, esta es nuestra ciudad, son nuestras calles. Nadie va a venir a arrebatárnoslas.
En otro momento, hubiera pensado que sí, que tenían razón. Pero ahora era consciente de que existían errores que cometíamos porque nos creíamos invencibles.
Yo no iba a cometer ese error.