11 Las cinco familias
ÁLEX
—¿Se puede saber qué cojones te pasa? —me preguntó Bass por enésima vez ese día, dándome un golpe en el hombro.
—Nada —contesté con desgana.
—¿Cómo que nada? Estás distraído, ¿en qué estabas pensando? —lo secundó Roma.
En ella. En la chica descarada y atrevida que había conseguido ponerme tan a mil que aún no había sido capaz de olvidarla y ni siquiera entendía por qué.
Solo sabía que me había estudiado como un león a su presa, tal y como hice yo con ella.
Y, lejos de molestarme, me gustó, lo que no dejaba de ser preocupante porque no tenía ni idea de quién era ni de por qué portaba una Glock enana en el bolso, ni tampoco por qué actuaba como si fuera responsable de la seguridad de todos cuantos la rodeaban.
¡Si incluso quiso protegerme a mí! Intuía que era atrevida, pero su valentía casi rozaba la locura.
Aunque lo que más me perturbaba era el beso.
O los besos. Esos putos besos que contenían sensaciones que no sabría ni empezar a describir y que no dejaba de reproducir en mi mente.
Que era probable que no pudieran ni explicarse con palabras.
Su lengua luchando contra la mía, sus manos explorando con seguridad mi cuerpo, decidida, audaz.
Sabía muy bien lo que hacía y a mí me gustaba demasiado que lo hiciera .
—Leía el informe —dije con el dossier en la mano y fui comentando los datos en voz alta:
Familia Ricco: controlan Brooklyn.
Matrimonio: Luciano y Kinsley Price.
Hijos: John y Scarlett.
Negocios: Spas Mil sensaciones. Clubes Elixir.
Familia Marconni: controlan Manhattan.
Matrimonio: Doménico y Annetta Spígola.
Matrimonio: Roberto y Lena De Lucchi.
Hija: Blake.
Matrimonio: Bianca y Agostino Messina.
Hijos: Giordano y Cósomo.
Negocios: Fundación Bonetti. Cadena de hoteles de Lucchi. Gryfood, empresa de intermediación.
Familia Inchenza: controlan el Bronx.
Matrimonio: Palmiro y Rosetta Gallo.
Hijos: Elio, Fredo y Matteo.
Negocios: Locales para celebraciones Palace.
Familia Gulio: controlan Staten Island.
Matrimonio: Sylvana y Noah Davis.
Hija: Fiorella.
Negocios: Farmacéutica Gulio.
Familia Lorenzzo: controlan Queens.
Matrimonio: Salvatore y Graziella Ferrara.
Hijas: Vera, Martia y Lucrezia.
Madre: Petra Léoni.
Negocios: Restaurantes Mamma mía .
—Y aquí tenemos a Petra Léoni, escondida con su hijo, Salvatore. —Mostré una foto en la que se la veía hablando con una mujer más joven, frente a la casa de los Lorenzzo. Algo estaría tramando.
—Parece tan inofensiva…, una ancianita desvalida —dijo mamá con sarcasmo.
—No engaña a nadie —comentó mi padre con el mismo tono de voz—. Es un lobo con piel de cordero.
Sabíamos cómo eran los Léoni. Por desgracia, los conocíamos demasiado bien.
—¿Y las fotos del resto de familias? —pregunté a Romano.
—Oye, solo llevo unos días investigando, no los he dedicado a pasearme por sus vecindarios.
Salvo de los cabezas de familia, apenas hay información sobre ellos en internet, ningún escándalo, nada de donde rascar.
Por lo que he visto, se caracterizan por la privacidad y solo se dejan fotografiar una vez al año, en la gala anual de la Fundación Bonetti.
Eso iba a ser un problema.
—Necesitamos fotos, Roma. Tenemos que conocerlos si nos los cruzamos por la calle.
—Por lo menos él se ha levantado temprano para hacer su trabajo, tú ni siquiera has dormido aquí. ¿Dónde te metes últimamente?
Me pasé una mano por la frente, más impaciente que en años. Llevaba dos noches yendo a la discoteca por si volvía a verla, pero no había tenido suerte. En cambio, estuve tonteando con otras chicas que no consiguieron que pudiera quitármela de la cabeza. Era una puta pesadilla, joder.
—Por ahí —contesté escueto.
—Dijiste que ibas a vigilar la mansión Marconni y todavía no lo has hecho.
Miré a Bass con una amenaza.
—Pensaba hacerlo esta semana.
—No será que estabas buscando a alguien, ¿no? —se mofó .
Iba a matarlo.
Tanto Roma como él estaban al tanto de lo que ocurrió en la discoteca.
Y no solo con la chica, también con los tipos de las metralletas.
Por fortuna, los descartamos rápidamente como un problema cuando escuchamos rumores sobre que habían encontrado algunos cadáveres en un callejón perdido del Lower Manhattan, aunque no había nada al respecto en los periódicos.
Si nos habíamos enterado fue gracias a que éramos los vecinos perfectos: Roma le hacía la compra a la señora Polanski, una cotilla redomada que se dedicaba a ver el mundo pasar desde su porche y hablaba con todo el que se cruzaba en su camino.
Era casi un trabajo. La mujer estaba todos los días ojo avizor, como un halcón, a ver cuál era la historia más suculenta que podía cazar y luego se la contaba a Roma, por supuesto; mientras que Bass saludaba con amabilidad a todos los vecinos y se interesaba por ellos hasta el punto de acordarse incluso de sus citas médicas.
Y cuando la gente se sentía cómoda y feliz, cuando te preocupabas por ellos, hablaban. Era un hecho.
Nos habíamos mimetizado con el ambiente, confiaban en nosotros. Así nos enterábamos de todo lo que ocurría sin levantar sospechas. Ellos, sin saberlo, eran nuestros ojos y oídos en la calle.
Mi padre carraspeó y se puso en pie. Era un hombre imponente y, cuando apretaba los labios formando una fina línea, como en ese momento, la cicatriz que tenía encima del superior le hacía parecer mucho más cruel. Me esperaba una buena bronca.
—Alessandro, sabes por qué estamos aquí. Puedes tener todas las distracciones que quieras mientras no te desvíes del objetivo. Y lo mismo va por ti, Romano.
Lo sabía y ya había aprendido a elegir mis batallas, por lo que no iba a cuestionarlo. Debía quitarme de mis pensamientos a esa chica .
De todas formas, cualquier distracción sería pasajera, tenía muy clara mi misión en la vida y no era casarme y tener hijos, pero Roma era un enamoradizo y negarle algo le hacía perseguirlo con más ganas.
—Haré lo que considere. —Se puso serio—. Te prometo que no perderé de vista el objetivo, papá, pero en mi corazón solo mando yo.
Mi padre chasqueó la lengua con fastidio. Nunca le había gustado lo irreverente que había salido su hijo pequeño.
—Deja a los niños, ¿o quieres que estén solteros toda la vida? —comentó mamá.
—Pueden tener lo que quieran mientras no interfiera en su trabajo. —Alzó la voz—. Cosas como la que ocurrió el otro día en la puerta de esa discoteca atraen a la policía y no nos conviene vernos metidos en medio. ¡Nos jugamos mucho, Fiona!
Tenía razón, había que ser sigilosos. Por eso nosotros solo movíamos la mercancía a través de las inmobiliarias. Hacerlo de otra forma sería un suicidio.
—Y eso no va a cambiar en un momento cercano. Ya era así antes de que nacieran y a ti no te supuso ningún impedimento conocerme.
—No estamos hablando solo de nosotros. Leonardo, Mérida, ¡todos están haciendo sacrificios por la familia!
—No finjas que lo hacen desinteresadamente porque a todos nos conviene esa unión.
Mamá no iba desencaminada en su afirmación.
Pronto habría elecciones en Roma y Alfredo Collati se jugaba mucho en ellas.
Todos lo hacíamos. Por eso mi padre le pidió a tía Mérida que fijara fecha para la boda.
Nos habíamos asegurado de que volviera a ganar; habíamos comprado votos, sí, pero ahora más que nunca debíamos atarnos a esa familia. Solo así seríamos intocables.
—¡Ya sé a quién habéis salido tan cabezotas! —Señaló exasperado—. Haced lo que os plazca, pero el amor ya ha traído demasiados problemas a esta familia. Procurad no repetir los errores de Isabella.
El silencio se hizo en el salón cuando pronunció su nombre. Cada uno teníamos unos sentimientos diferentes al respecto de lo ocurrido, pero a todos nos causaba la misma angustia. Fue Bass quien lo rompió.
—Yo no soy el más indicado para decirlo, pero aquí coincido con papá. Por ahora tenemos que pasar desapercibidos, estamos en el punto de mira.
—Y no somos los únicos —dijo mi padre con rabia—. Arenardi va a salir de la cárcel.
—¿Cómo?
—¿Qué?
—¡No puede ser!
Los tres nos levantamos del asiento como un resorte. No era posible. Fabrizio Arenardi llevaba casi veinticinco años en una prisión de máxima seguridad de Roma, que lo dejaran libre nos ponía en peligro a todos, pues era la mano derecha de los Léoni.
—Tranquilizaos, Alessio ya está informado y se está encargando del asunto.
—¿Y nosotros tenemos que quedarnos de brazos cruzados? —dijo Roma con impotencia.
—Eso es exactamente lo que tenéis que hacer.
—Pero, papá…
—Pero nada —lo cortó—. No quiero que mováis ni un solo dedo en esa dirección. Y no debería tener que advertiros, pero ni se os ocurra coger un avión a Roma. —Me miró a mí directamente. ¡Cómo me conocía! Desde luego, ganas no me faltaban, joder.
—Está bien.
—No haremos nada —aceptaron mis hermanos como si no hubieran roto un plato en su vida.
No me los creía ni por un segundo. Mi padre tampoco .
—Lo digo muy en serio, un movimiento en falso podría joderlo todo —sentenció—. Y si ya ha quedado claro, ¿nos vamos, querida?
—Qué zalamero. —Se rio mamá con una falsa despreocupación, aceptando la mano que le tendía—. Portaos bien, niños.
—¡No hagáis nada que yo no haría! —les dijo Bass divertido.
—Eso les da mucho margen. —Se carcajeó Roma, que esperó a que salieran del salón para preguntarme—. ¿Nos vas a contar ya lo que te pasa?
Resoplé y me retrepé en el asiento.
¡Como si no tuviera suficiente con lo que teníamos encima! No podía evitar que mi mente se desviara hasta la chica de la discoteca una y otra vez, preguntándome si volvería a verla de nuevo, si terminaríamos lo que habíamos empezado aquella noche.
—No entiendo por qué no me la puedo quitar de la puta cabeza. No me reconozco, joder.
—Te enfrentó y eso te pone —comentó Bass.
Lo fulminé con la mirada.
—Si no nos hubieran interrumpido esos tíos con metralletas… —y eso no era lo más surrealista que había dicho en mi vida. Podría ser peor—, hubiéramos acabado y no estaría así, subiéndome por las paredes.
—Desde luego, no tendrías esta mala leche. Tus polvos nos afectan a todos —se burló—. ¿Y estos días no has estado con otras?
Negué con la cabeza.
La noche anterior había un grupo de chicas en la discoteca. Una en especial llamó mi atención. Me acerqué, nos enrollamos. Me gustaba cómo me hacía sentir, pero mi mente no dejaba de repetirme que era otro cuerpo el que anhelaba, que necesitaba estar entre otras piernas .
—Es que no quiero a otras. Lo he intentado, pero con ninguna es lo mismo. O me ríen las gracias o están deseando complacerme.
—¿Y desde cuándo eso es un problema?
Me encogí de hombros. Y yo qué coño sabía.
—Es verdad que era muy guapa. —Miré a Roma, alzando una ceja—. ¿Qué? Que me gusten los chicos no significa que no tenga ojos en la cara.
Que estaba buena era un hecho, pero tías buenas había en aquella discoteca a patadas cada noche… No. Era otra cosa: su forma de responder a todo lo que le decía. No se amilanaba ante nada. Era simpática, interesante, desconcertante.
Entre nosotros había una conexión inexplicable que se intensificó con los besos que nos dimos y que aún no alcanzaba a entender. Y cuando sacó el arma… Maldita sea, cada vez que lo recordaba sentía el calor recorriendo todo mi cuerpo.
—No me entendéis, joder. —Volví a pasarme la mano por la frente, intentando deshacerme de mi frustración—. Esa tía tiene algo. No sé lo que es, pero la hace diferente.
Roma me escrutó con extrañeza. Bass me miraba incrédulo.
—¡No me lo puedo creer, Roma!
—¿Qué pasa? ¿Se está quemando algo?
—La cabeza de Álex echa humo, ¡mira!
Los dos se quedaron mirándome muy serios.
—¡Que se ha enamorado!
—Nooo, ¿Álex? No puede ser —dijo irónico, siguiéndole la guasa.
—¡Sois idiotas! El caso es que no sé si voy a volver a verla. No nos dimos los teléfonos y ni siquiera sé su nombre.
—Increíble. No pensé que viviría para ver este día.
—¿Seguro que existe?
—Vamos, porque la he visto, que si no lo dudaría.
Se burlaban de mí y me arrepentí de no habérmelo callado .
Era raro que alguien llamara tanto mi atención, solía aburrirme pronto de todo y el negocio era lo único que me tomaba en serio. Estaba seguro de que si no nos hubieran interrumpido ahora ni me acordaría de ella. Sí, debía ser eso. Quedarnos a medias no era bueno. ¿Pensaría ella lo mismo?
—Bueno, cambiemos de tema porque me voy a cabrear, capullos. ¿Qué vamos a hacer con Arenardi?
—Nada. ¿No has oído a papá?
—Venga ya, Bass. Como si eso nos detuviera.
—Voy a mirar en el ordenador —dijo Roma—. A lo mejor puedo entrar en el registro y cambiar la resolución.
—No me quiero imaginar cómo estará Aless.
—Yo no querría estar cerca cuando se desate la ira de Bella.
—El hecho de que sigan respirando ya es un puto milagro, ¿y ahora esto? —dijo Bass, dando voz a nuestros pensamientos.
Hasta hacía un año y medio jamás nos habíamos separado de Aless, y se fue con tanta rapidez que apenas pudimos despedirnos.
Bella sí seguía en Italia, pero viajaba mucho a Málaga y cada vez con más frecuencia.
Pedirle que viniera con nosotros era inútil.
Ella nunca se retiraba a tiempo, por eso siempre acababa quemándose.
Estaba seguro de que no podía soportar la soledad de su casa. El recuerdo del pasado en ella.
Era una persona inaccesible, siempre lo había sido, pero desde el asesinato de Giovanna el mundo se le vino encima. Su carácter, ya de por sí negro, se tiñó de ponzoña. Fue un jodido año y medio de mierda para todos, hasta que mi familia y yo nos vinimos a Nueva York.
En cambio, Aless era hermético. Mientras su hermana no dejaba entrar a nadie, él no sacaba nada al exterior, solo lo que quería que los demás vieran.
A veces me preguntaba cómo conseguía ser tan fuerte cuando ya cargaba con tanto dolor, pero todos sabíamos que solo había una respuesta posible: por su hija. Si Daniela no existiera… No quería ni pensarlo .
La onda expansiva muchas veces era peor que la explosión en sí misma, y esta ya duraba demasiado tiempo.
Rogaba por el día en que volviera a verle sonreír, pero sonreír de verdad.
Porque de cara al exterior podía ser encantador.
Tenía una capacidad innata para ocultar sus emociones, que solo se veían en la intimidad de quienes lo conocían bien. Y nosotros lo hacíamos mejor que nadie.
Era como un hermano, como un segundo padre, un profesor y un mejor amigo, todo al mismo tiempo. Por eso se nos desgarraba el corazón cada vez que lo mencionábamos. Porque teníamos la absoluta certeza de que su sufrimiento era aún más terrible que el nuestro, y eso ya era insoportable.