Realidad: La mafia es tu vida (La mafia más oscura 1) 10 La sexta familia
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10 La sexta familia

BLAKE

Dos días después de la reyerta ya habíamos averiguado quiénes eran los responsables y nuestros hombres se habían encargado de ellos.

Se trataba de una banda callejera de poca monta que quería vender droga en la discoteca.

Uno de los guardias de seguridad los detectó a través de las cámaras y los echó de allí, pero volvieron una hora más tarde con el resto de su banda y parapetados tras sus armas, como si eso los hiciera invencibles. No sabían con quién estaban tratando.

Por suerte, estábamos preparados para este tipo de situaciones y solo tuvimos que lamentar unos cuantos heridos que no revestían demasiada gravedad, porque esos necios podían haber provocado una auténtica masacre.

Encargué a los camareros del Lumière que repartieran unas mil entradas gratis por la calle para toda la semana. Con ello esperaba que no bajara la clientela por los posibles rumores. En las noticias no iba a salir, desde luego.

Estaba desayunando, y revisando unos datos en la pantalla del ordenador, cuando bajaron mis primos. Verlos juntos siempre dibujaba una sonrisa en mi cara.

—¿Has dormido bien? —me preguntó Giordano, dándome un beso en la frente, como cada mañana.

—He dormido. ¿Y vosotros ?

—Yo no me quejo —dijo Cósomo mientras untaba una tostada—. He terminado un trabajo para subir nota y, como tengo que entregarlo, me libro de ir a la fundación.

—¿Para sacar matrícula de honor? —me burlé.

Mi primo tenía diecinueve años, pero era un pequeño genio. Había empezado a estudiar Marketing y Finanzas y ya sabía más sobre el tema que cualquiera de su clase.

—Exacto. Es la única asignatura en la que he sacado un triste sobresaliente, ¿te lo puedes creer?

—A veces eres un poco repelente.

—Como si tú sacaras suficientes —me reprochó y sonreí. Se nos daban muy bien los estudios, supuse que era porque nos gustaba lo que hacíamos—. En serio, creo que esa profesora me tiene manía.

—¿A ti? Imposible. —Di un sorbo a mi café, escondiendo una pequeña sonrisa.

—¡Eh! No te escaquees, que en entregarlo tardas dos minutos —se quejó Giordano—. Y yo no pienso quedarme solo con mamá, está de los nervios. Aquí sufrimos todos.

Mi rostro se ensombreció. La gala anual de la fundación se celebraría en dos semanas y acudirían todas las familias, por lo que debía hablar con mis padres antes y contarles lo que había ocurrido con John.

Parecían haber pasado años desde que lo dejamos y solo habían transcurrido tres días, pero tres días en los que no había vuelto a hablar con él. ¿Cómo estaría?

El teléfono sonó y me distrajo de mis pensamientos. Era mi detective.

—Dime, Reinard.

—Blake, tengo la información que me pediste y no te va a gustar —me adelantó.

—¿Por qué? ¿Qué ocurre?

—La empresa Decentreprises es una tapadera. Está dirigida por los Cabante. He estado investigando sobre ellos y, aunque guardan muy bien la información, he conseguido descubrir algunas cosas. Te las envío a tu e-mail .

Colgué, abrí el correo electrónico y lo que vi no me gustó nada, efectivamente. Los Cabante eran una familia italiana que se acababa de mudar a Nueva York.

El matrimonio, Alessio y Fiona, dirigía la empresa de suministros, pero las cifras no cuadraban.

Según Reinard, blanqueaban el dinero que conseguían de negocios menos legales que llevaban sus tres hijos: Alessandro, Sebastian y Romano.

Me adjuntaba un archivo con las fotos de todos ellos y, al ver la de Alessandro, se me aceleró la respiración.

—¡Es Ojos azules !

—¿Quién? —preguntó Giordano.

—El chico de la discoteca, es este. —Señalé la pantalla.

—¿El capullo arrogante?

—Ese mismo.

Puede que me hubiera quejado un poco cuando les hablé de él, aunque también les dije que era bastante divertido.

—Ahora ya sabes por qué llevaba una pistola.

—Bien hecho, Blake. Donde pones el ojo, pones la bala.

—Muy gracioso. —Casi me eché a reír, pero no era el momento.

Mis primos acercaron sus cabezas al ordenador para ver lo que contenía.

—Joder. Madre mía, cómo están los hermanitos… —dijo Cósomo, mirando las fotos con curiosidad.

No me pasó desapercibido el interés que mostró por el menor de los Cabante. Le di un codazo, entre divertida y preocupada a la vez.

Los tres hermanos se parecían mucho, aunque los otros dos eran más jóvenes. Según el informe, Alessandro tenía veinticinco años; Sebastian, veintitrés y Romano, dieciocho .

Algo en mi interior me decía que se avecinaban problemas y yo no solía equivocarme en estas cuestiones. En otras estaba comprobando que sí y estrepitosamente.

Giordano escudriñaba la información con los ojos entornados, un gesto muy parecido al mío en ese momento.

—¿Eso es todo lo que ha averiguado Reinard?

—De momento, sí. Mañana le haré una visita y te llamo desde allí. Gio, tienes que hacer tu magia.

Le reenvié el e-mail , segura de que él podría darme lo que le había pedido.

Quería saber más de lo que Reinard había averiguado.

Debíamos descubrir todos los detalles y, sobre todo, los más sucios y para eso mi primo era el mejor.

Le faltaba un año para licenciarse en Ingeniería informática y programación y nada lo motivaba más que desenterrar información oculta.

—Dalo por hecho. ¿Crees que sabía quién eras?

Lo pensé un momento. ¿Lo sabría? ¿Qué probabilidades había de que Alessandro se acercara a mí, de entre todas las chicas de esa discoteca?

Estaba claro que ocultaba algo, lo acababa de confirmar, pero ese día solo fuimos dos chicos cualesquiera que estaban en el lugar adecuado, en el momento correcto.

Dos chicos que se conocieron se gustaron y ardían en deseos de fundirse el uno con el otro, de olvidarse de todo por una noche.

Dos personas de mundos diferentes que habían coincidido en este.

Aunque, en realidad, parecía que teníamos más cosas en común de las que pensábamos.

—No, no lo creo.

—Está bien. Dame media hora y me pongo con ello.

Asentí.

Tenía muchas preguntas. Necesitaba saber qué habían venido a hacer los Cabante a Nueva York. Ahora mismo eran un misterio.

Terminamos de desayunar y nos dividimos. Cósomo se fue a entregar el trabajo, Giordano puso rumbo a la sala de control, donde tenía sus ordenadores, y yo fui al despacho. Tenía mucho trabajo por delante, pero antes debía informar a mis padres y a mis tíos sobre la sexta familia.