15 Vigilando al objetivo
BLAKE
El día de la graduación suponía un acontecimiento en mi casa.
Mi familia estaba orgullosa y se notaba en el ambiente.
Hacía días que un sentimiento de felicidad impregnaba cada rincón de la mansión, y eso se debía a que era la nieta mayor y, por tanto, la primera en graduarse.
Mis primos y yo éramos la primera generación de Marconni que iba a la universidad.
Mi abuelo tuvo que poner a trabajar a sus hijos demasiado pronto, lo que le supuso un gran pesar. Papá comenzó en la construcción, ayudando a convertir los edificios que él adquiría en hoteles de lujo. De hecho, la mansión había sido el primero.
Al llegar a Nueva York, dio refugio a muchos compatriotas que venían en busca de una vida mejor y pronto vio un filón en todo aquello. Pocos años después, la casa se quedó como vivienda familiar y transformaron las estancias, trasladando a los huéspedes a los hoteles por un módico precio.
Todo eso pudieron hacerlo gracias al capital prestado por la familia de mi madre, los De Lucchi, que eran grandes comerciantes de arte. Cuando nuestro patrimonio creció, mi abuelo creó una fundación que dirigía tía Bianca y que servía para guardarlo a plena vista.
Quedaba claro que para ellos no fue imprescindible ir a la universidad.
Contaban con la astucia y la inteligencia necesarias para conseguir lo que se propusieran.
«La cultura de la calle», como él la llamaba, siempre le había favorecido para conseguir hacerse un hueco en la ciudad, hasta el punto de llegar a ser un pilar fundamental de la alta sociedad de Manhattan.
No había fiesta o reunión a la que los Marconni no estuviéramos invitados, aunque nunca acudíamos, salvo que se trataran asuntos de nuestra conveniencia.
La discreción de la que hacíamos gala era un referente para la comunidad de Nueva York.
Vivíamos a las afueras, en la privacidad más absoluta, pero teníamos gente en todas partes.
Sin embargo, mi abuelo no quería que sus nietos se encontraran con los obstáculos que ellos tuvieron y desde pequeños nos había inculcado que había que formarse para poder engrandecer su legado.
Yo siempre estuve de acuerdo con su forma de pensar.
Lo único que me quedaba para hacerme cargo de las empresas con plena seguridad era el doctorado.
Me di una ducha y entré en el vestidor. Me puse el vestido que había comprado para la ocasión y unos tacones altos, que para mí eran imprescindibles. Me dejé el pelo suelto, para que cayera por mi espalda, y me maquillé de forma muy sutil.
Cuando bajé al vestíbulo, vi que mis padres ya estaban listos, elegantes y distinguidos, con el porte que los caracterizaba.
Sonreí ilusionada, hasta que vi cómo se besaban con afecto.
Tosí un poco para hacer notar mi presencia y aparté la vista avergonzada.
Como buena hija, esperaba que se quisieran, pero no hacía falta que lo demostraran delante de mí.
Ellos rieron, cariñosos, y noté como una sensación de plenitud me embargaba.
Mi padre me cogió por los hombros y me habló con serenidad.
—El paso a la edad adulta, hija.
Puse los ojos en blanco. ¡Yo ya era adulta!
—Papá, en unas semanas cumplo veintitrés, creo que ya soy mayorcita.
—Eso no se lo puedes discutir —argumentó mi madre con una sonrisa .
—Dios me libre de llevaros la contraria a cualquiera de las dos. —Se rio y me maravillé con su increíble sonido.
Se encaminaron hacia el coche y yo fui detrás, pensando en lo afortunada que era. Me habían dado todo lo que había necesitado y les estaba muy agradecida. Mi meta era superarlos y el listón estaba muy alto.
El viento me golpeó en la cara cuando salí al porche y no pude evitar pensar que alguien me observaba.
Podía ser cualquiera de nuestro personal de seguridad o alguna de las cientos de cámaras que había distribuidas por la parcela. Podía ser el aire, que movía mi vestido y acariciaba mi piel, haciendo que mi vello se erizara…, pero intuía que había algo más.
Miré hacia los árboles del jardín, sin conseguir divisar a nadie. Moví la cabeza, segura de que sería mi imaginación o los nervios por la reunión que se avecinaba.
En ese momento, todavía no sabía cuán equivocada estaba ni lo que acechaba tras aquella arboleda. O mejor dicho, quién.