14 Reina de hielo
Al mismo tiempo, en Roma.
ISABELLA ESCALANTE
Cuando todo ocurrió, cuando nuestra vida cambió irremediablemente, buscamos oportunidades fuera. Concretamente, en España. Roma siempre sería nuestro hogar, pero necesitábamos salir de allí, sobre todo Alessio y Daniela.
Y tuvimos la suerte de encontrar un despacho en Málaga que necesitara una inyección de capital.
Ruiz&Martín era perfecto. Ni muy grande ni muy pequeño, con una buena reputación.
La fusión fue mucho mejor de lo que pensábamos en un primer momento, nuestros socios nos lo pusieron muy fácil y pronto lo convertimos en Martín&Escalante.
Desde entonces, vivía a caballo entre Málaga y Roma.
No quería dejar todo lo que habíamos construido, pero tampoco estar lejos de ellos.
No verlos cada día hacía que me sintiera sola, incompleta, porque Aless siempre había sido mi motor.
Y mi sobrina, mi persona favorita en el mundo, pues era la combinación perfecta de mi hermano y mi mejor amiga.
Vivía en dos mundos diferentes, pero no me sentía parte de ninguno.
Málaga no era mi sitio y, aun así, cada vez que volvía a mi ciudad la notaba extraña.
Roma no era la misma sin ellos. Yo tampoco.
El sobrino de mi padrino me recogió en el aeroporto internazionale Leonardo da Vinci en cuanto aterricé .
—Hola, prima —dijo cogiendo mi cara entre sus manos y dándome un beso en la frente.
—Leo. —Sonreí cerrando los ojos.
Julia, Mérida, Livia y él eran lo único que quedaba de nuestro hogar allí.
—¿Qué tal ha ido el vuelo?
—Demasiado largo —contesté entregándole mi maleta a uno de sus guardaespaldas.
—Ya deberías estar acostumbrada.
—¿Al aburrimiento? ¿A la gente quejándose por el tamaño de los asientos? Y eso que viajo en primera.
—Me gustaría verlos en clase turista.
—A mí me gustaría verlos debajo de un puente, entonces aprenderían a valorar lo que tienen.
El mismo guardaespaldas me abrió la puerta de la limusina y saludé al conductor con la cabeza antes de que Leo subiera la ventanilla que nos separaba de él.
—Así hablaremos tranquilos. —Me sonrió—. Cuando Aless me llamó parecía más inquieto de lo que es habitual en él.
—Su mente nunca descansa, ya lo sabes.
Asintió con solemnidad.
—¿Una copa de champán?
—No, necesito estar fresca. Mejor agua.
Sacó una botella de la nevera y me la tendió.
—Por el despacho no debéis preocuparos, ya tengo comprador.
—Qué eficiente —me burlé.
—Solo tenía que levantar el teléfono. A Escalante&Asociados le salen novios de debajo de las piedras. Vuestra reputación vale mucho dinero.
—Espero que lo paguen con creces.
—No lo dudes —contestó con una sonrisa sibilina.
—Quiero darle el visto bueno.
Asintió como si ya lo hubiera dado por hecho .
—No esperaba menos. ¿Pasamos por tu casa o vamos directamente al despacho?
—Al despacho, cuanto antes lo dejemos zanjado, mejor.
Pulsó un botón e informó de nuestra dirección al conductor.
—¿Cómo está Livia?
—Va a reventar, ya no se ve los pies. —Soltó una carcajada—. Pero no se lo digas, está un poco susceptible con el tema.
Yo también me reí. Imaginaba a Liv quejándose de lo gorda que estaba, pero preciosa al mismo tiempo. Desde que se quedó embarazada, el brillo en su mirada era tan espectacular que nos iluminaba a todos.
—Le queda poco para salir de cuentas, ¿no?
—Cuarenta y cinco días, para ser exactos. La niña no deja de darle patadas, es una fiera —dijo con ojos risueños—. Estamos como locos arreglando la habitación y preparando las cosas para su llegada.
—Estoy deseando verla.
—¿Cenas con nosotros esta noche?
—Claro. ¿Irá Mérida?
—Por supuesto. ¿Te puedes creer que solo quede un mes para la boda?
Alcé las cejas, sonriente.
—Por fin serás oficialmente familia del alcalde de Roma.
—Nuestro plan está en marcha. Se abre un mundo de posibilidades para todos.
—No veo la hora, porque Collati ha empezado a fallarnos.
—¿Arenardi? —Asentí—. No es tan amigo del presidente, debía mostrarse imparcial.
—¿Qué hay menos imparcial que pertenecer a un partido político?
Leo compuso una sonrisa sibilina que me daba la razón.
—Eres una revolucionaria y no en el buen sentido.
—Tengo las ideas claras. —Me encogí de hombros, quitándole importancia—. ¿Cómo le va a Julia ?
Hacía dos semanas que no la veía. Durante el tiempo que pasaba en Málaga no manteníamos comunicación, salvo que fuera necesario. Los hombres de Leo se encargaban de vigilarla desde lejos, pues procurábamos que nadie descubriera la relación que la ataba a nuestra familia.
—Bien, de momento. Sabe lo que hace y está pasando desapercibida.
—Espero que puedan volver a reunirse pronto.
—Yo también, Bel.
Después de ir al despacho y conocer al comprador, Leo me dejó en casa, prometiéndome encargarse de todos los trámites. Solté un discurso rápido a nuestros trabajadores y acordamos compensarles con una cantidad de dinero suficiente para que no hicieran más preguntas de las necesarias.
Deshice la pequeña maleta que siempre viajaba conmigo, me duché para quitarme el cansancio del viaje, me puse un vestido negro que se ceñía a mi cuerpo como un guante y cogí un taxi para encontrarme con Julien en el bar de El Parco, uno de los mejores hoteles de Roma.
Allí teníamos una habitación en la que nos encontrábamos siempre que nos apetecía.
Lo divisé en una de las mesas más pegadas a la terraza. Era un hombre muy guapo. Moreno, alto, sonrisa deslumbrante. Qué pena que nunca me hubiera hecho sentir más que una cómoda atracción.
—Estás preciosa. —Fue lo primero que dijo cuando me vio.
Sabía que no me gustaban los cumplidos, me parecían innecesarios, pero tenía la mala costumbre de hacérmelos y ese día preferí no decirle nada. En cambio, me acerqué a darle un beso que quizá fuera el último, puesto que iba a romper con él.
Llamé al camarero y pedí una copa.
—Julien, en unos días vuelvo a Málaga de forma indefinida.
—¿Qué quieres decir? —preguntó frunciendo el ceño.
¡Venga ya! No podía negar que debería haberlo visto venir. Llevábamos un año quedando, pero entre nosotros no había ataduras. Si estaba con él, era por la pura necesidad de tener contacto con alguien.
—Que no tengo pensado volver a Roma en un tiempo y no podremos seguir viéndonos —le dije sin rodeos. No era del todo verdad, pensaba estar aquí para el parto de Liv, pero no iba a darle tantos detalles.
—¿No puedo ir a verte a España?, ¿continuar la relación a distancia? —preguntó esperanzado.
Detestaba tener que contestar preguntas retóricas. El camarero trajo mi bebida y le di un gran sorbo antes de responder.
—No veo para qué, la verdad. Sabíamos que esto tenía fecha de caducidad.
—¿No me das más opción? ¿Se acabó sin más? —dijo sombrío y empecé a exasperarme. No entendía por qué tenía que ser tan insistente.
—Creo que no te lo puedo decir más claro.
Mi frialdad lo dejó noqueado y la decepción comenzó a reflejarse en su rostro. Se pasó una mano por la frente.
—Pensaba que entre nosotros había algo serio… Es que no tiene lógica.
—No todo tiene por qué tener lógica —aseguré—. Hemos vivido buenos momentos, pero se han terminado. Cuanto antes lo aceptes, más fácil te será.
Di otro sorbo y me terminé la bebida. En su mirada se veía la derrota.
—Nunca me has querido —afirmó y casi me eché a reír.
—Por muy buena mentirosa que sea, nunca he fingido lo que no siento, Julien, y lo sabes.
—Tienes el corazón de piedra —siseó con rabia.
No me había dicho nada nuevo. Yo ya sabía lo negro que era mi corazón y hacía tiempo que había hecho las paces con esa parte de mí. Hizo el amago de levantarse, pero lo detuve con calma, apoyando una mano en la suya .
—Subamos a la habitación —le pedí y tuvo la decencia de fingir que se lo pensaba durante un segundo.
No se negó. Si iba a ser la última vez, me despediría por la puerta grande.
♣♣♣
Después de una tarde entretenida, salí del hotel dispuesta a acudir a la cena familiar, pero justo frente a la puerta, apoyado en un coche, con los brazos cruzados y actitud de ser el puto dueño de todo mi maldito mundo, estaba una de las personas que más había amado y odiado en la vida.
Y cómo me jodía que después de tantos años aún consiguiera que mi corazón latiera más fuerte con solo respirar.
—¿Qué mierda haces aquí?
—Reina de Hielo, no te recordaba tan antipática.
—Yo no te recordaba en absoluto, pero te empeñas en interponerte en mi camino.
Estaba distinto. La sombra de una barba, esa que tanto me gustaba acariciar mientras me besaba, marcaba sus facciones y le hacía ser incluso más atractivo que cuando era joven.
Las palabras bailaban en su boca, intuía que había bebido y casi lo agradecí, así no notaría los nervios que acababan de apoderarse de mi estómago.
—¿Todavía sigues con ese perdedor? ¿Es que no te cansas?
—¿Todavía estás persiguiéndome? ¿Es que no tienes nada mejor que hacer?
—No me explico qué ves en ese gilipollas estirado.
—¿Celos a estas alturas, Xesco? ¿Acaso tú no sales con nadie?
—No he encontrado a nadie que te iguale y no me conformo con menos, ya deberías saberlo.
¡Maldito fuera! Era el único hombre que había conseguido dejarme sin palabras. Jamás encontraría a nadie que me atrajera como él y estaba dispuesta a resignarme y aceptarlo porque lo que había hecho era imperdonable .
—Si vas a decirme esas cosas, prefiero que te calles.
—Ni siquiera estamos divorciados.
—Creo que prefiero quedarme viuda.
Soltó una carcajada y no pude evitar sonreír, aunque, joder, ¡cuánto lo odiaba! Cada vez que lo veía, revivía cada momento compartido. Esta situación resultaría más sencilla si no siguiera tan conectado a mí.
—Echaba de menos tu lengua afilada.
Puse los ojos en blanco y comencé a andar. Me detuvo. Agarró mi muñeca y me hizo girar hasta quedar a dos palmos de su rostro. Su aliento bañado de whisky acarició mis labios.
Tragué saliva y fingí una calma que no sentía.
—No tengo paciencia para esto.
—No tienes paciencia para nada, joder. No dejas que me explique. Tú juzgas y condenas, como siempre.
—Ya no te puedo ofrecer nada, Xesco. Ni siquiera mi tiempo.
Me separé de él, aunque sin dejar de mirarlo a los ojos. Esos ojos en los que yo estaba deseando perderme.
—Siempre hay dos versiones de una misma historia, Reina de Hielo. Qué pena que no te interese escuchar la mía.
Por supuesto, lo había intentado muchas veces, pero yo no le dejaba.
No podía llamarme por teléfono porque lo había bloqueado y no tenía otra forma de comunicarse conmigo, salvo estos encuentros.
Pero yo no estaba dispuesta a escuchar sus excusas.
Jamás aceptaría que me diera un motivo para dejar de odiarlo porque eso era imposible. No me lo podía permitir.
—El pasado no tiene nada nuevo que decir.
—Pero no fui yo, Bella. Y te empeñas en culparme por las acciones de otros. Si me dejaras que te cuente lo que ocurrió…
—La verdad solo tiene un camino, por mucho que quieras disfrazarla.
Volvió a coger mi muñeca, suplicante.
—Por favor, escúchame. Aquí y ahora, los dos solos.